El otoño de dos mil veintiséis avanza lentamente. Sigue regresando a una casa que, en puridad, no es la suya, porque las gentes sólo recuerdan los veranos y los inviernos y, todo lo más, el manto de flores de la primavera. La seroja, palabra en desuso como tantas otras, por muchos chasquidos que produzca al ser pisada en los parques y las aceras, no es comparable a los mantos floridos o albores que, en el otoño de las vidas, devuelve la memoria a los recuerdos.
Este otoño aún se demora en los umbrales. Antes de caer la primera hoja ya se percibe el olor de la tierra húmeda. La luz del día ha dejado de herir y apenas roza, presiento que teme despertar las sombras del estío que aún se apacientan bajo las ramas. Tiene una cortesía antigua, casi protocolaria, de las que no se estilan: ocupa el lugar abandonado por un verano vacío, lo mismo que todos los anteriores, y lo va llenando poco a poco de una claridad más lenta y pausada, de sonidos amables que anuncian el reposo definitivo.
Los plátanos del jardín, que en julio sostenían un peso umbroso y canoro, sueltan ahora las hojas una a una, como páginas de un libro que nadie se atreve a leer en voz alta porque, digámoslo claramente, leer poesía no es algo que produzca furor en parte alguna. Lo más asombroso de esos montículos compuestos por las hojas caídas, de las que hablaba hace un rato, es que están compuestos de pecíolos que caen cada uno según su manera. Algunas giran mucho rato, obstinadas en quedarse en el aire; otras bajan en línea recta, sin drama, con cierta dignidad incluso porque han entendido que su prestancia feneció. Al pisarlas crujen, y los crujidos son un idioma seco que acaba diciendo lo de siempre: que todo lo que tuvo nombre y forma termina alimentando lo que viene detrás. Las tardes se acortan cronométricamente. Es curioso, pero en estos días encogidos caben más momentos que en las luengas horas del mes de julio, al menos mientras perdura el día. Se piensa más despacio y, por algún motivo, se recuerda mejor. Las conversaciones se espesan, como si el frío que empieza a entrar por las rendijas obligara a las palabras a apretarse para no perder su calor y su nostalgia de tiempos pretéritos, siempre mucho mejores que estos de hogaño.
En las calles de esta ciudad que ya no nombro la gente empieza a caminar con las manos en los bolsillos y la vista un poco baja. Tal vez esta semana que se anuncia límpida y luminosa, sin lluvia ni viento, y con un remanente de calor que choca de frente con la ropa de entretiempo, avive un poco la mustia melancolía que han dejado las tormentas. Que nadie se confunda. El caminar cabizbajo no es tristeza. Es la certeza de que el suelo, de repente, tiene más que aportar que el cielo. Entre la hojarasca aparecen lugares y enseres que el verano escondía: una moneda, un botón, el ala de un insecto, los trozos bien rotos de cartas de amor que el verano no supo perdurar, el rastro de los pasos de quien deambuló errático cuando aún parecía que el tiempo permanecía quieto en una benignidad mansa y apacible. Es una hojarasca muy especial porque nadie la recoge. El otoño tampoco, y así es como se producen los testimonios.
Hay un árbol que conozco desde hace tiempo, ya va para varios años. Este pasado verano pensé que se estaba muriendo. El estío se convirtió para él en una suerte de otoño porque se le iban cayendo todas las hojas, pese a ser perennes. A veces me detengo ante él y le pregunto, en voz muy queda, qué parte de mí se está cayendo con sus hojas. No contesta, claro. Yo tampoco sé la respuesta. Tiembla un poco cuando lo orea el viento. Es ese tipo de árbol que sólo muestra frondosidad en la parte externa de su copa, porque el interior es un amasijo desordenado de ramas muertas y brotes macilentos. La luz oblicua que pasa entre sus ramas produce fulgores disparatados en el suelo, como entretejiendo una red de sombras movibles. En ella se enganchan los recuerdos que no son del todo míos: los de quienes estuvieron aquí antes que yo. Por ese motivo me siento intruso de un otoño que no acabo de ver que me pertenezca. Junto al árbol del jardín añoro las palabras de una conversación que nunca se produjo, salvo acaso en mi imaginación. Es una facultad rara esta del otoño, la de volvernos propio lo ajeno. Lo nuestro, lo que a cada uno pertenece, mientras tanto, se va retirando a cierta distancia para que podamos mirarlo sin pena.
La noche llega ya sin sorpresa, cuando termino de componer estas frases. Al cielo, que de día conserva un resto de azul antiguo, asciende una negritud espesa, y las farolas encienden su luz como velas en una habitación que hace tiempo que se está vaciando. Es entonces cuando el otoño deja de mirarse desde fuera y empieza a vivirse muy adentro. Se nota en la piel, en el roce entre el calor que le queda al cuerpo y un aire que ya enfría de verdad. Se oye en las hojas que el viento sigue moviendo, sin resignarse del todo a dejarlas quietas, y en ese roce cabe un instante la ilusión de que nada se ha perdido, de que lo que cae sigue hablando un idioma muy antiguo cuyo entendimiento sólo es posible cuando la propia vividura es, igualmente, prolongada.
A este otoño basta con mirarlo como se mira una cara querida en el momento en que se aleja. Las hojas que ahora tapan el suelo alimentarán dentro de unos meses las raíces de las copas nuevas, y nosotros, que caminaremos entre todo ello con el abrigo abrochado y la memoria más despierta, tampoco podemos decir que seamos otra cosa que las remembranzas de los otoños que hemos visto pasar. No hay consuelo más exacto. Lo perdido no va a volver igual, pero perderlo es también una manera de seguir existiendo. Y mientras las últimas luces se retiran detrás de los tejados y el aire huele a tierra y a humo de chimeneas lejanas, queda una certeza callada: que estuvimos aquí, que vimos caer la materia caduca de nuestras vidas, y que por nombrarla sólo habremos salvado lo que dura una frase de tres palabras cuando se pronuncia.