En ocasiones, los países se rompen con estrépito. He escrito "en ocasiones", pero los casos observados por mis ojos en este último periodo de la Historia demuestra que tales roturas son lo habitual. Yugoslavia, sin ir más lejos. España se rompió hace noventa años con bastante más que un estrépito. Y, visto lo visto últimamente, ese camino de perdición lo vamos repitiendo paso por paso en este desventurado siglo XXI por el que estamos transitando. Nuestros abuelos y bisabuelos no se acostumbraron a vivir en una sociedad marcada por la violencia y el oprobio, que parecía no importarle demasiado que se desencadenase una contiende bélica entre ellos, y eligieron la guerra. Unos y otros (unos por obstinarse en lo que rompía, otros por obstinarse en lo que no unía). Eso significa que los países, llegado cierto punto extremo, simplemente se van acostumbrando.
Nosotros, hogaño, en este mismo momento, donde la conflagración parece utópica, pero el listado de oprobios contra toda la mitad de un país es inobjetable, nos hemos estado acostumbrando también y la exhibición de nuestro hartazgo ha sido, y sigue siendo, asaz melindroso. Nos cuentan mentiras rotundas, manifiestas, son tomaduras de pelo antes que falsedades, que también, y no nos da tiempo a montar un escándalo mayúsculo porque, en la mañana siguiente, salta otra mentira aún mayor, aún más oprobiosa, aún más desvergonzada y ruin y cicatera. El desGobierno concede prebendas y cesiones disparatadas a los etarras de Bildu y a los secesionistas catalanes y a los vascongados provectos, y ni tan siquiera podemos expresar no sólo ya perplejidad, tampoco asombro ante cómo lo imposible ha devenido inevitable, porque el listado de dádivas jamás se detiene y siempre engrosa. Lo mismo sucede cuando tenemos noticia de la siguiente institución que ha sido erosionada por el indocto y sus menestras, aunque lo de erosionar se queda corto, porque se trata de violaciones sistemáticas hasta convertirlas en monstruos facinerosos que solo resultan graciosas y útiles a ellos, o ni siquiera a ellos, sino a esa caterva de aliados indeseables que les otorga un día más en el poder a cambio de convertir cualquier cosa que miran en un erial. Hasta que un día, uno cualquiera, que pudo haber sido lo mismo hace un año que ayer por la tarde, tal es el deterioro, descubrimos que no queda nada sólido en este país bajo nuestros pies: solo mendacidad, impudicia, maledicencia, ultraje e infamia.
Ésa es la herencia más triste de Pedro Sánchez. No se trata de una ley concreta, ni tampoco de la interminable relación de promesas quebradas a su electorado (que parece inmarcesible al desaliento) o el continuado ejercicio de cesiones a sus inefables socios, inconfesables ayer y tan necesarios hoy en día. Todo ello acabará en las hemerotecas, esperemos que muy pronto. Lo más grave es seguramente haber convertido la excepcionalidad en una costumbre más de este país. Gobernar sin Presupuestos durante largos periodos, convertir cada contrapeso institucional en un obstáculo y cada crítica en una agresión, no son episodios aislados, sino una forma de entender el poder. Una forma bastante espuria, nociva e infecta, por lo demás.
No hace tanto discutíamos sobre si un político debía dimitir por mentir, por incumplir su palabra o por ser corrupto. Hoy resulta que hemos descendido varios peldaños a pasos agigantados. Y ya no preguntamos si mintió, si incumplió las promesas, si delinquió, si es un buen gestor, si respeta las instituciones. Preguntamos si la mentira le resultó rentable, si sus incumplimientos le permitieron abrazarse a una mayoría extraña y nociva desde la que gobernar el BOE, si la corrupción fue mayor o menor que la de los otros, si su gestión es modélica dentro de las dificultades, si la institución corrompida estaba en manos de los suyos o de los nuestros.
Por imposible que parezca, muchos políticos emplean la democracia para destruirla, y ni tan siquiera tienen reparo en ufanarse de ello. España no es una dictadura, banalizar esta palabra por usarla como saeta sería hacerle un favor a quien queremos criticar. Las urnas funcionan, los jueces juzgan (pese a quien pese), no todo está corrompido. No es una metástasis, solo un virus invasivo y correoso. Pero también es cierto que una democracia, cualquier democracia, puede deteriorarse mucho antes de romperse por dentro. Vean el caso de Venezuela. Con que se debilite la convicción de que existen actitudes cuya honorabilidad ha de preservarse por encima de todo, basta para que suceda. En tiempos pretéritos era la decencia lo que protegía ciertos límites socialmente asumidos, aunque la ley no alcanzase a prohibirlos. Hoy, me pregunto, ¿de qué hablamos al hablar de decencia? ¿Del ministro de infraestructuras? ¿Del juez que pasó a ser horrendo ministro de Interior? ¿De qué hablamos, por amor del cielo?
Lo he dicho en ocasiones anteriores. Lo que más desasosiega no es el indocto: no deja de ser un pobre inculto erigido en baluarte de su propia incapacidad (razón por la que actúa como lo hace). del indocto lo sabemos casi todo. Lo que inquieta sobremanera es el número de quienes contemplan todo esto que vengo hablando y, sin embargo, no les importa nada en absoluto porque, para ellos, lo único relevante y crucial es que gobiernen los suyos, así sean unos hijos de puta de difícil conmiseración. Porque ningún gobernante degrada por sí mismo una democracia entera. Necesita millones de pequeñas absoluciones diarias, al minuto incluso. Necesita al ciudadano que reconoce la mentira pero la disculpa porque los otros son peores. O al que habría considerado intolerable en el adversario lo que está celebrando en el político al que ha votado. Un desgobernante como el indocto necesita medios dispuestos a encontrar cada mañana una explicación para todo lo que el día anterior calificaron como inexplicable y dirigentes secundarios capaces de repetir solemnemente sus torticeras justificaciones, producto del momento, no de una visión de Estado, sin recordar tampoco lo que manifestaron la semana anterior. Y necesita, sobre todo, que una parte de la sociedad acepte cambiar sus principios por mor de su muy personal capricho.
Y no. No estamos hablando de compartir una misma ideología. Sería absurdo y profundamente antidemocrático. Hablamos de un paso previo: la capacidad (al parecer periclitada) de exigir a los propios aquello que exigimos a los contrarios. Si mi corrupción es contextualizable, pero la tuya es imperdonable; si mi mentira es estrategia y la tuya es solo un fraude; si mi pacto es responsabilidad y el tuyo es una traición; si mi ocupación institucional es renovación y la tuya es asalto, lo que tenemos no son principios sino camisetas al estilo perroflautista, pero sin Hamelin.
Después de tantos años, la pregunta pertinente no es qué más nos puede hacer el indocto, porque sabemos que, por poder, puede hacer muchísimo más, y de igual calado. La pregunta, mucho más triste, es cuánto más están dispuestos algunos a perdonarle. Y, al mismo tiempo, cuánto quedará de los demás después de que ellos se lo hayan perdonado todo.