Lo primero que abandona la memoria es el nombre. Antaño, cada finca o cada revuelta de las trochas y senderos tenía el suyo. Nunca fueron apelativos decorativos: eran instrucciones de uso, cartografía hablada. El Cotorro se llamaba así porque el agua bajaba de golpe y exigía sembrar tarde. La Tierra del Fraile conservaba el testimonio de una desamortización que nadie recordaba, pero cuyos contornos seguían respetando las lindes como si las hubiese pronunciado un notario. El Teso de las Liebres, la Hoja de Abajo, el Rebollar de Andrés —un Andrés muerto en el ochocientos, cuyo apellido se perdió mucho antes que ese nombre de pila que todavía resuena en la ladera... Son todos ejemplos toponímicos elegidos un tanto azarosamente por mí en esra columna, de entre un par de centenares largos.
Aquel vocabulario existía porque alguien necesitaba nombrar cada parcela para precisar dónde se encontraba. Cuando ya no queda nadie a quien decírselo, el nombre no se olvida de golpe: simplemente parece que se queda sin trabajo. Y una palabra sin oficio sobrevive todavía un tiempo, con la paciencia de un perro viejo, hasta que se extingue sin que nadie acierte a señalar el día exacto de su pérdida.
La concentración parcelaria reunió después las tierras en polígonos, y a los polígonos les asignó números. Parcela 47 del polígono 3. Es una denominación eficaz: cumple su cometido. Simplemente no dice nada a quien no lleve un plano agrario desplegado sobre el capó del coche. Nadie decretó la extinción del Teso de las Liebres. Simplemente dejó de ser necesario. Y en esta tierra las cosas rara vez mueren porque, lo que sí hacen, es volverse innecesarias, que es una forma más lenta y silenciosa de desaparecer.
Después van las casas. Pero las casas tampoco se derrumban de golpe porque una casa desusada con los años no se cae, sino que se abre, como las flores. Primero cede el tejado en un punto preciso —casi siempre junto al tiro de la chimenea— y deja caer sobre el suelo una columna de luz que aquella estancia jamás conoció mientras estuvo habitada. Luego la lluvia trabaja con paciencia sobre el adobe, que fue barro y regresa al barro sin estrépito, con cierta serenidad y parsimonia, como si no le importase volver a su materia originaria una vez que los seres vivientes a los que protege dejan de ser los humanos. Posteriormente entran los pájaros y las zarzas trepan por las paredes y en agosto ofrecen sus frutos en el hueco de lo que fue el hogar, con desfachatez, porque lo vegetal, que nos antecedió millones de años, no necesita pedir permiso. Al final resiste la piedra: el dintel, las jambas, el umbral desgastado por el paso de seis generaciones. Pero ya se ha convertido en un marco exento en mitad de un solar, abierto al vacío y con la memoria perdida por completo. Se puede cruzar. Por supuesto. Nada cambia al traspasarlo y, sin embargo, uno pasa instintivamente por el vano y evita pisar el escombro, como si la casa conservara todavía, mucho después de haber perdido el techo y las habitaciones, una última autoridad, o cierto viso de ella, sobre nuestros pasos vacilantes y temerosos. Los míos, sin duda, transidos de tristeza.
Tampoco conviene convertir aquel mundo en una arcadia, cosa que en muchas ocasiones reflejo. Era una tierra dura, cerrada, severa con quien pretendía salirse del margen; incluso las fiestas que hoy recordamos con emoción eran apenas una tregua mínima en un tiempo que no concedía concesiones. Quienes se marcharon no traicionaron ningún paisaje. Se fueron porque el autobús de la mañana ofrecía una salida y porque en las fábricas del norte había trabajo bajo techo. Y eligieron bien. Nadie tiene derecho a exigir a otros que permanezcan en la intemperie para conservar una estampa pintoresca.
Hay una consecuencia de la despoblación de la que apenas se habla —quizá porque incomoda la gravedad del género elegíaco—: el silencio. Es un silencio denso, mineral, del que apenas queda muestra en Europa. En estos valles es posible escuchar una conversación a doscientos metros, la percusión de un pájaro carpintero en la margen opuesta del río, el roce exacto del aire al atravesar las hojas duras de la encina, que suenan a papel seco y no a follaje. Se oye llegar un vehículo varios minutos antes de que asome tras el cambio de rasante. Es un privilegio casi obsceno. Lo disfrutamos precisamente quienes no pagamos su precio. Ese silencio es también una herencia, aunque nadie quisiera dejárnosla porque se trata del legado involuntario de quienes tuvieron que partir.
Las cifras se repiten y son las que son —menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado en amplios tramos de esta Raya, una densidad inferior incluso a la de algunas regiones del extremo norte europeo—, pero los datos han perdido ya su capacidad de sobrecoger. Se han dicho tantas veces que han dejado de significar. Una cifra puede describir el vacío, pero no sabe hacerlo sonar ni que parezca importante. Quizá por eso solo nos quede la tarea minuciosa de los antiguos escribanos: levantar acta. De modo que esto, mis caros lectores, es lo que permanece. Un dintel de granito abierto a un cercado de zarzas. Una parcela que perteneció a las liebres y hoy es una cifra en el catastro. Y este silencio inconmensurable que jamás habíamos oído y que probablemente nos excede.
No pido que regrese nadie. Quienes se fueron tomaron el camino correcto, y quienes quedamos, o quedaremos algún día, no bastamos para mantener abierta una escuela. Tampoco creo que la memoria pueda detener nada. Apenas puede nombrarlo mientras desaparece. Pero mientras alcance, al pasar por ese alto, seguiré diciendo el Teso de las Liebres en voz alta. Aunque no haya nadie al otro lado. Aunque ya nadie necesite saber dónde queda. Aunque solo sea por dar destino a una palabra que se ha quedado sin trabajo.
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