viernes, 21 de agosto de 2026

Los que todavía aplauden

El problema ya no es el indocto, Pedro Sánchez. El nefando impresidente es perfectamente conocido. No constituye ningún misterio psicológico, ningún enigma político, ninguna esfinge que todavía aguarde a su Champollion. Ocho años son tiempo suficiente para estudiar a un hombre, medir sus escrúpulos, conocer sus límites y comprobar, sobre todo, que poseen la extraordinaria propiedad de desplazarse a donde sea cada vez que uno se aproxima a ellos. Sabemos quién es. Y es relativamente simple adjetivarlo.

Lo incomprensible son los otros, los que todavía aplauden y encuentran una explicación para todas las barbaridades que el indocto acomete (que son innúmeras). Lo esotérico es el pensamiento de quienes descubren una excepción después de cada excepción previa; una emergencia nacional detrás de cada abuso palaciego; una razón de Estado tras cada conveniencia partidista; una finalidad siempre noble detrás de cada golfería; una pirueta dialéctica más enrevesada que la anterior, mediante la cual aquello que ayer era intolerable hoy se vuelve imprescindible y mañana será, a todas luces, progresista. Ellos son el verdadero fenómeno político de nuestro tiempo. Porque un gobernante sin escrúpulos es un problema antiguo. Está inventado desde que el primer homínido descubrió que podía quedarse con la parte del mamut que correspondía al de al lado.

Es fascinante contemplar a miles y miles de ciudadanos cultivando voluntariamente una forma de obediencia intelectual mediante la cual han conseguido convertir en virtud exactamente aquello que hubieran considerado infamia de haberlo cometido el adversario. Ese, y no otro, es el prodigio, el milagro. No lo es el mediocre y bastante zafio Sánchez. Hay una pregunta muy sencilla que debería formularse cualquier demócrata alguna vez en su vida: ¿Qué tendría que hacer el partido al que voto para que yo dejara de votarlo? Fíjense bien: no me refiero a qué tendría que hacer el partido contrario para votarlo, ni a plantear las atrocidades que podrían cometer Feijóo, Abascal, Ayuso, Trump, Meloni o el espantajo que cada semana distribuye la factoría monclovita de espectros. La pregunta es mucho más difícil. ¿Qué tendría que hacer el mío, qué habría de hacer el PSOE (pongamos por caso)? ¿Mentir otro tanto más, aunque sepa que jamás ha dicho la verdad de nada? ¿Incumplir nuevamente aquello que prometió, pese a no haberlo cumplido jamás? ¿Pactar con aquellos con quienes juró que nunca pactaría, pese a haber perdido la vergüenza a una velocidad descomunal solo por justificar el insomnio? ¿Defender como constitucional aquello que poco antes consideraba inconstitucional? ¿Colonizar todas las  instituciones? ¿Atacar a los mismos  periodistas una y otra vez?  ¿Desacreditar a los jueces? ¿Convertir cada investigación sobre su entorno en una conspiración universal? ¿Hacer de la excepción parlamentaria una costumbre? ¿Administrar la frontera marroquí de una nación con la misma consistencia con la que se administra una veleta? Todo lo anterior se resumen en un: "¿hasta dónde?". Porque tiene que existir un hasta dónde. Porque si la respuesta es ninguna parte, si no existe acontecimiento imaginable que pueda hacer retirar la confianza de cualquier votante, entonces no hablamos con propiedad de electores, sino de otra cosa: de creyentes, y bastante extremistas. Las democracias necesitan ciudadanos, no creyentes, pero parecen nutrirse principalmente de estos últimos. 

Todo puede ser explicado. El universo entero es susceptible de explicación. También existen explicaciones para que un avión se estrelle, para que quiebre un banco, para que se hunda un puente o para que un cirujano extirpe el riñón equivocado. Pero gobernar consiste precisamente en responder a aquello que ocurre cuando todas las explicaciones ya han sido formuladas. Esa diferencia elemental entre explicar y responder parece haber desaparecido de nuestra vida pública. Y ahí está la trampa. El indocto ni siquiera necesita demostrar que ha gobernado bien. Le basta con decir que ya lo está haciendo. No necesita defender sus decisiones, por muy egoístas que sean. Le basta con atribuir intenciones siniestras a quien las critica. Tras él siempre aparece, de inmediato, el pequeño ejército de justificadores, tertulianos, columnistas, profesores, militantes, activistas y vecinos que, hasta ayer mismo, incluso parecían razonables. Todos ellos, sin excepción, entregados a la singular tarea intelectual de demostrar que jamás sucede exactamente lo que acabamos de ver suceder. E, incluso en el caso de que admitan que, de hecho, sí ha sucedido, en realidad no significa en absoluto lo que parece. Y, rizando más el rizo, si incluso después de todo ello significa lo que parece, se justifica porque otros hicieron algo parecido en el pasado. E incluso en la eventualidad de que no lo hicieran, se justifica en que las circunstancias eran totalmente distintas. Y si, pese a todo, al término de todas las cavilaciones sobre circunstancias y pasados y personas y parecidos, resulta que todo era distinto, al menos queda el consuelo de que no gobierna la derecha. Fin de trayecto.

El indocto que nos desgobierna pasará. Todos pasan. Pasó Felipe González. Pasó Aznar. Pasó Zapatero (hasta fechas recientes). Pasó Rajoy. Y pasará Sánchez, aunque probablemente haya que explicárselo varias veces. Lo que después sí queda es una sociedad maleducada durante años. Y ahí empieza el verdadero miedo. Hemos acostumbrado a una parte de España a considerar la política no como una administración temporal del poder, sino como una guerra antropológica entre buenos y malos. Si gobiernan los buenos, casi todo está permitido porque la alternativa consiste en que gobiernen los malos. Ésa es una de las ideas más tóxicas que pueden inocularse en una democracia. Pero una democracia funciona exactamente al revés. Funciona cuando uno está dispuesto a expulsar del poder a los suyos. Cuando un socialista puede decir: hasta aquí. Cuando un conservador puede decir: hasta aquí. Cuando un comunista, un liberal, un nacionalista o quien sea, entiende que existen determinadas reglas anteriores a su partido y superiores a su conveniencia. 

La democracia comienza donde termina la tribu. Y nuestra desgracia consiste en que hemos recorrido durante años el camino contrario. Por eso resulta tan inútil seguir preguntándonos por qué el indocto es capaz de hacer lo que hace. La única respuesta es porque puede, al disponer de todos los recursos del poder, y porque muchos lo amparan y justifican, incluso aquellos que deberían ejercer de contrapeso (y no lo ejercen, con total desvergüenza, caso de la Fiscalía, el Constitucional, la Abogacía del Estado...). En su infinita ignorancia, tiznada por completo de egoísmo y avaricia, ha descubierto algo extraordinariamente sencillo acerca de una parte de los españoles: que no necesita convencerlos de que tiene razón. Le basta con recordarles quién está enfrente y lo que ellos ganan poniéndose de su parte. Es así de barato y de sencillo. No es tan sólo que el BOE reparta dineros y prebendas, puestos y sinecuras: también reparte la animadversión por un adversario al que, por simple egoísmo, se odia. Por tal motivo el indocto se contradice por la mañana y exige obediencia a su contradicción al mediodía. Puede sostener una cosa durante años y proclamar después la contraria con la solemnidad de haber recibido las tablas del Sinaí. Por ese motivo puede convertir una necesidad parlamentaria en un avance histórico, transformar sus muchas derrotas en victorias, las mentiras en rectificaciones, los fracasos en resistencia, las investigaciones judiciales a su hermano o su mujer (o a él mismo, tiempo al tiempo) en persecución política. La gran infraestructura construida por el sanchismo no son las pésimas carreteras, los descarrilamientos de ferrocarriles o los hospitales a medio acabar. Es la ingente lavandería moral que funciona veinticuatro horas al día, donde entra una contradicción y sale una adaptación responsable; o entra una mentira y sale un cambio de opinión; donde entra una nueva concesión al separatismo y sale un esfuerzo por la convivencia. Entra una crítica y sale el fascismo. Es una fábrica formidable. No desperdicia nada.

Luego está esa superioridad moral. Ah, sí, esa superioridad moral. Quizá sea la pieza más importante del mecanismo. Porque para justificar permanentemente lo injustificable es imprescindible convencerse previamente de que uno pertenece al bando de los justos, al bando correcto de la historia (de hecho, así lo promulgan, con toda desfachatez, y muchos lo escuchan absortos). Una vez adquirido ese certificado de bondad, todo lo demás resulta mucho más sencillo. Pueden equivocarse, y robar a manos llenas, pero las intenciones eran buenas. Los otros pueden, tal vez, acertar, pero sus intenciones son siempre perversas. Ellos rectifica, los otros mienten. Ellos ocupan las instituciones para protegerlas, los otros solo pretenden destruirlas. Ellos ejercen la libertad de expresión, los demás solo propagan odio y bulos. Mediante esta extraordinaria contabilidad moral, cada conducta recibe un nombre diferente dependiendo de quién la practique. Orwell habría pedido todos los derechos de autor.

No estoy diciendo que todos los votantes socialistas sean así. Sería absurdo. Solamente un 99,9% de ellos. Algunos (pocos) llevan años abandonando al PSOE, criticando al Gobierno o contemplándolo con un grado creciente de incomodidad. E incluso existen socialistas que conservan una concepción institucional de España, de igual manera a como hay conservadores capaces de avergonzarse de los suyos. Por eso, reitero, el problema son los incondicionales, los que no necesitan saber qué ha ocurrido para saber qué opinan, los que reciben la posición correcta y después buscan los argumentos. Los que han sustituido la conciencia por la pertenencia. A todos esos ciudadanos quisiera hacerles una pregunta muy pequeña que ni siquiera hace falta que respondan, mucho menos en público. ¿Hay algo que pudiera hacer e indocto que les pareciera imperdonable? Algo. Una cosa. Una sola. Y si después de ocho años no consiguen encontrarla, entonces quizá deberían considerar una posibilidad bastante incómoda: que el problema ya no sea el indocto sino ellos mismos.

Ninguna democracia dispone de mecanismos suficientes para protegerse de un ciudadano que ha decidido renunciar voluntariamente a juzgar. Podemos disponer de tribunales, de parlamentos, de Constituciones, de Defensores del Pueblo, de Tribunales de Cuentas, de prensa libre, de elecciones, de contrapesos, incluso (si se me permite la utopía) de separación de poderes. Al final de todo ese entramado institucional siempre hay un hombre o una mujer introduciendo una papeleta en una urna. Y si esa persona ha decidido de antemano que su partido será inocente haga lo que haga, toda la formidable arquitectura constitucional termina descansando sobre arena. Y ése es el lugar exacto en el que la democracia se vuelve vulnerable. No cuando aparece el primer gobernante dispuesto a tensar las reglas (gobernantes así los ha habido y los habrá siempre), sino cuando una masa suficiente de ciudadanos comienza a considerarlas secundarias siempre que las tense uno de los suyos.

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