Se constata algo mirífico en las sesiones de control de los miércoles en el parlamento. No la elocuencia, desde luego. Tampoco la altura del debate, porque la existencia de un término tan gnoseológico (el debate) es duda más que razonable en cualquier ámbito social. Ni siquiera podemos corroborar su utilidad política, atributos todos ellos que, en fin, conviene no exigir con exceso. Lo realmente extraordinario de un ejercicio que, de interesar, solo interesa a Sus Señorías (por aquello de que han de aplaudir o berrear según dicte el dedo ejecutor, que no por otra razón) y a los periodistas que tienen con qué llenar las páginas de Nacional de los diarios del jueves, es su extraordinaria y pluscuamperfecta (aunque convendría rescatar aquí el anteropretérito, ya sin ironía) estabilidad operativa. Pocas cosas funcionan con tanta regularidad en este país como ese intercambio tan perfectamente calibrado como conformemente inútil de inquirir una pregunta ya irrelevante y obtener una respuesta tangencial, escapatoria y apenas nunca incidental.
El mecanismo es el siguiente. Yo se lo explico por si usted tiempo ha que dejó de leer esas crónicas desde que falleciera Colmenarejo o las únicas que le merecen interés son las anécdotas que dejó escritas Carandell. Se efectúa la pregunta, que en muchas ocasiones no tiene nada que ver con la registrada en el Congreso. Interviene el indocto, casi siempre con mal fingida cordialidad, porque ya sabemos que en él lo del fingimiento y la mentira es consustancial. Ejecuta, en mal castellano, un tono pretenciosamente comedido, casi clínico, como dispuesto a esforzarse mucho en invocar su inexistente voluntad de diálogo y, desde luego, sin incurrir en momento alguno en el siempre arriesgado ejercicio de practicarla. A continuación, tras la objeción de la oposición, no importa si realmente se opone o no, porque hay algunos en quienes aún no hemos descubierto qué es lo que realmente quieren o qué es lo que les molesta de ese desGobierno (cuestión difícil, ya saben ustedes, pero hay de todo en la viña del Señor), después, sigo, acontece la réplica, y el sistema se reajusta: es cuando aparece el argumento personal, el berrinche ad-hominem, el esperadísimo giro hacia lo realmente accesorio o tangencial, que suele ser la apelación al pasado del interlocutor, cuando éste es molesto o irritante. La conclusión es una trayectoria hiperbólica de escape del sistema solar, digo del parlamentario. La bancada, tras el indocto, acompaña con entusiasmo y aplaude. Algunos con evidente desinterés y otros con los ojos henchidos en ira, porque no son capaces de entender que muchos ciudadanos, esos seres que trabajamos para ellos sin haber pasado por una oposición, no los amen como a las artistas de la farándula, si es que queda alguna en activo o con vida.
El resto del elenco cumple con idéntica fiabilidad y nadería. El que se llama Bolaños, ministro de los jueces incapaz de ofenderlos siempre que puede, y con aspecto de repelente niño Vicente, pero sin su inteligencia, introduce en sus disertaciones una pretendida densidad jurídica, suficiente como para que nadie tenga la tentación de seguirle el hilo, lo cual es otra manera de revelar que no sabe lo que está diciendo. El inefable ministro neardentalés, vallisoletano (de cuya ciudad hubo de irse por hastío del personal propio y ajeno siendo alcalde), experto en redes sociales y en absolutamente nada más, aporta su riqueza lexicográfica y esa intensidad expresiva de cernícalo a punto de rapiña para sustituir, con indubitable solvencia, cualquier dato que tengan a bien pasarle en una chuleta sus asistentes. La ministra que fue de Hacienda, y que anda estos días por soleares, y también todos los restantes días de su insufrible existencia, intenta rematar cualquier contenido con conclusiones prescindibles (ya veremos cómo lo hace su sustituto, de quien aún no sabemos ni cómo lo llaman en su casa, donde come). Finalmente, el ínclito ministro de exteriores, cuya estatura y talla de estadista lo facultan para montar una tienda de chinos en cualquier barrio, se encarga de recordar, tantas veces como sea necesario, que nos encontramos en el lado correcto de la historia incluso cuando la historia no parece particularmente interesada en confirmarlo, sólo el dictador de la China, ese experto en aniquilar especímenes bípedos antropomórficos, cosa que no se nota mucho porque allá hay demasiados y, total, unos miles más, unos miles menos, tampoco son gran cosa. (Sólo Irán ha masacrado a más disidentes, siendo muchísimos millones menos sus ciudadanos).
Es tentador pensar que todo ello responde a una estrategia de comunicación adaptada a estos tiempos modernos de ignorancia universal e incultura ecuménica. Vivimos, o eso dicen, en la era del impacto breve, del mensaje condensado, del tiktok que pervive diez segundos en la pantalla. Parece lógico que el Parlamento, en consecuencia, haya decidido optimizar su rendimiento en ese ecosistema y, en lugar de debatir para tratar de convencer al contrario, en lo que esté inmerso es en recortar. Lo de argumentar está sobrestimado. Lo que conviene siempre es dejar una frase utilizable en un titular y disponer de mil plácets en forma de corazón o de lo que sea. Bajo ese punto de vista, la Cámara Baja también funciona. Yo diría que es para lo único que funciona, porque el indocto hace lo que le dá la gana y el gallego de la oposición lleva varios años ya sin enterarse de nada, ni allí ni en su casa.
Cabría preguntarse, a fuer de cierta compleción para que esta columna no acabe pareciéndose a otras, si esa utilidad nueva de los escaños donde viven tan sumamente bien aquellos que no hacen absolutamente nada de provecho, tiene efectos colaterales. Como las boticas. Pero creo que se trata de una cuestión retórica que, como los bumeranes, siempre retorna y tiempo hace que se contestó: la reducción sistemática del discurso a esta forma más ligera que, ni por esas, interesa a la gente, vacía por completo de contenido aquello para lo que fueron Sus Señorías elegidos. En el caso de las sesiones de control, una diáspora de talento dialéctico ciertamente indignante, al menos para mí, la sustitución de esa palabra (control) por las escenificaciones irritantes de la política de ahora, refleja con fidelidad la naturaleza misma de lo que está ocurriendo allí. Léase: el vacío absoluto.
No es poco, dirán algunos. Pero lo que no es, es mucho.