Ser de izquierdas en España, y en gran parte del planeta, tiene como ventaja disfrutar de una presunción vitalicia de bondad, de bonhomía, de generosidad y benevolencia. Se trata de un privilegio tan, pero tan extraordinario, muy superior a cualquier aforamiento y bastante más cómodo que la inmunidad parlamentaria, que para disfrutarlo no se requiere ocupar cargo ni canonjía alguna. Basta con declararse progresista, de izquierdas, y queda expedido. No se necesita pasar un examen y su vigencia coincide con el alineamiento del interfecto con la declaración antes suscrita. De esta guisa es el certificado de superioridad moral.
Este documento tiene una peculiaridad administrativa. Raramente se revisa. De hecho, se otorga aunque la semblanza, recuerdos, confesiones y hazañas del susodicho provengan del bando contrario (es lo que tiene llamarse Jorge Verstrynge, por ejemplo). En cualquier caso, lo que quise decir es que no importa mucho que el titular del certificado mienta, se enriquezca, traicione sus promesas, posea veinte pisos para alquilar, desprecie las instituciones o entregue sus ínfimas y casi inexistentes convicciones a cambio de siete votos. La acreditación permanece intacta. En el peor de los casos, se le reconocerá algún pequeño error de comunicación. Oiga: la izquierda jamás incurre en contradicciones morales. Lo que experimenta son complejos procesos de adaptación a las circunstancias, que siempre vienen mal dadas con tanta derecha a la que combatir (algunos incluso los deseaban tirotear: "si podemos cazar conejos, por qué no cazar fascistas", aunque eran otros tiempos, de cuando esa palabreja contenía un significado que ya nadie recuerda en este mundo tan repleto de analfabetos funcionales).
La derecha, naturalmente, carece de un salvoconducto similar porque solo lo expiden los de izquierdas. Los errores de la derecha son, poco menos, delitos de lesa majestad, incluso contra la humanidad, auténticos genocidios, tan bastos y desagradables que ríanse ustedes de las asechanzas terroristas de ciertos grupos islámicos cuyo mayor entretenimiento consiste en destrui el Estado de Israel con todo lo que tengan a su alcance. Y, si por algún casual, la derecha acierta en algo, poco, claro, no vaya usted a pensar, son aciertos que obedecen antes a oscuras intenciones que a sus propuestas, incluso cuando éstas coinciden con las que ayer mismo defendía el Gobierno del otro lado (siempre que no sea el desgobierno del indocto, porque resulta complicado defender a este tonto del haba, aunque si lo pienso con detenimiento, el señor ése tan serio y un poquito inculto de Galicia que quiere gobernar ahora, porque la anterior no supo, cuyos lapsus culturales son realmente proverbiales, en épocas de la pandemia defendía lo mismo que el indocto). El caso, decía, es que los poquitos aciertos, menos mal, no son sino peligrosas manifestaciones de un extremismo atroz. Vaya, como lo de la defensa de los okupas y demás calaña, tan del gusto del honrado izquierdoso, moralmente superior. Será que la virtud, en este mundo, se encuentra distribuida de manera asaz curiosa: unos deben demostrarla permanentemente para asegurar que no son seres insidiosos y malvados, y otras la reciben lo mismo que heredan patrimonio y sinecuras.
Tan certificado se halla el indocto que ha llevado esta industria de la absolución a niveles verdaderamente admirables. Pero sería injusto atribuirle toda la responsabilidad. Él no inventó este negocio (no veo cómo podría: en sus meninges solo hay maldad y medianía), pero sí descubrió que podía explotarlo sin necesidad de guardar las apariencias, porque para ello ya hay unos cuantos miles o millones de paisanos dispuestos a defenderlo así esté extrayendo el hígado a un fulano con las propias manos y en carne viva.
Durante décadas se ha enseñado a una parte de la sociedad española que determinadas ideas políticas no son opciones legítimas. Lo adoctrinan quienes están certificados como moralmente superiores. Para estos seres ciertamente oscuros, y siempre repulsivos, el ciudadano no ha de votar necesariamente por lo que un partido hace, sino por lo que imagina que su voto podría haber significado. En el mundo de la magia y la imaginación, el dicurrimiento en aras de la superioridad moral dice más de uno mismo que todos los minutos transcurridos con un corazón latente.
No me digan que no es cómodo pensar así.
Lo más interesante, y bien que lo venimos observando de un tiempo a esta parte, digamos desde la Revolución Francesa, que inventó la distribución a diestra y sinistra de los espectros políticos, es que la superioridad moral de la izquierda no exige una especial calidad humana. De hecho, los tenemos mezquinos, egoístas, sectarios e ignorantes, como en cualquier otra familia ideológica, pero ellos poseen una cualidad que ninguno de sus adversarios posee: la coartada perfecta y colectiva. Sus defectos son siempre individuales y sus virtudes, por contra, universales. En la derecha sucede exactamente lo contrario, por si no se habían dado cuenta.
No pretendo sostener que la derecha española sea un ejemplo de integridad. Sálveme el fuego eterno de tal consideración. Aún me escuece el periodo aquel, anterior al indocto, cuando un pontevedrés más vago que la chaqueta de un guardia, y sin ningún tipo de estructura mental de lo que deseaba gobernar, malogró la mejor ocasión que vieran los tiempos, tras el desastre del bambi ése que ahora tiene las patitas asomadas a la cárcel por tanto como ha destrozado en su vida (y esperemos que algo parecido suceda con el indocto). Lo de asumir que la derecha es máslista y superior, auqnue no moralmente, es una ocurrencia difícil de defender sin comprometer seriamente la inteligencia de mis caros lectores. No. La cuestión es otra: ¿por qué hemos aceptado que la decencia dependa de la adscripción política y no del comportamiento de los prebostes? ¿Esa gentuza paga pisos a las putas que costean con cargo al erario público y los ciudadanos siguen pensando que, pese a todo, son, en el fondo, buenos aunque descarriados por ser de izquierdas?
Llevo, creo, varias columnas queriendo dirimir esta cuestión tan peculiar, y no la doy aún por acabada. Solo me queda un argumento por probar: el certificado de autoridad moral es tan prohibitivo económicamente, que forzosamente han de afanar a manos llenas.
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