viernes, 29 de mayo de 2026

Vísperas del fuego

Los animales saben ventear el aire. Es una capacidad extinta, prácticamente, en el ser humano. Solo algunas tribus aisladas en la Polinesia o el Más Índico la poseen, y estoy inseguro por cuánto tiempo. Como en tantas otras situaciones, el uso de la tecnología ha reducido las capacidades humanas para relacionarse sin intermediación con el medio que lo rodea. Me produce cierta sonrisa contemplar esos anuncios de aplicaciones de móviles que, con una sola foto de las hojas de una planta, indican qué ha de hacer su cuidador: eliminar el riego, añadir nutrientes, curar una plaga... Mi padre disponía de una edición añosa de "Le bon jardinier", el famoso manual de de horticultura francés publicado por vez primera en 1755 y que, durante siglos, sirvió a toda Europa como referencia enciclopédica sobre técnicas de cultivo, botánica y manejo de huertos. La tenemos en el pueblo, relegada al olvido y su contenido estético únicamente. 

El aire y la tierra no mienten, pero ya no sabemos interpretarlos, leer sus palabras, comprender el modo en que aportan información. Los campos huelen ya a tierra seca, pero a nadie le importa realmente. Nos acordamos del protector solar que quedó olvidado, el otoño pasado, en el fondo del cajón del lavabo, seguramente metido en un estuche de tocador, junto con otros objetos, pero a nuestra mente no acude con presteza la agitación secreta que queda acunada en las copas de los árboles conforme renuevan sus hojas. Yo debo saber interpretarlo porque me toca recoger la hojarasca prácticamente a diario. El pulgón empieza a remitir en el granado, pero la cochinilla blanca se ha diversificado definitivamente por las arizónicas que habré de retirar tras el verano y reemplazarlas por fotinias. Pero es evidente que el mes de junio entró anticipadamente sin pedir permiso, trayendo consigo la luz horizontal y limpia que estira las tardes hasta convertirlas en una imagen redentora para los ojos que saben contemplarlas. Estamos aún suspendidos de un umbral, cuando la primavera dobla sus mapas de lluvia y se rinde, mansa, ante la inminencia del estío. Es una transición casi imperceptible para los ojos, pero devastadora para el espíritu y el cuerpo, que la sufre.

El verano no es solo una estación climática. Se siente en la piel mucho antes de alumbrar el fuego purificador de san Juan en el calendario. Las persianas bajadas al mediodía inventan, en su simpático crujido, una penumbra fresca para aquellos que saben hospedar la oscuridad en las casas, que no todos saben. Los pajarillos (mirlos, gorriones) revolotean y saltan entre la hierba, solazándose en las fuentes con agua. El regreso de los vencejos traza un alfabeto invisible en el cielo durante el crepúsculo, espectáculo simpar que merece ser admirado. Hay algo profundamente poético en estos días previos, aunque no lo percibamos. Los vates de antaño hablarían de la existencia de un nerviosismo mineral, rocoso y abundante, que contagia a las ciudades de asfalto y hace que la gente camine más lento,  cosa natural, pero también con la sonrisa estampada en el rostro en cuanto cae la tarde. A mí solo me irritan esos rebaños de ciclistas que salen a las carreteras cuando el sol es más dañino, incapaces de pedalear en la fresca, como hacemos algunos, y sin disturbar el deambular de los motores eléctricos o de explosión.

Habitar esta víspera estival posee una magia distinta a la del propio hallazgo, que arrancará con el rito ancestral, y bastante deslustrado ya, del fuego purificador. En junio es cuando asentamos definitivamente el rumbo de las vacaciones, cuando proyectamos el deseo del viaje (siempre más hermoso que el viaje en sí mismo) en la escaleta de las semanas disponibles para hacerlo. Qué lindo es soñar con los ambientes más gratos: contiene todas las posibilidades del infinito. En esta antesala, el mar es aún una idea perfecta, y el rumor del oleaje aún no ha sido profanado por la masificación y el ruido (porque la gente tampoco sabe vivir sin ruido ni música estridente ni los sones insoportables de los vídeos que contempla, en todas partes, con su celular). Las noches de terraza alargan las conversaciones aunque penda sobre ellas la tiranía del despertador de la mañana siguiente. Por ese motivo la rutina pesa menos, porque la imaginación ya ha tendido sus toallas sobre la arena del pensamiento. Hay una tregua silenciosa en este pacto entre lo vernal y lo estival, un pacto tácito entre el tiempo que ha de transcurrir y la memoria de los tiempos pretéritos que no han de volver jamás.

Pronto llegará el imperio del calor absoluto. Con el asfalto temblando bajo el peso del desasosegante mediodía, las sábanas que tornan enemigas a las tres de la madrugada y la luz abrasadora que, de tan intensa, incluso borra los contornos del paisaje. El verano es rotundo y, a veces, cruel en su insistencia. Por eso, el verdadero milagro está sucediendo ahora, en este preciso equilibrio primordial entre el sol que se despide con timidez dorada y la noche que regala una brisa que sabe a sándalo y a misterio.

Veremos cambiar, una vez más, el ritmo en las ciudades. Los parques se llenarán de buscadores de hierba recién regada como náufragos sedientos de tierra firme. Los niños, en las escuelas, comienzan a mirar por la ventana con los ojos encendidos por la libertad que se avecina. Las sandalias (ojalá desaparezcan para siempre las chancletas) y los vestidos cortos han regresado a las aceras con sus andares rítmicos y ligeros. Es el tiempo del anhelo puro, cuando la vida se desnuda de abrigos y de prisas para entregarse a la contemplación de lo sencillo. El verano está a la vuelta de la esquina, con su hoguera lista para devorarlo todo, recordándonos que existir, al fin y al cabo, consiste en saber arder con cierta gracia (ésa de cuya carestía nos lamentamos en otras columnas).

No hay comentarios:

Publicar un comentario