viernes, 17 de abril de 2026

El error de ponerlos al mismo nivel

Dicen que las comparaciones son odiosas. Mucha gente lo ignora, pero este refrán tiene su origen en el libro segundo de El Quijote, capítulo 16: "... aunque las comparaciones que se hacen de ingenio a ingenio siempre son odiosas". La cuestión es que, últimamente, o al menos de ese modo me lo voy encontrando yo, prevalece en cierto sector de la sociedad la idea de que tanto Irán como Israel son estados terroristas. Bueno. No todas las comparaciones entre Estados deben hacerse en términos morales. Algunas, las más relevantes desde el punto de vista práctico, se han de situar en el plano, mucho más distinto, de la fiabilidad. No se trata de ver quién es mejor o peor en abstracto, sino de quién resulta más predecible, más estable y menos arbitrario cuando se convierte en socio, adversario o simplemente en un actor relevante en un sistema tan complejo como son las relaciones internacionales.

La cuestión es que, en un bronco debate familar, recientemente alguien puso sobre la mesa el argumento de que Israel es un país que puede definirse como un estado terrorista. Unido al hecho de que está gobernado y regido por sionistas, que son gentes en quienes no se puede fiar, porque persiguen la dominación del mundo y la eliminación de los oponentes. Lógicamente, bajo ese enfoque, la respuesta de Israel al pogromo de Gaza por parte de Hamas sería un acto de terrorismo, la defensa de su territorio contras las huestes de Hizbola en Líbano otro acto terrorista más, y el bombardeo de los centros de enriquecimiento de uranio y de bases militares, amén de otros objetivos, en Irán durante la reciente e incierta guerra que se viene desarrollando, más de lo mismo. No me detuve a preguntar cuál sería la clasificación de Irán respecto al despliegue terrorista y asesino que despliega en muchos países (el atentado a Vidal-Quadras en Barcelona es un ejemplo particularmente descarnado) o el apoyo en armas y fondos económicos a Hamas y Hizbolá. Pero da lo mismo. Porque la comparación entre Israel e Irán adquiere un significado completamente distinto al habitual. Ambos países acumulan, como cualquier otro, elementos positivos y negativos, por mucho que a mí me cueste ver los positivos en un régimen, el de los ayatolás, que no dudan en masacrar a miles de ciudadanos por el simple hecho de protestar contra su desquiciante teocracia. 

Israel opera dentro de un sistema que, con todas sus tensiones internas, mantiene rasgos fundamentales de pluralidad institucional: separación de poderes, debate público intenso, capacidad de crítica interna y mecanismos de corrección que, aunque imperfectos, existen y funcionan. Esto no implica ausencia de decisiones controvertidas ni de políticas discutibles. Pero sí implica algo más importante: su coherencia (guste o no) y previsibilidad. Sus acciones, incluso cuando son duras, responden a incentivos identificables y a una lógica que puede ser analizada, anticipada y, en cierta medida, modelizada por terceros.

Irán, por el contrario, presenta una arquitectura institucional dual en la que conviven estructuras formales y centros de poder que no son en absoluto transparentes. Todo abunda en beneficio de los ayatolás. Esta configuración, en un contexto geopolítico, introduce un grado significativo de incertidumbre. Y si nos ponemos puristas, e incluso buenistas, como cuando el infame Zapatero les tendió la mano con su demencial Alianza de las Civilizaciones, o más recientemente las muchas del desquiciado (y bastante demonial) indocto que nos desgobierna, podríamos acabar coligiendo que no se trata únicamente de meras diferencias ideológicas, sino de total opacidad en la toma de decisiones y de una imposible trazabilidad entre causa y efecto en su acción política interior y exterior. Dicho de otro modo, se impusieron como objetivo eliminar a un país vecino y a ello han dedicado ingentes recursos en los últimos cuarenta o cincuenta años..

Para muchos, ni siquiera esta asimetría equivale a buscar un cierto equilibrio entre uno y otro país. Menos ahora que el señor Trump decidió emprenderla a garrotazos con los iraníes ante el plausible temor de que pudieran meterle un pepinazo nuclear a los de Sión (¿alguien acaso duda que llegaran a hacerlo? Imagino que los de siempre). Total, si la gentuza de Hamas, bien aplaudida por sus palestinos conciudadanos (en YouTube siguen aún las evidencias), raptó, violó, quemó vivos y machacó a cientos de inocentes israelíes sin que nadie se llevase las manos a la cabeza (me refiero a nadie de entre los que siempre sesgan hacia el lado izquierdo extremista de la vida), digo yo que no sería mal visto acabar con dos o tres ciudades de la antigua Judea y, con ello, doblegar  a esa avanzada imperialista delos Estados Unidos denominada Israel. 

Luego, si quieren, podemos hablar de si la Palestina de tiempos de los romanos existió y las inobjetables consecuencias que, para quienes defienden tal anacronismo, merece en el orden internacional actual (lo mismo pretenden resucitar las fronteras del imperio austro-húngaro, de mucha más reciente existencia, aunque lo dudo). Los libros de historia es lo que tienen: los legos los usan siempre en favor de sus argumentos con ayuda de las lecturas oblicuas de sus páginas. Pero esa es otra cuestión.

En fin. Odiosas comparaciones. Por mi parte, sigo esperando a que las cabezas con mando en el régimen de los ayatolás acabe en lo alto de una picota, desangrados y bajo el escarnio de todos los iraníes (porque Irán no es de los ayatolás y sus soldados de la república: es del pueblo, que los aborrece).

viernes, 10 de abril de 2026

La épica del comentario anónimo

Existe una figura contemporánea cuya relevancia sociológica crece en proporción inversa a su capacidad intelectual: el comentarista anónimo de columnas de opinión. Ese héroe discreto que, armado únicamente con un teclado (o un móvil), una conexión a internet y una indignación mal digerida, se lanza a la arena pública para corregir al mundo. Se destaca, respecto alñ resto de la humanidad escribidora, que él, el anónimo, no escribe para argumentar. Escribe para existir. Y sólo existe cuando insulta, amenaza o vilipendia.   

Hay algo profundamente conmovedor en su esfuerzo. Mientras el articulista se equivoca (como todos) tras horas de lectura, contraste y redacción, nuestro protagonista entra en escena con una claridad casi mística: "Menuda basura de artículo", "No tienes ni idea", "Otro vendido más". Tres frases, ningún matiz, y una sensación de superioridad que, por supuesto, no experimenta en ningún otro ámbito de su vida. En absolutamente ninguno. Simplemente es mediocre, o vulgar, o idiota, aunque aún no se haya enterado. 

Lo fascinante de este espécimen no es tanto la falta de argumentos que exhibe sin vergüenza alguna como la absurda convicción que profesa en sus barruntos. El comentarista anónimo no duda. No matiza. No se pregunta si ha entendido bien lo que ha leído. Él sabe. Y sabe con esa seguridad que poseen únicamente los elegidos por el dedo del dios de la verdad, la de quienes jamás han sometido sus ideas a la más mínima tensión intelectual (porque no saben lo que es eso). En muchos casos, ni siquiera se molesta en disimular que no sabe nada: organiza la hedionda bajeza de sus barruntos al insulto o la amenaza, en la creencia (fútil) de que molesta o preocupa al articulista. Estan torpe que ni siquiera se da cuenta de que su legado es olvidado en tres segundos. En cualquier caso, su pensamiento no ha sido erosionado por la duda, ni contaminado por el conocimiento. Es puro. Intacto. Inútil. Lo mismo que su existencia.

A menudo adopta un tono agresivo, como si la violencia verbal compensara la ausencia de contenido. Y quizá, en cierto modo, lo hace. En un ecosistema donde opinar es gratis, pero pensar resulta caro, el insulto se convierte en una moneda de cambio eficaz. No requiere esfuerzo porque genera impacto, o eso cree el comentarista anónimo, y con esa felicidad se marcha a la cama. Es la economía perfecta para quien no está dispuesto a invertir en nada, salvo (tal vez) en Netflix o cualquier otro tipo de basura similar.

Existe también una dimensión identitaria. El comentarista no escribe solo contra un texto, sino contra lo que el texto representa. Una idea que le incomoda, un marco que no comprende o, más frecuentemente, una sensación difusa de que el mundo avanza sin pedirle permiso. Su comentario no busca convencer a nadie. Busca reafirmarse a sí mismo en un universo que percibe como hostil. Y, sin embargo, cumple una función. Porque el comentarista anónimo es el recordatorio constante de que la libertad de expresión incluye también la libertad de decir estupideces. Sin él, podríamos caer en la tentación de creer que el debate público es un espacio racional, ordenado y orientado a la verdad. Su presencia nos devuelve a la realidad: es un espacio humano y, por tanto, sumamente imperfecto. Tan imperfecto que a mí, personalmente, me trae sin cuidado.

Al pobre comentarista anónimo no hay que silenciarlo. Ni siquiera ignorarlo por completo (mea culpa). Basta con entenderlo. Compadecerlo. Adolecerse de él, dolerse de su existencia, lamentarse de su banalidad, apiadarse de su cortedad, contristarse con su necedad, compungirse de su mísera existencia y conmiserarse de tan vacía alma cautiva (cautiva de su propia medianía). Porque, al final, detrás de cada idiota no hay tanto un enemigo del pensamiento como alguien que nunca llegó a encontrarse con él. Y eso, más que indignación, merece casi compasión.

viernes, 3 de abril de 2026

Viernes Santo

Sonrío, con cierta malicia e irremisible malignidad, cada vez que, por Semana Santa, alguien, en una conversación cualquiera, se pregunta por qué esta festividad cristiana cada año sobreviene en un día distinto. No importa las veces que uno lo explique. El ser humano, especialmente el más indocto y ágrafo, posee una querencia especial por dejarse asombrar de manera cíclica por los mismos misterios. Pasa algo parecido con las estaciones climatológicas de las áreas templadas del planeta. E incluso con la posición de la Luna en el cielo, que tan vinculada se encuentra a los rituales litúrgicos de la cristiandad, el Islam o el Rosh Jodesh judaico. Casi parece un guiño que los estadounidenses hayan decidido darse un paseo en órbita lunar baja justo durante la Semana Santa... 

Como este año sí hace buen tiempo, y en ciudades como Sevilla o Málaga o Valencia esta inopinada ventura tiene a sus habitantes repletos de sacro gozo, las calles se están llenando y los pasos, esos testimonios tan nuestros que representan la pasión de Cristo, avanzan con su gravedad y circunspección esperados. Los idiotas de siempre aprovechan el ruido de las urbes para soltar estupideces comparativas con las torrijas o cuanto les venga en gana expeler (no hay mayor frustración para las catervas ideologizadas que los contrarios asuman el protagonismo: así hay que entenderlo). Pero la solemnidad envuelve el aire y parece seguir intacta un año más. 

Sin embargo, algo esencial se sigue perdiendo en ese despliegue impecable y, en apariencia, incombustible de la fe laica de los cristianos. No en su forma —que quizá nunca haya sido tan perfecta—, sino en ese fondo teológico, el realmente importante, que se viene erosionando hasta haberse vuelto irreconocible. Lo que un día, en épocas que tachamos de bárbaras y atrasadas, la muerte y resurrección de un individuo se manifestaba como pura tensión metafísica, escándalo teológico y una ruptura epistemológica trascendental con la propia ontología del ser humano, hoy no es otra cosa que un objeto cultural más, muy pulido, muy fotografiable y, sobre todo, muy inocuo.

No deja de ser paradójico que, en una época que se proclama escéptica, la Semana Santa sobreviva por todo aquello que evita. Nadie está dispuesto a enfrentarse al núcleo incómodo del relato: la ejecución pública de un hombre que se proclamó —o fue proclamado— Hijo de Dios, y la posterior afirmación de su resurrección. Un hecho que, de haber sido cierto, que no lo fue, supuso la reconfiguración completa de nuestra comprensión de la realidad. Sin duda, la construcción narrativa más influyente —y problemática— de toda la historia humana. Y lo siento por los musulmanes (y su aburrido Ramadán), los judíos o los budistas. Ninguno de ellos contiene una iglesia mistérica en su seno. De los judíos no conocemos apenas nada de sus prácticas. El budismo es un juguete. Y lo musulmán lo tenemos muy presente por su terrorismo y las prácticas medievales que, al parecer, ahora suscitan admiración en los hombres libres (porque sus mujeres no lo son). Lo siento por ellos, pero en cuestiones de trascendencia, el cristianismo los barre sin contemplaciones. 

El devenir de la mentalidad cristiana, tan aferrada a la liturgia y a los rituales, que no son otra cosa que pura fachada y oropel intelectual, ha construido unos Santos Oficios sin riesgo, lo que se traduce en una devoción tan superficial como carente de vértigo filosófico. Es pura emoción, pero sin preguntas. Exactamente como la fe que proviene de las migraciones sudamericanas, de una bajeza intelectual pasmosa (compartida por el llorado Papa argentino cuyas encíclicas no contenían sustancia alguna para el refugio del alma). La gente llora al paso de una imagen y aplaude la belleza de un trono de dolor como es la cruz. Para los gentíos que abarrotan las calles, hacer comunidad, cristiana o turística o del tipo que sea, se limita a compartir una experiencia colectiva de algo que ya ni tan siquiera espera de los fieles ser comprendida.

Lo que está en juego aquí no es la fe. Es la inteligencia, como sucede en casi todo. No se trata de creer o no creer. Se trata de asumir la carga intelectual de aquello que se conmemora porque, en algún momento de la vida, especialmente conforme la edad avanza y el fin del camino se va aproximando, la Pasión de Cristo debería dejar de ser un relato decorativo de las calles. En su formulación más radical, se trata de un desafío directo a las categorías con las que organizamos el mundo: vida y muerte, verdad y testimonio, poder y legitimidad. Pero da lo mismo. Por mucho que sea un episodio donde convergen los intereses políticos, las construcciones historiográficas, las (pocas ya) tradiciones orales y un puñado de afirmaciones teológicas de una audacia difícilmente comparable, el poso que queda finalmente es el de unos aplausos y unas gentes lloronas y esperpénticas.

Tal vez por eso resulte a mis caros lectores particularmente llamativo que quien menos participa de esa inercia —porque manifestado he muchas veces que no creo en nada de ello— sea yo quien, en ocasiones, resulte incómodo con este tipo de vaciamiento intelectual. No echo en falta la fe, y no me hace falta para reconocer la magnitud del problema que se continúa ignorando. Detrás de cada paso, de cada saeta, de cada silencio cuidadosamente coreografiado, hay una afirmación que debería inquietar mucho más de lo que inquieta. Que un hombre murió y resucitó. Aceptarlo exige una reconfiguración radical de la realidad. Y negarlo exige, al menos, una explicación a la altura de su impacto histórico, cosa en la que me entretengo cada Viernes Santo. Pero lo que difícilmente puede sostenerse es que la tercera vía, cómoda y acrítica, la elegida por la propia Iglesia, evite sistemáticamente su contenido.

viernes, 27 de marzo de 2026

Eutanasia

Hay noticias que pudren el alma de las gentes de bien. Se instalan en algún lugar del pecho y ahí se quedan, frías como una daga de hielo hendida hasta el centro del corazón. 

Hasta hace veinticuatro horas ignoraba la historia de vida, y de muerte, de Noelia, la joven de veinticinco años que ha sido asistida en su suicidio. Pero no voy a debatir sobre la eutanasia, no me interesa. El libre albedrío de las personas comprende tanto los sucesos de la vida como el único de la muerte. Pero el ser humano se las apaña muy bien para supeditar la libertad individual a normas y códigos de todo tipo. El camino por los valles de lágrimas es de un doctrinarismo dogmático realmente espeluznante.

La historia de esta pobre muchacha (pobre en varios sentidos) empieza mucho antes del quinto piso desde donde se lanzó para matarse como consecuencia de una agresión sexual múltiple, acto del que quedó, por desgracia, tetrapléjica (¿qué fue de los agresores, por cierto?). Comienza bastante tiempo antes, realmente, con unos progenitores irresponsables, desastrosos, deplorables, esclavizados a sus adicciones, a la ludopatía que acabó con la tenencia del hogar donde la niña crecía. Si miles de niños sufren una infancia torturadora y lacerante , aun en nuestros días, es debido a las incapacidades morales, éticas y cívicas de unos padres que, de procreadores, pasan directamente a ser escoria. Pero el padecimiento no termina en la pérdida de la custodia por incapacidad. Continúa con el Estado, que se desentiende de los problemas abriendo centros de acogida, posiblemente la institución más terrorífica y repugnante que pueda existir. 

Los centros de acogida de este país son una llaga a la que nadie quiere mirar. Se habla de ellos cuando hay un escándalo. Se revisan expedientes, se extienden o reescriben protocolos, pero luego todo vuelve a su penumbra disoluta y abyecta. A veces me pregunto qué gentes trabajan en ellos (¿verdad, Armengol?). Convendría refundarlos desde los cimientos, repensar cada piedra y cada ladrillo, cada criterio de ingreso, cada figura de tutela. 

Pero volvamos a Noelia. Los medios han sanciado que los dos años de batalla judicial que ha durado el recurso del padre de la muchacha para impedir la eutanasia, han sido dos años de dolor y padecimiento para la joven que deberían haberse evitado. Pero hizo lo correcto, y lo legal. Los recurrentes no son responsables, ni causantes, de las tardanzas de los tribunales. Ese debate es miserable. No es el suicidio, por mucha libertad que uno tenga de escogerlo, un acto moral que deba ser premiado socialmente. 

Las últimas horas de la muchacha se han convertido, a mi entender, en un esperpento espoleado por los medios y las televisiones (cómo no). Desde el padre que, fríamente, espeta a su hija que no piensa pagar el entierro, a las entrevistas de televisión de la madre para ventilar los trapos sucios ante las cámaras. Lo de no pagar el entierro me parece una reacción desesperada por parte de alguien que, bien mirado, carece de muchas luces. Los seres básicos suelen ser así de primarios y rudimentarios. El mismo juicio me merece esa conclusión de la madre de que Noelia se equivocó de familia. Como si hubiese elegido ella a ese par de energúmenos para trazar su corta biografía.  

Creo, porque no lo sé, que Noelia presenció todo lo que estoy narrando. También que, llegado el momento, pudiera quedarse sola sin que nadie estuviera presente. Tal vez fue el único y postrer deseo que cumplieron por ella.

Ya siento haber invertido líneas de esta columna en tratar de los centros de acogida y de los merluzos de los padres de Noelia. He restado tiempo a la reflexión que me parece más importante. ¿Hubiera pedido morir esta chica si alguien, en algún momento, hubiera acertado a protegerla de verdad? Porque ahí dentro, en ese círculo infame, esta misma noche, hay otras Noelias. Con otros nombres y siempre, siempre, la misma soledad y el mismo hartazgo.

Eso es lo que me entristece. No su muerte, porque ya dejó de sufrir. Me apena la vida que le fue concedida.

viernes, 20 de marzo de 2026

No a la paz

Europa tiene una extraña relación con la guerra. La aborrece en teoría, la condena en los discursos y la exorciza mediante pancartas, manifiestos y declaraciones solemnes. Cada cierto tiempo, cuando la realidad vuelve a irrumpir con la desagradable obstinación que le es propia, reaparece el viejo eslogan que tanto confort moral proporciona a quienes lo pronuncian: "No a la guerra". La frase posee la elegancia conceptual de quien proclama con idéntico fervor utilitario "no a los terremotos" (o a las borrascas, ahora reconvertidas en danas) o "no a las pandemias". En tiempos más juiciosos, las mujeres coronadas como Miss Universo blandían similares arengan en aras de la demolición del hambre en el mundo. Lo único que ha cambiado ahora, respecto a esos tiempos que remotos parecen, aunque ocurrieron ayer mismo, es que ahora no se necesita un vislumbre de belleza extrema en bikini o traje de fiesta, para soltar la cantinela.

Nadie en su sano juicio desea una guerra. O, mejor, solo los políticos desean las guerras, ora sea para apropiarse de lo combatido o, en caso de tratarse de simples espectadores y terceras partes (por lo común, los más egoístas de todos), para situarse a favor (pocas veces) o en contra (la mayor parte del tiempo).

En España, el ritual retórico sobre la guerra ha vuelto a adquirir actualidad de la mano del indocto que ha rescatado el viejo panfleto de las Azores cuando, en puridad, ni siquiera hay un dirigente u opositor al que estampárselo en la cara. Allá por los tiempos de Aznar, el pávido Zapatero, que jamás supo gobernar nada, porque todo le vino dado, alzó la voz por la participación de España en un conflicto, el de Irak, que resultó más complejo de lo debido, pese a que las razones eran simplicísimas. Pero, el indocto, ¿contra quién profiere su negativa belicosa en los mítines de campaña para las recientes elecciones autonómicas? ¿Contra Trump o Netenyahu? ¿Y por qué no lo esgrimió contra Putin hace cuatro años, o incluso ahora, al desencadenar el infierno en Ucrania? El indocto, que de tan izquierdoso como es, tal vez para esconder que a él lo que le gusta, en realidadm y para lo que necesita la política espara forrarse, como ha hecho Zapatero, y sabedor de que solo los regímenes dictatoriales de izquierdas lo podrán tener en cuenta algún día si es que deciden tenerle en cuenta a él, que ya veremos, usa la guerra como usa todo lo que profiere cuando se pone ante un micrófono: ya sean bulos, fascismo, okupas desfavorecidoso... lo que sea que él crea que le produce algún rédito. Dicen que se trata de un dirigente con la habilidad política de adaptarse con admirable elasticidad a la temperatura ideológica del momento. Pero eso es concederle una respetabilidad intelectual de la que carece. 

El caso es que el pacifismo declamatorio vuelve a ocupar el escenario, al menos de momento, mientras el mundo descuella en argumentaciones bélicas sobre lo conveniente que es, o no, hacer desaparecer el régimen de los ayatolás, esos musulmanes proverbiales con cuentas abultadas en bancos occidentales y un patrimonio inmobiliario que para sí lo quisiera el propio Rockefeller. Uno se pregunta cuáles son las alternativas a dejar a los ayatolas ejercer su imperio de terror en paz. Pero la respuesta es sencilla: seguir permitiendo que masacren a su pueblo y financiar terroristas por doquier. ¿Improvisamos un "no al terrorismo"? ¿Qué tal un "no a asesinar a quienes protestan"? El juego de la izquierda, de ésta y de cualquiera, es creerse moralmente superior cuando, en realidad, solo defienden las lentejas que tipos como los ayatolas, o el Maduro desaparecido del mapa, coloca en su plato. Luego dicen que no es lícito luchar por el petróleo o la supervivencia de Israel. Será que sólo sirve luchar contra Franco después de muerto.

Pero no nos perdamos en los detalles. El sistema político que gobernaba Irán bajo la autoridad de Ali Khamenei demostró durante décadas una más que notable eficacia en el uso de la coerción, como no podía ser menos: la represión sistemática de la oposición interna, la persecución de los disidentes, las ejecuciones públicas y una política exterior basada en la financiación de milicias y organizaciones armadas en buena parte de Oriente Medio, es a lo que estábamos acostumbrados y que a la izquierda, ésta u otra, le parecía muy bien por aquello de que los muertos, cuando son de otros, son menos muertos. Nada de esto ha parecido alterar demasiado la serenidad moral de quienes proclaman que la guerra es un mal absoluto. Se trata de un principio que se activa con gran fuerza cuando el uso de la misma procede de las democracias occidentales, pero que se torna difuso cuando la violencia es ejercida por teocracias, autocracias o revoluciones supuestamente emancipadoras.El Derecho Internacional siempre es un comodín bien esgrimido pese a que uno mismo, como el indocto, lo veje igualmente, como sucedió en el caso de Marruecos con el Sáhara (en ese momento el Derecho Internacional no importaba, porque solo importaba que Marruecos no publicase los chistes porno o las citas con la amante de su móvil pirateado -dudo que contuviese nada digno de ser comentado políticamente). Por eso, y por mucho más, las resoluciones, llamamientos y condenas morales tienen la misma eficacia práctica que las advertencias escritas en la arena frente a la marea. Cuando un régimen decide ignorarlas, rara vez ocurre algo más que una nueva declaración de preocupación.

La política internacional nunca ha sido un seminario de ética. Está muy bien oponerse todas las guerras cuando éstas no le afectan a uno más que en el precio de la gasolina. Pero cuando un régimen armado hasta los dientes proclama abiertamente su hostilidad hacia otros Estados mientras reprime brutalmente a su propia población, limitarse a repetir fórmulas pacifistas no es una expresión de sabiduría política. Algo  bastante obvio tratándose del indocto.

viernes, 13 de marzo de 2026

Manual del buen ecologista

Verán, yo soy ecologista. Muy ecologista. La gente no acaba de aceptarlo porque siempre me han visto como un escéptico e incluso un descreído. Pero el pensamiento crítico es lo que tiene: permite razonar las propias incoherencias. Lo que me pasa es que, de vez en cuando —dos o tres veces por semana, sin exagerar— necesito encender el aire acondicionado a 18 grados porque, de lo contrario, no duermo bien. También es verdad que me muevo a todas partes en coche… pero no es híbrido, ¿eh? Es semihíbrido. De esos que, si aceleras un poco, ya entra la gasolina como si fuera un transbordador espacial. Pero, insisto, soy ecologista. No acelero tanto casi nunca. Solo pocas veces. Una o dos por trayecto. No creo yo que, por estas minucias que les comento, esté faltando al ecologismo. Las carreteras son muy peligrosas y cuanto menos tiempo se esté en ellas, mejor.

Espero que usted no sea una de esas personas que gustan de sermonear al personal sobre cómo vivir correctamente el ecologismo y que, por añadidura, van diciendo por ahí que si un verdadero ecologista no puede tener dos coches ni usar cápsulas de café, ni encender todas las luces de la casa para que no se vea triste. A ver si va a ser usted de esos. Me ofendería su cerrilidad porque, de un tiempo a esta parte, abundan mucho los ecologistas radicales, de esos que creen que se creen poseedores de la verdad suprema. No son más que fanáticos del dióxido de carbono, pero a la inversa. Esos ecologistas tan poco razonables, no como yo, viven empeñados en imponernos sus ideas extremistas a ecologistas como yo que disfrutamos de un buen vuelo a la mínima oportunidad sabiendo que nuestro compromiso con el planeta sigue intacto. Es gente que vive anclada en el pasado, que no se da cuenta de que el mundo ha avanzado y que hoy la sostenibilidad es algo más flexible, líquido incluso. ¿Qué problema hay en considerarnos ecologistas y, a la vez, darnos un caprichito con un crucero de 3.000 pasajeros cuando pintan vacaciones? ¿Quién es usted para decirme que no soy ecologista solo porque tengo una secadora que deja las toallas más esponjosas?

A lo mejor el problema lo tiene usted. Usted y todos esos que siguen tratando de imponernos su moralismo verde, rígido, mohoso y con olor a compost. No podemos dejar a nadie fuera de nuestro ecologismo; aquí cabemos todos: los que separan la basura meticulosamente y los que tiran todo al contenedor gris porque, total, sabemos que al final lo mezclan igual. Incluso esos. Hay que acogerlos a todos. ¿De verdad hay algún inconveniente en definirme como protector del planeta mientras uso una manguera a presión para limpiar el coche el domingo por la mañana? ¿Acaso no estoy devolviendo el agua a su ciclo natural? No sea tan poco empático. Debemos avanzar hacia un ecologismo más inclusivo, más democrático, más user‑friendly. Nada de andar excluyendo.

Deberíamos replantearnos ese supuesto mandamiento ecológico de reducir emisiones. Bill Gates ya lo ha hecho. ¿No se revisa la historia y se derriban las estatuas de Colón o Bartolomé de las Casas? No hay que tener miedo a revisar los propios conceptos. ¿Por qué entre las altas esferas del eco‑movimiento hay tanto tabú con permitir que la gente pueda contaminar un poquito si eso la hace feliz? En mi infancia, todos contaminábamos mucho y aquí estamos. El futuro del ecologismo pasa por abrirnos a todos, incluso a quienes quieren seguir viviendo exactamente igual que antes, pero sintiéndose tremendamente verdes. Lo del sentimiento es muy importante. Las adolescentes de ahora y unos cuantos papanatas con barba proceden a cambiarse de género atendiendo únicamente a las razones de su páncreas, que les dicta ser lo contrario a lo que han sido hasta ese momento. Pues con esto de lo verde pasa lo mismo. Un ecologismo de cara larga, censurador y encerrado en sí mismo está destinado a desaparecer. Hay que permanecer atentos al espíritu —del tubo de escape— que nos guía, aunque algunos se resistan a escucharlo. Si ahora vivimos en una época donde contaminamos poco es gracias a haber vivido épocas en que hemos contaminado cantidad, como hacen ahora muchos países de Asia y es injusto que se lo reprochemos.

Sin embargo, como buen ecologista, entiendo que es necesario apuntar no sólo buenas razones, también nuestras obras de cada día. Por eso últimamente practico el minimalismo expansivo. Consiste en comprar solo cosas esenciales, pero redefiniendo constantemente el contenido de lo que es esencial o no. Por ejemplo, la tercera cafetera de cápsulas era imprescindible porque la anterior no combinaba con la encimera nueva, que también era esencial para mi bienestar sostenible. Y el bienestar, no lo olvidemos, es la base del equilibrio ecológico. Si uno no se siente satisfecho consigo mismo y su entorno más próximo, resulta imposible tratar de modificar nada en absoluto. 

He adoptado además una dieta estrictamente local. Solo consumo los productos de proximidad del supermercado. Si vienen de la otra punta del planeta, entiendo que la punta en la que yo vivo también es planeta, luego sigue siendo proximidad en términos cósmicos. No se puede ser tan reduccionista con la geografía. Un vecino mío, que lleva rastas y se pone una ropa carísima de colores, compra siempre kiwis y he comprobado que, durante el invierno, provienen de Sudáfrica. Luego está contribuyendo decisivamente a la sostenibilidad y el equilibrio del lejano país meridional. El ecologismo es cosa de todos y conviene que nos apoyemos unos a otros en esta ardua tarea de no ensuciar por encima de lo razonable.

En casa, por ejemplo, practicamos el ahorro energético de una forma muy consciente. Dejamos todas las luces encendidas para no tener que encenderlas y apagarlas continuamente, que eso sí que gasta. Hay que pensar en el largo plazo. La eficiencia está en la estabilidad lumínica. Y la caldera es conveniente que funcione, aunque sea al ralentí, porque el coste de compensar el calor que se pierde por la ventana es mucho mayor que el CO2 que se emite. 

Con el agua, eso sí, soy ejemplar. La utilizo con respeto. Con mucho respeto. Abro el grifo con solemnidad, dejo que fluya con dignidad mientras me lavo los dientes, y la observo caer con una profunda conexión espiritual con el ciclo hidrológico. No todo el mundo puede decir que contempla el ciclo del agua dos veces al día durante varios minutos seguidos.

También he reducido drásticamente mi huella de carbono digital. Ya no leo todos esos artículos incómodos sobre el consumo energético, las emisiones o los datos comparativos. La ignorancia selectiva es una forma muy eficaz de sostenibilidad emocional. Si no lo sé, no me afecta. Y si no me afecta, no genera estrés. Y el estrés, como es sabido, tampoco es bueno para el planeta. Ni para nadie.

Creo sinceramente que el futuro del ecologismo pasa por aquí: por permitir que cada uno adapte la realidad a su relato, sin esa manía antigua de adaptar el relato a la realidad. Es más humano. Más llevadero. Más coherente con nuestras incoherencias.

Les dejo, que me acaba de llegar el pedido del supermercado: todo en bolsas individuales, por higiene. Ya saben.

viernes, 6 de marzo de 2026

La guerra de Irán

El reflejo europeo ante cualquier intervención militar norteamericana es tan previsible que podría programarse con un algoritmo simple: anuncio de operación, gesto grave, invocación inmediata del Derecho Internacional y, por último, el deseo apenas disimulado de que todo termine mal para Washington. El pasado viernes, tras la decisión de intervenir militarmente contra objetivos del régimen iraní, el guion volvió a representarse con puntualidad y sin ambages. A representarse por parte de las autoridades españolas (el resto nos interesan bastante menos).

De manera tácita, una parte considerable del debate público parece animada la curiosa esperanza de que la operación militar enarbolada por Trump fracase. Bajo la admonición de lo crueles que son las guerras y la tontería ésa del orden internacional subyace el deseo perfectamente advertible de que el intento de frenar al régimen iraní termine en desastre. Y qué Trump quede humillado ante el mundo.

La lógica de ese deseo merece un momento de reflexión, porque resulta difícil encontrar una posición más extravagante desde el punto de vista racional. Si uno considera que el régimen de los Ayatolas  representa una amenaza seria —para su propia población, para la estabilidad regional y para el equilibrio estratégico en Oriente Medio—, lo razonable sería desear exactamente lo contrario: que cualquier intento de limitar su capacidad de coerción tenga éxito. Pero no. El éxito es esa paz existente hasta el día de ayer mediante la cual la población iraní merece ser exterminada casa vez que protesta contra los religiosos que gobiernan el país con mano de hierro, los mismos que extienden sus raíces por cualesquier organizaciones terroristas que golpeen los intereses occidentales, subyuguen a las mujeres en intelectuales hasta acabar con su voz pública, e incluso que financien actos de barbarie terrorista en países allende sus mares, como sucedió con el atentado a Aleix Vidal-Quadras. Son estos energúmenos, teólogos de su propia religión y únicos declarados con derecho a interpretar la voz de su inútil Dios (inútil por ser incapaz de acabar con ellos), con quienes el bobalicón de Zapatero quiso interponer ante todo el planeta una alianza de civilizaciones que quedó en eso, en una bobada solemne como no podría ser otra cosa proviniendo de quien proviene.

El sistema político iraní no es una abstracción académica. Es una teocracia armada que ha demostrado una notable habilidad para combinar represión interna con proyección exterior de poder. Bajo su dirección se financian milicias, se arman actores regionales y se alimenta una estrategia que convierte la inestabilidad en instrumento político. Mientras tanto, dentro de sus fronteras, la disidencia se paga con cárcel, exilio o muerte. Normalmente con muerte, que es adonde va a parar el exilio o la cárcel. 

El "no a la guerra" del indocto que nos desgobierna, y a quien parece florecer los injertos que lleva plantados en el canal interglúteo cada vez que no las tiene todas consigo (ya pasó en su momento con los cinco días de reflexión de enamorado ante la corrupta de su esposa, a quien venía poniendo los cuernos con cierta poco celebre periodista, cuyas frases amorosas intercambiadas seguramente sea el material que obre en poder de los servicios secretos marroquíes, por cuanto resulta difícil colegir qué otra estrategia  nacional o internacional digna de tal nombre puede parir su bastante infértil magín), decía que la zapaterada del no a la guerra no deja de ser la penúltima tentativa suya de no fallecer de manera inmediata de forma política y social (moralmente hace años que es un cadáver putrefacto). Por tal motivo, y aunque resulte sucinto, celebrar anticipadamente el fracaso de una intervención destinada a debilitar ese aparato iraní de terror, impuesto en medio mundo, no parece una posición particularmente sofisticada. Ni siquiera para la izquierda, a quienes ya solo queda protestar contra todo lo yanqui e israelí porque sí, y con ello declarar correcto el buenismo de desatender las matanzas y arrestos perpetrados por quienes odian aún más (o tal vez lo mismo, salvo que con más aparato de estado) a todo lo que suena a Trump o a Estados Unidos. Es una forma peculiar de antiamericanismo reflejo: si la acción la emprende Washington, entonces debe ser mala por definición, y si fracasa, tanto mejor. 

El problema de ese razonamiento es que el mundo real no funciona como una tertulia ideológica cualquiera de las huestes izquierdosas a las que estamos acostumbrados, desgraciadamente, en la piel de toro. Las consecuencias de tal fracaso no recaerían sobre la reputación de un presidente norteamericano, sino sobre el equilibrio estratégico de toda una región. Un régimen que ya hoy actúa con notable agresividad obtendría la confirmación de que puede hacerlo con total impunidad.

España y Europa, mientras tanto, podrían seguir pronunciando sus habituales exhortaciones morales desde la confortable distancia que proporciona no tener que decidir nada porque lo suyo es ser progre y guai, sobre todo con viajes frecuentes y bastantes a República Dominicana para lucir moreno y llenar la cartera de irregularidades devenidas parné barato (o caro, sobre todo para nosotros). Es una posición muy elegante desde el punto de vista retórico, si en ello existiera alguna retórica, pero bastante menos impresionante cuando se observa desde la perspectiva de quienes viven bajo los regímenes admirados (por ser financiadores) de la izquierda podemita y zapaterista y seguramente sanchista también. Esos regímenes nunca consideran las declaraciones diplomáticas un obstáculo particularmente serio. Tampoco las payasadas de los de la ceja.

La paradoja final es casi irónica. Muchos de quienes desean el fracaso de la operación lo hacen convencidos (eso quiero creer) de estar defendiendo la paz. Sin embargo, la historia reciente ofrece una lección menos tranquilizadora: cuando los regímenes autoritarios perciben debilidad o indecisión en sus adversarios, rara vez reaccionan con moderación. Lo que suelen hacer es avanzar un paso más.

Tal vez por eso resulta sorprendente que tantas personas prefieran apostar por el desastre antes que por la posibilidad —imperfecta, arriesgada, incómoda— de que la intervención consiga limitar a un régimen que lleva décadas demostrando que la moderación no forma parte de su vocabulario político.

Desear que fracase cualquier intento de frenar a una teocracia armada no es una posición pacifista. Es simplemente una forma particularmente sofisticada de irresponsabilidad. Aunque, mucho me temo, está cualidad sea ya parte del ADN de las mentes que nos gobiernan y aspiran a seguir gobernándonos por los siglos de los siglos. Ojalá no sea amén.

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