viernes, 12 de junio de 2026

Alza la mirada, no te deslumbres

Le pongo al día rápido, no sea que usted, caro lector, un tanto anacrónico (como yo), haya llegado al guateque cuando ya se va la gente. Hoy en día nadie sabe lo que es un guateque. Por ahí empezamos...

El Papa León XIV, agustino, primer pontífice nacido en Estados Unidos (con raíces familiares españolas, por cierto, lo cual a la prensa rosa le ha dado carnaza para semanas), eligió el nombre pensando en León XIII y la "Rerum Novarum", y ha decidido —como bien sabe usted si leyó mi anterior columna— que la cuestión social de nuestro tiempo es la inteligencia artificial. Pero esta columna habla de la visita a España, que se ha desarrollado entre el 6 y el 12 de junio (escribo esto cuando el Papa se despide de nuestro país en las Canarias). El Papa argentino no se avino a venir, pero sí lo hizo Benedicto Ratzinger (el incomprendido) en 2011. 

Lo han leído en las noticias o visto en el telediario, si aún conserva el dudoso gusto de enterarse de las noticias por la tele. Ha hablado en el Congreso (primera vez para un pontífice), ha inaugurado la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia y ha cargado el viaje de inmigración por la vía canaria.

La encíclica que no me ha gustado, lo saben bien mis caros lectores, es "Magnifica Humanitas", firmada el 15 de mayo (el aniversario exacto de la "Rerum Novarum" , gesto nada inocente) y publicada el pasado día 25 para discernir «sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial». Y aquí viene lo que debería ponerle a usted, y a mí, y a cualquiera, los dientes largos como escarpias: es agustiniana hasta la médula. Cita "De Civitate Dei" , despliega los dos amores y las dos ciudades, y opone la nueva torre de Babel a la ciudad donde Dios y el hombre habitan juntos. Son, en total, 245 párrafos. Sobre el papel, es lo más teológicamente musculoso que se podía pedir a alguien formado en Wojtyła y enamorado de Ratzinger. Como yo. Pero dudo que está aseveración mía sea compartida por los cientos de miles de devotos ciudadanos del mundo para quien "Diosito", "Jesusito" y demás torturas repipis (propia de Iberoamérica) es la única forma de creer. Una forma mediocre y estúpida, pero esa es otra cuestión.

Y sin embargo a usted, como a mí, la tan celebrada encíclica sobre la moral en los tiempos de la IA seguramente le haya dejado frío. Y ahí es donde está esta columna. No en el Papa: en usted y en mí (y si no concuerda conmigo, solo en mí). El motor que mueve el espíritu columnario de este texto no es "un Papa más", sino la paradoja: soy un teófilo que reverencia a dos pontífices doctrinalmente macizos y que se encuentra, por fin, con un agustino que le sirve "La Ciudad de Dios" en bandeja… y bosteza. ¿Por qué? Esa es la pregunta que sostiene las mil quinientas palabras (no las he contado) de esta columna. 

Sospecho que la reciente fontanería (dichosa palabra de este momento)  agustiniana está montada sobre una preocupación que huele a informe de comité de pánico de la Iglesia por no llegar tarde al titular sobre aquello que está en boca de todos. Agustín, como andamio decorativo de una encíclica que, despojada del latín, podría firmar un panel de Davos, es una excusa. Y algo mala, por cierto.

Para lo ameno ya tiene usted un regalo que no se ha buscado —porque me lo han chivado— y que no es otra cosa que el himno oficial: "Alza la mirada", nacido en una "Song Camp" —una jornada intensiva de compositores, veinticuatro horas contra el reloj en un estudio de Madrid—, y producido por gente de la música católica pop de ahora (ignorados por mí todos ellos como Hakuna o Tuyo y compañía). Fue grabado por mil setecientas voces simultáneas en cuatro catedrales y subido a las plataformas con su versión en inglés (I Lift Up My Eyes), que tampoco he escuchado. Faltaría más. Lo delicioso, para usted, que no para mí , es que el estribillo es San Agustín reciclado en pop devocional, con el viejo "inquietum cor nostrum" —el corazón inquieto que no descansa hasta Dios— convertido en gancho del streaming. Creo que ha faltado la versión reguetón. Creo.

Total. Agustín aparece dos veces en esta columna. Arriba, la primera vez, en una encíclica de 245 párrafos que teme a la máquina y de la que ya hablé la semana pasada. Y abajo, en un himno fabricado con la lógica exacta de la misma máquina denunciada —sesión exprés, producto, catálogo digital, métrica de reproducciones—. Se lo explico mejor: la Iglesia denuncia la era que al mismo tiempo la patrocina. Y el columnista que se lo cuenta todo esto, no se lo pierda, lo ha averiguado preguntándole a una inteligencia artificial (porque no me puse a leer las miles de noticias sobre el Papa y su visita, desde luego).

Ese chiste meta queda ahí si usted lo quiere entender; yo no lo tocaría más porque envenena rápido. Y la muerte es atroz. Muerte por medianía.


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