La modernidad ha olvidado que lo sagrado no nace del dogma, sino del espanto. Rudolf Otto lo llamará más tarde mysterium tremendum et fascinans, pero los griegos ya sabían que el temblor precede a la palabra. Antes que la teología, hubo estremecimiento. Antes que la ley, vértigo. La muerte no funda doctrinas. Sólo después, mucho después, se levantan los templos y las liturgias. Ante la aparición del cristianismo que predica Saulo (San Pablo), los atenienses erigen un altar al Dios Desconocido como gran gesto de reconocimiento metafísico. Es la inscripción material de una ignorancia esencial: la de que no sabemos qué es aquello que nos excede, pero sí sabemos que —en efecto— nos excede. El griego nombra las cosas para delimitar lo que no sabe. El altar erigido renuncia a confundir el misterio con un objeto cualquiera.
Pablo, formado en ese humus intelectual, comprende que no puede predicar desde la ruptura absoluta. Su genialidad no es apologética, sino ontológica. En ninguna parte se le escucha decir que los dioses de los demás fueran falsos. Exactamente dice lo siguiente: "aquello que veneráis sin conocer, eso es lo que yo anuncio". Se inserta en el espacio simbólico ateniense para reconocer que toda teología —incluida la suya— parte de la ignorancia. Y la revelación del Dios de los cristianos no pretende anular el misterio. De hecho, lo intensifica. Es en este contexto donde se produce la torsión decisiva: el cristianismo primitivo no llega como negación de la filosofía, sino como su radicalización. Si el griego había aceptado que la muerte es el límite absoluto, Pablo introduce una paradoja aún más insoportable: que ese límite ha sido atravesado. La resurrección, sin cancelar la muerte, la torna escandalosa. Por eso algunos se burlan. La razón reconoce en el anuncio salvífico una afirmación que no puede ni refutar ni asimilar.
Lo decisivo es que, hace dos mil años, nadie reacciona expulsando, prohibiendo, silenciando (cancelando, que diríamos ahora). La filosofía griega sabía que la violencia simbólica es una expresión de impotencia. Quien necesita erradicar al otro es porque no puede sostener el desacuerdo. Por ese motivo Atenas podía permitirse escuchar a todos. Ese aprendizaje es el que hemos perdido. Véanlo mis caros lectores en la reciente misa por los difuntos del accidente de Aramuz. El Estado contemporáneo, en su versión más empobrecida, confunde la neutralidad con la asepsia, y la asepsia con toda negación de lo sagrado. Pero lo sagrado no es confesional. No depende de creer en Dios, sino de reconocer que hay algo —la muerte— que no se puede, ni se deja tampoco, administrar. Cuando el poder político pretende regular el duelo y clasificar las liturgias, decidir qué presencia es legítima y cuál es impropia, no está defendiendo la razón. Lo que haces es profanar el límite en el que la vida misma se desenvuelve.
Aquello que Giorgio Agamben define como profanación —el acto de devolver al uso común lo que estaba consagrado al misterio— se convierte, en nuestro presente, en la captura administrativa de un sentimiento humano, el mayor de todos. Por eso mismo, al pretender regular el duelo, el poder deja de proteger al ciudadano para desactivar la potencia política que colma el silencio, integrando lo indisponible en el circuito de lo útil. Convendría decirle a los políticos, de toda índole y condición, que la muerte no admite ningún tipo de pedagogía cívica. La muerte es, como sugería Emmanuel Levinas, el acontecimiento donde el "yo" deja de poder. Frente al cadáver, la soberanía del sujeto colapsa. Pretender que el Estado valide ese desgarramiento es ignorar que la ética nace precisamente ahí: en la alteridad absoluta de un final que ninguna ley puede consolar y ningún formulario puede contener. La muerte no educa, ni cohesiona, no "resignifica". La muerte desgarra, y ese desgarro es común para todos. El creyente no tiene una ventaja ontológica sobre el ateo frente al cadáver del amado. Ambos están igualmente desarmados. Ambos comparecen ante lo que Jankélévitch llamaría lo irreversible. Pretender que sólo unos pueden expresar públicamente ese desgarramiento, o que debe hacerse bajo formatos previamente validados, es una forma sofisticada de barbarie.
Decir que no ante la muerte solo existe desconsuelo no es una provocación retórica. Se trata de una verdad moral: una verdad como un templo, que decíamos antaño. El templo del misterio último. Todo consuelo es insuficiente y cuando se absolutiza, como en los funerales del Estado, ese mismo consuelo se vuelve obscenidad. El respeto a los muertos exige aceptar que su ausencia no se compensa. Que no se supera. La sacralidad del duelo reside precisamente en su resistencia a ser clausurado.
Atenas ofreció a Pablo un altar vacío. Nosotros retiramos los altares y, luego, fingimos sorpresa ante el vacío que queda. Pero no se trata del mismo vacío. El vacío ateniense estaba habitado por el reconocimiento del misterio. El nuestro es un vacío administrativo, gestionado, esterilizado por quienes, en su infeliz ignorancia de gobernantes, o adláteres, o simplemente ateos (pero no ateos como yo) se creen superiores sin serlo. Donde en Atenas el silencio era reverente, ahora solo encontramos protocolos. Donde en Atenas la discusión resultaba interminable, ahora solo existe la exclusión y la cancelación del otro. El gesto de Pablo en el Areópago fue el último gran diálogo entre la razón y el misterio. Hoy, bajo la dictadura de la eficacia que denunciaba Hans-Georg Gadamer, hemos sustituido el diálogo por el formulario. Pero la muerte sigue ahí, irreductible. El recuerdo de Atenas no es una invitación a la religión, sino una exigencia de lucidez: reconocer que solo cuando aceptamos el límite del pensamiento es cuando el pensamiento comienza, de verdad, a ser humano.
Hemos dejado de habitar el mundo para, simplemente, gestionarlo como un inventario o almacén de recursos disponibles, donde incluso el fin de la vida es una cifra más a procesar para las estadísticas. Al retirar los altares, no hemos liberado a la razón; la hemos condenado a una circularidad técnica que, al no reconocer lo que la excede, termina por devorarse a sí misma. No es que hayamos dejado de creer en Dios. Lo que hemos hecho es dejar de creer en el límite. Y cuando el límite desaparece, no emerge la libertad, sino la arbitrariedad. La barbarie no siempre llega con ruido; a veces llega con formularios, con decisiones técnicas, con la pretensión de que todo —incluso la muerte— puede ser ordenado.
No necesitamos más protocolos, ni tan siquiera para reprobar políticos indigestos o investigar las causas de los accidentes que jamás debieron suceder (todo accidente es prevenible). Necesitamos recuperar esa "piedad" que María Zambrano definía como el saber tratar con aquello que se nos resiste. Al desterrar el altar al Dios Desconocido, hemos quedado huérfanos. El colofón de nuestra era no es la libertad absoluta, sino la intemperie de un vacío administrativo que, al no saber callar ante el duelo, ha olvidado cómo hablarle a la vida.