viernes, 24 de abril de 2026

La diáspora del intelecto

Se constata algo mirífico en las sesiones de control de los miércoles en el parlamento. No la elocuencia, desde luego. Tampoco la altura del debate, porque la existencia de un término tan gnoseológico (el debate) es duda más que razonable en cualquier ámbito social. Ni siquiera podemos corroborar su utilidad política, atributos todos ellos que, en fin, conviene no exigir con exceso. Lo realmente extraordinario de un ejercicio que, de interesar, solo interesa a Sus Señorías (por aquello de que han de aplaudir o berrear según dicte el dedo ejecutor, que no por otra razón) y a los periodistas que tienen con qué llenar las páginas de Nacional de los diarios del jueves, es su extraordinaria y pluscuamperfecta  (aunque convendría rescatar aquí el anteropretérito, ya sin ironía) estabilidad operativa. Pocas cosas funcionan con tanta regularidad en este país como ese intercambio tan perfectamente calibrado como conformemente inútil de inquirir una pregunta ya irrelevante y obtener una respuesta tangencial, escapatoria y apenas nunca incidental.

El mecanismo es el siguiente. Yo se lo explico por si usted tiempo ha que dejó de leer esas crónicas desde que falleciera Colmenarejo o las únicas que le merecen interés son las anécdotas que dejó escritas Carandell. Se efectúa la pregunta, que en muchas ocasiones no tiene nada que ver con la registrada en el Congreso. Interviene el indocto, casi siempre con mal fingida cordialidad, porque ya sabemos que en él lo del fingimiento y la mentira es consustancial. Ejecuta, en mal castellano, un tono pretenciosamente comedido, casi clínico, como dispuesto a esforzarse mucho en invocar su inexistente voluntad de diálogo y, desde luego, sin incurrir en momento alguno en el siempre arriesgado ejercicio de practicarla. A continuación, tras la objeción de la oposición, no importa si realmente se opone o no, porque hay algunos en quienes aún no hemos descubierto qué es lo que realmente quieren o qué es lo que les molesta de ese desGobierno (cuestión difícil, ya saben ustedes, pero hay de todo en la viña del Señor), después, sigo, acontece la réplica, y el sistema se reajusta: es cuando aparece el argumento personal, el berrinche ad-hominem, el esperadísimo giro hacia lo realmente accesorio o tangencial, que suele ser la apelación al pasado del interlocutor, cuando éste es molesto o irritante. La conclusión es una trayectoria hiperbólica de escape del sistema solar, digo del parlamentario. La bancada, tras el indocto, acompaña con entusiasmo y aplaude. Algunos con evidente desinterés y otros con los ojos henchidos en ira, porque no son capaces de entender que muchos ciudadanos, esos seres que trabajamos para ellos sin haber pasado por una oposición, no los amen como a las artistas de la farándula, si es que queda alguna en activo o con vida.

El resto del elenco cumple con idéntica fiabilidad y nadería. El que se llama Bolaños, ministro de los jueces incapaz de ofenderlos siempre que puede, y con aspecto de repelente niño Vicente, pero sin su inteligencia, introduce en sus disertaciones una pretendida densidad jurídica, suficiente como para que nadie tenga la tentación de seguirle el hilo, lo cual es otra manera de revelar que no sabe lo que está diciendo. El inefable ministro neardentalés, vallisoletano (de cuya ciudad hubo de irse por hastío del personal propio y ajeno siendo alcalde), experto en redes sociales y en absolutamente nada más, aporta su riqueza lexicográfica y esa intensidad expresiva de cernícalo a punto de rapiña para sustituir, con indubitable solvencia, cualquier dato que tengan a bien pasarle en una chuleta sus asistentes. La ministra que fue de Hacienda, y que anda estos días por soleares,  y también todos los restantes días de su insufrible existencia, intenta rematar cualquier contenido con conclusiones prescindibles (ya veremos cómo lo hace su sustituto, de quien aún no sabemos ni cómo lo llaman en su casa, donde come). Finalmente, el ínclito ministro de exteriores, cuya estatura y talla de estadista lo facultan para montar una tienda de chinos en cualquier barrio, se encarga de recordar, tantas veces como sea necesario, que nos encontramos en el lado correcto de la historia incluso cuando la historia no parece particularmente interesada en confirmarlo, sólo el dictador de la China, ese experto en aniquilar especímenes bípedos antropomórficos, cosa que no se nota mucho porque allá hay demasiados y, total, unos miles más, unos miles menos, tampoco son gran cosa. (Sólo Irán ha masacrado a más disidentes, siendo muchísimos millones menos sus ciudadanos).

Es tentador pensar que todo ello responde a una estrategia de comunicación adaptada a estos tiempos modernos de ignorancia universal e incultura ecuménica. Vivimos, o eso dicen, en la era del impacto breve, del mensaje condensado, del tiktok que pervive diez segundos en la pantalla. Parece lógico que el Parlamento, en consecuencia, haya decidido optimizar su rendimiento en ese ecosistema y, en lugar de debatir para tratar de convencer al contrario, en lo que esté inmerso es en recortar. Lo de argumentar está sobrestimado. Lo que conviene siempre es dejar una frase utilizable en un titular y disponer de mil plácets en forma de corazón o de lo que sea. Bajo ese punto de vista, la Cámara Baja también funciona. Yo diría que es para lo único que funciona, porque el indocto hace lo que le dá la gana y el gallego de la oposición lleva varios años ya sin enterarse de nada, ni allí ni en su casa. 

Cabría preguntarse, a fuer de cierta compleción para que esta columna no acabe pareciéndose a otras, si esa utilidad nueva de los escaños donde viven tan sumamente bien aquellos que no hacen absolutamente nada de provecho, tiene efectos colaterales. Como las boticas. Pero creo que se trata de una cuestión retórica que, como los bumeranes, siempre retorna y tiempo hace que se contestó: la reducción sistemática del discurso a esta forma más ligera que, ni por esas, interesa a la gente, vacía por completo de contenido aquello para lo que fueron Sus Señorías elegidos. En el caso de las sesiones de control, una diáspora de talento dialéctico ciertamente indignante, al menos para mí, la sustitución de esa palabra (control) por las escenificaciones irritantes de la política de ahora, refleja con fidelidad la naturaleza misma de lo que está ocurriendo allí. Léase: el vacío absoluto. 

No es poco, dirán algunos. Pero lo que no es, es mucho.

viernes, 17 de abril de 2026

El error de ponerlos al mismo nivel

Dicen que las comparaciones son odiosas. Mucha gente lo ignora, pero este refrán tiene su origen en el libro segundo de El Quijote, capítulo 16: "... aunque las comparaciones que se hacen de ingenio a ingenio siempre son odiosas". La cuestión es que, últimamente, o al menos de ese modo me lo voy encontrando yo, prevalece en cierto sector de la sociedad la idea de que tanto Irán como Israel son estados terroristas. Bueno. No todas las comparaciones entre Estados deben hacerse en términos morales. Algunas, las más relevantes desde el punto de vista práctico, se han de situar en el plano, mucho más distinto, de la fiabilidad. No se trata de ver quién es mejor o peor en abstracto, sino de quién resulta más predecible, más estable y menos arbitrario cuando se convierte en socio, adversario o simplemente en un actor relevante en un sistema tan complejo como son las relaciones internacionales.

La cuestión es que, en un bronco debate familar, recientemente alguien puso sobre la mesa el argumento de que Israel es un país que puede definirse como un estado terrorista. Unido al hecho de que está gobernado y regido por sionistas, que son gentes en quienes no se puede fiar, porque persiguen la dominación del mundo y la eliminación de los oponentes. Lógicamente, bajo ese enfoque, la respuesta de Israel al pogromo de Gaza por parte de Hamas sería un acto de terrorismo, la defensa de su territorio contras las huestes de Hizbola en Líbano otro acto terrorista más, y el bombardeo de los centros de enriquecimiento de uranio y de bases militares, amén de otros objetivos, en Irán durante la reciente e incierta guerra que se viene desarrollando, más de lo mismo. No me detuve a preguntar cuál sería la clasificación de Irán respecto al despliegue terrorista y asesino que despliega en muchos países (el atentado a Vidal-Quadras en Barcelona es un ejemplo particularmente descarnado) o el apoyo en armas y fondos económicos a Hamas y Hizbolá. Pero da lo mismo. Porque la comparación entre Israel e Irán adquiere un significado completamente distinto al habitual. Ambos países acumulan, como cualquier otro, elementos positivos y negativos, por mucho que a mí me cueste ver los positivos en un régimen, el de los ayatolás, que no dudan en masacrar a miles de ciudadanos por el simple hecho de protestar contra su desquiciante teocracia. 

Israel opera dentro de un sistema que, con todas sus tensiones internas, mantiene rasgos fundamentales de pluralidad institucional: separación de poderes, debate público intenso, capacidad de crítica interna y mecanismos de corrección que, aunque imperfectos, existen y funcionan. Esto no implica ausencia de decisiones controvertidas ni de políticas discutibles. Pero sí implica algo más importante: su coherencia (guste o no) y previsibilidad. Sus acciones, incluso cuando son duras, responden a incentivos identificables y a una lógica que puede ser analizada, anticipada y, en cierta medida, modelizada por terceros.

Irán, por el contrario, presenta una arquitectura institucional dual en la que conviven estructuras formales y centros de poder que no son en absoluto transparentes. Todo abunda en beneficio de los ayatolás. Esta configuración, en un contexto geopolítico, introduce un grado significativo de incertidumbre. Y si nos ponemos puristas, e incluso buenistas, como cuando el infame Zapatero les tendió la mano con su demencial Alianza de las Civilizaciones, o más recientemente las muchas del desquiciado (y bastante demonial) indocto que nos desgobierna, podríamos acabar coligiendo que no se trata únicamente de meras diferencias ideológicas, sino de total opacidad en la toma de decisiones y de una imposible trazabilidad entre causa y efecto en su acción política interior y exterior. Dicho de otro modo, se impusieron como objetivo eliminar a un país vecino y a ello han dedicado ingentes recursos en los últimos cuarenta o cincuenta años..

Para muchos, ni siquiera esta asimetría equivale a buscar un cierto equilibrio entre uno y otro país. Menos ahora que el señor Trump decidió emprenderla a garrotazos con los iraníes ante el plausible temor de que pudieran meterle un pepinazo nuclear a los de Sión (¿alguien acaso duda que llegaran a hacerlo? Imagino que los de siempre). Total, si la gentuza de Hamas, bien aplaudida por sus palestinos conciudadanos (en YouTube siguen aún las evidencias), raptó, violó, quemó vivos y machacó a cientos de inocentes israelíes sin que nadie se llevase las manos a la cabeza (me refiero a nadie de entre los que siempre sesgan hacia el lado izquierdo extremista de la vida), digo yo que no sería mal visto acabar con dos o tres ciudades de la antigua Judea y, con ello, doblegar  a esa avanzada imperialista delos Estados Unidos denominada Israel. 

Luego, si quieren, podemos hablar de si la Palestina de tiempos de los romanos existió y las inobjetables consecuencias que, para quienes defienden tal anacronismo, merece en el orden internacional actual (lo mismo pretenden resucitar las fronteras del imperio austro-húngaro, de mucha más reciente existencia, aunque lo dudo). Los libros de historia es lo que tienen: los legos los usan siempre en favor de sus argumentos con ayuda de las lecturas oblicuas de sus páginas. Pero esa es otra cuestión.

En fin. Odiosas comparaciones. Por mi parte, sigo esperando a que las cabezas con mando en el régimen de los ayatolás acabe en lo alto de una picota, desangrados y bajo el escarnio de todos los iraníes (porque Irán no es de los ayatolás y sus soldados de la república: es del pueblo, que los aborrece).

viernes, 10 de abril de 2026

La épica del comentario anónimo

Existe una figura contemporánea cuya relevancia sociológica crece en proporción inversa a su capacidad intelectual: el comentarista anónimo de columnas de opinión. Ese héroe discreto que, armado únicamente con un teclado (o un móvil), una conexión a internet y una indignación mal digerida, se lanza a la arena pública para corregir al mundo. Se destaca, respecto alñ resto de la humanidad escribidora, que él, el anónimo, no escribe para argumentar. Escribe para existir. Y sólo existe cuando insulta, amenaza o vilipendia.   

Hay algo profundamente conmovedor en su esfuerzo. Mientras el articulista se equivoca (como todos) tras horas de lectura, contraste y redacción, nuestro protagonista entra en escena con una claridad casi mística: "Menuda basura de artículo", "No tienes ni idea", "Otro vendido más". Tres frases, ningún matiz, y una sensación de superioridad que, por supuesto, no experimenta en ningún otro ámbito de su vida. En absolutamente ninguno. Simplemente es mediocre, o vulgar, o idiota, aunque aún no se haya enterado. 

Lo fascinante de este espécimen no es tanto la falta de argumentos que exhibe sin vergüenza alguna como la absurda convicción que profesa en sus barruntos. El comentarista anónimo no duda. No matiza. No se pregunta si ha entendido bien lo que ha leído. Él sabe. Y sabe con esa seguridad que poseen únicamente los elegidos por el dedo del dios de la verdad, la de quienes jamás han sometido sus ideas a la más mínima tensión intelectual (porque no saben lo que es eso). En muchos casos, ni siquiera se molesta en disimular que no sabe nada: organiza la hedionda bajeza de sus barruntos al insulto o la amenaza, en la creencia (fútil) de que molesta o preocupa al articulista. Estan torpe que ni siquiera se da cuenta de que su legado es olvidado en tres segundos. En cualquier caso, su pensamiento no ha sido erosionado por la duda, ni contaminado por el conocimiento. Es puro. Intacto. Inútil. Lo mismo que su existencia.

A menudo adopta un tono agresivo, como si la violencia verbal compensara la ausencia de contenido. Y quizá, en cierto modo, lo hace. En un ecosistema donde opinar es gratis, pero pensar resulta caro, el insulto se convierte en una moneda de cambio eficaz. No requiere esfuerzo porque genera impacto, o eso cree el comentarista anónimo, y con esa felicidad se marcha a la cama. Es la economía perfecta para quien no está dispuesto a invertir en nada, salvo (tal vez) en Netflix o cualquier otro tipo de basura similar.

Existe también una dimensión identitaria. El comentarista no escribe solo contra un texto, sino contra lo que el texto representa. Una idea que le incomoda, un marco que no comprende o, más frecuentemente, una sensación difusa de que el mundo avanza sin pedirle permiso. Su comentario no busca convencer a nadie. Busca reafirmarse a sí mismo en un universo que percibe como hostil. Y, sin embargo, cumple una función. Porque el comentarista anónimo es el recordatorio constante de que la libertad de expresión incluye también la libertad de decir estupideces. Sin él, podríamos caer en la tentación de creer que el debate público es un espacio racional, ordenado y orientado a la verdad. Su presencia nos devuelve a la realidad: es un espacio humano y, por tanto, sumamente imperfecto. Tan imperfecto que a mí, personalmente, me trae sin cuidado.

Al pobre comentarista anónimo no hay que silenciarlo. Ni siquiera ignorarlo por completo (mea culpa). Basta con entenderlo. Compadecerlo. Adolecerse de él, dolerse de su existencia, lamentarse de su banalidad, apiadarse de su cortedad, contristarse con su necedad, compungirse de su mísera existencia y conmiserarse de tan vacía alma cautiva (cautiva de su propia medianía). Porque, al final, detrás de cada idiota no hay tanto un enemigo del pensamiento como alguien que nunca llegó a encontrarse con él. Y eso, más que indignación, merece casi compasión.

viernes, 3 de abril de 2026

Viernes Santo

Sonrío, con cierta malicia e irremisible malignidad, cada vez que, por Semana Santa, alguien, en una conversación cualquiera, se pregunta por qué esta festividad cristiana cada año sobreviene en un día distinto. No importa las veces que uno lo explique. El ser humano, especialmente el más indocto y ágrafo, posee una querencia especial por dejarse asombrar de manera cíclica por los mismos misterios. Pasa algo parecido con las estaciones climatológicas de las áreas templadas del planeta. E incluso con la posición de la Luna en el cielo, que tan vinculada se encuentra a los rituales litúrgicos de la cristiandad, el Islam o el Rosh Jodesh judaico. Casi parece un guiño que los estadounidenses hayan decidido darse un paseo en órbita lunar baja justo durante la Semana Santa... 

Como este año sí hace buen tiempo, y en ciudades como Sevilla o Málaga o Valencia esta inopinada ventura tiene a sus habitantes repletos de sacro gozo, las calles se están llenando y los pasos, esos testimonios tan nuestros que representan la pasión de Cristo, avanzan con su gravedad y circunspección esperados. Los idiotas de siempre aprovechan el ruido de las urbes para soltar estupideces comparativas con las torrijas o cuanto les venga en gana expeler (no hay mayor frustración para las catervas ideologizadas que los contrarios asuman el protagonismo: así hay que entenderlo). Pero la solemnidad envuelve el aire y parece seguir intacta un año más. 

Sin embargo, algo esencial se sigue perdiendo en ese despliegue impecable y, en apariencia, incombustible de la fe laica de los cristianos. No en su forma —que quizá nunca haya sido tan perfecta—, sino en ese fondo teológico, el realmente importante, que se viene erosionando hasta haberse vuelto irreconocible. Lo que un día, en épocas que tachamos de bárbaras y atrasadas, la muerte y resurrección de un individuo se manifestaba como pura tensión metafísica, escándalo teológico y una ruptura epistemológica trascendental con la propia ontología del ser humano, hoy no es otra cosa que un objeto cultural más, muy pulido, muy fotografiable y, sobre todo, muy inocuo.

No deja de ser paradójico que, en una época que se proclama escéptica, la Semana Santa sobreviva por todo aquello que evita. Nadie está dispuesto a enfrentarse al núcleo incómodo del relato: la ejecución pública de un hombre que se proclamó —o fue proclamado— Hijo de Dios, y la posterior afirmación de su resurrección. Un hecho que, de haber sido cierto, que no lo fue, supuso la reconfiguración completa de nuestra comprensión de la realidad. Sin duda, la construcción narrativa más influyente —y problemática— de toda la historia humana. Y lo siento por los musulmanes (y su aburrido Ramadán), los judíos o los budistas. Ninguno de ellos contiene una iglesia mistérica en su seno. De los judíos no conocemos apenas nada de sus prácticas. El budismo es un juguete. Y lo musulmán lo tenemos muy presente por su terrorismo y las prácticas medievales que, al parecer, ahora suscitan admiración en los hombres libres (porque sus mujeres no lo son). Lo siento por ellos, pero en cuestiones de trascendencia, el cristianismo los barre sin contemplaciones. 

El devenir de la mentalidad cristiana, tan aferrada a la liturgia y a los rituales, que no son otra cosa que pura fachada y oropel intelectual, ha construido unos Santos Oficios sin riesgo, lo que se traduce en una devoción tan superficial como carente de vértigo filosófico. Es pura emoción, pero sin preguntas. Exactamente como la fe que proviene de las migraciones sudamericanas, de una bajeza intelectual pasmosa (compartida por el llorado Papa argentino cuyas encíclicas no contenían sustancia alguna para el refugio del alma). La gente llora al paso de una imagen y aplaude la belleza de un trono de dolor como es la cruz. Para los gentíos que abarrotan las calles, hacer comunidad, cristiana o turística o del tipo que sea, se limita a compartir una experiencia colectiva de algo que ya ni tan siquiera espera de los fieles ser comprendida.

Lo que está en juego aquí no es la fe. Es la inteligencia, como sucede en casi todo. No se trata de creer o no creer. Se trata de asumir la carga intelectual de aquello que se conmemora porque, en algún momento de la vida, especialmente conforme la edad avanza y el fin del camino se va aproximando, la Pasión de Cristo debería dejar de ser un relato decorativo de las calles. En su formulación más radical, se trata de un desafío directo a las categorías con las que organizamos el mundo: vida y muerte, verdad y testimonio, poder y legitimidad. Pero da lo mismo. Por mucho que sea un episodio donde convergen los intereses políticos, las construcciones historiográficas, las (pocas ya) tradiciones orales y un puñado de afirmaciones teológicas de una audacia difícilmente comparable, el poso que queda finalmente es el de unos aplausos y unas gentes lloronas y esperpénticas.

Tal vez por eso resulte a mis caros lectores particularmente llamativo que quien menos participa de esa inercia —porque manifestado he muchas veces que no creo en nada de ello— sea yo quien, en ocasiones, resulte incómodo con este tipo de vaciamiento intelectual. No echo en falta la fe, y no me hace falta para reconocer la magnitud del problema que se continúa ignorando. Detrás de cada paso, de cada saeta, de cada silencio cuidadosamente coreografiado, hay una afirmación que debería inquietar mucho más de lo que inquieta. Que un hombre murió y resucitó. Aceptarlo exige una reconfiguración radical de la realidad. Y negarlo exige, al menos, una explicación a la altura de su impacto histórico, cosa en la que me entretengo cada Viernes Santo. Pero lo que difícilmente puede sostenerse es que la tercera vía, cómoda y acrítica, la elegida por la propia Iglesia, evite sistemáticamente su contenido.