viernes, 19 de junio de 2026

Mancones

Ciertas palabras sobreviven al igual que lo hacen ciertas aves en las marismas: medio ocultas entre el barro, el junco y los cañaverales. En la Baja Andalucía llaman mancones a ciertos patos cuando, durante la muda, pierden temporalmente la capacidad de volar. No se hallan mutilados, aunque el nombre parezca insinuarlo (las voces antiguas disponían del encanto, ya preterido, de la brutalidad a la hora de afianzar los conceptos). No están vencidos ni han renunciado al cielo. Simplemente atraviesan una estación biológica de indefensión, un interregno en que la naturaleza, que jamás se muestra sentimental, por mucho que los ciudadanos de hogaño pretendan creerlo, pero sí profundamente sabia, exige a estas criaturas la pérdida del vuelo antes de devolverles la capacidad de alzarse.

El mancón no es, por tanto, un pato fracasado. Es, diríamos, un pato en tránsito. Un animal suspendido entre dos formas de ser. Ha dejado atrás las plumas que ya no le servían y todavía no ha repuesto las que le permitirán regresar al dominio aéreo. Durante ese tiempo queda a ras del mundo. Pesa más y se mueve peor. Su antiguo dominio del espacio se convierte en una torpeza prudente. En lugar de transitar el cielo, se encuentra detenido de agua detenida y barro. Por ese motivo se esconde entre los juncos y los cañaverales, para poder guarecerse de los depredadores.

Nuestra época, ésta en la que vivimos, naturalmente no es capaz de entender al mancón. Creería que sí, pero realmente trataría de diagnosticarlo. Lo vería inmóvil en la orilla y tal vez pensaría en algún estilo de decadencia. Lo observaría escondido entre los juncos y sospecharía depresión, agotamiento, resentimiento, baja resiliencia o falta de ambición. Algún experto, de esos que fabrican párrafos con pretensiones de hondura usando unos pocos anglicismos y el YouTube, explicaría que lo que realmente necesita el mancón es reinventarse, salir de su zona de confort, trabajar su marca personal y recuperar cuanto antes su visibilidad. Otro, más terapéutico, le recomendaría reconciliarse con su vulnerabilidad mediante un proceso de aceptación consciente. Un tercero, más político, identificaría en su quietud una protesta estructural contra el sistema de vuelo hegemónico durante siglos, y lo tildaría de revolucionario antipatriarcal. Un cuarto, inevitablemente, abriría un hilo en una IA.

La realidad, y su verdad más insosloyable, es que vivimos en una sociedad que no sabe nada de manquerías. Y no saberlo es otra forma moderna de ignorancia, de las cuales abundan por doquier. No se trata sólo del desconocimiento de una palabra rural, o haber perdido familiaridad con los ritmos de las aves, las estaciones, las labores del campo o la delicada gramática que posee las cosas que están vivas. Ese tipo de ignorancia, de tan extendida como se encuentra, resulta casi inocente: las carencias de biblioteca (de lecturas) son tan consuetudinarias que a quienes se hayan a salvo de ellas los tratamos como rarezas ejemplares. La ignorancia verdadera, y a la que me estoy refiriendo, es otra. Consiste en creer que todo lo que no comparece ante el tribunal luminoso de la actualidad ha dejado de existir hace mucho tiempo. Y, qué quieren que les diga, mis caros lectores: de alguna manera ya es así.

Antes, en tiempos mucho mejores, no solamente diferentes, incluso quienes sabían poco demostraban una sabiduría maravillosa. Por ejemplo, de la existencia de los tiempos de siembra y los tiempos de siega. Los tiempos de luto y los tiempos de boda y tornabodas. Los tiempos de recogimiento y los excepcionales tiempos de fiesta. Los tiempos del aprendizaje, de la penitencia, el duelo, la enfermedad, la convalecencia, el silencio y la espera. La vida estaba atravesada por ritos que no siempre servían para celebrar, también eran útiles para proteger, demorar, purificar o permitir que algo madurase sin ser inmediatamente sometido a la vulgaridad del comentario público. Había clausuras y umbrales, y puertas que no debían abrirse antes de tiempo.

Hoy hemos sustituido todos esos ritos por otros mucho más ruidosos y, desde luego, más estúpidos. El rito contemporáneo por excelencia consiste en aparecer. Aparecer opinando, aparecer dolido, aparecer indignado, aparecer feliz, aparecer auténtico, aparecer espontáneo (después de doce intentos), aparecer comprometido con cualquier causa que toque, aparecer disponible, aparecer en contra, aparecer a favor...  Se debe aparecer, de lo que sea. La existencia se ha convertido en una sucesión de pequeñas comparecencias ante una administración invisible y digitalizada que exige de manera sostenida pruebas periódicas de adhesión al mundo. Quien no publica, no está. Quien no reacciona, es porque consiente. Quien no se pronuncia, es porque oculta algo o es reaccionario (fascista, que dicen ahora).

Por eso el mancón resulta una figura tan incómoda. Porque encarna una forma de verdad que nuestra época detesta: la verdad de los procesos invisibles. Nadie ve crecer las plumas nuevas. Nadie aplaude la muda. Nadie felicita al ave por su discreta obediencia a una ley ancestral, muy anterior a todos nuestros reglamentos morales. El mancón no produce ni sabe producir ningún relato. Su narración es la de su propia existencia sujeta a las leyes de la naturaleza. Por eso no inspira titulares. No puede volar ante las cámaras ni convertir su espera en una charla motivacional. Siplemente está, vulnerable, terrestre, expuesto, incompleto. Y, sin embargo, precisamente por esa sencillez ontológica, se encuentra mucho más cerca de la verdad que todos nosotros.

Qué espanto nos habría de producir descubrir que no estamos volando, sólo batiendo unas alas envejecidas prematuramente delante de un espejo. Y esa es la sospecha que el mancón introduce, modestamente, desde su lodazal. La quietud no es una derrota porque seguir agitando las alas obsoletas es justamente la forma más torpe de impedir que crezcan las nuevas. Esta pregunta es insoportable para una sociedad que ha convertido la continuidad de la apariencia en una obligación moral. El antiguo mundo, con todos sus horrores y sus supersticiones y sus atrasos, tenía al menos una intuición que nosotros hemos extraviado. Cuando, actualmente, se nos pide ser vulnerables, siempre es de un modo narrativamente rentable. O lo que es lo mismo: con capacidad de crear seguidores e influidos. Si es de ese modo, es permisible estar tristes siempre que esa tristeza pueda integrarse en un relato de crecimiento. También se nos concede fracasar, siempre que dciho fracaso venga con un selfie en el que nos hallemos mirando lánguidamente por la ventana. Y así con todo. La intimidad del alma ha devenido en un mercado persa.

El mancón no necesita testimoniar nada, ni explicar el proceso por el que atraviesa. No necesita abrir un canal o una historia en las redes sociales. No titula su experiencia como "Aquello que aprendí cuando dejé de volar". No puvblica vídeos desde el cañaveral ni funda una comunidad de aves temporalmente no aéreas. No pide reconocimiento simbólico ni una reparación histórica por las bromas crueles de las garzas. Permanece. Aguarda. Y sobrevive. Tal sobriedad animal contiene una lección que se nos ha vuelto casi ininteligible. 

Quizá por ello nuestros ritos son tan pobres. Disponemos de ritos de adhesión, pero no de transformación. Ritos de pertenencia, pero no de crecimiento o conocimiento (y no, no disculpo tampoco los pseudorituales quechuas con que los urbanitas tratan de paliar la descolonización de su pensamiento). Nos faltan, en una palabra, manquerías. La muda es indigna, ensucia, deja restos y obliga a admitir que aquello con lo que uno se elevaba antes, ya no sirve y ha de ser despojado. El mancón no se engaña. Está en el barro porque es donde debe estar. No confunde su actual torpeza con su destino y, por descontado, no hace doctrina de su impotencia. No proclama que volar sea una construcción cultural de las aves dominantes. No celebra la caída como si la caída fuese una forma superior de sabiduría. Tampoco se odia por no poder elevarse. Su humildad no es moral, es biológica. Acepta la estación que le ha correspondido. Sabe, con esa sabiduría sin lenguaje de los animales, que hay una fidelidad más profunda que la fidelidad a la imagen que uno tiene de sí mismo: la fidelidad a la transformación. La que nosotros hemos perdido.

Los mancones, por supuesto, volverán a volar. Al menos, los que no sean cazados por los manqueros (que todavía los hay, porque la carne del pato cocido hasta caramelizarse la carne con la propia grasa es una delicia de restaurantes de muchas estrellas). Pero nosotros, francamente, no estoy tan seguro de que volvamos algún día a saber nada de nada.

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