"Lo de Ceuta". Así terminarán llamándolo. No les quepa duda. El tono castizo suele encajar muy bien en España. Así es como acostumbramos a amortiguar las catástrofes y convertir los fracasos del Estado en episodios ontológicos. Lo de la dana. Lo del apagón. Lo de los trenes. Lo de los incendios. Ahora toca lo de Ceuta. Siempre quitando hierro (una manera como otra cualquiera de resignarse ante el destino en lo universal, como siempre nos ha caracterizado).
La cuestión es que, a pocos días que pasen, acabaremos hablando de este asunto como si estos días de atrás hubiese estado lloviendo gente sobre la españolísima ciudad africana. Lo llaman invasión civil, pero, si uno lo piensa con la mentalidad propia de las sancheces, que cincuenta o cien mil personas (¿alguien sabe, finalmente, cuántas fueron?) hayan atravesado de forma indebida las frontera físicas españolas bien puede merecer ser catalogado de perturbación atmosférica. Total, lo mismo que en los designios de Su Sanchidad los trenes descarrilan solos, las alambradas también pueden abrirse ellas solas. Bajo esta perspectiva, lo del cuento de hadas alauí se acaba convirtiendo, por arte de birlibirloque, en el enésimo engalle marroquí y la, por consiguiente, enésima afrenta de nuestro país, algo a lo que nadie, en los ministerios, como viene siendo habitual, sabe responder ni reaccionar. Por ese motivo nos venimos acostumbrando, desde hace tiempo, a contemplar la incompetencia del Estado como un proceso metastásico donde lo que hay, y viene habiendo, que es lo peor de todo, no se designa con otro nombre que el de desgracia.
Oiga. Lo de este país es una desgracia de proporciones bíblicas. El mandato del indocto aglutina en sí mismo las diez plagas de Egipto, lo que significa que tenemos castigo divino de sobra para un par de generaciones, al menos. Pero qué más da. En un desgobierno donde nada, absolutamente nada funciona, cien seres humanos muertos (ahogados, aplastados o destrozados contra los espigones) y más de un millar con necesidad de asistencia sanitaria, deja de ser el triste resumen de una jornada tétrica para devenir la siguiente emergencia felizmente superada. Felizmente para el monclovita, que tiene mejores cosas en las que pensar (todas ellas pendiente de juicio). Con el desgobierno del indocto siempre se cumple la estrategia nefanda de llegar tarde, hablar bajo (entre abucheos) y, después, aplaudirse a sí mismo.
Marruecos es experta en convertir la desesperación de sus ciudadanos en munición diplomática contra España. Por eso lanza a sus súbditos contra nuestras fronteras sabiendo que tendremos que elegir indefectiblemente entre contenerlos, acogerlos o contemplarlos morir en el mar. Esa es la segunda obscenidad fundamental de lo que ha sucedido: que el régimen del subdesarrollado Marruecos emplee a la población como instrumento de presión ante un desgobierno (el español) incapaz de hablar de ello con claridad porque le pillaron al indocto informaciones en el teléfono celular suficientes para chantajearlo de por vida.
Podrá discutirse si existió una orden expresa del Palacio Real o del virrey de Marruecos. Yo, al menos, no lo discutiré porque sé, por deducción, la respuesta. Algunos alegarán que el pasado jueves se celebraba en el reino alauita la Fiesta del Trono y que las fuerzas marroquíes estaban desbordadas o que los rumores difundidos por las redes sociales fueron la causa de que se provocara una concentración inesperada de personas. Lo único sensato es pensar que resulta imposible creer que decenas de miles de personas se puedan aproximar simultáneamente a una frontera vigilada sin que el aparato de seguridad marroquí lo sepa, lo tolere o decida no impedirlo. Y conviene matizar que Marruecos no es un Estado fallido: su policía no desaparece y su Gendarmería no parece que esté muy distraída, lo mismo que sus servicios de información, bastante más potentes que los nuestros, por cierto. Además, España ya había recibido una advertencia previa que, como siempre, el indocto decidió desleír. En 2021, Rabat permitió que alrededor de 10.000 personas entrasen en Ceuta durante la crisis provocada por la hospitalización en España de Brahim Gali. ¿Alguien se acuerda? Marruecos demostró entonces que estaba dispuesto a utilizar la inmigración como arma de coerción y, cinco años después, ese mismo mecanismo se ha vuelto a activar, pero a una escala monstruosamente superior.
Tampoco puede alegarse que no existieran señales. En los días anteriores al 30 de julio, Ceuta llevaba soportando una presión creciente, con alrededor de 1.500 entradas en una semana, lo que se traduce en una ocupación desbordada de los centros de menores y numerosas advertencias públicas de las autoridades ceutíes sobre la existencia de una emergencia nacional. Por todo ello, si usted, caro lector, quiere aparcar la crítica acerva y mordaz el desgobierno del indocto, siempre puede mencionar que lo ocurrido es un fracaso inmenso de previsión, de inteligencia y de mando. Justo de todo aquello de lo que carece el desgobierno actual. Porque si los servicios españoles desconocían que decenas de miles de personas se estaban congregando junto a la frontera, solo puede colegirse que su incapacidad es monumental. Y si resulta que sí lo sabían y el poder político no adoptó a tiempo las medidas necesarias, la responsabilidad resulta todavía mucho más grave. En cualquier caso, otra medalla más para el indocto, cuya incapacidad supera la de todos sus ministros juntos.
Defender una frontera no significa odiar a quien intenta cruzarla. De igual manera que controlar el territorio no es fascismo y aplicar la ley no es ninguna crueldad. Hay gentes que son incapaces de entender algo tan elemental (seguramente porque han crecido y vivido con ello, sin conocer los fundamentos últimos de su bienestar). Una democracia necesita fronteras precisamente porque necesita saber dónde rigen sus derechos, sus obligaciones y sus garantías. Es el motivo por el que no se pide al Estado que dispare a los asaltantes, pero sí que mantenga su existencia pese a las amenazas migratorias.
La política responsable, ésa que el indocto ignora, como lo ignora todo si no tiene el sabor del dinero, exige sostener simultáneamente dos verdades: que cada persona ahogada constituye una tragedia y que , por tanto, ningún ser humano debe convertirse en material desechable de una disputa geopolítica; y, la segunda, que un país tiene el derecho y el deber de impedir la entrada irregular de decenas de miles de personas en su territorio. Si abrimos las fronteras por compasión, la ausencia de autoridad se convierte de inmediato en impotencia. De igual manera que la ausencia de humanidad en la autoridad degenera en barbarie. Y cualquier Estado democrático está obligado a ejercer ambas, cosa que no hizo el desgobierno español.
Lo que sí ha hecho el desgobierno (siempre lo hace) es la consabida representación teatral. NUestro indocto acudió a Ceuta para condenar formalmente una "violación y ataque a la integridad territorial" de España, prometiendo emplear todos los recursos del Estado. Pero, mire usted, en ese mismo acto, agradeció a Marruecos (su chantajeador particular) la cooperación para materializar las repatriaciones. Es decir, puesto que estamos en tiempos de incendios, el agresor ayudaba a apagar el fuego que había permitido propagar y recibía por ello las gracias del país incendiado. Esta escena resume como ninguna otra la política exterior basada en un miedo pavoroso a molestar a Rabat. El desgobierno habla de una violación de nuestra integridad territorial, pero evita identificar inequívocamente a quien permitió que se produjera. Condena el hecho y absuelve verbalmente al responsable. Eleva la voz ante sus adversarios nacionales y europeos y la baja ante Mohamed VI.
En las primeras horas, el Ministerio de Exteriores insistió en que las relaciones con Rabat eran "excelentes". El propio discurso oficial marroquí y español trató de atribuir las entradas a rumores relacionados con una resolución del Tribunal Supremo, mientras el Gobierno de Marruecos evitaba responder a las preguntas sobre su actuación. Los analistas señalaban, entretanto, el malestar de Rabat por el acercamiento español a Argelia y por la reciente iniciativa relativa a los descendientes de saharauis. Es posible que nunca conozcamos cuál fue la orden concreta, como es probable que nunca sepamos qué demonios contenía el móvil del indocto para dejarse chantajear de manera tan continuada en el tiempo con total complacencia (empiezo a sospechar que contenía fotos en pelotas de su amante periodista, porque no se entiende si no es así). Pero sí conocemos, y muy bien, el método que se sigue en estos casos: Rabat presiona, España cede, Rabat vuelve a presionar, España termina diciendo que las relaciones entre ambos países son maravillosa.
Es tal la magnitud de loocurrido que ha permitido dejar al descubierto otro fracaso de entre los muchos que llevamos narrando. Por ejemplo, la pérdida de credibilidad (y de confiabilidad) de nuestro desgobierno en Europa. Veintidós Estados de la Unión reclamaron una actuación coordinada para proteger las fronteras exteriores, e Italia reintrodujo temporalmente controles sobre los movimientos procedentes de España, lo cual es un episodio que deja de ser un problema ceutí para terminar convirtiéndose en una crisis europea. El desgobierno puede considerar insolidaria la reacción italiana, o la del mundo entero, si le place, con independencia de que lo sea o no. Pero antes de exigir solidaridad a sus aliados, debería explicar por qué una frontera exterior de la Unión pudo quedar desbordada de semejante manera y qué garantías ofrece España para impedir que vuelva a suceder. Por descontado, no está en situación de ofrecer ninguna de ellas. Y eso que se las pinta solo para dar explicaciones.
Durante aquellas horas del pasado jueves, los ceutíes vieron comercios cerrados, personas corriendo por las calles, muchedumbres atravesando carreteras y colinas, cadáveres llegar a las playas, y, sobre todo, a policías, guardias civiles, militares, sanitarios y funcionarios intentando contener con profesionalidad y coraje una situación para la que el poder político no los había preparado suficientemente. Vieron todo lo anterior, pero, desde Madrid, solo escucharon explicaciones, porque para el desgobierno siempre hay una explicación y nunca hay un responsable (que se lo pregunten al individuo simiesco que ostenta el mando en el antiguo ministerio de fomento). Podemos cansarnos nuevamente a repetir que hace falta una investigación parlamentaria que determine qué información manejaron el CNI, la Guardia Civil y el desgobierno en los días anteriores; y saber por qué no se reforzó preventivamente la frontera; o por qué no se revisan los acuerdos de cooperación con Marruecos y se refuerzan los medios humanos y tecnológicos de Ceuta y Melilla; y que hace falta reclamar responsabilidades políticas (que nunca se producirán) por parte del ministro del Interior, de Exteriores y de Defensa. Y, por supuesto, del indocto, que no creó la presión migratoria africana ni gobierna Marruecos, pero es responsable de la preparación del Estado español, de la política exterior con Rabat, de los medios desplegados en nuestras fronteras y de la reacción de su desgobierno cuando una ciudad española queda desbordada.
Qué más da. es todo tan cansino que lo de Ceuta, aunque no haya terminado, ha quedado acumulado bajo la torre de indignidades a las que nos vemos sometidos, cada vez con mayor costumbre, los españoles por parte del indocto y su desgobierno.