viernes, 26 de junio de 2026

Es él y siempre lo fue

Hace bastantes semanas que no cito al indocto Pedro Sánchez, Presidente del actual desGobierno y secretario general del PSOE, en relación a uno cualquiera de los muchos asuntos, gravísimos y alevosos, que le conciernen. No lo hago por la obviedad con que se van aclarando todos los hechos que llenan los titulares y las columnas de opinión.

Es él. Siempre fue él. Lo mismo que siempre ha sido Zapatero. y Bono. Y Blanco. Y no sé cuántos más. Pero, ante todo, he de repetir que fue él. Y es él. Él es el responsable de la actual situación preguerracivil en que nos hallamos sumidos (si la gente no blande las armas y se lía a tiros unos contra otros es por la lógica deferencia que se tiene aún a la vida del prójimo, no así a sus ideas). Él es la causa y el resultado de la corrupción galopante, sistémica, terminal, metastasíaca, que infecta todo, desde el propio Gobierno (¿ni un solo ministro justo, equitativo, racional, honorable? ¿ninguno, de veras?), al propio PSOE (¿ni un solo parlamentario con decencia y vergüenza ajena? ¿hasta cuándo han de soportar la imbecilidad de Patxi López? ¿de verdad no conciben que es todo mucho más sencillo si, sencillamente, dimiten y cesan el cargo, rehusando a canonjías, canonicatos, prebendas y momios en pos de la rehabilitación de su partido?), a la estructura del Estado (¿cuándo dejó de haber pundonor en la Policía, o en la Guardia Civil, o en la Fiscalía? ¿Lo recobrarán alguna vez? ¿Hasta dónde nos ha de sonrojar el comportamiento del Constitucional y de no sé cuántos organismos más que, todos ellos, chupan de la magra teta estatal para llevarse a casa un estipendio a cambio de su incondicional adhesión a los principios del movimiento socialista, cuasiobrero y antiespañol?), a las restantes autoridades del Estado (Presidenta del Congreso, sabemos que es usted una inútil, pero ¿por qué no lo disimula un poco en el actual momento decadentista? ¿cuándo sucedió que le importó una higa su postrera semblanza en las páginas de la Historia?), incluso a los medios periodísticos, compuestos de un hartazgo catervario de turiferarios, lametones, pelotas, lisonjeros, lameculos, lambiscones y lagoteros, como no los hubo jamás en tiempo alguno preterido. 

Es él. Siempre lo fue. Los suyos se lo han llevado crudo (la de dinero que ha de tener Ábalos y Koldo y Cerdán en sus huchas dominicanas, no quiero pensar en ello) y él, que lo ha consentido, no ha hecho de su anuencia dejación de funciones, sino exacerbación de sus ganancias. Con el tiempo saldrá todo a la luz. Habrá que dejar que la UCO y la UDEF y los Aldamas destapen lenta y pormenorizadamente todas y cada una de sus múltiples vergüenzas (son tantas, que seguramente podrá componerse una enciclopedia del opróbico gobernante, basado en su biografía). A mí no me da la gana imponer la presunción de una inocencia que, de existir, que lo dudo, sólo serviría para abundar en la inutilidad y esterilidad de su mandato, cosa de la que ya estamos enterados. 

¿Es usted socialista? Peor para usted. Siento que se vea tan humillado, vejado, degradado, afrentado, avergonzado, sometido y pisoteado por quien usted siempre ha defendido. Una defensa fundamentada en el fundamentalismo ideológico que usted mantiene, y solo usted, y en su vesania de usted, y en su querencia compartida por continuar con la existencia de las dos Españas (que debieron quedar hace mucho extintas, pero que se empeñaron en resucitar de continuo el Zapatero cubierto de oro y joyas, y ahora el Sánchez cubierto de mierda, a quienes a usted no le queda otra que defender, no sea que su orgullo de usted se vea hecho añicos definitivamente y por los siglos de los siglos). Qué vergüenza ser lo que usted se siente. Quizá le quede el consuelo, triste, taciturno, de pensar que los del otro lado son iguales o peores. Allá usted si se cree sus propias mentiras, sus insidias de mal perdedor, de emasculado títere de aquellos que manejan los hilos de sus brazos y neruones sin -tal vez- usted percatarse de ello. A mí, la verdad, me la pela. Yo no simpatizo ni con el gallego ni con el vasco. Por eso replico: piense usted lo que quiera. Lo peor de una boñiga intelectual es no advertir el mal olor que despierta por haberse oxidado y solidificado con el aire y el sol y la lluvia (sí: la boñiga es su pensamiento, no lo ponga en duda: yo se lo aclaro).

Siempre fue él. Pedro Sánchez: el infiel enamorado, el postulante de un partido incapaz de encontrar dos hombres justos entre toda la gleba afiliada a sus principios -que no finales, de ahí el desconcierto-. El que no tardará en huir llevándose a su esposa consigo allá donde los paraísos impiden enchironar a los idiotas malvados y los aprendices de dictador. Veremos si deja subir al Zapatero en el avión que lo lleve al exilio... Creo que es lo único que queda de indefinición y vaguedad en toda esta historia del oprobio, vestido de rosa y puño. ¿Se irá solo o se irán todos al alimón? Ésa sí es una buena porra, y no la del Mundial.    

viernes, 19 de junio de 2026

Mancones

Ciertas palabras sobreviven al igual que lo hacen ciertas aves en las marismas: medio ocultas entre el barro, el junco y los cañaverales. En la Baja Andalucía llaman mancones a ciertos patos cuando, durante la muda, pierden temporalmente la capacidad de volar. No se hallan mutilados, aunque el nombre parezca insinuarlo (las voces antiguas disponían del encanto, ya preterido, de la brutalidad a la hora de afianzar los conceptos). No están vencidos ni han renunciado al cielo. Simplemente atraviesan una estación biológica de indefensión, un interregno en que la naturaleza, que jamás se muestra sentimental, por mucho que los ciudadanos de hogaño pretendan creerlo, pero sí profundamente sabia, exige a estas criaturas la pérdida del vuelo antes de devolverles la capacidad de alzarse.

El mancón no es, por tanto, un pato fracasado. Es, diríamos, un pato en tránsito. Un animal suspendido entre dos formas de ser. Ha dejado atrás las plumas que ya no le servían y todavía no ha repuesto las que le permitirán regresar al dominio aéreo. Durante ese tiempo queda a ras del mundo. Pesa más y se mueve peor. Su antiguo dominio del espacio se convierte en una torpeza prudente. En lugar de transitar el cielo, se encuentra detenido de agua detenida y barro. Por ese motivo se esconde entre los juncos y los cañaverales, para poder guarecerse de los depredadores.

Nuestra época, ésta en la que vivimos, naturalmente no es capaz de entender al mancón. Creería que sí, pero realmente trataría de diagnosticarlo. Lo vería inmóvil en la orilla y tal vez pensaría en algún estilo de decadencia. Lo observaría escondido entre los juncos y sospecharía depresión, agotamiento, resentimiento, baja resiliencia o falta de ambición. Algún experto, de esos que fabrican párrafos con pretensiones de hondura usando unos pocos anglicismos y el YouTube, explicaría que lo que realmente necesita el mancón es reinventarse, salir de su zona de confort, trabajar su marca personal y recuperar cuanto antes su visibilidad. Otro, más terapéutico, le recomendaría reconciliarse con su vulnerabilidad mediante un proceso de aceptación consciente. Un tercero, más político, identificaría en su quietud una protesta estructural contra el sistema de vuelo hegemónico durante siglos, y lo tildaría de revolucionario antipatriarcal. Un cuarto, inevitablemente, abriría un hilo en una IA.

La realidad, y su verdad más insosloyable, es que vivimos en una sociedad que no sabe nada de manquerías. Y no saberlo es otra forma moderna de ignorancia, de las cuales abundan por doquier. No se trata sólo del desconocimiento de una palabra rural, o haber perdido familiaridad con los ritmos de las aves, las estaciones, las labores del campo o la delicada gramática que posee las cosas que están vivas. Ese tipo de ignorancia, de tan extendida como se encuentra, resulta casi inocente: las carencias de biblioteca (de lecturas) son tan consuetudinarias que a quienes se hayan a salvo de ellas los tratamos como rarezas ejemplares. La ignorancia verdadera, y a la que me estoy refiriendo, es otra. Consiste en creer que todo lo que no comparece ante el tribunal luminoso de la actualidad ha dejado de existir hace mucho tiempo. Y, qué quieren que les diga, mis caros lectores: de alguna manera ya es así.

Antes, en tiempos mucho mejores, no solamente diferentes, incluso quienes sabían poco demostraban una sabiduría maravillosa. Por ejemplo, de la existencia de los tiempos de siembra y los tiempos de siega. Los tiempos de luto y los tiempos de boda y tornabodas. Los tiempos de recogimiento y los excepcionales tiempos de fiesta. Los tiempos del aprendizaje, de la penitencia, el duelo, la enfermedad, la convalecencia, el silencio y la espera. La vida estaba atravesada por ritos que no siempre servían para celebrar, también eran útiles para proteger, demorar, purificar o permitir que algo madurase sin ser inmediatamente sometido a la vulgaridad del comentario público. Había clausuras y umbrales, y puertas que no debían abrirse antes de tiempo.

Hoy hemos sustituido todos esos ritos por otros mucho más ruidosos y, desde luego, más estúpidos. El rito contemporáneo por excelencia consiste en aparecer. Aparecer opinando, aparecer dolido, aparecer indignado, aparecer feliz, aparecer auténtico, aparecer espontáneo (después de doce intentos), aparecer comprometido con cualquier causa que toque, aparecer disponible, aparecer en contra, aparecer a favor...  Se debe aparecer, de lo que sea. La existencia se ha convertido en una sucesión de pequeñas comparecencias ante una administración invisible y digitalizada que exige de manera sostenida pruebas periódicas de adhesión al mundo. Quien no publica, no está. Quien no reacciona, es porque consiente. Quien no se pronuncia, es porque oculta algo o es reaccionario (fascista, que dicen ahora).

Por eso el mancón resulta una figura tan incómoda. Porque encarna una forma de verdad que nuestra época detesta: la verdad de los procesos invisibles. Nadie ve crecer las plumas nuevas. Nadie aplaude la muda. Nadie felicita al ave por su discreta obediencia a una ley ancestral, muy anterior a todos nuestros reglamentos morales. El mancón no produce ni sabe producir ningún relato. Su narración es la de su propia existencia sujeta a las leyes de la naturaleza. Por eso no inspira titulares. No puede volar ante las cámaras ni convertir su espera en una charla motivacional. Siplemente está, vulnerable, terrestre, expuesto, incompleto. Y, sin embargo, precisamente por esa sencillez ontológica, se encuentra mucho más cerca de la verdad que todos nosotros.

Qué espanto nos habría de producir descubrir que no estamos volando, sólo batiendo unas alas envejecidas prematuramente delante de un espejo. Y esa es la sospecha que el mancón introduce, modestamente, desde su lodazal. La quietud no es una derrota porque seguir agitando las alas obsoletas es justamente la forma más torpe de impedir que crezcan las nuevas. Esta pregunta es insoportable para una sociedad que ha convertido la continuidad de la apariencia en una obligación moral. El antiguo mundo, con todos sus horrores y sus supersticiones y sus atrasos, tenía al menos una intuición que nosotros hemos extraviado. Cuando, actualmente, se nos pide ser vulnerables, siempre es de un modo narrativamente rentable. O lo que es lo mismo: con capacidad de crear seguidores e influidos. Si es de ese modo, es permisible estar tristes siempre que esa tristeza pueda integrarse en un relato de crecimiento. También se nos concede fracasar, siempre que dciho fracaso venga con un selfie en el que nos hallemos mirando lánguidamente por la ventana. Y así con todo. La intimidad del alma ha devenido en un mercado persa.

El mancón no necesita testimoniar nada, ni explicar el proceso por el que atraviesa. No necesita abrir un canal o una historia en las redes sociales. No titula su experiencia como "Aquello que aprendí cuando dejé de volar". No puvblica vídeos desde el cañaveral ni funda una comunidad de aves temporalmente no aéreas. No pide reconocimiento simbólico ni una reparación histórica por las bromas crueles de las garzas. Permanece. Aguarda. Y sobrevive. Tal sobriedad animal contiene una lección que se nos ha vuelto casi ininteligible. 

Quizá por ello nuestros ritos son tan pobres. Disponemos de ritos de adhesión, pero no de transformación. Ritos de pertenencia, pero no de crecimiento o conocimiento (y no, no disculpo tampoco los pseudorituales quechuas con que los urbanitas tratan de paliar la descolonización de su pensamiento). Nos faltan, en una palabra, manquerías. La muda es indigna, ensucia, deja restos y obliga a admitir que aquello con lo que uno se elevaba antes, ya no sirve y ha de ser despojado. El mancón no se engaña. Está en el barro porque es donde debe estar. No confunde su actual torpeza con su destino y, por descontado, no hace doctrina de su impotencia. No proclama que volar sea una construcción cultural de las aves dominantes. No celebra la caída como si la caída fuese una forma superior de sabiduría. Tampoco se odia por no poder elevarse. Su humildad no es moral, es biológica. Acepta la estación que le ha correspondido. Sabe, con esa sabiduría sin lenguaje de los animales, que hay una fidelidad más profunda que la fidelidad a la imagen que uno tiene de sí mismo: la fidelidad a la transformación. La que nosotros hemos perdido.

Los mancones, por supuesto, volverán a volar. Al menos, los que no sean cazados por los manqueros (que todavía los hay, porque la carne del pato cocido hasta caramelizarse la carne con la propia grasa es una delicia de restaurantes de muchas estrellas). Pero nosotros, francamente, no estoy tan seguro de que volvamos algún día a saber nada de nada.

viernes, 12 de junio de 2026

Alza la mirada, no te deslumbres

Le pongo al día rápido, no sea que usted, caro lector, un tanto anacrónico (como yo), haya llegado al guateque cuando ya se va la gente. Hoy en día nadie sabe lo que es un guateque. Por ahí empezamos...

El Papa León XIV, agustino, primer pontífice nacido en Estados Unidos (con raíces familiares españolas, por cierto, lo cual a la prensa rosa le ha dado carnaza para semanas), eligió el nombre pensando en León XIII y la "Rerum Novarum", y ha decidido —como bien sabe usted si leyó mi anterior columna— que la cuestión social de nuestro tiempo es la inteligencia artificial. Pero esta columna habla de la visita a España, que se ha desarrollado entre el 6 y el 12 de junio (escribo esto cuando el Papa se despide de nuestro país en las Canarias). El Papa argentino no se avino a venir, pero sí lo hizo Benedicto Ratzinger (el incomprendido) en 2011. 

Lo han leído en las noticias o visto en el telediario, si aún conserva el dudoso gusto de enterarse de las noticias por la tele. Ha hablado en el Congreso (primera vez para un pontífice), ha inaugurado la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia y ha cargado el viaje de inmigración por la vía canaria.

La encíclica que no me ha gustado, lo saben bien mis caros lectores, es "Magnifica Humanitas", firmada el 15 de mayo (el aniversario exacto de la "Rerum Novarum" , gesto nada inocente) y publicada el pasado día 25 para discernir «sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial». Y aquí viene lo que debería ponerle a usted, y a mí, y a cualquiera, los dientes largos como escarpias: es agustiniana hasta la médula. Cita "De Civitate Dei" , despliega los dos amores y las dos ciudades, y opone la nueva torre de Babel a la ciudad donde Dios y el hombre habitan juntos. Son, en total, 245 párrafos. Sobre el papel, es lo más teológicamente musculoso que se podía pedir a alguien formado en Wojtyła y enamorado de Ratzinger. Como yo. Pero dudo que está aseveración mía sea compartida por los cientos de miles de devotos ciudadanos del mundo para quien "Diosito", "Jesusito" y demás torturas repipis (propia de Iberoamérica) es la única forma de creer. Una forma mediocre y estúpida, pero esa es otra cuestión.

Y sin embargo a usted, como a mí, la tan celebrada encíclica sobre la moral en los tiempos de la IA seguramente le haya dejado frío. Y ahí es donde está esta columna. No en el Papa: en usted y en mí (y si no concuerda conmigo, solo en mí). El motor que mueve el espíritu columnario de este texto no es "un Papa más", sino la paradoja: soy un teófilo que reverencia a dos pontífices doctrinalmente macizos y que se encuentra, por fin, con un agustino que le sirve "La Ciudad de Dios" en bandeja… y bosteza. ¿Por qué? Esa es la pregunta que sostiene las mil quinientas palabras (no las he contado) de esta columna. 

Sospecho que la reciente fontanería (dichosa palabra de este momento)  agustiniana está montada sobre una preocupación que huele a informe de comité de pánico de la Iglesia por no llegar tarde al titular sobre aquello que está en boca de todos. Agustín, como andamio decorativo de una encíclica que, despojada del latín, podría firmar un panel de Davos, es una excusa. Y algo mala, por cierto.

Para lo ameno ya tiene usted un regalo que no se ha buscado —porque me lo han chivado— y que no es otra cosa que el himno oficial: "Alza la mirada", nacido en una "Song Camp" —una jornada intensiva de compositores, veinticuatro horas contra el reloj en un estudio de Madrid—, y producido por gente de la música católica pop de ahora (ignorados por mí todos ellos como Hakuna o Tuyo y compañía). Fue grabado por mil setecientas voces simultáneas en cuatro catedrales y subido a las plataformas con su versión en inglés (I Lift Up My Eyes), que tampoco he escuchado. Faltaría más. Lo delicioso, para usted, que no para mí , es que el estribillo es San Agustín reciclado en pop devocional, con el viejo "inquietum cor nostrum" —el corazón inquieto que no descansa hasta Dios— convertido en gancho del streaming. Creo que ha faltado la versión reguetón. Creo.

Total. Agustín aparece dos veces en esta columna. Arriba, la primera vez, en una encíclica de 245 párrafos que teme a la máquina y de la que ya hablé la semana pasada. Y abajo, en un himno fabricado con la lógica exacta de la misma máquina denunciada —sesión exprés, producto, catálogo digital, métrica de reproducciones—. Se lo explico mejor: la Iglesia denuncia la era que al mismo tiempo la patrocina. Y el columnista que se lo cuenta todo esto, no se lo pierda, lo ha averiguado preguntándole a una inteligencia artificial (porque no me puse a leer las miles de noticias sobre el Papa y su visita, desde luego).

Ese chiste meta queda ahí si usted lo quiere entender; yo no lo tocaría más porque envenena rápido. Y la muerte es atroz. Muerte por medianía.


viernes, 5 de junio de 2026

¿Una encíclica sin teología?

Hay textos que, por razones complejas y difíciles de diseccionar, generan consenso de forma inmediata. La encíclica Magnifica Humanitas (que muy poca gente ha leído) parece ser uno de tales documentos capaces de engendrar fervor, adulación y un mismo modo de pensamiento en muchos y muy distintos individuos. Está bien escrita, es pertinente, es actual. Sin embargo, en una segunda lectura más reposada, surge una impresión incómoda (al menos en mí): la de encontrarnos ante una encíclica sorprendentemente pobre en densidad teológica.

No creo que se trate de una carencia accidental, más bien parece una opción deliberada, muy al hilo de las cartas encíclicas que pergeñaba el anterior Papa Francisco I. El documento pertenece claramente al ámbito de la doctrina social de la Iglesia, y, por tanto, su objetivo no es tanto desarrollar el misterio de Dios como ofrecer criterios para orientarse en esta era actual de la inteligencia artificial. Solo bajo esa perspectiva podemos decir que la teología comparece, aunque no como un fundamento sobre el que basar la doctrina, sino única y exclusivamente como contenido supuesto. Cristo, por ejemplo, está presente, pero no es el centro dramático del texto. También se invoca a la Trinidad, sin mayor exploración. Y, por terminar destacando una tríada habitual en la teología católica, la Gracia se supone sin tematizar. El resultado es, por tanto, algo parecido a una teología funcional: sostiene el discurso de la Iglesia sin impulsarlo. No estamos ante una encíclica que parta del misterio cristológico para iluminar la realidad, sino ante un texto que parte de la realidad —tecnología, poder, desigualdad— y que recurre a la teología de una manera más bien escasa para legitimar el contenido que se expone a los fieles. El orden se ha invertido y a muchos esto mismo les parece un acierto. Para mí es el mismo tipo de carencia que empobrecía los escritos del Papa argentino, por quien jamás profesé mucha devoción como ateo.

Todo lo que digo se percibe en el sujeto del discurso. Aunque Dios no desaparece, lógicamente, el verdadero protagonista es el ser humano en su contexto histórico. La encíclica dialoga con "todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo" y adopta un lenguaje universal, deliberadamente accesible al gran público. Es un texto que busca ser traducible fuera del ámbito confesional, lo cual tiene un precio: la renuncia a un lenguaje teológico fuerte, algo que puede parecer muy conveniente para la legión de cristianos que desean contemplar en el Papa a un ser que oriente sus pasos por la vida, al estilo de los imanes de las mezquitas islámicas, cuya palabra dirige las vidas de los musulmanes, pero que convierte el objetivo último de la teología (Dios) en un mero aderezo.

Además, el método que emplea el Papa norteamericano es claramente inductivo. Heredero de Gaudium et Spes, el documento intenta observar la realidad, analizarla y aplicarle unos determinados principios morales y éticos. No hay una derivación sistemática desde la fe, sino un discernimiento prudencial ante los desafíos contemporáneos. Esto acerca el texto al género sapiencial más que al teológico: orienta, advierte, sugiere, pero sin profundizar. Todo ello explica esa sensación que tengo yo de "pobreza intelectual". Pero quizá sea conveniente matizar esta crítica mía: no es que se trate de una teología débil, lo cual implicaría su personación; se trata de una teología conscientemente desplazada. La encíclica no pretende decir quién es Dios, sino cómo actuar en un mundo donde la técnica amenaza con redefinir lo humano. En ese marco, la pregunta central no es teológica, sino ética: ¿qué estamos construyendo? Y, a mi juicio, lo hace con numerosas referencias milenarias al mensaje eclesial que tenemos por costumbre escuchar. Yo sigo pensando que, cuando la Iglesia habla de ética y en defensa de los valores humanos, su discurso en poco o nada se diferencia de los predicadores televisivos.

Queda abierta, por tanto, una cuestión de fondo. Cuando la teología se reduce a ser un marco legitimador, ¿no se corre el riesgo de diluir su capacidad crítica? Tal vez el desafío no sea elegir entre profundidad doctrinal o relevancia social, sino recuperar una teología capaz de sostener ambas sin renunciar a ninguna. Porque, en último término, solo una visión fuerte de lo humano puede sostener una palabra verdaderamente significativa sobre la técnica. Dense cuenta, mis caros lectores, que el contenido de la encíclica en cuanto a inteligencia artificial, es solo justificación. Una puesta en escena para un peligro que, muy probablemente, jamás se producirá del modo apocalíptico en que Roma lo ha tasado, pero que sirve a la perfección para que la Iglesia levante, una vez más, los muros de su vieja y muy prescindible aduana moral.