viernes, 24 de julio de 2026

La herencia de Prometeo en los matorrales

Nos horroriza ver arder el monte. Es una reacción humana, visceral y compasiva. Contemplar las llamas devorando la sierra nos produce una angustia que entremezclamos con todo tipo de sentimientos accesorios: la culpa política, el debate presupuestario, el lamento ecologista... Tras contemplar la ecpirosis de los montes, un espectáculo soberbio y de impecable factura, sobre todo de noche, necesitamos buscar culpables más allá de la piromanía, los intereses económicos o la simple desidia humana. El origen del mal siempre se encuentra en los despachos, en las leyes de residuos y en el abandono rural. Sin embargo, en nuestro empeño por fiscalizar el desastre, cometemos el error más soberbio de todos: creer que el fuego comenzó con nosotros.

Mucho antes de que el primer humano frotara dos piedras y, por descontado, muchísimo antes de las directivas europeas o de que la vieja gota fría fuera rebautizada como "dana", los bosques ya ardían. Y nadie acudía a apagarlos. Ningún comité de crisis, ningún ministro con chaleco reflectante, ninguna cámara buscando el plano del retén exhausto. Solo estaban el rayo, la resina y el tiempo geológico haciendo su trabajo con una paciencia que a nosotros nos resulta, ahora, obscena a causa de nuestra mentalidad urbanita.

El ecosistema mediterráneo no es una víctima indefensa del fuego. Es, de hecho, su hijo legítimo. Las plantas que habitan nuestras sierras no solo han aprendido a sobrevivir a las llamas, sino que las necesitan. El pino carrasco guarda celosamente sus semillas en piñas serótinas que solo se abren con el golpe de calor de un incendio, asegurando que sus hijos colonicen el suelo fértil y ceniciento que deja la quema. Las jaras y los brezos han convertido sus raíces y sus semillas en búnkeres subterráneos que despiertan con el estímulo del humo. Para el monte mediterráneo, el fuego es el gran gestor natural: un mecanismo implacable de rejuvenecimiento que limpia la materia muerta, recicla los nutrientes bloqueados en la madera seca y abre espacio a la luz.

Cuesta aceptarlo porque contradice nuestro instinto más arraigado, que no es ecológico sino teológico: la fantasía del jardín perfecto y perpetuo, congelado por los siglos de los siglos en su mejor y óptimo momento. Confundimos la naturaleza con un cuadro y el incendio con un vándalo que lo raja. Pero la naturaleza nunca fue un cuadro; fue siempre un proceso, y todo proceso incluye su propia destrucción como parte del método. Nos indigna el fuego con la misma lógica infantil con que nos indignaría la noche por apagar el día.

Nuestro drama actual no es que el monte arda, sino cómo arde. Al empeñarnos en sacralizar el bosque como si fuera un museo de cristal intocable, hemos acumulado un combustible que la naturaleza, antes de la revolución neolítica y el pastoreo, gestionaba con incendios sutiles y periódicos. Hemos convertido el fuego rítmico de la vida en el monstruo incontrolable de los megaincendios. Cada llama que apagamos con heroísmo hoy es leña que ahorramos para el apocalipsis de mañana. La prevención absoluta, ese ideal que tan bien queda en un cartel, es en realidad una mala hipoteca con la que pagamos la tranquilidad de una década usando los intereses de una catástrofe.

Y aquí asoma la ironía más incómoda. La misma civilización que se enorgullece de haber domado el fuego —el don robado por Prometeo, la chispa que nos hizo humanos— es incapaz de tolerar que el fuego siga siendo salvaje en algún rincón. Robamos la llama a los dioses para cocinar, forjar y alumbrar, y desde entonces exigimos que solo arda cuando nosotros lo ordenamos. No soportamos que exista un fuego que no obedece, que no se enciende para calentarnos ni se apaga cuando pulsamos un interruptor. Lo llamamos tragedia porque escapa a nuestro guion, cuando en realidad es la única parte del monte que sigue siendo verdaderamente libre.

Conviene decirlo sin coartadas: no hablo de aplaudir al pirómano ni de mirar hacia otro lado cuando arden casas, cultivos y vidas. Hablo de distinguir el fuego que forma parte del paisaje del fuego que solo es negligencia disfrazada de fatalidad. El problema no es que el Mediterráneo tenga memoria de llamas; el problema es que nosotros hemos plantado nuestras urbanizaciones, nuestras carreteras y nuestros descuidos justo en medio de esa memoria, y luego nos declaramos sorprendidos cuando la historia se repite. La naturaleza no ha cambiado su libreto; pero nosotros hemos construido nuestro teatro de intereses creados sobre el escenario donde se produce.

El bosque mediterráneo no pide nuestra compasión, ni nuestra fe, ni que lo tratemos como a un enfermo terminal. Pide que entendamos su memoria evolutiva, especialmente ahora que la ganadería, el pastoreo y la limpieza agropecuaria de los montes son activos hace tiempo vendidos y, para más inri, perseguidos desde los despachos ministeriales. Quizá el mejor servicio que podemos prestarle a la naturaleza no sea intentar congelarla en una eterna e imposible foto fija, sino aceptar que el fuego es parte de su identidad. Apagarlo todo, siempre, es también una forma de destruirlo. Prometeo nos entregó la llama, no el derecho a decidir cuándo el mundo tiene permiso para arder.

lunes, 20 de julio de 2026

Un marciano en la final

Debo de ser uno de los últimos ejemplares de esa especie animal perpetuamente en extinción: el español que ayer no encendió la televisión para ver la final del Mundial. Mientras el país se pertrechaba en la calle, en las terrazas o en los salones de las casas, conteniendo la respiración al unísono con cada empujón de ese conjunto de jugadores al que denominan "La Roja", en mi casa imperaba el silencio más absoluto. No vi el partido de ayer, desde luego; pero es que tampoco he visto ni un solo minuto de todo el campeonato. Ni un pase, ni una repetición, ni un gol en diferido.

Cuento esto con cierto pudor, no porque esté confesando una rareza incómoda: los periódicos también están repletos de columnistas que declaran, ufanos, desmarcarse de los campos de juego del balompié, lo cual no deja de ser una suerte de orgullo y falta de humildad, por cuanto no se limitan a establecer su escasa afinidad por el deporte de masas por excelencia, sino que al hacerlo, se posicionan por encima del bien y del mal. Sé perfectamente que, en los tiempos que corren, apartarse de una corriente masiva suele interpretarse como un intolerable ejercicio de superioridad moral, cuando no de esnobismo intelectual. En mi caso, nada más lejos de la realidad. No me siento mejor que nadie por no vibrar con el fútbol, ni pretendo mirar por encima del hombro a los millones de compatriotas que legítimamente encuentran en este deporte una vía de escape, una alegría compartida o una hermosa catarsis colectiva. De hecho, hasta hace poco más de una década, me consideraba ferviente seguidor y animador de este tipo de gestas. Pero todo eso cambió. Mi desconexión no nació de la soberbia, sino de algo mucho más mundano, pesado y gris: el puro hartazgo.

Me pasa con el Mundial (y la Liga, y las motos, y los coches, y el baloncesto, y el tenis...) lo mismo que me ocurre con la televisión en general desde hace ya un tiempo. Siento una profunda fatiga ante el ruido ensordecedor de los contenidos hiperbólicos, el bucle infinito de las tertulias y esa imperiosa obligación de consumir y opinar al momento del surgimiento de las gestas deportivas para, con ello, seguir opinando al día siguiente, y al otro, y al otro también. Ibidem, las series de la tele o los estrenos cinematográficos o bibliográficos o del tipo que sea. La pantalla, resumidor crucial, en cualesquier formatos, así sea un aparato plano enorme o uno más pequeño que también podría emplearse para hacer llamadas de teléfono, se ha convertido en el generador perpetuo de un bombardeo constante de estímulos que, en lugar de entretener, tiene por objetivo saturar el cerebro. El fútbol actual, devorado por el negocio, el márquetin agresivo y la sobreinformación las veinticuatro horas del día, ha terminado por producirme el mismo efecto de rechazo que un mal programa de telerrealidad o los informativos clónicos de la sobremesa. Y no les cuento ya lo que me parece el Instagram y demás engendros...

Al final, quedarse al margen no es una declaración de guerra ni una pose de intelectual incomprendido. Es, simplemente, la humilde búsqueda de un poco de paz mental. Ayer, ganara quien ganase, y sé fehacientemente que venció la selección española, mi única victoria personal fue el silencio de una noche cualquiera de verano, cuyos sueños generan locuras eviternas. Por eso mi casa fue un pequeño oasis de tranquilidad en un mundo que insistía en gritar demasiado fuerte.


viernes, 10 de julio de 2026

Las manos atadas de Ermua

Quienes fuimos testigos de aquellas cuarenta y ocho horas de desesperación a mediados de julio de 1997, es difícil que encontremos en la memoria un acontecimiento de mayor sadismo, brutalidad, impiedad, inhumanidad y salvajismo. Si quieren les busco todos los sinónimos en el diccionario. Habría que trasladar el alma a los escenarios de las guerras para encontrar un ejercicio equiparable en crueldad e insensibilidad, con la diferencia de que, en las guerras, los soldados de ambos bandos son combatientes que sirven a las órdenes de los políticos que los envían al frente de batalla. En el cobarde y ruin asesinato de Miguel Ángel Blanco, sólo hubo soldados en uno de los frentes y dispararon a quemarropa a un inocente a quien ni siquiera disculparon la posibilidad de defenderse con las manos. Así ha sido ETA desde sus orígenes. Y así han sido las Vascongadas desde la segunda asamblea de aquélla. 

Lo mantuvieron amordazado durante dos días, mientras el reloj de su tramposo chantaje iba descontando minutos y las gentes de bien, de cualquier ideología, buscaba maneras de revertir la infame extorsión. ETA jamás tuvo intenciones de negociar: su objetivo era demostrar que podían obligar a todo un país a contener el aliento durante una cuenta atrás de dos días. Un monstruo tildado Txapote, cuyo nombre verdadero no merece ser escrito en parte alguna que no sea el papel higiénico usado, le descerrajó dos tiros mientras un segundo monstruo, conocido como Oker, lo obligaba a arrodillarse con las manos en la espalda. Miguel Ángel Blanco había sido secuestrado por la repugnante novia de Txapote, conocida como Amaia. Oker lleva muchos años muerto, de un balazo en la cabeza, pero Txapote y Amaia siguen vivos. 

Las gentes de toda España se echaron a la calle con las manos pintadas de blanco. Y nos dijeron que, en aquel julio de 1997, perdimos definitivamente el miedo. Nos repitieron, como un mantra anestésico, que aquellas manos blancas del Espíritu de Ermua habían arrinconado para siempre el terror. Sin embargo, casi tres décadas después del asesinato de Miguel Ángel Blanco, la realidad sigue mostrando una caligrafía muchísimo más amarga, el de la desmemoria institucionalizada, la paradoja más cruel que ha vertido nuestra democracia. Mientras los nombres de las víctimas se diluyen en los libros de texto, los verdugos regresan a sus pueblos entre vítores, aplausos y pasillos de honor camuflados de fiestas populares. Y el miedo que creíamos enterrado, jamás desapareció, habiendo mutado en indiferencia colectiva. No es alarmante el regreso físico de los presos a sus calles o que su vuelta sea celebrada con júbilo por una multitudinaria caterva de vascos embrutecidos y alienados. Espanta, sobre todo, el retorno moral a las instituciones que han perpetrado los terroristas y sus secuaces. 

Quienes empuñaron las armas, jalearon el horror o señalaron con nombre y apellidos a las víctimas, se arrogan ahora el derecho a impartir lecciones de ética y dictar qué es o no es democrático. ETA, desde su tumba bien soleada de flores y aire perfumado, y pese a su incierta desaparición, posee la capacidad de condicionar la labor política (oprobiosa) de nuestro desGobierno. El sueño abyecto y despreciable de independencia ha sido, además, recogido por sablistas de medio pelo, ufanados en su codicioso y voraz egoísmo político. Unos se llaman PNV, otros ERC, otros ya no me acuerdo (de tantos nombres como ha tenido). Ninguno de ellos maldice la inversión absoluta del relato: que el verdugo ha sido reconvertido en legislador y que la víctima (las víctimas, que fueron muchas) ha quedado reducida, para ellos, a un incómodo estorbo del pasado por su capacidad de contrariar las ansias de secesión. Y esto es España, a uno y otro lado. La triste miseria de un pueblo que solo sabe de fútbol.

Recordar a Miguel Ángel Blanco, para mí, jamás será el frío acto de una agenda anual en manos de los políticos. A raíz de su asesinato, todo el secesionismo e independentismo vasco se puso de acuerdo para amortiguar, y revertir, aquello del Pacto de Ermua. Y lo consiguieron. Lo mismo que ERC acordó con los monstruos que sólo a ellos, los catalanes, debían respetar (todos los demás éramos prescindibles). Por ese motivo la efemérides del vil asesinato de Miguel Ángel Blanco debe ser la denuncia de un presente donde la justicia se negocia y la dignidad se pisotea. Si permitimos que el blanqueamiento sustituya a la memoria histórica, la de verdad, no la de estos politicastros de ahora, aquellas manos blancas de 1997 no habrán servido sino para certificar nuestra rendición.

viernes, 3 de julio de 2026

El dolor que no cesa

La tierra posee fracturas. Y estas fracturas, en ocasiones, ocasionan un inmenso dolor a los seres humanos, los únicos animales con capacidad para entender y asumir la existencia de la muerte. 

El devastador doblete sísmico que sacudió hace unos días la región norte de Venezuela, y cuyas réplicas e impacto humanitario siguen manteniendo al país en vilo durante este inicio del mes de julio, ha dejado al descubierto mucho más que las placas tectónicas cuyo movimiento caracteriza a este planeta donde vivimos. La tragedia, concentrada con brutalidad en el estado La Guaira y en Caracas, ha superado la pavorosa cifra de cinco mil fallecidos y dejado sin hogar a casi veinte mil personas. No obstante, cabe mencionar que la verdadera magnitud de este desastre no reside en los sismógrafos ni en la furia ciega de la naturaleza, la misma por la que tanto hacemos para desconocer, pese a que nos amedrenta, sino en la fragilidad acumulada de una nación entera que hace ya demasiado tiempo que se esfuerza en alcanzar la inanidad absoluta, lo cual dice muy poco de sus dirigentes (el del bigote encarcelado y ya olvidado, y la señora y los caballeros que, siendo constructores del desastre, aún siguen asomando sus malditas narices por los palacios e instituciones en pie). 

Cuando el suelo se quiebra bajo los pies de una población que arrastra décadas de emergencia humanitaria, colapso institucional y precariedad en los servicios públicos, cualquier desastre natural se transforma de inmediato en un veredicto social a nivel planetario, aunque tal contingencia no suponga luego nada. de hecho, la llamada "zona cero" de esta catástrofe es evidencia suficiente para entender que la vulnerabilidad humana es el resultado de un larguísimo descuido estructural, que es justo aquello que sucede en las naciones cuyos dirigentes solo piensan en sí mismos y en sus autárquicas manifestaciones de poder, en lugar de pensar en la población civil de la que dicen sentirse líderes (a los españoles nos suena mucho todo esto últimamente). Que haya hospitales sin insumos suficientes, que los sistemas de rescate estén desbordados de inmediato, o que las edificaciones sean vulnerables por haber sido erigidas al margen de la rigurosidad sísmica planetaria, son todas ellas las grietas por las que se escurre la vida de miles de compatriotas venezolanos. El dolor de los padres que buscan a sus hijos entre las toneladas de escombros es un grito desgarrador que, en cualquier otro lugar del mundo, exigiría respuestas inmediatas y no promesas vacías. Y nuevamente pongo a España como ejemplo de esta deriva, donde, como respuesta de un horrendo accidente ferroviario, al primate homínido encargado de la gestión ministerial competente solo se le ocurre insultar y despreciar (tampoco es que sepa hacer otra cosa en ninguna de las áreas de la vida).

Las más de mil réplicas que han seguido estremeciendo el país sudamericano nos recuerdan, con tristeza y no poca estupefacción, que la Tierra es un planeta que aún no se ha asentado, justo el lugar donde vivimos. Para los afectados, como en cualquier otra catástrofe natural, la reconstrucción de las zonas devastadas será un proceso largo y doloroso. Por ello, uno tiende a pensar que la masa política de este mundo debería pensar en mejorar las infraestructuras y crear los sistemas necesarios para que nos adaptemos con éxito a los procesos telúricos y atmosféricos que nos atosigan de tanto en cuando (cambio climático incluido). Pero no sucederá así. Todo aquello cuyo periodo de maduración supere los cuatro años y no suponga una foto de inauguración, ha de quedar de inmediato relegado al olvido. Que se lo cuenten en España a los conductores y usuarios del tren. En Venezuela, lo de cuidar a los vivos y honrar a los fallecidos parece un mal chiste a estas alturas de la Historia.

viernes, 26 de junio de 2026

Es él y siempre lo fue

Hace bastantes semanas que no cito al indocto Pedro Sánchez, Presidente del actual desGobierno y secretario general del PSOE, en relación a uno cualquiera de los muchos asuntos, gravísimos y alevosos, que le conciernen. No lo hago por la obviedad con que se van aclarando todos los hechos que llenan los titulares y las columnas de opinión.

Es él. Siempre fue él. Lo mismo que siempre ha sido Zapatero. y Bono. Y Blanco. Y no sé cuántos más. Pero, ante todo, he de repetir que fue él. Y es él. Él es el responsable de la actual situación preguerracivil en que nos hallamos sumidos (si la gente no blande las armas y se lía a tiros unos contra otros es por la lógica deferencia que se tiene aún a la vida del prójimo, no así a sus ideas). Él es la causa y el resultado de la corrupción galopante, sistémica, terminal, metastasíaca, que infecta todo, desde el propio Gobierno (¿ni un solo ministro justo, equitativo, racional, honorable? ¿ninguno, de veras?), al propio PSOE (¿ni un solo parlamentario con decencia y vergüenza ajena? ¿hasta cuándo han de soportar la imbecilidad de Patxi López? ¿de verdad no conciben que es todo mucho más sencillo si, sencillamente, dimiten y cesan el cargo, rehusando a canonjías, canonicatos, prebendas y momios en pos de la rehabilitación de su partido?), a la estructura del Estado (¿cuándo dejó de haber pundonor en la Policía, o en la Guardia Civil, o en la Fiscalía? ¿Lo recobrarán alguna vez? ¿Hasta dónde nos ha de sonrojar el comportamiento del Constitucional y de no sé cuántos organismos más que, todos ellos, chupan de la magra teta estatal para llevarse a casa un estipendio a cambio de su incondicional adhesión a los principios del movimiento socialista, cuasiobrero y antiespañol?), a las restantes autoridades del Estado (Presidenta del Congreso, sabemos que es usted una inútil, pero ¿por qué no lo disimula un poco en el actual momento decadentista? ¿cuándo sucedió que le importó una higa su postrera semblanza en las páginas de la Historia?), incluso a los medios periodísticos, compuestos de un hartazgo catervario de turiferarios, lametones, pelotas, lisonjeros, lameculos, lambiscones y lagoteros, como no los hubo jamás en tiempo alguno preterido. 

Es él. Siempre lo fue. Los suyos se lo han llevado crudo (la de dinero que ha de tener Ábalos y Koldo y Cerdán en sus huchas dominicanas, no quiero pensar en ello) y él, que lo ha consentido, no ha hecho de su anuencia dejación de funciones, sino exacerbación de sus ganancias. Con el tiempo saldrá todo a la luz. Habrá que dejar que la UCO y la UDEF y los Aldamas destapen lenta y pormenorizadamente todas y cada una de sus múltiples vergüenzas (son tantas, que seguramente podrá componerse una enciclopedia del opróbico gobernante, basado en su biografía). A mí no me da la gana imponer la presunción de una inocencia que, de existir, que lo dudo, sólo serviría para abundar en la inutilidad y esterilidad de su mandato, cosa de la que ya estamos enterados. 

¿Es usted socialista? Peor para usted. Siento que se vea tan humillado, vejado, degradado, afrentado, avergonzado, sometido y pisoteado por quien usted siempre ha defendido. Una defensa fundamentada en el fundamentalismo ideológico que usted mantiene, y solo usted, y en su vesania de usted, y en su querencia compartida por continuar con la existencia de las dos Españas (que debieron quedar hace mucho extintas, pero que se empeñaron en resucitar de continuo el Zapatero cubierto de oro y joyas, y ahora el Sánchez cubierto de mierda, a quienes a usted no le queda otra que defender, no sea que su orgullo de usted se vea hecho añicos definitivamente y por los siglos de los siglos). Qué vergüenza ser lo que usted se siente. Quizá le quede el consuelo, triste, taciturno, de pensar que los del otro lado son iguales o peores. Allá usted si se cree sus propias mentiras, sus insidias de mal perdedor, de emasculado títere de aquellos que manejan los hilos de sus brazos y neruones sin -tal vez- usted percatarse de ello. A mí, la verdad, me la pela. Yo no simpatizo ni con el gallego ni con el vasco. Por eso replico: piense usted lo que quiera. Lo peor de una boñiga intelectual es no advertir el mal olor que despierta por haberse oxidado y solidificado con el aire y el sol y la lluvia (sí: la boñiga es su pensamiento, no lo ponga en duda: yo se lo aclaro).

Siempre fue él. Pedro Sánchez: el infiel enamorado, el postulante de un partido incapaz de encontrar dos hombres justos entre toda la gleba afiliada a sus principios -que no finales, de ahí el desconcierto-. El que no tardará en huir llevándose a su esposa consigo allá donde los paraísos impiden enchironar a los idiotas malvados y los aprendices de dictador. Veremos si deja subir al Zapatero en el avión que lo lleve al exilio... Creo que es lo único que queda de indefinición y vaguedad en toda esta historia del oprobio, vestido de rosa y puño. ¿Se irá solo o se irán todos al alimón? Ésa sí es una buena porra, y no la del Mundial.    

viernes, 19 de junio de 2026

Mancones

Ciertas palabras sobreviven al igual que lo hacen ciertas aves en las marismas: medio ocultas entre el barro, el junco y los cañaverales. En la Baja Andalucía llaman mancones a ciertos patos cuando, durante la muda, pierden temporalmente la capacidad de volar. No se hallan mutilados, aunque el nombre parezca insinuarlo (las voces antiguas disponían del encanto, ya preterido, de la brutalidad a la hora de afianzar los conceptos). No están vencidos ni han renunciado al cielo. Simplemente atraviesan una estación biológica de indefensión, un interregno en que la naturaleza, que jamás se muestra sentimental, por mucho que los ciudadanos de hogaño pretendan creerlo, pero sí profundamente sabia, exige a estas criaturas la pérdida del vuelo antes de devolverles la capacidad de alzarse.

El mancón no es, por tanto, un pato fracasado. Es, diríamos, un pato en tránsito. Un animal suspendido entre dos formas de ser. Ha dejado atrás las plumas que ya no le servían y todavía no ha repuesto las que le permitirán regresar al dominio aéreo. Durante ese tiempo queda a ras del mundo. Pesa más y se mueve peor. Su antiguo dominio del espacio se convierte en una torpeza prudente. En lugar de transitar el cielo, se encuentra detenido de agua detenida y barro. Por ese motivo se esconde entre los juncos y los cañaverales, para poder guarecerse de los depredadores.

Nuestra época, ésta en la que vivimos, naturalmente no es capaz de entender al mancón. Creería que sí, pero realmente trataría de diagnosticarlo. Lo vería inmóvil en la orilla y tal vez pensaría en algún estilo de decadencia. Lo observaría escondido entre los juncos y sospecharía depresión, agotamiento, resentimiento, baja resiliencia o falta de ambición. Algún experto, de esos que fabrican párrafos con pretensiones de hondura usando unos pocos anglicismos y el YouTube, explicaría que lo que realmente necesita el mancón es reinventarse, salir de su zona de confort, trabajar su marca personal y recuperar cuanto antes su visibilidad. Otro, más terapéutico, le recomendaría reconciliarse con su vulnerabilidad mediante un proceso de aceptación consciente. Un tercero, más político, identificaría en su quietud una protesta estructural contra el sistema de vuelo hegemónico durante siglos, y lo tildaría de revolucionario antipatriarcal. Un cuarto, inevitablemente, abriría un hilo en una IA.

La realidad, y su verdad más insosloyable, es que vivimos en una sociedad que no sabe nada de manquerías. Y no saberlo es otra forma moderna de ignorancia, de las cuales abundan por doquier. No se trata sólo del desconocimiento de una palabra rural, o haber perdido familiaridad con los ritmos de las aves, las estaciones, las labores del campo o la delicada gramática que posee las cosas que están vivas. Ese tipo de ignorancia, de tan extendida como se encuentra, resulta casi inocente: las carencias de biblioteca (de lecturas) son tan consuetudinarias que a quienes se hayan a salvo de ellas los tratamos como rarezas ejemplares. La ignorancia verdadera, y a la que me estoy refiriendo, es otra. Consiste en creer que todo lo que no comparece ante el tribunal luminoso de la actualidad ha dejado de existir hace mucho tiempo. Y, qué quieren que les diga, mis caros lectores: de alguna manera ya es así.

Antes, en tiempos mucho mejores, no solamente diferentes, incluso quienes sabían poco demostraban una sabiduría maravillosa. Por ejemplo, de la existencia de los tiempos de siembra y los tiempos de siega. Los tiempos de luto y los tiempos de boda y tornabodas. Los tiempos de recogimiento y los excepcionales tiempos de fiesta. Los tiempos del aprendizaje, de la penitencia, el duelo, la enfermedad, la convalecencia, el silencio y la espera. La vida estaba atravesada por ritos que no siempre servían para celebrar, también eran útiles para proteger, demorar, purificar o permitir que algo madurase sin ser inmediatamente sometido a la vulgaridad del comentario público. Había clausuras y umbrales, y puertas que no debían abrirse antes de tiempo.

Hoy hemos sustituido todos esos ritos por otros mucho más ruidosos y, desde luego, más estúpidos. El rito contemporáneo por excelencia consiste en aparecer. Aparecer opinando, aparecer dolido, aparecer indignado, aparecer feliz, aparecer auténtico, aparecer espontáneo (después de doce intentos), aparecer comprometido con cualquier causa que toque, aparecer disponible, aparecer en contra, aparecer a favor...  Se debe aparecer, de lo que sea. La existencia se ha convertido en una sucesión de pequeñas comparecencias ante una administración invisible y digitalizada que exige de manera sostenida pruebas periódicas de adhesión al mundo. Quien no publica, no está. Quien no reacciona, es porque consiente. Quien no se pronuncia, es porque oculta algo o es reaccionario (fascista, que dicen ahora).

Por eso el mancón resulta una figura tan incómoda. Porque encarna una forma de verdad que nuestra época detesta: la verdad de los procesos invisibles. Nadie ve crecer las plumas nuevas. Nadie aplaude la muda. Nadie felicita al ave por su discreta obediencia a una ley ancestral, muy anterior a todos nuestros reglamentos morales. El mancón no produce ni sabe producir ningún relato. Su narración es la de su propia existencia sujeta a las leyes de la naturaleza. Por eso no inspira titulares. No puede volar ante las cámaras ni convertir su espera en una charla motivacional. Siplemente está, vulnerable, terrestre, expuesto, incompleto. Y, sin embargo, precisamente por esa sencillez ontológica, se encuentra mucho más cerca de la verdad que todos nosotros.

Qué espanto nos habría de producir descubrir que no estamos volando, sólo batiendo unas alas envejecidas prematuramente delante de un espejo. Y esa es la sospecha que el mancón introduce, modestamente, desde su lodazal. La quietud no es una derrota porque seguir agitando las alas obsoletas es justamente la forma más torpe de impedir que crezcan las nuevas. Esta pregunta es insoportable para una sociedad que ha convertido la continuidad de la apariencia en una obligación moral. El antiguo mundo, con todos sus horrores y sus supersticiones y sus atrasos, tenía al menos una intuición que nosotros hemos extraviado. Cuando, actualmente, se nos pide ser vulnerables, siempre es de un modo narrativamente rentable. O lo que es lo mismo: con capacidad de crear seguidores e influidos. Si es de ese modo, es permisible estar tristes siempre que esa tristeza pueda integrarse en un relato de crecimiento. También se nos concede fracasar, siempre que dciho fracaso venga con un selfie en el que nos hallemos mirando lánguidamente por la ventana. Y así con todo. La intimidad del alma ha devenido en un mercado persa.

El mancón no necesita testimoniar nada, ni explicar el proceso por el que atraviesa. No necesita abrir un canal o una historia en las redes sociales. No titula su experiencia como "Aquello que aprendí cuando dejé de volar". No puvblica vídeos desde el cañaveral ni funda una comunidad de aves temporalmente no aéreas. No pide reconocimiento simbólico ni una reparación histórica por las bromas crueles de las garzas. Permanece. Aguarda. Y sobrevive. Tal sobriedad animal contiene una lección que se nos ha vuelto casi ininteligible. 

Quizá por ello nuestros ritos son tan pobres. Disponemos de ritos de adhesión, pero no de transformación. Ritos de pertenencia, pero no de crecimiento o conocimiento (y no, no disculpo tampoco los pseudorituales quechuas con que los urbanitas tratan de paliar la descolonización de su pensamiento). Nos faltan, en una palabra, manquerías. La muda es indigna, ensucia, deja restos y obliga a admitir que aquello con lo que uno se elevaba antes, ya no sirve y ha de ser despojado. El mancón no se engaña. Está en el barro porque es donde debe estar. No confunde su actual torpeza con su destino y, por descontado, no hace doctrina de su impotencia. No proclama que volar sea una construcción cultural de las aves dominantes. No celebra la caída como si la caída fuese una forma superior de sabiduría. Tampoco se odia por no poder elevarse. Su humildad no es moral, es biológica. Acepta la estación que le ha correspondido. Sabe, con esa sabiduría sin lenguaje de los animales, que hay una fidelidad más profunda que la fidelidad a la imagen que uno tiene de sí mismo: la fidelidad a la transformación. La que nosotros hemos perdido.

Los mancones, por supuesto, volverán a volar. Al menos, los que no sean cazados por los manqueros (que todavía los hay, porque la carne del pato cocido hasta caramelizarse la carne con la propia grasa es una delicia de restaurantes de muchas estrellas). Pero nosotros, francamente, no estoy tan seguro de que volvamos algún día a saber nada de nada.

viernes, 12 de junio de 2026

Alza la mirada, no te deslumbres

Le pongo al día rápido, no sea que usted, caro lector, un tanto anacrónico (como yo), haya llegado al guateque cuando ya se va la gente. Hoy en día nadie sabe lo que es un guateque. Por ahí empezamos...

El Papa León XIV, agustino, primer pontífice nacido en Estados Unidos (con raíces familiares españolas, por cierto, lo cual a la prensa rosa le ha dado carnaza para semanas), eligió el nombre pensando en León XIII y la "Rerum Novarum", y ha decidido —como bien sabe usted si leyó mi anterior columna— que la cuestión social de nuestro tiempo es la inteligencia artificial. Pero esta columna habla de la visita a España, que se ha desarrollado entre el 6 y el 12 de junio (escribo esto cuando el Papa se despide de nuestro país en las Canarias). El Papa argentino no se avino a venir, pero sí lo hizo Benedicto Ratzinger (el incomprendido) en 2011. 

Lo han leído en las noticias o visto en el telediario, si aún conserva el dudoso gusto de enterarse de las noticias por la tele. Ha hablado en el Congreso (primera vez para un pontífice), ha inaugurado la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia y ha cargado el viaje de inmigración por la vía canaria.

La encíclica que no me ha gustado, lo saben bien mis caros lectores, es "Magnifica Humanitas", firmada el 15 de mayo (el aniversario exacto de la "Rerum Novarum" , gesto nada inocente) y publicada el pasado día 25 para discernir «sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial». Y aquí viene lo que debería ponerle a usted, y a mí, y a cualquiera, los dientes largos como escarpias: es agustiniana hasta la médula. Cita "De Civitate Dei" , despliega los dos amores y las dos ciudades, y opone la nueva torre de Babel a la ciudad donde Dios y el hombre habitan juntos. Son, en total, 245 párrafos. Sobre el papel, es lo más teológicamente musculoso que se podía pedir a alguien formado en Wojtyła y enamorado de Ratzinger. Como yo. Pero dudo que está aseveración mía sea compartida por los cientos de miles de devotos ciudadanos del mundo para quien "Diosito", "Jesusito" y demás torturas repipis (propia de Iberoamérica) es la única forma de creer. Una forma mediocre y estúpida, pero esa es otra cuestión.

Y sin embargo a usted, como a mí, la tan celebrada encíclica sobre la moral en los tiempos de la IA seguramente le haya dejado frío. Y ahí es donde está esta columna. No en el Papa: en usted y en mí (y si no concuerda conmigo, solo en mí). El motor que mueve el espíritu columnario de este texto no es "un Papa más", sino la paradoja: soy un teófilo que reverencia a dos pontífices doctrinalmente macizos y que se encuentra, por fin, con un agustino que le sirve "La Ciudad de Dios" en bandeja… y bosteza. ¿Por qué? Esa es la pregunta que sostiene las mil quinientas palabras (no las he contado) de esta columna. 

Sospecho que la reciente fontanería (dichosa palabra de este momento)  agustiniana está montada sobre una preocupación que huele a informe de comité de pánico de la Iglesia por no llegar tarde al titular sobre aquello que está en boca de todos. Agustín, como andamio decorativo de una encíclica que, despojada del latín, podría firmar un panel de Davos, es una excusa. Y algo mala, por cierto.

Para lo ameno ya tiene usted un regalo que no se ha buscado —porque me lo han chivado— y que no es otra cosa que el himno oficial: "Alza la mirada", nacido en una "Song Camp" —una jornada intensiva de compositores, veinticuatro horas contra el reloj en un estudio de Madrid—, y producido por gente de la música católica pop de ahora (ignorados por mí todos ellos como Hakuna o Tuyo y compañía). Fue grabado por mil setecientas voces simultáneas en cuatro catedrales y subido a las plataformas con su versión en inglés (I Lift Up My Eyes), que tampoco he escuchado. Faltaría más. Lo delicioso, para usted, que no para mí , es que el estribillo es San Agustín reciclado en pop devocional, con el viejo "inquietum cor nostrum" —el corazón inquieto que no descansa hasta Dios— convertido en gancho del streaming. Creo que ha faltado la versión reguetón. Creo.

Total. Agustín aparece dos veces en esta columna. Arriba, la primera vez, en una encíclica de 245 párrafos que teme a la máquina y de la que ya hablé la semana pasada. Y abajo, en un himno fabricado con la lógica exacta de la misma máquina denunciada —sesión exprés, producto, catálogo digital, métrica de reproducciones—. Se lo explico mejor: la Iglesia denuncia la era que al mismo tiempo la patrocina. Y el columnista que se lo cuenta todo esto, no se lo pierda, lo ha averiguado preguntándole a una inteligencia artificial (porque no me puse a leer las miles de noticias sobre el Papa y su visita, desde luego).

Ese chiste meta queda ahí si usted lo quiere entender; yo no lo tocaría más porque envenena rápido. Y la muerte es atroz. Muerte por medianía.