Hace unas semanas, en una comida de empresa, un compañero zanjó una discusión sobre no sé qué trámite con un "ladran, Sancho, señal de que cabalgamos". Hubo asentimientos. La frase hizo su trabajo: todos entendieron que el hombre se sentía injustamente criticado y que pensaba seguir adelante pese a quien pesare. Nadie preguntó nada. La sobremesa siguió por donde iba.
Yo me callé. Esa frase no está en el Quijote. No la escribió Cervantes, no se la dijo jamás don Quijote a Sancho, y llevamos un siglo largo atribuyéndosela con la mayor naturalidad. Yo lo sé desde hace muchos años y de nada me sirvió saberlo. No dije nada. Decirlo habría sido una impertinencia, y sobre todo no había allí nadie a quien pudiera interesarle.
Peor es el caso de "con la iglesia hemos topado, amigo Sancho". Esta sí la escribió Cervantes, aunque no así. Don Quijote dice "con la iglesia hemos dado, Sancho", y lo dice de noche, en El Toboso, buscando a tientas el palacio de Dulcinea y dándose de bruces con el edificio de la iglesia del pueblo. No hay jerarquía, ni poder eclesiástico, ni advertencia sobre con quién más vale no meterse. Hay un hombre que tropieza con una pared en la oscuridad. La España que lleva dos siglos discutiendo con los curas le encontró a la frase un sentido que le venía bien y se lo dejó puesto para siempre.
Ahí está lo que me inquieta más que la ignorancia a secas. No es solo que no hayamos leído los libros: es que los reescribimos para que digan lo que ya pensábamos, y luego los citamos como autoridad de eso mismo que ya estábamos pensando.
Podría pensarse que esto es una miseria nacional, y no lo es. El 23 de abril se celebra en medio mundo el Día del Libro porque ese día, dice la UNESCO, murieron Cervantes y Shakespeare. Es una coincidencia perfecta, de esas que parecen probar que la literatura tiene sentido del orden. Y es falsa dos veces. Cervantes murió el 22 y fue enterrado el 23, que es la fecha que dejó escrita el registro parroquial y la que heredamos. Shakespeare murió el 23, pero el 23 del calendario juliano, que era el que seguía Inglaterra y que en 1616 iba diez días por detrás del nuestro; en fechas comparables, el inglés murió el 3 de mayo. No coincidieron en el día, ni en la semana, ni casi en el mes.
Lo he contado alguna vez en la oficina, incluidos mis jefes de Leeds, y la reacción fue siempre la misma: interés cortés de cinco segundos y vuelta al asunto que nos ocupaba. A ninguno le pareció que aquello significara nada. A mí me parece que lo significa todo. Llevamos treinta años conmemorando una efeméride que no ocurrió, y no hay nadie en la cadena —ni aquí ni allí, ni en la escuela ni en el ministerio ni en la UNESCO— con el conocimiento suficiente para advertirlo o con el interés suficiente para corregirlo. La ignorancia ya no es de los ignorantes. Está institucionalizada y sale en el calendario escolar.
Por lo demás, en la empresa donde trabajo, que yo sepa, nadie ha leído el Quijote. Tampoco sabrían citar tres obras del Siglo de Oro, ni distinguir a Góngora de Quevedo (el escritor, no el otro del que todos hablan). Si pregunto qué pueblos se asentaron en la Península antes de los romanos, y dónde, obtengo silencio cortés, o esa broma defensiva con que uno se quita de encima una pregunta que le parece de examen. No hablo de chavales. Hablo de personas que van de los dieciocho a los setenta años, con carreras, con hipotecas, con hijos en el instituto.
Y aquí está lo que de verdad me desasosiega, y que ningún informe recoge. Estos días todo el mundo discute los resultados de PISA, la ministra saca pecho por la equidad del hundimiento y los columnistas se echan las manos a la cabeza por lo que no saben nuestros hijos. Muy bien. Pero PISA mide a los que están sentados en el aula. A los que salieron de ella hace veinte, treinta o cuarenta años no los mide nadie. Nos hemos acostumbrado a pensar el deterioro cultural como un problema de los adolescentes, cuando lo tengo todos los días sentado enfrente, con nietos ya mayores y dos décadas de experiencia.
Me desespera, no lo voy a negar. Pero lo que siento sobre todo es una lástima difícil de explicar sin sonar impertinente. Que nadie haya leído El principito. Que el nombre de García Márquez no evoque nada, todo lo más, y muy vagamente, una asignatura, incluidos a los colombianos y venezolanos. No es que echen de menos esas lecturas: no puede echarse de menos lo que no se ha tenido. Los echo de menos yo, que estoy solo en la sobremesa.
Porque eso es lo que se pierde, y no es un adorno. Se pierde una lengua común. Cuando no hay un fondo compartido de historias, de nombres, de derrotas ajenas que uno reconoce, la conversación se encoge hasta ocupar exactamente el tamaño del trabajo de cada cual. Se puede hablar del expediente, del cliente, del partido del domingo. Y luego el silencio, ese silencio educado de la gente que no tiene nada que decirse porque no comparte nada que no esté en la nómina.
Conviene decir que mis compañeros del trabajo no son tontos. Ni mucho menos. Son competentes, resuelven problemas y manejan herramientas con soltura y destreza. Por eso el término "analfabetismo funcional" describe mejor de lo que parece: no se trata de la incapacidad de leer, sino la de que lo leído deje algún poso; la de hacer con las palabras algo más que tramitar un expediente en el ayuntamiento. La población adulta española ya lo es, en buena medida, y sospecho que no hay ninguna intención de averiguarlo.
Mientras tanto seguiremos diciendo "ladran, Sancho". Seguiremos apelando a los molinos de viento, a las ínsulas prometidas, a la del alba que sería, sin saber de dónde salen esas piedras que pisamos. Son fósiles y aguantan solos un tiempo, dos generaciones quizá. El día en que ya nadie diga "ladran, Sancho" no lo advertirá nadie, y esa será la noticia: para echar en falta una frase hay que haber sabido alguna vez en qué libro fue escrita.