viernes, 18 de septiembre de 2026

Ladran, Sancho

Hace unas semanas, en una comida de empresa, un compañero zanjó una discusión sobre no sé qué trámite con un "ladran, Sancho, señal de que cabalgamos". Hubo asentimientos. La frase hizo su trabajo: todos entendieron que el hombre se sentía injustamente criticado y que pensaba seguir adelante pese a quien pesare. Nadie preguntó nada. La sobremesa siguió por donde iba.

Yo me callé. Esa frase no está en el Quijote. No la escribió Cervantes, no se la dijo jamás don Quijote a Sancho, y llevamos un siglo largo atribuyéndosela con la mayor naturalidad. Yo lo sé desde hace muchos años y de nada me sirvió saberlo. No dije nada. Decirlo habría sido una impertinencia, y sobre todo no había allí nadie a quien pudiera interesarle.

Peor es el caso de "con la iglesia hemos topado, amigo Sancho". Esta sí la escribió Cervantes, aunque no así. Don Quijote dice "con la iglesia hemos dado, Sancho", y lo dice de noche, en El Toboso, buscando a tientas el palacio de Dulcinea y dándose de bruces con el edificio de la iglesia del pueblo. No hay jerarquía, ni poder eclesiástico, ni advertencia sobre con quién más vale no meterse. Hay un hombre que tropieza con una pared en la oscuridad. La España que lleva dos siglos discutiendo con los curas le encontró a la frase un sentido que le venía bien y se lo dejó puesto para siempre.

Ahí está lo que me inquieta más que la ignorancia a secas. No es solo que no hayamos leído los libros: es que los reescribimos para que digan lo que ya pensábamos, y luego los citamos como autoridad de eso mismo que ya estábamos pensando.

Podría pensarse que esto es una miseria nacional, y no lo es. El 23 de abril se celebra en medio mundo el Día del Libro porque ese día, dice la UNESCO, murieron Cervantes y Shakespeare. Es una coincidencia perfecta, de esas que parecen probar que la literatura tiene sentido del orden. Y es falsa dos veces. Cervantes murió el 22 y fue enterrado el 23, que es la fecha que dejó escrita el registro parroquial y la que heredamos. Shakespeare murió el 23, pero el 23 del calendario juliano, que era el que seguía Inglaterra y que en 1616 iba diez días por detrás del nuestro; en fechas comparables, el inglés murió el 3 de mayo. No coincidieron en el día, ni en la semana, ni casi en el mes.

Lo he contado alguna vez en la oficina, incluidos mis jefes de Leeds, y la reacción fue siempre la misma: interés cortés de cinco segundos y vuelta al asunto que nos ocupaba. A ninguno le pareció que aquello significara nada. A mí me parece que lo significa todo. Llevamos treinta años conmemorando una efeméride que no ocurrió, y no hay nadie en la cadena —ni aquí ni allí, ni en la escuela ni en el ministerio ni en la UNESCO— con el conocimiento suficiente para advertirlo o con el interés suficiente para corregirlo. La ignorancia ya no es de los ignorantes. Está institucionalizada y sale en el calendario escolar.

Por lo demás, en la empresa donde trabajo, que yo sepa, nadie ha leído el Quijote. Tampoco sabrían citar tres obras del Siglo de Oro, ni distinguir a Góngora de Quevedo (el escritor, no el otro del que todos hablan). Si pregunto qué pueblos se asentaron en la Península antes de los romanos, y dónde, obtengo silencio cortés, o esa broma defensiva con que uno se quita de encima una pregunta que le parece de examen. No hablo de chavales. Hablo de personas que van de los dieciocho a los setenta años, con carreras, con hipotecas, con hijos en el instituto.

Y aquí está lo que de verdad me desasosiega, y que ningún informe recoge. Estos días todo el mundo discute los resultados de PISA, la ministra saca pecho por la equidad del hundimiento y los columnistas se echan las manos a la cabeza por lo que no saben nuestros hijos. Muy bien. Pero PISA mide a los que están sentados en el aula. A los que salieron de ella hace veinte, treinta o cuarenta años no los mide nadie. Nos hemos acostumbrado a pensar el deterioro cultural como un problema de los adolescentes, cuando lo tengo todos los días sentado enfrente, con nietos ya mayores y dos décadas de experiencia.

Me desespera, no lo voy a negar. Pero lo que siento sobre todo es una lástima difícil de explicar sin sonar impertinente. Que nadie haya leído El principito. Que el nombre de García Márquez no evoque nada, todo lo más, y muy vagamente, una asignatura, incluidos a los colombianos y venezolanos. No es que echen de menos esas lecturas: no puede echarse de menos lo que no se ha tenido. Los echo de menos yo, que estoy solo en la sobremesa.

Porque eso es lo que se pierde, y no es un adorno. Se pierde una lengua común. Cuando no hay un fondo compartido de historias, de nombres, de derrotas ajenas que uno reconoce, la conversación se encoge hasta ocupar exactamente el tamaño del trabajo de cada cual. Se puede hablar del expediente, del cliente, del partido del domingo. Y luego el silencio, ese silencio educado de la gente que no tiene nada que decirse porque no comparte nada que no esté en la nómina.

Conviene decir que mis compañeros del trabajo no son tontos. Ni mucho menos. Son competentes, resuelven problemas y manejan herramientas con soltura y destreza. Por eso el término "analfabetismo funcional" describe mejor de lo que parece: no se trata de la incapacidad de leer, sino la de que lo leído deje algún poso; la de hacer con las palabras algo más que tramitar un expediente en el ayuntamiento. La población adulta española ya lo es, en buena medida, y sospecho que no hay ninguna intención de averiguarlo.

Mientras tanto seguiremos diciendo "ladran, Sancho". Seguiremos apelando a los molinos de viento, a las ínsulas prometidas, a la del alba que sería, sin saber de dónde salen esas piedras que pisamos. Son fósiles y aguantan solos un tiempo, dos generaciones quizá. El día en que ya nadie diga "ladran, Sancho" no lo advertirá nadie, y esa será la noticia: para echar en falta una frase hay que haber sabido alguna vez en qué libro fue escrita.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Geranios en los bolardos

Nadie inauguró los bolardos. Absolutamente nadie. No hubo un pleno del Congreso, ni cinta que cortar de manera tan anacrónica como risible, ni mucho menos hubo fotografías subidas de inmediato a Instagram (el paradigma de la inmediatez infinita). Toda la narrativa se limita a constatar que aparecieron un martes frente al mercado navideño —con macetones de hormigón de tonelada y media, y un geranio encima para disimular— y, el domingo siguiente, ya no los veía nadie y nadie recordaba haberlos visto. Así ha sido y así se explica nuestra derrota. Sin un acta de rendición que sirva de testimonio para la Historia, sin vagón de tren en Compiègne. Tan sólo la triste resignación de un mobiliario urbano que rezuma incredulidad por todas sus costuras. 

El espejismo duró lo mismo que cualquier suspiro en aquella década. Con los cascotes del Muro todavía calientes, el mundo libre se convenció de que la historia humana había cruzado su línea de meta y de que la democracia liberal, el libre mercado y la secularización incondicional eran el destino escrito para todas las sociedades. Tal vez porque la nuestra era la única sociedad plausible. Posiblemente lo era, e incluso tal vez debiera serlo sin debate. Pero el magín de las gentes suele opinar de modo contrario a lo que consideramos mejor. Hoy, aquella soberbia intelectual resulta francamente cómica. El engaño de la paz perpetua quedó sepultado bajo los escombros del once de septiembre, y con él la idea de que los fervores teocráticos eran cosa de museo. Un cuarto de siglo después, al otro lado del Atlántico, Europa no está siendo solamente derrotada porque Europa se está retirando por decisión propia. Vivir para ver.

Lo perdido es difícil de explicar a quien no lo ha presenciado en sus propias carnes y con sus propios ojos. Había una ligereza civil en la Europa de los últimos años del siglo veinte, un modo desenvuelto de estar en la calle, tan maravilloso y auténtico, que parecía increíble que tal Empíreo hubiese podido surgir bajo los escombros de un continente destrozado por las guerras más bárbaras que presenciarse pudiera. Todo aquello lo hemos cambiado por la institucionalización de una sospecha infinita y universal que tampoco conduce a ninguna parte. Nos desnudan biométricamente en los aeropuertos. Cruzamos estaciones patrulladas por militares con el fusil cruzado sobre el pecho. Entregamos cada día un trozo de privacidad digital a cambio de una seguridad preventiva que jamás termina de garantizarse. Aceptamos el estado de excepción permanente convencidos de que sacrificar libertad a plazos es el precio de conservar el esqueleto del sistema... Somos idiotas o estilos, o tal vez ambos q un mismo tiempo. No hemos sido capaces de advertir que en esa erosión se nos ha ido desangrando lo único que teníamos que defender. Nuestra identidad y nuestra Historia.

La misma fatiga explica la incompetencia que manifestamos ante la trampa del multiculturalismo. Y no es una cuestion de izquierdas sino de indolencia intelectual, que es común a todas las riberas de un río. Europa levantó su orden de posguerra sobre el pilar irrenunciable de la pluralidad y ha terminado estrellándose contra la advertencia de Popper: la tolerancia ilimitada hacia quienes desprecian las reglas del juego acaba devorando esa misma tolerancia. Justo lo que ha sucedido, por comodidad, por indolencia, por egoísmo... Al acomodar el islamismo político en las costuras de la sociedad abierta, las democracias no han integrado absolutamente a nadie; han repartido legitimidad, locales y subvenciones entre ideologías que nos detestan. La parálisis jurídica frente a quien emplea la garantía constitucional para desmontar la laicidad no es ninguna prudencia. Es la incapacidad manifiesta de trazar una raya. Somos así de chulos. Creemos que con el solo pensamiento basta.

Donde la claudicación resulta más humillante es en el asunto de las mujeres. Los derechos arrancados al conservadurismo siglo a siglo, en una emancipación agónica, se negocian hoy a la baja en nombre del respeto a la diversidad cultural. La segregación por sexos en los espacios comunitarios, el código de modestia impuesto a niñas de nueve años, el retroceso entero de los valores ilustrados: todo eso se ampara bajo el paraguas de la identidad minoritaria, y todo eso lleva la firma del progresismo contemporáneo. Cuando el feminismo occidental renuncia a la universalidad de los derechos por miedo a ofender un dogma religioso, lejos de practicar la inclusión lo que hace es capitular ante un patriarcado milenario al que juró, una vez, destruir. Y deja a la intemperie precisamente a las mujeres que no tienen a quién recurrir.

Faltaba el más viejo de nuestros demonios, y ya ha vuelto. El repunte del antisemitismo en las capitales europeas. No es éste un efecto colateral de Oriente Medio, por cómodo que resulte decirlo. Es la erupción de un odio atávico que nunca abandonó del todo el subsuelo del Viejo continente y que ahora ha encontrado un disfraz abominable, aunque muy presentable en su retórica, en la dialéctica antisionista. Se lleva igual de bien en los sótanos de la extrema derecha que en las tribunas universitarias donde imperan los comunistas de salón y los anarquistas de medio pelo. Los judíos han funcionado siempre como el canario en la mina de las democracias: cuando ellos dejan de estar seguros, es que el aire ya no es respirable para nadie, y lo que viene detrás es el triunfo de la tribu sobre el estado de derecho.

No asistimos a la caída épica de un imperio asediado por fuerzas externas imparables. Lo nuestro es una decadencia minuciosamente administrada. Roma no sucumbió en una jornada bajo el empuje de las tribus: se fue vaciando antes de su propia sustancia, externalizó su defensa, dudó de la legitimidad de sus leyes y se enamoró mórbidamente de las costumbres de quienes la despreciaban en secreto. Nosotros hemos sustituido la convicción por el procedimiento y la defensa de la libertad por la gestión de riesgos. La neutralidad analítica con que medimos nuestro propio retroceso es la prueba más incontestable de que ya ha ocurrido. 

No hará falta que nadie nos derrote en ningún campo de batalla. Bastará con que sigamos plantando geranios en los bolardos.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Vacar

Registra el diccionario, con cierta parquedad, porque en esto de la lengua nuestros académicos tienden a recuperar la circunspección de los notarios, cuatro acepciones para el verbo que titula esta columna, de las cuales sólo me interesan la primera y la última. Dice aquélla, que trátase de no trabajar por algún tiempo y quedar un lugar sin ocupante. Obvio es, ya no lo dice nadie, aunque todos conocemos y usamos el felicísimo sustantivo que desencadena. Ahora decimos lo de desconectar, o hacer puente, o irse de vacas, que no significa ordeñar al querido artiodáctilo patihendido hembra que nos proporciona la leche con toda la lactosa (y la nata). En cuestiones así, quien más quien menos vaca de acervo lingual (y les acabo de dar la última de las acepciones), y si no me creen pregúntele a alguna inteligencia facticia lo que muestran las estadísticas en Estados Unidos, sin ir más lejos, acerca del grado de comprensión lectora de los discursos de Abraham Lincoln (murió hace 160 años, su bisabuelo o tatarabuelo de usted —según la edad que tenga mi caro lector— lo conoció sin duda alguna, lo mismo que a O'Donnell, Narváez, Prim o Serrano, a quienes seguramente mis carísimos lectores conozcan no por recordar la Historia que estudiaron de niños, y que ya no se estudia, sino por sus visitas a Madrid).

Anoche, en algún pueblo, desmontaron el tablado. En puridad, ya no se estila lo de las tablas de un remolque o de un carro desde donde los grupos de música amenizan las veladas: ahora se llevan los tráileres de los camiones que, al desplegarse como una papiroflexia, exhiben escenarios para los músicos y cantantes que váyase usted a reír del Corral de la Pacheca. Seguramente llegaron a la plaza dos hombres en una furgoneta y, con una escalera de aluminio, fueron recogiendo la guirnalda de bombillas de color que había sido dispuesta para colorir los bailes, lo mismo que se devana una madeja, vuelta sobre vuelta, hasta dejarla hecha un ovillo sucio en el suelo de alguna caja. Las alcayatas, de haberlas, quedaron en las fachadas: ésas no las quita nadie hasta el año que viene porque seguramente vuelvan a emplearse. Ahora que las calles de todos los pueblos se han cementado, no podemos atestar que esté aún reciente la polvorina del rectángulo de tierra pisada por los que bailan, que son quienes se divierten, porque los que tocan se amuelan. La arena seca, repleta de holladuras y otras improntas, probó una vez que allí hubo gente divirtiéndose. Ahora, el hecho probatorio son los vasos de plástico esparcidos por el suelo y la mucha basura acumulada en cualquier parte.

Ya está el campo en otra cosa. Se han engrandecido los rastrojos y algunos tractores han comenzado a arar la tierra. El tempero, este año, como otros anteriores, mucho no se aguarda: apenas queda ya quien lo aproveche. Es septiembre, y huele distinto desde el primer día: vislumbra que esto se acaba. Ni siquiera hace falta que refresque. Las postrimerías del estío se anuncian en la menguada luz que reciben nuestros cueros aún en manga corta, y en la cada vez peor calidad del sol, que se ha vuelto más bajo y, diría yo, más honrado. Tal vez, menos gallardo.

Ay, las ruidosas fiestas del verano. Antes, eran de guardar. Conviene no mancillar esta expresión con demasiadas bromas. Aunque huelga decir que no era la fiesta, religiosa primero, laica más tarde, lo que juntaba a la gente. Esa unión de todos, salvo los chincharrabias de siempre, que bien conocidos eran por toda la parroquia, la coadyuvaba lo demás: la hacendera, cuando salía el pueblo entero a componer el camino sin que nadie cobrase ni nadie faltase; o la vez del aprovechamiento de los rastrojos, tras abrirse la hoja, un día cada casa con el ganado de todas después de la siega para que entrara en la tierra de uno el rebaño del vecino... Las tareas agropecuarias eran la perfecta argamasa que componían vecindades y aldeas, sobre todo tras la siega y la cosecha, cuando se hacían encajar los festejos. Por eso, en la fiesta, que normalmente duraba sólo un día, no se bailaba con el convecino porque cayera mejor o peor, sino porque su marido, o la esposa, llevaba nueve meses guardando la piara. 

Como bien saben mis lectores, no puedo echar de menos aquello que veo por estas fechas. Pero no es la vulgaridad de las fiestas de ahora, con sus estrépitos y chocolateros y músicas estultas lo que me indigna o duele, sino su absoluta y total falta de necesidad. Hemos arribado a una época en la que cualquier sábado representa una jornada de asueto (antaño, los fines de semana no representaban gran diferencia para los agricultores, salvo por la misa dominical). Por eso no acudo ni tengo sensación de que las verbenas y convites reúnan a nadie importante. Los que merecían la pena, como mi tío, o Serafín, o Julián "Ladero" (porque era cheposo), tiempo ha que se fueron. La fiesta de un pueblo ha dejado de ser un lugar para convertirse en una disponibilidad de juerga y griterío insufrible: una cosa agostiza, nacida fuera de sazón aunque crece mucho y arraiga (a la vista está que las escenas estúpidas que propician se repiten aún por toda la geografía patria).

Diré, no obstante, algo que es de justicia. Aquellos hombres que se juntaban tres días al año pagaban ese milagro con once meses y veintisiete días de una vida que nadie querría hoy para un hijo suyo. Los que se marcharon hicieron bien en marcharse, no seré yo quien afirme lo contrario. Uno no tiene derecho a exigirle a un pueblo que siga siendo pobre sólo para que a mí me resulte hermoso. Pero, sí: entonces era muy hermoso. Hoy son cuatro casas mal plantadas y ciento en proceso de derrumbe a las que acude un mocerío urbano cuya única presencia es el porte jovenzano y un cráneo vacío por dentro de todo.

Mañana, o pasado, se irán los últimos coches, y si llevasen las matrículas de entonces, diríase que ya marchan los forateros, los de fuera, los que medraron en Bilbao, como los Tórtolos, o en Barcelona, como los Cohetes, o en Madrid, como tantos otros. A esta hora, que redacto las últimas palabras de esta columna, se llamaba con la campana de la Yglesia (así viene escrito en el frontal de la de mi pueblo) al rosario: yo lo viví de niño. Mi abuela se ajustaba el velo de capilla y salía de casa para su cita con los misterios de Cristo, la letanía lauretana, la salve, el responso por los difuntos del pueblo, el trisagio y los gozos por la Natividad de Nuestra Señora, por ser septiembre. Anteayer, aún sonaba la charanga. También acabó el serano, aquello de hablar con el vecino tras la cena. Sólo queda, más o menos igual, el lejío, cada año más difícil de ver. Con las últimas lluvias ha verdeado un tanto.

viernes, 28 de agosto de 2026

Friura de agosto

"En agosto, frío al rostro"  decían los viejos de mi tierra. Tardé años en comprender que el susodicho refrán no era tanto una queja como un parte meteorológico con cuatrocientos años de servicio: más fiable que cualquier aplicación que hogaño nos arroja el teléfono y, por descontado, completamente gratis.

Tiene su miga. Y yo, caro lector, paso a detallarla. Porque da la casualidad de que el reconocido refrán venía ya recogido en el "Vocabulario de refranes y frases proverbiales"  de Gonzalo Correas, fechado en 1627. Concédanme, pues, la absolución del redondeo y les devolveré un regalo añadido que quizá ustedes, lectores míos, quieran cobrarse en alguna tertulia: Correas era catedrático en Salamanca, es decir, el refrán lo dejó por escrito un salmantino, uno de mi tierra. Difícil pedirle mejor pedigrí a una columna de Las Arribes.

No obstante lo anterior, la prudencia exige anunciar los matices. El primero, que Correas lo recogiera en 1627 significa que ya circulaba, probablemente desde mucho antes —los refraneros del XVI, como el de Hernán Núñez, andan llenos de material agostino—, así que posiblemente el refrán peque de más viejo de lo que digo, nunca de menos. Y segundo, que cito a Correas de memoria...

Pero veníamos hablando de ese frescor que se anuncia mediado agosto, que no es algor (lo cual sería mucho decir), y yo pienso que ni siquiera tiene dignidad de frío. Los que hemos leído demasiado tenemos para ello una palabra que ya nadie usa y que pienso usar de todos modos, porque ya la anuncie en el título: friura. La traen Berceo y el Arcipreste, que algo sabían de inviernos cuando la calefacción era una invención desconocida, todo lo más, arrimada a los rescoldos de una lumbre. El caso es que, desde entonces, esta palabreja anda por el diccionario como los cervatillos por mis carreteras de agosto: quieta, íngrima, atenta al rumor sordo de los hablantes que pasan de largo buscando palabras más cómodas.

La cuestión que traigo a colación en este galanteo climatológico es que ha llegado, finalmente, a las Arribes, y a todas partes, la temida segunda quincena de agosto, con los forasteros ya plegados y devueltos a sus ciudades o a las playas por aquello de rascar un poco más el tiempo de asueto, y resulta que ha llegado por do arriban todos los pesares del alma: por las umbrías. Uno baja pedaleando, paralelo al Duero, a las nueve y media de la tarde, en manga corta por pura soberbia, y en la primera revuelta sombría el relente se posa en los antebrazos y en las piernas con una educación finísima y antiquísima, de la que ya no se estila en parte alguna. El sol, a punto de ponerse, sigue perjurando que es julio y que el mes augusto jamás entró en el calendario. Pero miente. Está mintiendo. Miente con la convicción del actor que se sabe el final de la obra y estira su monólogo, y uno le agradece la mentira como se agradecen todas las piadosas: sin creérsela en absoluto, pero concediendo el valor de la elegía.

Los veraneantes toman buena medida de la fresca de estas aún luengas tardes y por eso se van. Y yo añado que está muy bien que se vayan. Los de aquí la leían de otro modo. Decían "va cayendo el año", al igual que la fruta, por madurez, que no por otra cosa. Mi abuela —que jamás pronunció la palabra melancolía, entre otras cosas porque le sobraban tres sílabas— sostenía que agosto no termina el treinta y uno sino la primera noche en que se cierra la ventana. Llevo media vida comprobando que los calendarios de pared no han conseguido refutar su sabiduría.

Y por último está lo del cervatillo. En julio huye de mi bicicleta apenas descifra su sonido sordo; ahora se queda mirándola un instante más de la cuenta, un instante largo, casi litúrgico, como una misa a la Virgen del mes, cualquiera que sea o toque, cosa que no me ofende por mucho que los parroquianos saquen en andas a la patrona para otorgar sacralidad a sus más bajos apetitos estivales. Hay cierta cortesía en esa blasfemia que ya quisieran para sí muchos desahuciados urbanitas, tan defensores de lo animal como irreverentes con los campos de los que retornan sin haberlos entendido en absoluto. La moción, que ya tardo en mencionar, es que la carretera por donde pedaleo volverá a ser muy pronto de la naturaleza, lo será en dos semanas, aunque la dehesa lo sea desde siempre, y yo, que me tengo por hijo de esta tierra, no acertaré a ser entonces otra cosa que el último forastero, el que tarda un poco más en irse.

Por eso, cuando la friura me toca ahora el rostro en la bajada, no me abrigo en absoluto. La dejo estar, igual que se deja estar a las visitas antiguas, siempre molestas. Porque nosotros, los del estío, somos esas visitaciones molestas e impertinentes. Y el refrán nos señaló siempre el momento de retirarse, solo que lo dijo en voz tan baja que hicieron falta cuatrocientos agostos para que pudiéramos escucharlo.

viernes, 21 de agosto de 2026

Los que todavía aplauden

El problema ya no es el indocto, Pedro Sánchez. El nefando impresidente es perfectamente conocido. No constituye ningún misterio psicológico, ningún enigma político, ninguna esfinge que todavía aguarde a su Champollion. Ocho años son tiempo suficiente para estudiar a un hombre, medir sus escrúpulos, conocer sus límites y comprobar, sobre todo, que poseen la extraordinaria propiedad de desplazarse a donde sea cada vez que uno se aproxima a ellos. Sabemos quién es. Y es relativamente simple adjetivarlo.

Lo incomprensible son los otros, los que todavía aplauden y encuentran una explicación para todas las barbaridades que el indocto acomete (que son innúmeras). Lo esotérico es el pensamiento de quienes descubren una excepción después de cada excepción previa; una emergencia nacional detrás de cada abuso palaciego; una razón de Estado tras cada conveniencia partidista; una finalidad siempre noble detrás de cada golfería; una pirueta dialéctica más enrevesada que la anterior, mediante la cual aquello que ayer era intolerable hoy se vuelve imprescindible y mañana será, a todas luces, progresista. Ellos son el verdadero fenómeno político de nuestro tiempo. Porque un gobernante sin escrúpulos es un problema antiguo. Está inventado desde que el primer homínido descubrió que podía quedarse con la parte del mamut que correspondía al de al lado.

Es fascinante contemplar a miles y miles de ciudadanos cultivando voluntariamente una forma de obediencia intelectual mediante la cual han conseguido convertir en virtud exactamente aquello que hubieran considerado infamia de haberlo cometido el adversario. Ese, y no otro, es el prodigio, el milagro. No lo es el mediocre y bastante zafio Sánchez. Hay una pregunta muy sencilla que debería formularse cualquier demócrata alguna vez en su vida: ¿Qué tendría que hacer el partido al que voto para que yo dejara de votarlo? Fíjense bien: no me refiero a qué tendría que hacer el partido contrario para votarlo, ni a plantear las atrocidades que podrían cometer Feijóo, Abascal, Ayuso, Trump, Meloni o el espantajo que cada semana distribuye la factoría monclovita de espectros. La pregunta es mucho más difícil. ¿Qué tendría que hacer el mío, qué habría de hacer el PSOE (pongamos por caso)? ¿Mentir otro tanto más, aunque sepa que jamás ha dicho la verdad de nada? ¿Incumplir nuevamente aquello que prometió, pese a no haberlo cumplido jamás? ¿Pactar con aquellos con quienes juró que nunca pactaría, pese a haber perdido la vergüenza a una velocidad descomunal solo por justificar el insomnio? ¿Defender como constitucional aquello que poco antes consideraba inconstitucional? ¿Colonizar todas las  instituciones? ¿Atacar a los mismos  periodistas una y otra vez?  ¿Desacreditar a los jueces? ¿Convertir cada investigación sobre su entorno en una conspiración universal? ¿Hacer de la excepción parlamentaria una costumbre? ¿Administrar la frontera marroquí de una nación con la misma consistencia con la que se administra una veleta? Todo lo anterior se resumen en un: "¿hasta dónde?". Porque tiene que existir un hasta dónde. Porque si la respuesta es ninguna parte, si no existe acontecimiento imaginable que pueda hacer retirar la confianza de cualquier votante, entonces no hablamos con propiedad de electores, sino de otra cosa: de creyentes, y bastante extremistas. Las democracias necesitan ciudadanos, no creyentes, pero parecen nutrirse principalmente de estos últimos. 

Todo puede ser explicado. El universo entero es susceptible de explicación. También existen explicaciones para que un avión se estrelle, para que quiebre un banco, para que se hunda un puente o para que un cirujano extirpe el riñón equivocado. Pero gobernar consiste precisamente en responder a aquello que ocurre cuando todas las explicaciones ya han sido formuladas. Esa diferencia elemental entre explicar y responder parece haber desaparecido de nuestra vida pública. Y ahí está la trampa. El indocto ni siquiera necesita demostrar que ha gobernado bien. Le basta con decir que ya lo está haciendo. No necesita defender sus decisiones, por muy egoístas que sean. Le basta con atribuir intenciones siniestras a quien las critica. Tras él siempre aparece, de inmediato, el pequeño ejército de justificadores, tertulianos, columnistas, profesores, militantes, activistas y vecinos que, hasta ayer mismo, incluso parecían razonables. Todos ellos, sin excepción, entregados a la singular tarea intelectual de demostrar que jamás sucede exactamente lo que acabamos de ver suceder. E, incluso en el caso de que admitan que, de hecho, sí ha sucedido, en realidad no significa en absoluto lo que parece. Y, rizando más el rizo, si incluso después de todo ello significa lo que parece, se justifica porque otros hicieron algo parecido en el pasado. E incluso en la eventualidad de que no lo hicieran, se justifica en que las circunstancias eran totalmente distintas. Y si, pese a todo, al término de todas las cavilaciones sobre circunstancias y pasados y personas y parecidos, resulta que todo era distinto, al menos queda el consuelo de que no gobierna la derecha. Fin de trayecto.

El indocto que nos desgobierna pasará. Todos pasan. Pasó Felipe González. Pasó Aznar. Pasó Zapatero (hasta fechas recientes). Pasó Rajoy. Y pasará Sánchez, aunque probablemente haya que explicárselo varias veces. Lo que después sí queda es una sociedad maleducada durante años. Y ahí empieza el verdadero miedo. Hemos acostumbrado a una parte de España a considerar la política no como una administración temporal del poder, sino como una guerra antropológica entre buenos y malos. Si gobiernan los buenos, casi todo está permitido porque la alternativa consiste en que gobiernen los malos. Ésa es una de las ideas más tóxicas que pueden inocularse en una democracia. Pero una democracia funciona exactamente al revés. Funciona cuando uno está dispuesto a expulsar del poder a los suyos. Cuando un socialista puede decir: hasta aquí. Cuando un conservador puede decir: hasta aquí. Cuando un comunista, un liberal, un nacionalista o quien sea, entiende que existen determinadas reglas anteriores a su partido y superiores a su conveniencia. 

La democracia comienza donde termina la tribu. Y nuestra desgracia consiste en que hemos recorrido durante años el camino contrario. Por eso resulta tan inútil seguir preguntándonos por qué el indocto es capaz de hacer lo que hace. La única respuesta es porque puede, al disponer de todos los recursos del poder, y porque muchos lo amparan y justifican, incluso aquellos que deberían ejercer de contrapeso (y no lo ejercen, con total desvergüenza, caso de la Fiscalía, el Constitucional, la Abogacía del Estado...). En su infinita ignorancia, tiznada por completo de egoísmo y avaricia, ha descubierto algo extraordinariamente sencillo acerca de una parte de los españoles: que no necesita convencerlos de que tiene razón. Le basta con recordarles quién está enfrente y lo que ellos ganan poniéndose de su parte. Es así de barato y de sencillo. No es tan sólo que el BOE reparta dineros y prebendas, puestos y sinecuras: también reparte la animadversión por un adversario al que, por simple egoísmo, se odia. Por tal motivo el indocto se contradice por la mañana y exige obediencia a su contradicción al mediodía. Puede sostener una cosa durante años y proclamar después la contraria con la solemnidad de haber recibido las tablas del Sinaí. Por ese motivo puede convertir una necesidad parlamentaria en un avance histórico, transformar sus muchas derrotas en victorias, las mentiras en rectificaciones, los fracasos en resistencia, las investigaciones judiciales a su hermano o su mujer (o a él mismo, tiempo al tiempo) en persecución política. La gran infraestructura construida por el sanchismo no son las pésimas carreteras, los descarrilamientos de ferrocarriles o los hospitales a medio acabar. Es la ingente lavandería moral que funciona veinticuatro horas al día, donde entra una contradicción y sale una adaptación responsable; o entra una mentira y sale un cambio de opinión; donde entra una nueva concesión al separatismo y sale un esfuerzo por la convivencia. Entra una crítica y sale el fascismo. Es una fábrica formidable. No desperdicia nada.

Luego está esa superioridad moral. Ah, sí, esa superioridad moral. Quizá sea la pieza más importante del mecanismo. Porque para justificar permanentemente lo injustificable es imprescindible convencerse previamente de que uno pertenece al bando de los justos, al bando correcto de la historia (de hecho, así lo promulgan, con toda desfachatez, y muchos lo escuchan absortos). Una vez adquirido ese certificado de bondad, todo lo demás resulta mucho más sencillo. Pueden equivocarse, y robar a manos llenas, pero las intenciones eran buenas. Los otros pueden, tal vez, acertar, pero sus intenciones son siempre perversas. Ellos rectifica, los otros mienten. Ellos ocupan las instituciones para protegerlas, los otros solo pretenden destruirlas. Ellos ejercen la libertad de expresión, los demás solo propagan odio y bulos. Mediante esta extraordinaria contabilidad moral, cada conducta recibe un nombre diferente dependiendo de quién la practique. Orwell habría pedido todos los derechos de autor.

No estoy diciendo que todos los votantes socialistas sean así. Sería absurdo. Solamente un 99,9% de ellos. Algunos (pocos) llevan años abandonando al PSOE, criticando al Gobierno o contemplándolo con un grado creciente de incomodidad. E incluso existen socialistas que conservan una concepción institucional de España, de igual manera a como hay conservadores capaces de avergonzarse de los suyos. Por eso, reitero, el problema son los incondicionales, los que no necesitan saber qué ha ocurrido para saber qué opinan, los que reciben la posición correcta y después buscan los argumentos. Los que han sustituido la conciencia por la pertenencia. A todos esos ciudadanos quisiera hacerles una pregunta muy pequeña que ni siquiera hace falta que respondan, mucho menos en público. ¿Hay algo que pudiera hacer e indocto que les pareciera imperdonable? Algo. Una cosa. Una sola. Y si después de ocho años no consiguen encontrarla, entonces quizá deberían considerar una posibilidad bastante incómoda: que el problema ya no sea el indocto sino ellos mismos.

Ninguna democracia dispone de mecanismos suficientes para protegerse de un ciudadano que ha decidido renunciar voluntariamente a juzgar. Podemos disponer de tribunales, de parlamentos, de Constituciones, de Defensores del Pueblo, de Tribunales de Cuentas, de prensa libre, de elecciones, de contrapesos, incluso (si se me permite la utopía) de separación de poderes. Al final de todo ese entramado institucional siempre hay un hombre o una mujer introduciendo una papeleta en una urna. Y si esa persona ha decidido de antemano que su partido será inocente haga lo que haga, toda la formidable arquitectura constitucional termina descansando sobre arena. Y ése es el lugar exacto en el que la democracia se vuelve vulnerable. No cuando aparece el primer gobernante dispuesto a tensar las reglas (gobernantes así los ha habido y los habrá siempre), sino cuando una masa suficiente de ciudadanos comienza a considerarlas secundarias siempre que las tense uno de los suyos.

viernes, 14 de agosto de 2026

En la mitad de agosto

En la mitad exacta del mes, entre el 14 y el 16, cuando el calor sigue arreciando, aunque al alba se refresca el rostro aún adormecido, la Iglesia colocó desde antiguo una de sus grandes fiestas sobre la imagen de un cuerpo sustraído a la servidumbre del tiempo.

Conviene distinguir, que ambas circunstancias suelen confundirse. La fiesta es antiquísima. En Jerusalén ya se celebraba en el siglo VI la Dormición de María, de allí pasó a Oriente y, posteriormente, a Roma, con todas las variaciones y disputas que cabe esperar tras quince siglos de tradición litúrgica. El dogma, en cambio, pertenece a nuestro tiempo. Pío XII lo definió el 1 de noviembre de 1950, mediante la constitución Munificentissimus Deus, y fue —dato que suele esfumarse entre las innúmeras minucias de la historia eclesiástica— la única ocasión en que un pontífice recurrió a la infalibilidad ex cathedra después de formalizarse en el Concilio Vaticano I, en 1870. Dicho de otra manera: pasaron ochenta años de extraordinaria potestad para ser ejercida, una sola vez, para afirmar el extraordinario suceso de que un cuerpo físico no fue sepultado tras la muerte. 

Hay cierta elegancia, y es considerable, en la propia fórmula empleada. La definición establece que María, "terminado el curso de su vida terrena", fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial. Nótese: terminado el curso. No dice que estuviera muerta, y tampoco que estuviese viva. La expresión, sutilísima, sortea deliberadamente una cuestión que había dividido durante siglos a teólogos y escuelas de todo ramo: si María, la madre del Señor, conoció o no la muerte antes de la Asunción. La discreción doctrinal hoy, por lo ingenioso, resulta exótica. Se afirma lo trascendente y se deja en penumbra lo accesorio, fijando con elegancia el misterio y renunciando a violentarlo de manera innecesaria. Hay silencios que empobrecen y silencios que preservan. El de la Asunción de María pertenece a los segundos.

Y todo ello se indoctrinó en 1950, cinco años después de que Europa terminara de contar sus muertos y comenzara a comprender que ni siquiera sabía cómo contarlos realmente. Una década después de acabada nuestra Guerra Civil, cuando aún las ciudades estaban convertidas en polvo, los campos atesoraban cuerpos apilados, extraviados, evaporados bajo el fuego o enterrados sin nombre. Sucedió tras una primera mitad del infausto siglo XX que ya había transfigurado la carne humana en materia prima para la Historia. Con la muerte y la violencia aún calientes, Roma proclamó solemnemente que hubo un cuerpo —uno solo, según aquella definición— que quedó a salvo del destino común a todos los seres humanos. Obviamente, los dogmas no nacen de las coyunturas y el movimiento asuncionista llevaba décadas, siglos incluso, acumulando devoción, tratados y peticiones de toda clase. Pero las fechas disponen de cierta elocuencia. 

Cómo suele ser habitual, la teología dispone de su contrapartida banal. Todos los años, por estas mismas fechas, de hondo significado para mí por cuanto Asunción era el nombre de mi madre, escribo que los agostos de mi juventud podían considerarse llenos, pese a las muchas carencias, y que los actuales, se han ido vaciando de todo aquello que conforma la naturaleza humana de los seres pensantes. Pero mi recuerdo del quince de agosto esconde, no obstante, una pequeña impostura de la memoria. Los hombres que llevaban las andas en procesión, durante la ceremonia eclesiástica, no participaban de una estampa idílica. El esfuerzo, bajo el calor, podía considerarse severo. Avanzaban con la camisa adherida a la espalda, el cuello hinchado, el sudor bajándoles por las sienes y los hombros sometidos a la crueldad lenta y constante del varal. Sobre ellos, la Virgen permanecía inmóvil, serena, blanca, ajena a cualquier jurisdicción de la canícula y el polvo. Lo que la procesión de la Virgen de Agosto anunciaba era precisamente que, abajo, sobre la tierra, se hallaba el esfuerzo y, arriba, bajo el cielo, su completa abolición. Alrededor flotaba un aire espeso que, dentro de la iglesia, estaba compuesto de cera derretida, flores, perfume y multitud. Se trata de una sensación que pocas reconstrucciones sentimentales de las fiestas de los pueblos suelen recordar, especialmente en las jornadas veraniegas dominadas por los insufribles paquitos chocolateros y las más diversas chorradas del verano. Afortunadamente, la nostalgia posee también sus pudores y elimina del pasado casi todo cuanto sobra.

No es que aquellos agostos estuvieran más plenos que los actuales. Simplemente, nosotros estábamos mucho más llenos, sin necesidad de móviles, redes sociales, estupideces instantáneas y una desorbitante conexión deshumanizadora. La Virgen era llevada en volandas sin que nadie le hiciese una foto o la publicase en parte alguna. Es una suerte que la memoria barnice de modo eficiente. Pule las aristas, atenúa los treinta y muchos grados, blanquea las paredes, e incluso devuelve a las campanas una sonoridad ejemplar que nunca tuvieron, colocando al atardecer una luz tierna y afectuosa que procede menos del cielo que de nuestra propia edad. Porque uno, caro lector, cree echar de menos aquellos veranos sólo para descubrir, si se concede el incómodo privilegio de ser sincero, que lo que se echa de menos es al muchacho que los atravesaba.

(Siento decir a mis caros lectores que el reciente eclipse solar no me parece relevante para una columna: tan sólo es merecedor del presente y muy objetable escolio)

sábado, 8 de agosto de 2026

Los nombres, las casas, el silencio

Lo primero que abandona la memoria es el nombre. Antaño, cada finca o cada revuelta de las trochas y senderos tenía el suyo. Nunca fueron apelativos decorativos: eran instrucciones de uso, cartografía hablada. El Cotorro se llamaba así porque el agua bajaba de golpe y exigía sembrar tarde. La Tierra del Fraile conservaba el testimonio de una desamortización que nadie recordaba, pero cuyos contornos seguían respetando las lindes como si las hubiese pronunciado un notario. El Teso de las Liebres, la Hoja de Abajo, el Rebollar de Andrés —un Andrés muerto en el ochocientos, cuyo apellido se perdió mucho antes que ese nombre de pila que todavía resuena en la ladera... Son todos ejemplos toponímicos elegidos un tanto azarosamente por mí en esra columna, de entre un par de centenares largos.

Aquel vocabulario existía porque alguien necesitaba nombrar cada parcela para precisar dónde se encontraba. Cuando ya no queda nadie a quien decírselo, el nombre no se olvida de golpe: simplemente parece que se queda sin trabajo. Y una palabra sin oficio sobrevive todavía un tiempo, con la paciencia de un perro viejo, hasta que se extingue sin que nadie acierte a señalar el día exacto de su pérdida.

La concentración parcelaria reunió después las tierras en polígonos, y a los polígonos les asignó números. Parcela 47 del polígono 3. Es una denominación eficaz: cumple su cometido. Simplemente no dice nada a quien no lleve un plano agrario desplegado sobre el capó del coche. Nadie decretó la extinción del Teso de las Liebres. Simplemente dejó de ser necesario. Y en esta tierra las cosas rara vez mueren porque, lo que sí hacen, es volverse innecesarias, que es una forma más lenta y silenciosa de desaparecer.

Después van las casas. Pero las casas tampoco se derrumban de golpe porque una casa desusada con los años no se cae, sino que se abre, como las flores. Primero cede el tejado en un punto preciso —casi siempre junto al tiro de la chimenea— y deja caer sobre el suelo una columna de luz que aquella estancia jamás conoció mientras estuvo habitada. Luego la lluvia trabaja con paciencia sobre el adobe, que fue barro y regresa al barro sin estrépito, con cierta serenidad y parsimonia, como si no le importase volver a su materia originaria una vez que los seres vivientes a los que protege dejan de ser los humanos. Posteriormente entran los pájaros y las zarzas trepan por las paredes y en agosto ofrecen sus frutos en el hueco de lo que fue el hogar, con  desfachatez, porque lo vegetal, que nos antecedió millones de años, no necesita pedir  permiso. Al final resiste la piedra: el dintel, las jambas, el umbral desgastado por el paso de seis generaciones. Pero ya se ha convertido en un marco exento en mitad de un solar, abierto al vacío y con la memoria perdida por completo. Se puede cruzar. Por supuesto. Nada cambia al traspasarlo y, sin embargo, uno pasa instintivamente por el vano y evita pisar el escombro, como si la casa conservara todavía, mucho después de haber perdido el techo y las habitaciones, una última autoridad, o cierto viso de ella, sobre nuestros pasos vacilantes y temerosos. Los míos, sin duda, transidos de tristeza.

Tampoco conviene convertir aquel mundo en una arcadia, cosa que en muchas ocasiones reflejo. Era una tierra dura, cerrada, severa con quien pretendía salirse del margen; incluso las fiestas que hoy recordamos con emoción eran apenas una tregua mínima en un tiempo que no concedía concesiones. Quienes se marcharon no traicionaron ningún paisaje. Se fueron porque el autobús de la mañana ofrecía una salida y porque en las fábricas del norte había trabajo bajo techo. Y eligieron bien. Nadie tiene derecho a exigir a otros que permanezcan en la intemperie para conservar una estampa pintoresca.

Hay una consecuencia de la despoblación de la que apenas se habla —quizá porque incomoda la gravedad del género elegíaco—: el silencio. Es un silencio denso, mineral, del que apenas queda muestra en Europa. En estos valles es posible escuchar una conversación a doscientos metros, la percusión de un pájaro carpintero en la margen opuesta del río, el roce exacto del aire al atravesar las hojas duras de la encina, que suenan a papel seco y no a follaje. Se oye llegar un vehículo varios minutos antes de que asome tras el cambio de rasante. Es un privilegio casi obsceno. Lo disfrutamos precisamente quienes no pagamos su precio. Ese silencio es también una herencia, aunque nadie quisiera dejárnosla porque se trata del legado involuntario de quienes tuvieron que partir.

Las cifras se repiten y son las que son —menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado en amplios tramos de esta Raya, una densidad inferior incluso a la de algunas regiones del extremo norte europeo—, pero los datos han perdido ya su capacidad de sobrecoger. Se han dicho tantas veces que han dejado de significar. Una cifra puede describir el vacío, pero no sabe hacerlo sonar ni que parezca importante. Quizá por eso solo nos quede la tarea minuciosa de los antiguos escribanos: levantar acta. De modo que esto, mis caros lectores, es lo que permanece. Un dintel de granito abierto a un cercado de zarzas. Una parcela que perteneció a las liebres y hoy es una cifra en el catastro. Y este silencio inconmensurable que jamás habíamos oído y que probablemente nos excede.

No pido que regrese nadie. Quienes se fueron tomaron el camino correcto, y quienes quedamos, o quedaremos algún día, no bastamos para mantener abierta una escuela. Tampoco creo que la memoria pueda detener nada. Apenas puede nombrarlo mientras desaparece. Pero mientras alcance, al pasar por ese alto, seguiré diciendo el Teso de las Liebres en voz alta. Aunque no haya nadie al otro lado. Aunque ya nadie necesite saber dónde queda. Aunque solo sea por dar destino a una palabra que se ha quedado sin trabajo.