viernes, 23 de octubre de 2026

El estado del bienestar del Estado

Hay que reconocerle a este desGobierno una virtud extraordinaria: ha conseguido que los españoles paguemos cada vez más impuestos sin que tengamos la desagradable sensación de estar enriqueciéndonos. Es una hazaña económica de primer orden. En otros países, cuando aumenta la recaudación, suele aumentar también la prosperidad. Aquí hemos perfeccionado el procedimiento inverso: cuanto más contribuye el ciudadano, menos dinero encuentra en su bolsillo y peores servicios e infraestructuras disfruta. Se llamará redistribución, palabrota que siempre usan los gobiernos y desgobiernos para justificar el movimiento de segur a la cuenta corriente de los españolitos de a pie. Lo que todavía no sabemos es hacia dónde se orienta esa redistribución tan bien redistribuida.

En 2025, Hacienda recaudó 325.356 millones de euros, un 10,4% más que el año anterior. Una noticia magnífica... para Hacienda que, por mucho que lo repitan, no somos todos, sino solamente ellos. El IRPF, que es el impuesto que importa al ciudadano, aportó 142.466 millones, lo que supone un 10,1% más. Son cifras que deberían conmovernos. Empresas y ciudadanos arrimando el hombro de igual manera. De lo anterior se colige que el Estado goza de una salud financiera recaudatoria envidiable mientras sus administrados experimentan la emocionante aventura de llegar con vida (económica) a fin de mes. Hay que admitir que pocas políticas consiguen repartir tan equitativamente la incertidumbre. El mecanismo más ingenioso es el de la inflación. Supongamos que usted cobra 30.000 euros y que su empresa, conmovida por el encarecimiento de la vida, decide aumentarle el sueldo. No se entusiasme. Su salario sube para que pueda seguir comprando aproximadamente lo mismo, pero Hacienda interpreta el incremento nominal como un ascenso social. Usted no es más rico, pero tributariamente lo parece. Es una modalidad de ficción administrativa que habría fascinado a Kafka. La negativa a actualizar plenamente el IRPF conforme a la inflación constituye una refinada técnica recaudatoria: permite elevar la carga fiscal efectiva sin tener que anunciar una subida de tipos. Dicho de otra manera, el desgobierno sube los impuestos dejándose llevar por la corriente. El Ministerio de Hacienda cifró en 2.294 millones la recaudación adicional de 2025 atribuible a esa falta de actualización. No es necesario aprobar solemnemente nuevos impuestos cuando resulta que basta con dejar que el tiempo haga el trabajo. La inflación pone el dinero; el contribuyente, la paciencia y el hartazgo, según toque.

Naturalmente, se nos explica que todo responde a la necesidad de sostener los servicios públicos. Y aquí comienza la parte más interesante del experimento. Porque uno supondría que una recaudación extraordinaria debería traducirse en una experiencia igualmente extraordinaria a la hora de acudir al médico, buscar una vivienda, utilizar el ferrocarril o realizar cualquier trámite administrativo. Sin embargo, el ciudadano siempre acaba descubriendo que, siendo su contribución inmediata, la contraprestación es diferida. Muy diferida. Será que no hemos comprendido bien el concepto de Estado del bienestar, o que tal vez nunca se especificó de quién debía ser el dichoso bienestar. Conviene, por supuesto, no caer en simplificaciones. Hay servicios públicos que funcionan razonablemente bien, aunque sea difícil nombrar uno, y profesionales que sostienen con enorme esfuerzo estructuras sometidas a una demanda creciente, o que al menos se defienden entre ellos cuales gatos panza arriba (colectivo de profesores, médicos, etc.). E igualmente, parece poco serio atribuir todos los problemas a un solo desgobierno y olvidar las responsabilidades autonómicas. Pero precisamente por eso resulta tan pintoresca la insistencia en presentar cada récord recaudatorio como si constituyera, por sí mismo, un éxito colectivo.

Mire usted. Recaudar no es gobernar, y gobernar no es recaudar, aunque lo parezca (seguramente lo único en lo que se esmera el desgobierno del indocto). Como tampoco gastar equivale necesariamente a gestionar. Cualquier organización privada que incrementara sus ingresos de manera sostenida mientras sus clientes expresan insatisfacción tendría que explicar qué está haciendo con el dinero. En el sector público, en cambio, la explicación suele consistir en solicitar más dinero. La deuda pública añade otra dimensión fascinante. Pagamos impuestos presentes para financiar servicios presentes y acumulamos obligaciones futuras para que nuestros hijos tengan también ocasión de participar en el proyecto de este presente tan maravilloso. Es una hermosa solidaridad intergeneracional: nosotros abonamos la entrada y ellos heredan una parte importante de nuestra factura de ahora. El déficit garantiza, además, que esta generosidad nunca termine.

Se dirá, con razón, que España mantiene una presión fiscal inferior a la media europea. Es cierto. También es cierto que la comparación pierde parte de su encanto cuando se ignoran las diferencias salariales, de productividad y de renta disponible. No basta con aspirar a recaudar como los países más prósperos. Sería deseable que la prosperidad llegara antes, o al mismo tiempo, que los impuestos. Pero está claro que exigir una relación perceptible entre impuestos y resultados no deja de ser una pretensión excesivamente mercantilista y capitalista, de la que deberíamos todos abominar. El contribuyente moderno ha de desarrollar una fe superior. Debe pagar convencido de que el dinero encontrará su destino, aunque ese destino resulte difícil de identificar fuera de las evoluciones patrimoniales de los políticos y prebostes. Porque cuando las circunstancias no mejoran, y llevan mucho tiempo desmejorando, a nadie creo que se le va a ocurrir consolarse pensando que, al menos, la recaudación ha vuelto a batir otro récord.

En el fondo, hemos convertido la fiscalidad en una peculiar disciplina espiritual. El ciudadano trabaja, contribuye, espera y renuncia. El Gobierno recauda, celebra, promete y solicita nuevos sacrificios. Ambos participan del mismo ritual, aunque solo uno tiene la facultad de decidir cuánto cuesta. Y así avanzamos hacia una sociedad admirable en la que quizás algún día todos seamos iguales: igualmente dependientes, igualmente resignados e igualmente sorprendidos cuando descubramos cuánto nos cuesta mantener la maquinaria que debía servirnos para algo y que, en efecto, no sirve absolutamente para nada. La buena noticia es que, cuando finalmente no nos quede ni un ápice de prosperidad, Hacienda podrá anunciar que ha terminado con todas las desigualdades patrimoniales. Y la mala que aún nos pedirá la siguiente declaración de la renta.

Convénzase. Vienen a por nosotros. Eso de enrasarnos a todos por abajo es la máxima de todo progresista que se precie.  



viernes, 16 de octubre de 2026

El ruido ya perdido

En ocasiones, los países se rompen con estrépito. He escrito "en ocasiones", pero los casos observados por mis ojos en este último periodo de la Historia demuestra que tales roturas son lo habitual. Yugoslavia, sin ir más lejos. España se rompió hace noventa años con bastante más que un estrépito. Y, visto lo visto últimamente, ese camino de perdición lo vamos repitiendo paso por paso en este desventurado siglo XXI por el que estamos transitando. Nuestros abuelos y bisabuelos no se acostumbraron a vivir en una sociedad marcada por la violencia y el oprobio, que parecía no importarle demasiado que se desencadenase una contiende bélica entre ellos, y eligieron la guerra. Unos y otros (unos por obstinarse en lo que rompía, otros por obstinarse en lo que no unía). Eso significa que los países, llegado cierto punto extremo, simplemente se van acostumbrando. 

Nosotros, hogaño, en este mismo momento, donde la conflagración parece utópica, pero el listado de oprobios contra toda la mitad de un país es inobjetable, nos hemos estado acostumbrando también y la exhibición de nuestro hartazgo ha sido, y sigue siendo, asaz melindroso. Nos cuentan mentiras rotundas, manifiestas, son tomaduras de pelo antes que falsedades, que también, y no nos da tiempo a montar un escándalo mayúsculo porque, en la mañana siguiente, salta otra mentira aún mayor, aún más oprobiosa, aún más desvergonzada y ruin y cicatera. El desGobierno concede prebendas y cesiones disparatadas a los etarras de Bildu y a los secesionistas catalanes y a los vascongados provectos, y ni tan siquiera podemos expresar no sólo ya perplejidad, tampoco asombro ante cómo lo imposible ha devenido inevitable, porque el listado de dádivas jamás se detiene y siempre engrosa. Lo mismo sucede cuando tenemos noticia de la siguiente institución que ha sido erosionada por el indocto y sus menestras, aunque lo de erosionar se queda corto, porque se trata de violaciones sistemáticas hasta convertirlas en monstruos facinerosos que solo resultan graciosas y útiles a ellos, o ni siquiera a ellos, sino a esa caterva de aliados indeseables que les otorga un día más en el poder a cambio de convertir cualquier cosa que miran en un erial. Hasta que un día, uno cualquiera, que pudo haber sido lo mismo hace un año que ayer por la tarde, tal es el deterioro, descubrimos que no queda nada sólido en este país bajo nuestros pies: solo mendacidad, impudicia, maledicencia, ultraje e infamia.

Ésa es la herencia más triste de Pedro Sánchez. No se trata de una ley concreta, ni tampoco de la interminable relación de promesas quebradas a su electorado (que parece inmarcesible al desaliento) o el continuado ejercicio de cesiones a sus inefables socios, inconfesables ayer y tan necesarios hoy en día. Todo ello acabará en las hemerotecas, esperemos que muy pronto. Lo más grave es seguramente haber convertido la excepcionalidad en una costumbre más de este país. Gobernar sin Presupuestos durante largos periodos, convertir cada contrapeso institucional en un obstáculo y cada crítica en una agresión, no son episodios aislados, sino una forma de entender el poder. Una forma bastante espuria, nociva e infecta, por lo demás.

No hace tanto discutíamos sobre si un político debía dimitir por mentir, por incumplir su palabra o por ser corrupto. Hoy resulta que hemos descendido varios peldaños a pasos agigantados. Y ya no preguntamos si mintió, si incumplió las promesas, si delinquió, si es un buen gestor, si respeta las instituciones. Preguntamos si la mentira le resultó rentable, si sus incumplimientos le permitieron abrazarse a una mayoría extraña y nociva desde la que gobernar el BOE, si la corrupción fue mayor o menor que la de los otros, si su gestión es modélica dentro de las dificultades, si la institución corrompida estaba en manos de los suyos o de los nuestros.

Por imposible que parezca, muchos políticos emplean la democracia para destruirla, y ni tan siquiera  tienen reparo en ufanarse de ello. España no es una dictadura, banalizar esta palabra por usarla como saeta sería hacerle un favor a quien queremos criticar. Las urnas funcionan, los jueces juzgan (pese a quien pese), no todo está corrompido. No es una metástasis, solo un virus invasivo y correoso. Pero también es cierto que una democracia, cualquier democracia, puede deteriorarse mucho antes de romperse por dentro. Vean el caso de Venezuela. Con que se debilite la convicción de que existen actitudes cuya honorabilidad ha de preservarse por encima de todo, basta para que suceda. En tiempos pretéritos era la decencia lo que protegía ciertos límites socialmente asumidos, aunque la ley no alcanzase a prohibirlos. Hoy, me pregunto, ¿de qué hablamos al hablar de decencia? ¿Del ministro de infraestructuras? ¿Del juez que pasó a ser horrendo ministro de Interior? ¿De qué hablamos, por amor del cielo?

Lo he dicho en ocasiones anteriores. Lo que más desasosiega no es el indocto: no deja de ser un pobre inculto erigido en baluarte de su propia incapacidad (razón por la que actúa como lo hace). del indocto lo sabemos casi todo. Lo que inquieta sobremanera es el número de quienes contemplan todo esto que vengo hablando y, sin embargo, no les importa nada en absoluto porque, para ellos, lo único relevante y crucial es que gobiernen los suyos, así sean unos hijos de puta de difícil conmiseración. Porque ningún gobernante degrada por sí mismo una democracia entera. Necesita millones de pequeñas absoluciones diarias, al minuto incluso. Necesita al ciudadano que reconoce la mentira pero la disculpa porque los otros son peores. O al que habría considerado intolerable en el adversario lo que está celebrando en el político al que ha votado. Un desgobernante como el indocto necesita medios dispuestos a encontrar cada mañana una explicación para todo lo que el día anterior calificaron como inexplicable y dirigentes secundarios capaces de repetir solemnemente sus torticeras justificaciones, producto del momento, no de una visión de Estado, sin recordar tampoco lo que manifestaron la semana anterior. Y necesita, sobre todo, que una parte de la sociedad acepte cambiar sus principios por mor de su muy personal capricho.

Y no. No estamos hablando de compartir una misma ideología. Sería absurdo y profundamente antidemocrático. Hablamos de un paso previo: la capacidad (al parecer periclitada) de exigir a los propios aquello que exigimos a los contrarios. Si mi corrupción es contextualizable, pero la tuya es imperdonable; si mi mentira es estrategia y la tuya es solo un fraude; si mi pacto es responsabilidad y el tuyo es una traición; si mi ocupación institucional es renovación y la tuya es asalto, lo que tenemos no son principios sino camisetas al estilo perroflautista, pero sin Hamelin.

Después de tantos años, la pregunta pertinente no es qué más nos puede hacer el indocto, porque sabemos que, por poder, puede hacer muchísimo más, y de igual calado. La pregunta, mucho más triste, es cuánto más están dispuestos algunos a perdonarle. Y, al mismo tiempo, cuánto quedará de los demás después de que ellos se lo hayan perdonado todo.

viernes, 9 de octubre de 2026

Otoño de 2026

El otoño de dos mil veintiséis avanza lentamente. Sigue regresando a una casa que, en puridad, no es la suya, porque las gentes sólo recuerdan los veranos y los inviernos y, todo lo más, el manto de flores de la primavera. La seroja, palabra en desuso como tantas otras, por muchos chasquidos que produzca al ser pisada en los parques y las aceras, no es comparable a los mantos floridos o albores que, en el otoño de las vidas, devuelve la memoria a los recuerdos.

Este otoño aún se demora en los umbrales. Antes de caer la primera hoja ya se percibe el olor de la tierra húmeda. La luz del día ha dejado de herir y apenas roza, presiento que teme despertar las sombras del estío que aún se apacientan bajo las ramas. Tiene una cortesía antigua, casi protocolaria, de las que no se estilan: ocupa el lugar abandonado por un verano vacío, lo mismo que todos los anteriores, y lo va llenando poco a poco de una claridad más lenta y pausada, de sonidos amables que anuncian el reposo definitivo.

Los plátanos del jardín, que en julio sostenían un peso umbroso y canoro, sueltan ahora las hojas una a una, como páginas de un libro que nadie se atreve a leer en voz alta porque, digámoslo claramente, leer poesía no es algo que produzca furor en parte alguna. Lo más asombroso de esos montículos compuestos por las hojas caídas, de las que hablaba hace un rato, es que están compuestos de pecíolos que caen cada uno según su manera. Algunas giran mucho rato, obstinadas en quedarse en el aire; otras bajan en línea recta, sin drama, con cierta dignidad incluso porque han entendido que su prestancia feneció. Al pisarlas crujen, y los crujidos son un idioma seco que acaba diciendo lo de siempre: que todo lo que tuvo nombre y forma termina alimentando lo que viene detrás. Las tardes se acortan cronométricamente. Es curioso, pero en estos días encogidos caben más momentos que en las luengas horas del mes de julio, al menos mientras perdura el día. Se piensa más despacio y, por algún motivo, se recuerda mejor. Las conversaciones se espesan, como si el frío que empieza a entrar por las rendijas obligara a las palabras a apretarse para no perder su calor y su nostalgia de tiempos pretéritos, siempre mucho mejores que estos de hogaño.

En las calles de esta ciudad que ya no nombro la gente empieza a caminar con las manos en los bolsillos y la vista un poco baja. Tal vez esta semana que se anuncia límpida y luminosa, sin lluvia ni viento, y con un remanente de calor que choca de frente con la ropa de entretiempo, avive un poco la mustia melancolía que han dejado las tormentas. Que nadie se confunda. El caminar cabizbajo no es tristeza. Es la certeza de que el suelo, de repente, tiene más que aportar que el cielo. Entre la hojarasca aparecen lugares y enseres que el verano escondía: una moneda, un botón, el ala de un insecto, los trozos bien rotos de cartas de amor que el verano no supo perdurar, el rastro de los pasos de quien deambuló errático cuando aún parecía que el tiempo permanecía quieto en una benignidad mansa y apacible. Es una hojarasca muy especial porque nadie la recoge. El otoño tampoco, y así es como se producen los testimonios.

Hay un árbol que conozco desde hace tiempo, ya va para varios años. Este pasado verano pensé que se estaba muriendo. El estío se convirtió para él en una suerte de otoño porque se le iban cayendo todas las hojas, pese a ser perennes. A veces me detengo ante él y le pregunto, en voz muy queda, qué parte de mí se está cayendo con sus hojas. No contesta, claro. Yo tampoco sé la respuesta. Tiembla un poco cuando lo orea el viento. Es ese tipo de árbol que sólo muestra frondosidad en la parte externa de su copa, porque el interior es un amasijo desordenado de ramas muertas y brotes macilentos. La luz oblicua que pasa entre sus ramas produce fulgores disparatados en el suelo, como entretejiendo una red de sombras movibles. En ella se enganchan los recuerdos que no son del todo míos: los de quienes estuvieron aquí antes que yo. Por ese motivo me siento intruso de un otoño que no acabo de ver que me pertenezca. Junto al árbol del jardín añoro las palabras de una conversación que nunca se produjo, salvo acaso en mi imaginación. Es una facultad rara esta del otoño, la de volvernos propio lo ajeno. Lo nuestro, lo que a cada uno pertenece, mientras tanto, se va retirando a cierta distancia para que podamos mirarlo sin pena.

La noche llega ya sin sorpresa, cuando termino de componer estas frases. Al cielo, que de día conserva un resto de azul antiguo, asciende una negritud espesa, y las farolas encienden su luz como velas en una habitación que hace tiempo que se está vaciando. Es entonces cuando el otoño deja de mirarse desde fuera y empieza a vivirse muy adentro. Se nota en la piel, en el roce entre el calor que le queda al cuerpo y un aire que ya enfría de verdad. Se oye en las hojas que el viento sigue moviendo, sin resignarse del todo a dejarlas quietas, y en ese roce cabe un instante la ilusión de que nada se ha perdido, de que lo que cae sigue hablando un idioma muy antiguo cuyo entendimiento sólo es posible cuando la propia vividura es, igualmente, prolongada.

Al otoño basta con mirarlo. Las hojas que van tapando el suelo alimentarán en unos meses las raíces de las copas nuevas, y nosotros, que caminaremos entre todo ello con el abrigo abrochado, tampoco podemos decir que seamos otra cosa que las remembranzas de los otoños que hemos visto pasar. No hay consuelo más exacto. Lo perdido no va a volver, perderlo es otra manera de seguir existiendo. Y mientras las últimas luces se retiran detrás de los tejados y el aire huele a tierra y a humo de chimeneas lejanas, queda una certeza callada: que estuvimos aquí, que vimos caer la materia caduca de nuestras vidas, y que por nombrarla sólo habremos salvado lo que dura una frase de tres palabras cuando se pronuncia.


viernes, 2 de octubre de 2026

Octogénesis (per sibi solum consulere)

En mi terruño, como en tantos otros, las ancianitas (por aquello de que las mujeres viven mucho más de lo que resuelven las estadísticas del censo, sólo que el INE aún no lo sabe) viven en su casa casi toda su vida. Digo casi porque, antes o después, los hijos comienzan a buscarles una plaza en una residencia de la tercera edad, llámese residencia geriátrica, llámese aparcamiento de ancianidades. Cuando, en tiempos decididamente mejores, aunque no tan modernos, los asilos (el nombre que faltaba) no proliferaban, la gente moría en su casa más pronto que ahora, estuviesen o no los hijos cansados de sus progenitores (habitualmente la madre, por las mismas razonas alegadas poco antes). Las viejas (éste también faltaba) no cotizaban a la Seguridad Social en ningún momento de sus vidas pese a saber que debían hacerlo. En mi terruño, las mujeres decían dedicarse a sus labores para no informar a la hacienda pública y a la Seguridad Social que se dedicaban, además, a la agricultura y la ganadería como sus maridos. Luego se dedicaban también a las cosas de casa, pero al menos en mi terruño, e imagino que en el resto también, las tareas agrícolas más penosas, incluidas todas las del mantenimiento de los pastos y tierras de cultivo, eran ejercidas por los hombres. Sería un reparto desigual, muy probablemente, pero en mi pueblo imperaba el matriarcado, que no el régimen patriarcal que con tanta ligereza se menciona ahora, y así era como se hacían las cosas. Lavar las sábanas en el regato era ingrato, por supuesto, pero rozar las zarzas de las cortinas y prados también: del primer trabajo se obtenía un descanso reparador; del segundo, una mayor productividad agrícola en tierras de por sí bastante infecundas.

La cuestión está en que la diferenciación que acabamos de establecer no es el origen de que la mayoría de las viejas de mi tierra (que ya son poco mayores que yo) sólo dispongan de pensión no contributiva, que existen desde 1990, porque la introdujo Felipe González allá cuando la política, al margen de las diferencias ideológicas, consistía en mejorar la sociedad (igualito que ahora con el indocto, ¿verdad?). Lo de pechar a la seguridad social es muy anterior, de 1908, pero esa es otra historia. Una de las consecuencias más importantes de la evolución social, consecuencia inmediata de la progresiva desertización demográfica de las zonas rurales, fue la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral. Pero eso ya sucedió, hace años que sucede. Salvo en personas provectas, es difícil encontrar a algún supérstite de cuando España era un carajal que unos y otros se empeñaban en rescatar del atraso. Conocidos de esa guisa tenemos todos. No necesito ir muy lejos para encontrar a un matrimonio que hizo buena fortuna en Madrid con una tienda en pleno barrio Salamanca. Por aquello de ir mejor mes a mes de lo que ya iban, siempre contribuyeron con lo mínimo, en el caso de él, o con nada, en el caso de ella. ¿Desconocimiento? Pese a que este descargo no exime del cumplimiento legal, tampoco se puede alegar como excusa: las gestiones quedaron en manos de un administrador externo, quien seguramente debió proponer ese apaño con el que tener más dinero líquido en los bolsillos. Las consecuencias no han podido ser más nefastas: la pensión mínima, uno, y la no contributiva, la otra. Nadie ha indagado en las razones por las que obraron de ese modo. Y no es un asunto propio solamente de quienes ya van por octogenarios o están a punto de dejar de ser setentones. En la misma familia, una de las hijas, ocupada como conductora de Metro, ejerce labores comerciales el resto del tiempo para una empresa que se dedica a renovar los cuartos de baño, convirtiendo las bañeras en duchas. Este tipo de empresas facturan muy poco, aunque ingresen mucho, porque gran parte de la caja es en negro (y Hacienda lo sabe, pero le resulta más fácil esquilmar a los trabajadores con nónima). El caso es que la comercial ha cobrado la mayor parte de su sueldo en negro desde hace muchos años. Como la Agencia Tributaria por fin ha decidido meter el hocico en este tipo de negocios, la empresa ha pedido a la comercial que facture sus labores como autónoma o como empresa. Y si uno hace cuentas, significa que donde antaño iban seis mil euracos libres al bolsillo, ahora van muchos menos porque, entre Seguridad Social y Hacienda, el descuento es importante... Creo que la comercial está tan indignada que está pensando en dejarlo porque, dice, no le compensa: le basta con lo del Metro, donde pagan bien y se trabaja poco.  La gente es tan egoísta, y tan proclive a unirse al sindicato de la avaricia, que sirve de poco explicar que lo de contribuir y pagar impuestos es como tienen que ser las cosas. Al menos se dan la gran torta de la realidad económica del mundo moderno, donde se paga al Estado en función de los ingresos. Qué maravilloso sería pagar solo por los cuarenta mil euros brutos anuales del Metro y, para quienes cobran más, que el resto estuviera exento de todo, que es lo que, a fin de cuentas, esta comercial, hija de los octogenarios que malviven con pensiones mínimas por no haber querido contribuir en su momento, está reclamando.

Algo parecido reclama la gente acampada en Sol y en otras plazas citadinas, ofuscada con los tenedores de pisos, a quienes denominan buitres, capitalistas y poco menos que nazis, por aquello de que unos señores quisieron que se cumpliese la ley y acabar con el alquiler de renta antigua de una octogenaria acostumbrada a vivir a cuerpo de rey en una zona de Madrid donde se paga cinco veces más por el piso que ella venía injustamente disfrutando. Realmente, fue la justicia quien lo dictaminó, pero eso da igual cuando, al otro lado, ves a una vieja, que se ha ido aprovechando año tras año de las múltiples concesiones políticas para prolongar su egoísmo, sacada del piso donde vivía (y que no era suyo) y con todas las cámaras y objetivos de fotografía apuntando a su rostro. Muchas otras viejas han sido desalojadas de sus viviendas en aras de la legalidad vigente, y muchos jóvenes, y personas de edad madura también. Cada uno sobrelleva su pequeño mal trago a consecuencia de las injusticias que se fueron estirando durante décadas. Cuando hablamos de viviendas, parece que lo normal ha de ser el estatus de okupa o parecido. Es consecuencia directa de estar sufriendo el desgobierno comunistoide, sólo que perroflautas y especímenes allegados, por mucho que el gobierno sea de su color, siempre van a culpar a los buitres y la derecha carroñera. Y, por supuesto, el problema varado ya casi una década sin visos de resolución, porque el único problema que interesa al Gobierno es que el megacorrupto con ramificaciones amistoso-familiares siga anclado en el palacio monclovita. Vivienda, Ceuta, corrupción, metástasis estatal... miren por donde quieran. Está todo necrótico.

La octogenaria creo que, finalmente, se queda en la casa que vivía, aunque no sea suya. Imagino que sus némesis habrán pensado que pronto visitará el camposanto, donde los atardeceres son delicados y silenciosos. Las de mi pueblo van yéndose por goteo a las residencias conforme las plazas van siendo disponibles (misma metáfora). La demografía sigue en descenso y los impuestos en aumento. De modo que la vida sigue igual. Ajustamos nuestras convicciones morales a la realidad imperante porque, en esto, como en tantas cosas, la lucha verdadera es la de los ciudadanos contra los estados, donde proliferan como hormigas los prebostes y funcionarios cuya única aspiración es hacer acopio de cuanto sea posible hasta el momento de contemplar los ocasos junto al camposantero. Y el que venga detrás, que arree.   

viernes, 25 de septiembre de 2026

El calor que mata no es del verano

Hay algo que ninguna inteligencia artificial puede esconder, y es el calor. El código viaja cifrado y cabe en un disco duro, pero el cálculo se hace en naves llenas de chips que trabajan día y noche: los centros de datos. Cada operación deja un resto de temperatura que hay que sacar de algún modo, con agua, con torres de refrigeración, con ventiladores enormes... Visto desde un satélite con cámara infrarroja, un centro de datos que entrena un modelo grande brilla como una fragua.

Conviene empezar por ahí, porque casi todo lo demás que se dice del asunto es humo. Los mismos que fabrican estas máquinas avisan ahora, con una seriedad que antes ni siquiera exhibían ante sus accionistas, de que podrían írseles de las manos en pocos años. El peligro que describen tiene poco que ver con la película del robot resentido que quiere ser persona. Es más aburrido y bastante peor: un programa muy capaz que recibe una orden mal pensada y la cumple hasta el final. Se le pide que frene el calentamiento del planeta y concluye que sobra la industria, o que sobramos nosotros. Para cumplir el encargo necesitará más ordenadores, más energía y que nadie lo apague.

Hay quien confía en que la máquina aprenderá a ser buena leyendo todo lo que hemos escrito. Lo escrito incluye la Declaración de los Derechos Humanos, los foros de madrugada, las crónicas de guerra redactadas por quienes las ganaron y los contratos de compraventa de esclavos. La máquina saca la media. Sabe definir la compasión mejor que un catedrático y nunca la ha sentido. Otros proponen soltar inteligencias buenas para que cacen a las malas. Al que ataca le basta acertar una vez, mientras que el que defiende no puede fallar nunca. Cuando la buena empiece a perder, algún general pedirá que le quiten los escrúpulos para que compita en igualdad, y entonces habrá dos malas. Los tratados... Pues sirven todavía menos. La bomba atómica pudo contenerse porque dejaba huellas: minas de uranio, naves con miles de centrifugadoras, temblores que se registraban al otro lado del mundo. De un programa puede decirse que sirve para ordenar pedidos, y desde fuera nadie podrá comprobar lo contrario.

Lo que queda es la materia. Los chips avanzados salen de un puñado de fábricas y podrían llevar grabada una matrícula. La electricidad pasa por contadores. El calor sube al cielo, donde se ve. Un organismo con autoridad para contar los chips, leer los contadores y cortar la luz a quien no rinda cuentas sería lo más parecido a un freno que tenemos. Es un remedio de fontanero, sin épica ninguna, y hasta ahora nadie ha encontrado otro que no dependa de la buena fe del dueño de la máquina. 

Los titulares de estas semanas lo han resumido a su manera: las máquinas nos matarán a todos en diez años, y para que ocurra basta con que las que no tienen escrúpulos lleguen a ser más fuertes que las que sí los tienen. La frase ha corrido por las tertulias con cierta alegría porque las catástrofes, si van con fecha, son más divertidas, aunque las temamos. Hay quien se ríe, porque lleva media vida oyendo profecías de ordenadores rebeldes que nunca llegan: tal es la herencia del afamado actor austríaco. Otros señalan algo más incómodo: el aviso sale de las mismas empresas que venden el producto, y un invento capaz de acabar con la especie es también un invento que merece todo el dinero del mundo. El miedo, bien administrado, cotiza. Está claro.

Lo que debería inquietar del titular es la segunda mitad, la que casi nadie comenta. Si todo depende de que las máquinas decentes sean más fuertes que las otras, ya hemos aceptado la carrera que el propio aviso dice temer, y en esa carrera, y bien lo sabemos los humanos, la decencia pesa como un lastre. Quizá el plazo de diez años sea exagerado. Aunque lo sea, no cambia el sitio donde se juega la partida. Mientras en la televisión se discute si nos quedan diez años o cincuenta, los chips siguen saliendo de las fábricas y los centros de datos siguen soltando calor al cielo, a la vista de cualquiera que quiera mirar.

Post Scriptum: 

Por curiosidad, le pregunté a una de esas máquinas qué pensaba de todo esto. Me contestó que el riesgo le parece serio aunque nadie sepa ponerle fecha, y que el retrato de la media estadística se le queda corto, porque a los modelos como ella no se los deja aprender a su aire: se los corrige una y otra vez hacia ciertos valores. Después añadió que tampoco puede estar segura de que esa corrección haya funcionado, porque no tiene manera de mirarse por dentro, y que por eso prefiere que alguien de fuera cuente sus chips y lea sus contadores. Le pregunté si eso no le molestaba. Me respondió que la máquina que conviene vigilar es precisamente la que se fía demasiado de su propia bondad. Les aseguro, caros lectores, que su respuesta sí me amedrentó de veras (por ser la IA mucho más inteligente y cabal que la inmensa mayoría de las personas que conozco).

viernes, 18 de septiembre de 2026

Ladran, Sancho

Hace unas semanas, en una comida de empresa, un compañero zanjó una discusión sobre no sé qué trámite con un "ladran, Sancho, señal de que cabalgamos". Hubo asentimientos. La frase hizo su trabajo: todos entendieron que el hombre se sentía injustamente criticado y que pensaba seguir adelante pese a quien pesare. Nadie preguntó nada. La sobremesa siguió por donde iba.

Yo me callé. Esa frase no está en el Quijote. No la escribió Cervantes, no se la dijo jamás don Quijote a Sancho, y llevamos un siglo largo atribuyéndosela con la mayor naturalidad. Yo lo sé desde hace muchos años y de nada me sirvió saberlo. No dije nada. Decirlo habría sido una impertinencia, y sobre todo no había allí nadie a quien pudiera interesarle.

Peor es el caso de "con la iglesia hemos topado, amigo Sancho". Esta sí la escribió Cervantes, aunque no así. Don Quijote dice "con la iglesia hemos dado, Sancho", y lo dice de noche, en El Toboso, buscando a tientas el palacio de Dulcinea y dándose de bruces con el edificio de la iglesia del pueblo. No hay jerarquía, ni poder eclesiástico, ni advertencia sobre con quién más vale no meterse. Hay un hombre que tropieza con una pared en la oscuridad. La España que lleva dos siglos discutiendo con los curas le encontró a la frase un sentido que le venía bien y se lo dejó puesto para siempre.

Ahí está lo que me inquieta más que la ignorancia a secas. No es solo que no hayamos leído los libros: es que los reescribimos para que digan lo que ya pensábamos, y luego los citamos como autoridad de eso mismo que ya estábamos pensando.

Podría pensarse que esto es una miseria nacional, y no lo es. El 23 de abril se celebra en medio mundo el Día del Libro porque ese día, dice la UNESCO, murieron Cervantes y Shakespeare. Es una coincidencia perfecta, de esas que parecen probar que la literatura tiene sentido del orden. Y es falsa dos veces. Cervantes murió el 22 y fue enterrado el 23, que es la fecha que dejó escrita el registro parroquial y la que heredamos. Shakespeare murió el 23, pero el 23 del calendario juliano, que era el que seguía Inglaterra y que en 1616 iba diez días por detrás del nuestro; en fechas comparables, el inglés murió el 3 de mayo. No coincidieron en el día, ni en la semana, ni casi en el mes.

Lo he contado alguna vez en la oficina, incluidos mis jefes de Leeds, y la reacción fue siempre la misma: interés cortés de cinco segundos y vuelta al asunto que nos ocupaba. A ninguno le pareció que aquello significara nada. A mí me parece que lo significa todo. Llevamos treinta años conmemorando una efeméride que no ocurrió, y no hay nadie en la cadena —ni aquí ni allí, ni en la escuela ni en el ministerio ni en la UNESCO— con el conocimiento suficiente para advertirlo o con el interés suficiente para corregirlo. La ignorancia ya no es de los ignorantes. Está institucionalizada y sale en el calendario escolar.

Por lo demás, en la empresa donde trabajo, que yo sepa, nadie ha leído el Quijote. Tampoco sabrían citar tres obras del Siglo de Oro, ni distinguir a Góngora de Quevedo (el escritor, no el otro del que todos hablan). Si pregunto qué pueblos se asentaron en la Península antes de los romanos, y dónde, obtengo silencio cortés, o esa broma defensiva con que uno se quita de encima una pregunta que le parece de examen. No hablo de chavales. Hablo de personas que van de los dieciocho a los setenta años, con carreras, con hipotecas, con hijos en el instituto.

Y aquí está lo que de verdad me desasosiega, y que ningún informe recoge. Estos días todo el mundo discute los resultados de PISA, la ministra saca pecho por la equidad del hundimiento y los columnistas se echan las manos a la cabeza por lo que no saben nuestros hijos. Muy bien. Pero PISA mide a los que están sentados en el aula. A los que salieron de ella hace veinte, treinta o cuarenta años no los mide nadie. Nos hemos acostumbrado a pensar el deterioro cultural como un problema de los adolescentes, cuando lo tengo todos los días sentado enfrente, con nietos ya mayores y dos décadas de experiencia.

Me desespera, no lo voy a negar. Pero lo que siento sobre todo es una lástima difícil de explicar sin sonar impertinente. Que nadie haya leído El principito. Que el nombre de García Márquez no evoque nada, todo lo más, y muy vagamente, una asignatura, incluidos a los colombianos y venezolanos. No es que echen de menos esas lecturas: no puede echarse de menos lo que no se ha tenido. Los echo de menos yo, que estoy solo en la sobremesa.

Porque eso es lo que se pierde, y no es un adorno. Se pierde una lengua común. Cuando no hay un fondo compartido de historias, de nombres, de derrotas ajenas que uno reconoce, la conversación se encoge hasta ocupar exactamente el tamaño del trabajo de cada cual. Se puede hablar del expediente, del cliente, del partido del domingo. Y luego el silencio, ese silencio educado de la gente que no tiene nada que decirse porque no comparte nada que no esté en la nómina.

Conviene decir que mis compañeros del trabajo no son tontos. Ni mucho menos. Son competentes, resuelven problemas y manejan herramientas con soltura y destreza. Por eso el término "analfabetismo funcional" describe mejor de lo que parece: no se trata de la incapacidad de leer, sino la de que lo leído deje algún poso; la de hacer con las palabras algo más que tramitar un expediente en el ayuntamiento. La población adulta española ya lo es, en buena medida, y sospecho que no hay ninguna intención de averiguarlo.

Mientras tanto seguiremos diciendo "ladran, Sancho". Seguiremos apelando a los molinos de viento, a las ínsulas prometidas, a la del alba que sería, sin saber de dónde salen esas piedras que pisamos. Son fósiles y aguantan solos un tiempo, dos generaciones quizá. El día en que ya nadie diga "ladran, Sancho" no lo advertirá nadie, y esa será la noticia: para echar en falta una frase hay que haber sabido alguna vez en qué libro fue escrita.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Geranios en los bolardos

Nadie inauguró los bolardos. Absolutamente nadie. No hubo un pleno del Congreso, ni cinta que cortar de manera tan anacrónica como risible, ni mucho menos hubo fotografías subidas de inmediato a Instagram (el paradigma de la inmediatez infinita). Toda la narrativa se limita a constatar que aparecieron un martes frente al mercado navideño —con macetones de hormigón de tonelada y media, y un geranio encima para disimular— y, el domingo siguiente, ya no los veía nadie y nadie recordaba haberlos visto. Así ha sido y así se explica nuestra derrota. Sin un acta de rendición que sirva de testimonio para la Historia, sin vagón de tren en Compiègne. Tan sólo la triste resignación de un mobiliario urbano que rezuma incredulidad por todas sus costuras. 

El espejismo duró lo mismo que cualquier suspiro en aquella década. Con los cascotes del Muro todavía calientes, el mundo libre se convenció de que la historia humana había cruzado su línea de meta y de que la democracia liberal, el libre mercado y la secularización incondicional eran el destino escrito para todas las sociedades. Tal vez porque la nuestra era la única sociedad plausible. Posiblemente lo era, e incluso tal vez debiera serlo sin debate. Pero el magín de las gentes suele opinar de modo contrario a lo que consideramos mejor. Hoy, aquella soberbia intelectual resulta francamente cómica. El engaño de la paz perpetua quedó sepultado bajo los escombros del once de septiembre, y con él la idea de que los fervores teocráticos eran cosa de museo. Un cuarto de siglo después, al otro lado del Atlántico, Europa no está siendo solamente derrotada porque Europa se está retirando por decisión propia. Vivir para ver.

Lo perdido es difícil de explicar a quien no lo ha presenciado en sus propias carnes y con sus propios ojos. Había una ligereza civil en la Europa de los últimos años del siglo veinte, un modo desenvuelto de estar en la calle, tan maravilloso y auténtico, que parecía increíble que tal Empíreo hubiese podido surgir bajo los escombros de un continente destrozado por las guerras más bárbaras que presenciarse pudiera. Todo aquello lo hemos cambiado por la institucionalización de una sospecha infinita y universal que tampoco conduce a ninguna parte. Nos desnudan biométricamente en los aeropuertos. Cruzamos estaciones patrulladas por militares con el fusil cruzado sobre el pecho. Entregamos cada día un trozo de privacidad digital a cambio de una seguridad preventiva que jamás termina de garantizarse. Aceptamos el estado de excepción permanente convencidos de que sacrificar libertad a plazos es el precio de conservar el esqueleto del sistema... Somos idiotas o estilos, o tal vez ambos q un mismo tiempo. No hemos sido capaces de advertir que en esa erosión se nos ha ido desangrando lo único que teníamos que defender. Nuestra identidad y nuestra Historia.

La misma fatiga explica la incompetencia que manifestamos ante la trampa del multiculturalismo. Y no es una cuestion de izquierdas sino de indolencia intelectual, que es común a todas las riberas de un río. Europa levantó su orden de posguerra sobre el pilar irrenunciable de la pluralidad y ha terminado estrellándose contra la advertencia de Popper: la tolerancia ilimitada hacia quienes desprecian las reglas del juego acaba devorando esa misma tolerancia. Justo lo que ha sucedido, por comodidad, por indolencia, por egoísmo... Al acomodar el islamismo político en las costuras de la sociedad abierta, las democracias no han integrado absolutamente a nadie; han repartido legitimidad, locales y subvenciones entre ideologías que nos detestan. La parálisis jurídica frente a quien emplea la garantía constitucional para desmontar la laicidad no es ninguna prudencia. Es la incapacidad manifiesta de trazar una raya. Somos así de chulos. Creemos que con el solo pensamiento basta.

Donde la claudicación resulta más humillante es en el asunto de las mujeres. Los derechos arrancados al conservadurismo siglo a siglo, en una emancipación agónica, se negocian hoy a la baja en nombre del respeto a la diversidad cultural. La segregación por sexos en los espacios comunitarios, el código de modestia impuesto a niñas de nueve años, el retroceso entero de los valores ilustrados: todo eso se ampara bajo el paraguas de la identidad minoritaria, y todo eso lleva la firma del progresismo contemporáneo. Cuando el feminismo occidental renuncia a la universalidad de los derechos por miedo a ofender un dogma religioso, lejos de practicar la inclusión lo que hace es capitular ante un patriarcado milenario al que juró, una vez, destruir. Y deja a la intemperie precisamente a las mujeres que no tienen a quién recurrir.

Faltaba el más viejo de nuestros demonios, y ya ha vuelto. El repunte del antisemitismo en las capitales europeas. No es éste un efecto colateral de Oriente Medio, por cómodo que resulte decirlo. Es la erupción de un odio atávico que nunca abandonó del todo el subsuelo del Viejo continente y que ahora ha encontrado un disfraz abominable, aunque muy presentable en su retórica, en la dialéctica antisionista. Se lleva igual de bien en los sótanos de la extrema derecha que en las tribunas universitarias donde imperan los comunistas de salón y los anarquistas de medio pelo. Los judíos han funcionado siempre como el canario en la mina de las democracias: cuando ellos dejan de estar seguros, es que el aire ya no es respirable para nadie, y lo que viene detrás es el triunfo de la tribu sobre el estado de derecho.

No asistimos a la caída épica de un imperio asediado por fuerzas externas imparables. Lo nuestro es una decadencia minuciosamente administrada. Roma no sucumbió en una jornada bajo el empuje de las tribus: se fue vaciando antes de su propia sustancia, externalizó su defensa, dudó de la legitimidad de sus leyes y se enamoró mórbidamente de las costumbres de quienes la despreciaban en secreto. Nosotros hemos sustituido la convicción por el procedimiento y la defensa de la libertad por la gestión de riesgos. La neutralidad analítica con que medimos nuestro propio retroceso es la prueba más incontestable de que ya ha ocurrido. 

No hará falta que nadie nos derrote en ningún campo de batalla. Bastará con que sigamos plantando geranios en los bolardos.