Nos horroriza ver arder el monte. Es una reacción humana, visceral y compasiva. Contemplar las llamas devorando la sierra nos produce una angustia que entremezclamos con todo tipo de sentimientos accesorios: la culpa política, el debate presupuestario, el lamento ecologista... Tras contemplar la ecpirosis de los montes, un espectáculo soberbio y de impecable factura, sobre todo de noche, necesitamos buscar culpables más allá de la piromanía, los intereses económicos o la simple desidia humana. El origen del mal siempre se encuentra en los despachos, en las leyes de residuos y en el abandono rural. Sin embargo, en nuestro empeño por fiscalizar el desastre, cometemos el error más soberbio de todos: creer que el fuego comenzó con nosotros.
Mucho antes de que el primer humano frotara dos piedras y, por descontado, muchísimo antes de las directivas europeas o de que la vieja gota fría fuera rebautizada como "dana", los bosques ya ardían. Y nadie acudía a apagarlos. Ningún comité de crisis, ningún ministro con chaleco reflectante, ninguna cámara buscando el plano del retén exhausto. Solo estaban el rayo, la resina y el tiempo geológico haciendo su trabajo con una paciencia que nos resulta, ahora, obscena a causa de nuestra inculta mentalidad urbanita.
El ecosistema mediterráneo no es una víctima indefensa del fuego. Es, de hecho, su hijo legítimo. Las plantas que habitan nuestras sierras no solo han aprendido a sobrevivir a las llamas, sino que las necesitan. El pino carrasco guarda celosamente sus semillas en piñas serótinas que solo se abren con el golpe de calor de un incendio, asegurando que sus hijos colonicen el suelo fértil y ceniciento que deja la quema. Las jaras y los brezos han convertido sus raíces y sus semillas en búnkeres subterráneos que despiertan con el estímulo del humo. Para el monte mediterráneo, el fuego es el gran gestor natural: un mecanismo implacable de rejuvenecimiento que limpia la materia muerta, recicla los nutrientes bloqueados en la madera seca y abre espacio a la luz.
Cuesta aceptarlo porque contradice nuestro instinto más arraigado, que no es ecológico sino teológico: la fantasía del jardín perfecto y perpetuo, congelado por los siglos de los siglos en su mejor y óptimo momento. Confundimos la naturaleza con un cuadro y el incendio con un vándalo que lo raja. Pero la naturaleza nunca fue un cuadro; fue siempre un proceso, y todo proceso incluye su propia destrucción como parte del método. Nos indigna el fuego de igual manera a como nos indignaría la noche por apagar el día.
Nuestro drama actual no es que el monte arda, sino cómo arde. Al empeñarnos en sacralizar el bosque como si fuera un museo de cristal intocable, hemos acumulado un combustible que la naturaleza, antes de la revolución neolítica y el pastoreo, gestionaba con incendios sutiles y periódicos. Hemos convertido el fuego rítmico de la vida en el monstruo incontrolable de los megaincendios. La prevención absoluta, ese ideal que tan bien queda en un cartel, es en realidad una hipoteca insoportable que en los despachos ecologistas contemplan siempre de soslayo porque saben que no pueden pagar sus intereses. Y, de hecho, no lo hacen: por ese motivo han culpado al agricultor y al ganadero de los males del monte cuando, en realidad, los señalan por ellos sí saben de qué va todo esto.
Y aquí asoma la ironía más incómoda. La misma civilización que se enorgullece de haber domado el fuego —el don robado por Prometeo, la chispa que nos hizo humanos— es incapaz de tolerar que el fuego siga siendo salvaje en algún rincón. Robamos la llama a los dioses para cocinar, forjar y alumbrar, y desde entonces exigimos que solo arda cuando nosotros lo ordenamos. No soportamos que exista un fuego que no obedece, que no se enciende para calentarnos ni se apaga cuando pulsamos un interruptor. Lo llamamos tragedia porque escapa a nuestro guion, cuando en realidad es la única parte del monte que sigue siendo verdaderamente libre.
Por descontado, no hablo de aplaudir al pirómano ni de mirar hacia otro lado cuando arden casas, cultivos y vidas. Pero sí de distinguir el fuego que forma parte del paisaje del fuego que solo es negligencia disfrazada de fatalidad. El problema no es que el Mediterráneo tenga memoria de llamas; el problema es que nosotros hemos plantado nuestras urbanizaciones, nuestras carreteras y nuestros descuidos justo en medio de esa memoria, y luego nos declaramos sorprendidos cuando la historia se repite. La naturaleza no ha cambiado su libreto, pero nosotros hemos construido nuestro teatro de intereses creados sobre el escenario donde se produce el fuego.
El bosque mediterráneo no pide nuestra compasión, ni nuestra fe, ni que lo tratemos como a un enfermo terminal. Pide que entendamos su memoria evolutiva, especialmente ahora que la ganadería, el pastoreo y la limpieza agropecuaria de los montes son activos hace tiempo vendidos y, para más inri, perseguidos desde los despachos ministeriales. Prometeo nos entregó la llama, no el derecho a decidir cuándo el mundo tiene permiso para arder.