viernes, 13 de febrero de 2026

Poco antes del umbral

Desde el pasado mes de enero comenzaron a estrecharse definitivamente los márgenes de los 60 años para mí (y digo definitivamente porque la cuenta atrás siempre ha de arrancar en tres, no en diez). Siempre me habían comentado que la edad sexagenaria despierta una mezcla compleja de sensaciones del estilo serenidad, vértigo, orgullo y, casi siempre, una ligera nostalgia de las épocas de juventud. Y es posible que así sea, pero el cóctel emocional es bastante más enrevesado. Por una parte, sé que no soy el mismo de hace dos décadas y, sin embargo, tampoco me siento viejo. 

Siempre afirmo que la franja que discurre entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco es la gloriosa etapa en que todo es posible (y todo se puede) para una persona. La etapa más gloriosa, épica, memorable. También aquella en que cualquier obstáculo puede echar al traste todas las expectativas y obligar a los ambiciosos a hincar la rodilla en el suelo y entregarse a la merced del sino. Como cualquier extensión con límites definidos, al acabar de recorrerla comienza el verdadero infortunio: ver su progresivo alejamiento. Es cuando sucede el adocenamiento definitivo del ser humano actual.

Contemplar el advenimiento de la edad sesentona es como esperar el momento de adentrarse en una tierra intermedia en la que el cuerpo empieza a enviar mensajes distintos (no siempre urgentes, pero sí insistentes) y la mente, en cambio, parece alcanzar su mejor y más versátil claridad, aquella por la que uno languidecía al tratar de buscarla con afán sin no encontrar jamás el rastro que deparaba su destino. Comprendemos los patrones, leemos las intenciones con mucho menos esfuerzo y disponemos de una intuición bien afilada a golpe de experiencia, errores y aciertos. Lo que ya no se tiene es lozanía, frescura, vigor, verdor, gallardía, vitalidad. En definitiva: juventud. Pero, a fuer de ser sincero, quiero decírselo ahora mismo: no nos importa tanto.

Acercarse a los 60 implica reconocer que la vida no es infinita. Tal reconocimiento, lejos de ser oscuro, ofrece una sorprendente libertad: se vuelve más fácil decir que no, más natural decidir por uno mismo y más valioso el tiempo que se elige compartir. Las prioridades se van ordenando solas, e importa mucho menos lo que otros esperan de nosotros y muchísimo más aquello que encaja con nuestra paz interior, que no es otra cosa que el aplacamiento natural de las pulsiones naturales, siempre tan caóticas, desordenadas y turbias. 

Al mismo tiempo, aparece un sentido de responsabilidad distinto, especialmente respecto a quienes vienen detrás. No por dejar un legado heroico (de no conseguirlo se encargan los políticos de turno, únicamente ocupados del suyo propio, para lo que necesitan esquilmarnos a los demás), sino porque no se necesita demostrar gran cosa. Para algunos, que no es mi caso, la cercanía de los 60 conlleva también el reencuentro con uno mismo, pero es algo que, sinceramente, dudo que acontezca con demasiada frecuencia. No pueden surgir las preguntas que permanecían tapadas por el trabajo y el ritmo de vida y las obligaciones si jamás se ha destinado parte del tiempo en que sucede todo ese jaleo a amueblar las neuronas. Y el mundo está repleto de neuronas vacías, y más que lo va a estar viendo el nivel cultural de las generaciones con pujanza. 

No se trata de una crisis. Las crisis suceden a los 40, cuando la etapa gloriosa fenece y uno aún tiene la creencia de que le queda mucho por demostrar, a sí mismo o a quien sea. Cuando lo que se atesora es perspectiva, entrar en crisis es propio de cretinos. No soy el joven impetuoso de hace dos décadas, desde luego, pero tampoco soy ese señor mayor que yo imaginaba cuando tenía 25 años. La única sombra que se cierne en el horizonte próximo, el del futuro (el horizonte del pasado es una carga pesada de recuerdos y olvidos), es el paralelismo incómodo (y cómico) de los 70. 

Lo interesante es que, contra todo pronóstico adolescente, un hombre de casi 60 no solo puede seguir sintiendo pasión; puede sentirla con una intensidad distinta, quizá más limpia. Puede incluso encontrarse —sin ironía— con alguien de 70 y descubrir una chispa muy superior a la de la juventud. Porque la pasión no pertenece a la epidermis, sólo a la conciencia. Y a los 60 o a los 70, si algo abunda, es precisamente entendimiento (y pobre de quienes carezcan de él). Con una diferencia importante: no se encuentra uno con esa pasión por una simple cuestión de necesidad o urgencia ante la afirmación constante de uno mismo. Es una sencillísimo aspecto de poder, y saber, elegir. Y eso lo hace más peligroso y más hermoso a la vez.


viernes, 6 de febrero de 2026

Regreso al Areópago

La modernidad ha olvidado que lo sagrado no nace del dogma, sino del espanto. Rudolf Otto lo llamará más tarde mysterium tremendum et fascinans, pero los griegos ya sabían que el temblor precede a la palabra. Antes que la teología, hubo estremecimiento. Antes que la ley, vértigo. La muerte no funda doctrinas. Sólo después, mucho después, se levantan los templos y las liturgias. Ante la aparición del cristianismo que predica Saulo (San Pablo), los atenienses erigen un altar al Dios Desconocido como gran gesto de reconocimiento metafísico. Es la inscripción material de una ignorancia esencial: la de que no sabemos qué es aquello que nos excede, pero sí sabemos que —en efecto— nos excede. El griego nombra las cosas para delimitar lo que no sabe. El altar erigido renuncia a confundir el misterio con un objeto cualquiera.

Pablo, formado en ese humus intelectual, comprende que no puede predicar desde la ruptura absoluta. Su genialidad no es apologética, sino ontológica. En ninguna parte se le escucha decir que los dioses de los demás fueran falsos. Exactamente dice lo siguiente: "aquello que veneráis sin conocer, eso es lo que yo anuncio". Se inserta en el espacio simbólico ateniense para reconocer que toda teología —incluida la suya— parte de la ignorancia. Y la revelación del Dios de los cristianos no pretende anular el misterio. De hecho, lo intensifica. Es en este contexto donde se produce la torsión decisiva: el cristianismo primitivo no llega como negación de la filosofía, sino como su radicalización. Si el griego había aceptado que la muerte es el límite absoluto, Pablo introduce una paradoja aún más insoportable: que ese límite ha sido atravesado. La resurrección, sin cancelar la muerte, la torna escandalosa. Por eso algunos se burlan. La razón reconoce en el anuncio salvífico una afirmación que no puede ni refutar ni asimilar.

Lo decisivo es que, hace dos mil años, nadie reacciona expulsando, prohibiendo, silenciando (cancelando, que diríamos ahora). La filosofía griega sabía que la violencia simbólica es una expresión de impotencia. Quien necesita erradicar al otro es porque no puede sostener el desacuerdo. Por ese motivo Atenas podía permitirse escuchar a todos. Ese aprendizaje es el que hemos perdido. Véanlo mis caros lectores en la reciente misa por los difuntos del accidente de Aramuz. El Estado contemporáneo, en su versión más empobrecida, confunde la neutralidad con la asepsia, y la asepsia con toda negación de lo sagrado. Pero lo sagrado no es confesional. No depende de creer en Dios, sino de reconocer que hay algo —la muerte— que no se puede, ni se deja tampoco, administrar. Cuando el poder político pretende regular el duelo y clasificar las liturgias, decidir qué presencia es legítima y cuál es impropia, no está defendiendo la razón. Lo que haces es profanar el límite en el que la vida misma se desenvuelve.

Aquello que Giorgio Agamben define como profanación —el acto de devolver al uso común lo que estaba consagrado al misterio— se convierte, en nuestro presente, en la captura administrativa de un sentimiento humano, el mayor de todos. Por eso mismo, al pretender regular el duelo, el poder deja de proteger al ciudadano para desactivar la potencia política que colma el silencio, integrando lo indisponible en el circuito de lo útil. Convendría decirle a los políticos, de toda índole y condición, que la muerte no admite ningún tipo de pedagogía cívica. La muerte es, como sugería Emmanuel Levinas, el acontecimiento donde el "yo" deja de poder. Frente al cadáver, la soberanía del sujeto colapsa. Pretender que el Estado valide ese desgarramiento es ignorar que la ética nace precisamente ahí: en la alteridad absoluta de un final que ninguna ley puede consolar y ningún formulario puede contener. La muerte no educa, ni cohesiona, no "resignifica". La muerte desgarra, y ese desgarro es común para todos. El creyente no tiene una ventaja ontológica sobre el ateo frente al cadáver del amado. Ambos están igualmente desarmados. Ambos comparecen ante lo que Jankélévitch llamaría lo irreversible. Pretender que sólo unos pueden expresar públicamente ese desgarramiento, o que debe hacerse bajo formatos previamente validados, es una forma sofisticada de barbarie. 

Decir que no ante la muerte solo existe desconsuelo no es una provocación retórica. Se trata de una verdad moral: una verdad como un templo, que decíamos antaño. El templo del misterio último. Todo consuelo es insuficiente y cuando se absolutiza, como en los funerales del Estado, ese mismo consuelo se vuelve obscenidad. El respeto a los muertos exige aceptar que su ausencia no se compensa. Que no se supera. La sacralidad del duelo reside precisamente en su resistencia a ser clausurado.

Atenas ofreció a Pablo un altar vacío. Nosotros retiramos los altares y, luego, fingimos sorpresa ante el vacío que queda. Pero no se trata del mismo vacío. El vacío ateniense estaba habitado por el reconocimiento del misterio. El nuestro es un vacío administrativo, gestionado, esterilizado por quienes, en su infeliz ignorancia de gobernantes, o adláteres, o simplemente ateos (pero no ateos como yo) se creen superiores sin serlo. Donde en Atenas el silencio era reverente, ahora solo encontramos protocolos. Donde en Atenas la discusión resultaba interminable, ahora solo existe la exclusión y la cancelación del otro. El gesto de Pablo en el Areópago fue el último gran diálogo entre la razón y el misterio. Hoy, bajo la dictadura de la eficacia que denunciaba Hans-Georg Gadamer, hemos sustituido el diálogo por el formulario. Pero la muerte sigue ahí, irreductible. El recuerdo de Atenas no es una invitación a la religión, sino una exigencia de lucidez: reconocer que solo cuando aceptamos el límite del pensamiento es cuando el pensamiento comienza, de verdad, a ser humano. 

Hemos dejado de habitar el mundo para, simplemente, gestionarlo como un inventario o almacén de recursos disponibles, donde incluso el fin de la vida es una cifra más a procesar para las estadísticas. Al retirar los altares, no hemos liberado a la razón; la hemos condenado a una circularidad técnica que, al no reconocer lo que la excede, termina por devorarse a sí misma. No es que hayamos dejado de creer en Dios. Lo que hemos hecho es dejar de creer en el límite. Y cuando el límite desaparece, no emerge la libertad, sino la arbitrariedad. La barbarie no siempre llega con ruido; a veces llega con formularios, con decisiones técnicas, con la pretensión de que todo —incluso la muerte— puede ser ordenado.

No necesitamos más protocolos, ni tan siquiera para reprobar políticos indigestos o investigar las causas de los accidentes que jamás debieron suceder (todo accidente es prevenible). Necesitamos recuperar esa "piedad" que María Zambrano definía como el saber tratar con aquello que se nos resiste. Al desterrar el altar al Dios Desconocido, hemos quedado huérfanos. El colofón de nuestra era no es la libertad absoluta, sino la intemperie de un vacío administrativo que, al no saber callar ante el duelo, ha olvidado cómo hablarle a la vida.

viernes, 30 de enero de 2026

Extinción occidental

Occidente no se define por la sangre ni por el color de la piel, sino por una arquitectura cultural muy concreta: la primacía del individuo frente al grupo, la separación entre religión y poder político, la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, la libertad de expresión —incluida la blasfemia— y la idea, profundamente revolucionaria, de que la ley está por encima de la tradición. Esa civilización no es natural ni eterna; es frágil, costosa y requiere ser transmitida, asumida y defendida. No se sostiene sobre la etnia ni sobre la herencia biológica, sino sobre una construcción cultural y política extraordinariamente exigente. Dicha arquitectura no es universal ni espontánea; es una anomalía histórica que debe ser defendida si se quiere preservar.

El problema contemporáneo no es la inmigración en sí misma, sino la confusión deliberada entre pluralismo y renuncia cultural. Durante décadas, Europa y Estados Unidos han asumido que toda incorporación demográfica es neutra, que los valores se pueden diluir sin consecuencias y que la integración ha de ser automática. La experiencia empírica demuestra justamente lo contrario. La cohesión social no sobrevive cuando se importan sistemas de creencias que niegan principios básicos del orden liberal y, además, se renuncia a exigir su aceptación. El debate migratorio contemporáneo suele esquivar este núcleo esencial. Se habla de cifras, de economía o de demografía, pero se evita una cuestión incómoda: la compatibilidad cultural. No todas las culturas políticas son intercambiables ni todas las cosmovisiones aceptan sin fricción el Estado laico, la igualdad ante la ley o la autonomía individual. Fingir que estas tensiones no existen es una irresponsabilidad.

No todas las culturas políticas son equivalentes. Lo vemos a diario en las noticias de la prensa escrita. Algunas culturas colocan la ley civil por debajo de la religiosa. Otras subordinan a la mujer, castigan la disidencia con la prisión a perpetuidad y la pena de muerte, o consideran ofensiva la libertad de pensamiento. Sostener que estas tensiones no existen —o que señalarlas es moralmente reprobable— es la descripción más nitida de la ceguera ideológica. La tolerancia auténtica exige un marco común; sin él, se convierte en autoerosión.

Durante años se ha confundido pluralismo con relativismo. La idea de que cualquier sistema de valores puede coexistir sin conflicto dentro de un mismo marco jurídico ha demostrado ser falsa. Cuando el Estado renuncia a exigir la aceptación de principios básicos —ley civil, derechos fundamentales, libertad de conciencia— aparecen sociedades paralelas, zonas de excepción cultural y una fragmentación que erosiona la cohesión social. Porque la integración no es un acto simbólico ni una declaración de buenas intenciones. Es un proceso exigente que implica idioma, normas, derechos y deberes. 

Defender ciertos límites no equivale a rechazar a las personas. Significa afirmar que el acceso a una comunidad política implica asumir las reglas del juego. El idioma común, el respeto a la ley, la igualdad entre sexos y la subordinación de cualquier creencia al orden jurídico no son negociables. Sin ellos la convivencia liberal se vuelve inviable.

Occidente tiene derecho a preservar su modelo civilizatorio sin complejos y sin odio. No se trata de excluir personas por su origen, sino de afirmar con claridad que ciertos principios no son negociables. El Estado laico, la igualdad ante la ley y la libertad individual son la base misma del contrato social occidental. Occidente no tiene la obligación moral de diluirse para demostrar tolerancia. La tolerancia auténtica solo es posible dentro de un marco compartido; sin él, se convierte en una forma de autonegación. Renunciar a defenderlos, por miedo a ser malinterpretados o por comodidad moral, es una forma lenta y educada de extinción. 

SI vamos a extinguirnos, por favor, que no sea antes de yacer a cuatro palmos del suelo.

viernes, 23 de enero de 2026

Doble rasero luctuoso

Desde la Transición, España arrastra la anomalía política de disponer de una igualdad formal de los ciudadanos conviviendo con una desigualdad práctica determinada por el territorio. No todos los españoles pesan lo mismo ante el Estado. Algunos territorios nacieron constitucionalmente blindados por privilegios históricos y políticos; otros asumieron, sin protestar, un papel secundario en nombre de la estabilidad. Aquella asimetría inicial, aceptada como mal menor, ha terminado por convertirse en un sistema de trato diferencial plenamente normalizado, basado en la estricta práctica del egoísmo y la avaricia.

Durante décadas se justificó esa desigualdad como precio de la convivencia. Hoy, con el indocto, ni siquiera se disimula. El actual desgobierno ha convertido la sumisión política a los nacionalismos catalán y vasco en el eje de su supervivencia parlamentaria. Es algo que ni los turiferarios de turno niegan. El sanchismo ha llevado esa lógica hasta su expresión más obscena, subordinando la acción del Estado a las exigencias de ciertos delincuentes a los que tuvo que aministiar e incluso reconvertir en probos hombres y mujeres de estado trasquilando y reescribiendo las leyes que nos protegían de ellos. 

Hoy no abordo este tema porque esté preocupado por la financiación, los indultos o las amnistías repugnantes. Hoy lo abordo porque toda España sufre el duelo de las víctimas del terrible accidente ferroviario acaecido en el sur, en una de esas regiones donde sus ciudadanos poseen un único deber: contribuir y callar. 

Todo hubiera quedado en el dolor si no hubiese sucedido un segundo accidente de tren. Esta vez, en Cataluña. El contraste en la gestión de ambos accidentes no admite coartadas. Donde el territorio es políticamente determinante, la maquinaria del Estado se activó con celeridad. Comparecencias inmediatas, asunción de costes, dos ceses fulminantes y un relato cuidadosamente diseñado para proteger al aliado nacionalista. Donde no lo es, donde las muertes se avistan como impertinentes molestias que, en algún momento, pasarán al olvido, se ha impuesto la lentitud, la opacidad, las mentiras continuadas y la huida de responsabilidades. 

El ministro de Transportes, ese hombre a medio camino entre el eslabón perdido y el chulo del barrio sin moral ni escrúpulos, verbalizó hace un año, cuando una riada se llevó por delante la vida de cientos de personas en Valencia, un principio revelador: no debía obligarse a las víctimas a coincidir con quien consideran responsable, directo o indirecto, de una tragedia (lo dijo por Mazón, ese otro inútil que tardó demasiado en dimitir). Podríamos aplicar dicho principio a él mismo en esta tragedia que ha asolado nuestro país. Las víctimas no tienen por qué ver su feo rostro de cromañón y de responsable directo del accidnete. Y, ya puestos, tampoco el del puto zombi al que tanta veneración profesa. 

España se ha roto con una vía. España entera. No solo por abajo, por la degradación de los servicios públicos de los que nos enorgullecíamos hasta hace dos días. Ni por los fallos masivos de las infraestructuras por las que transitamos. Se está rompiendo por acción de los despreciables políticos cuyas miras no alcanzan más allá de sus traseros y por la renuncia, deliberada o por incapacidad, de blandir una dialéctica contraria al ejercicio de este poder que trata a los ciudadanos con distinto rasero.


viernes, 16 de enero de 2026

La guerra del chocolate a la taza

En Europa hace frío y llueve, gobierne quien gobierne, y la gente discute por naderías desde tiempos inmemoriales. Pero existe un conflicto culinario olvidado, una grieta diplomática mucho más sutil que el origen de la fabada o la eterna contienda de la cebolla en la tortilla. Es una guerra invisible que, pese a quien pese, arde más que el brasero de una abuela en enero: el chocolate a la taza con leche (modalidad oh là là, francesa) frente al chocolate con agua (modalidad olé, española). Dos escuelas de pensamiento que jamás firmarán un alto el fuego, básicamente porque ninguna reconoce que el otro bando posea neuronas funcionales.

Para los franceses, el chocolate con leche no es algo que se prepare en la cocina y ya está. Se trata de algo similar a una ceremonia espiritual, un trámite burocrático del placer. Se añade leche, cacao, un poco de azúcar y, si uno se descuida, un poema existencialista de Sartre. Allí nadie concibe el agua; ¿cómo renunciar a esa blancura cremosa que —según ellos— fue creada por los dioses para amortiguar cualquier drama vital? El chocolate francés es suave, sedoso y tan elegante que, si pudiera, montaría una república independiente de bebidas refinadas. Es el tipo de chocolate que las huestes napoleónicas nos dejaron en herencia y que hoy muchos preparan en sus casas por inercia, cometiendo un error estratégico de manual. Son unos traidores, aunque no lo sepan (en cuyo caso, son algo peor: ¡son ignorantes!).

Mientras tanto, en España, el chocolate con agua representa la filosofía ancestral del “si funciona, no lo toques”. Nada de sutilezas. Aquí el objetivo es lograr un fluido tan denso que sirva para pegar azulejos o sellar grietas emocionales. Es ese líquido que, si lo dejas enfriar cinco minutos, adquiere la consistencia de un flan enfadado. El español —salvo el que sigue vertiendo leche al puchero por complejo de inferioridad— quiere sustancia antes que delicadeza. Quiere un chocolate que se pueda cortar con cuchillo y, si es necesario, usar como arma contundente en defensa propia. ¿Para qué la leche, si el agua ya hace el trabajo sin distraer al cacao con conversaciones lácteas?

Dos países, dos conceptos de la realidad. Francia ve una bebida; España ve un proyecto arquitectónico. Los franceses presumen de textura; los españoles de gravedad: “el mío cae más lento, luego es mejor”. Para un francés, el chocolate español es cemento gourmet. Para un español, el francés es un batido inseguro que no tuvo el valor de espesarse. No se trata de decidir cuál es superior, aunque cada nación lo tenga decidido de puertas para adentro. Son dos formas de relacionarse con la vida: la francesa, acariciándola; la española, agarrándola por la solapa al grito de: “¡hazme feliz ahora mismo!”. Al final, solo nos une un principio universal: si un líquido es capaz de dignificar un churro, merece nuestro respeto eterno. 

Yo prefiero el nuestro. Además, es mucho más erótico.

viernes, 9 de enero de 2026

Catábasis

Cuando era joven, si por tal considero el periodo de mi vida que transcurre entre los 9 y los 24 años, cuando comencé el doctorado, todos los veranos echaba una mano a mis tíos, en el pueblo, cuando tomaba vacaciones y gustaba de solazarme entre vacas, ovejas y eras para la trilla. En verano, claro está, hace la calor y los frutos de la tierra maduran y pueden recogerse. Y, aunque no era testigo frecuente de ello, sí era consciente de lo importante que resultaba mirar al cielo para anticipar, o no, una buena cosecha. El cielo era, para todo agricultor, una saeta con la que orientarse en las incertidumbres e inseguridades atmosféricas, como si la sola contemplación del tránsito de las nubes bastase para conjurar los peligros de las heladas por primavera, o incluso la ferocidad de las nubes traicioneras de agosto. 

No puedo confrontar los usos y costumbres de la agricultura de subsistencia que yo viví y conocí, con los procesos productivos que se ven involucrados en la agricultura mayorista y de abastecimiento. Tampoco entonces. En mi pueblo las cosechadoras entraron a recolectar el cereal cuando en Tierra de Campos, por ejemplo, llevaban décadas haciéndolo. Para nosotros, una panera era poco más que un troje y en los campos de Castilla, en cambio, eran silos, edificios enteros dedicados a almacenar la mies. Hoy en día, los agricultores industrializados conducen tractores provistos con pantallas conectadas a caudalímetros donde registran el agua disponible, y cosechan en un solo día lo que antaño nos costaba un mes recolectar. Es tanta la abundancia, y tantos los adelantos tecnológicos y mecánicos empleados, que parece mentira que alguna vez hayamos pasado tanto calor y tanta penuria para trillar la cebada. 

Miles de millones de personas en el mundo requieren ese tipo de eficiencia, por supuesto, pero no me digan ustedes, caros lectores, si la sobreabundancia a la que nos hemos acostumbrado no refleja la codicia en que se desenvuelve la vida en estos momentos. Ni tampoco nuestro deleite, por cuanto esta profusión un tanto escandalosa, en absoluto garantiza el disfrute de aquello que la tierra produce. Por citar un ejemplo consabido, la gente aún se admira del sabor de los tomates de quienes trabajan una pequeña huerta en el pueblo o a las afueras de las urbes. Matizo el adverbio, "aún", porque a todos nos parece evidente que los frutos que adquirimos habitualmente en los supermercados son especialmente horrorosos en sabor y propiedades, salvo la apariencia. Y será incuestionable, pero no deja de ser una resignación un tanto oprobiosa.

Dependemos de la agricultura, tan distinta a la ganadería, aunque ambas estrechamente ligadas, y su advenimiento en el Neolítico fue la clave de nuestro espectacular desarrollo como sociedad. Los agricultores, como he mencionado, siempre miran al cielo y nunca están a gusto con el sol o el agua que les toca en suerte, y suerte es porque no somos una especie que sepa controlar el clima, o no aún. Y cuando no llueve como ellos desean, o el sol calienta en demasía, protestan a los dioses, porque siempre es aliviador tener a alguien a quien protestar, mejor por todo que por nada. A nadie debería extrañar que los dioses estén molestos con los agricultores, tan rezongones y quejicas. Es un comportamiento atávico que ya se reflejaba en la Biblia. Caín era agricultor, y ofrendaba sus frutos a Yahweh, pero fue rechazado porque prefirió a Abel, que era pastor. Yahweh moraba un tabernáculo movible y desmontable, su pueblo lo llevaba consigo nomadeando por desiertos y montes. No sabía de tampoco de sementeras. El sedentarismo trajo consigo las ciudades, y con las ciudades llegó la corrupción y la idolatría (qué actuales son estos pecados, y cuán extendidos). El desierto representaba la pureza. Las cercas y vallados, las tentaciones de todo tipo. 

Esta cuestión sigue irresoluta. Y, salvo que algún día seamos capaces de saltar a las estrellas, cosa que dudo, al menos en un milenio o más, nunca la técnica, las comodidades y las infinitas posibilidades de que disponemos han destruido tanto. El peso del plástico supera al de todos los animales juntos; la tasa de extinción de la vida biológica es cuarenta veces mayor al de la Revolución Industrial. Y seguimos endeudando a las generaciones venideras porque, si pudiéramos, consumiríamos todo el petróleo, todos los pastos y todos los minerales. Nos regocijamos con tantas frutas como podemos encontrar en los mercados, no importa que sean o no de temporada, y las ingestas de carne y de azúcar nos han convertido en una especie perezosa, negligente, acrítica, y extremadamente corrupta. ¿Acaso tiene algún sentido mirar al cielo? 


viernes, 2 de enero de 2026

Dos de enero

Las Arribes del Duero —las salmantinas, entiéndase, porque solo Fermoselle puede presumir en Zamora de los cañones rocosos del Duero cuando traza frontera con Portugal— son en invierno un paraje austero, casi monacal. Este pueblo donde paso el tránsito del año fue agrícola y ganadero, de subsistencia. Usted, caro lector, lo sabe perfectamente porque lo cuento siempre de la misma manera por estas fechas. Las casas tienen muros de mampostería irregular, ventanucos estrechos, tejados de arcilla árabe que el liquen ha tornado verdosos. Los huertos están ahora yermos, la tierra endurecida por las heladas. Por las noches el termómetro se desploma hasta los cinco bajo cero y amanece todo escarchado: los bancales, las tapias, los sarmientos de las viñas viejas que nadie vendimia ya.

El silencio aquí es de una calidad distinta. No es el silencio urbano, ese hervidero de ecos amortiguados, sino algo denso, terroso, de una convalecencia grasa. Se impone con una presencia mística. De madrugada, cuando uno se dispone a atizar la lumbre, se oye a lo lejos el ladrido de algún mastín que vigila un redil. Luego nada. 

En el cuarto donde tengo los libros y la mesa de escribir —pocos libros, los esenciales, porque esta casa no da para bibliotecas— la luz de la lámpara proyecta sombras temblorosas sobre las páginas. Y es entonces, en esa quietud que antecede al jolgorio del salón donde han aguardado las uvas y el champán, cuando uno percibe el latido del propio corazón, ese metrónomo que marca los días restantes sin que sepamos cuántos quedan en el contador. Incluso me esfuerzo por olvidar cuántos años han transcurrido desde la última vez que, en familia, vimos caer la postrera hoja del calendario. De verdad que no lo quiero recordar. Me parece que ha pasado mucho más tiempo del que llevo acallando esa memoria de los recuerdos malditos. Si existe un infierno, está poblado de remembranzas. Dios creó el cielo para que las almas olvidasen su existencia mundana: qué desagradecimiento.

Hay algo en estos parajes remotos, en estas casas donde el frío se enquista en los muros y donde las generaciones se han ido sucediendo labrando la misma tierra ingrata hasta que el progreso,  finalmente, decidió que esto no es vivir, que invita a pensar en la propia finitud sin aspavientos. Como si el paisaje, tan despojado, tan terroso, recordase que uno también es materia que se agosta, como en las canículas estivales, pero por el frío espeso y despiadado. 

Que las celebraciones de Año Nuevo son un conjuro contra esa evidencia, una ficción colectiva para convencernos de que el tiempo es otra cosa distinta al desgaste inexorable de los cuerpos, es indudable. Es el motivo por el que no he solazado ninguna de ellas en mi vida con jolgorios descabellados o risas irredentas que a la mañana siguiente solo provocan vergüenza (a quien la tenga).

Pero afuera, mientras tanto, en el segundo día del año, siguen las estrellas, insondables, indiferentes. Y el Duero, que lleva milenios horadando el granito, continuará su curso cuando ya no quede nadie aquí para escucharlo. Sólo espero que mi alma entonces se encuentre allá donde pueda seguirlo recordando.