Hay frases que no absuelven a nadie, pero iluminan con prístina claridad la historia de un derrumbe.
Ábalos ha dicho en sede judicil que se ha convertido en “carne de meme”, y sería mezquino negarle cierta sincronización expresiva con su actual inmanencia. No todos los días un político consigue resumir su situación judicial, sentimental, mediática, estética y metafísica con una fórmula tan eficaz. Hay tesis doctorales con menos capacidad de síntesis (el indocto que nos desgobierna sabe bien de lo que hablo). Hay informes de partido, comparecencias parlamentarias, ruedas de prensa y editoriales enteros que no alcanzan esa fulgurante exactitud: carne de meme. Es decir, materia prima del escarnio digital. Proteína de chanza. Fiambre de WhatsApp. Chuleta de tertulia. Ración de escarnio servida a temperatura ambiente por la democracia de los pulgares.
La expresión tiene, además, un mérito involuntario: por un instante, humaniza al personaje. No lo exonera ni lo embellece. No lo convierte en mártir, pero lo devuelve, aunque sea de forma grotesca, al territorio de los mortales. Ahí está Ábalos, descubriendo que el poder no solo se pierde sino que también se pixeliza. Un día uno entra uno en los ministerios con coche oficial, escolta, carpeta roja y subordinados que le ríen hasta los silencios; y al día siguiente resulta que circula convertido en captura de pantalla, en sticker, en vídeo recortado, en subtítulo cruel, en broma de sobremesa para cuñados con sentido de la oportunidad. Es el viejo memento mori, solo que actualizado por Telegram.
Antes, al general victorioso le susurraban al oído que recordara su condición mortal. Ahora no hace falta esclavo romano alguno situado a sus espaldas. Basta un community manager con mala leche, un usuario anónimo con demasiado tiempo libre o un adolescente capaz de condensar la caída de un ministro en ocho segundos de vídeo y una música humillante. Roma tenía laureles. Nosotros tenemos GIFs. Cada civilización administra la vanidad con las herramientas que merece. Pero conviene no equivocarse. Ábalos no se ha convertido ahora en meme. Ya lo era antes.
Ese es el punto que casi siempre se nos escapa, quizá porque el espectáculo de la caída nos distrae de la vulgaridad de la ascensión. Creemos que el político se vuelve ridículo cuando comparece ante un tribunal, cuando tartamudea explicaciones, cuando se le amontonan los nombres, los sobres, los intermediarios, los favores, las novias, los asesores, los comisionistas, los teléfonos y los silencios. Creemos que el meme nace en el momento de la ruina. Falso. El meme nace en el momento de la impunidad. Se es meme mucho antes de saberlo. Se es meme cuando un servidor público empieza a comportarse como si el Estado fuese una empresa de mudanzas puesta a su servicio. Cuando confunde el ministerio con una finca, el coche oficial con una prolongación de su ego, la secretaria con una camarera de su biografía, el escolta con un figurante y el presupuesto público con una especie de fondo de cortesía para aliviar incomodidades personales. Se es meme cuando el poder, que debería volver solemne al mediocre, vuelve hortera al soberbio que precisa de tríos de prostitutas para relajarse de las vicisitudes diarias.
Porque el problema no es solo la corrupción. La corrupción, al menos, tiene una arquitectura reconocible: dinero, favores, adjudicaciones, mordidas, llamadas, expedientes, coartadas. Lo verdaderamente revelador es la estética de la corrupción. Esa manera de andar. Esa manera de mirar. Esa manera de hablar como si el país les debiera gratitud por permitirle ser administrado por ellos. Ese tono de quien no ocupa un cargo, sino una especie de investidura antropológica. Esa expresión tan nuestra del político que, tras tres ascensos internos, dos congresos federales y una noche electoral razonablemente favorable, empieza a creerse Richelieu con chófer.
Ahí está el meme. No en el chiste a posteriori, sino en la solemnidad previa. No en el montaje digital, sino en el posado institucional. No en el sticker, sino en la rueda de prensa. No en el tribunal, sino en el canapé. España lleva décadas produciendo esta variedad tan castiza de personaje público: el hombre de partido que, tras una vida entera respirando moqueta, desarrolla una extraña alergia a la realidad. Todo en él acaba siendo de utilería: la austeridad, el compromiso social, la cercanía al pueblo, la emoción, la indignación, el feminismo de atril, la regeneración democrática, la humildad de campaña, el amor a los trabajadores, la promesa de transparencia y, por supuesto, esa pobreza repentina que algunos descubren cuando el poder ya no paga la cuenta.
Entonces es cuando aparecen las frases lacrimógenas: no tengo ingresos; no tengo secretaria; no tengo a mis prostitutas favoritas; no tengo a nadie. Como si el ciudadano normal, esa criatura exótica que no dispone de secretarias, asesores ni chóferes, ni desde luego escorts de lujo a cargo del erario público, desde el día mismo de su nacimiento, debiera estremecerse ante semejante intemperie administrativa. Hay políticos que, al perder los privilegios, creen haber ingresado en la clase obrera. Confunden la caída del pedestal con una tragedia social. Descubren el cajero automático, el supermercado, el alquiler, la soledad burocrática y el contestador automático como si fueran penalidades bíblicas.
Pobres. Han sido expulsados del paraíso de la mamandurria y ahora llaman desierto a la acera. Pero insisto: no es mi propósito cebarme con Ábalos. Sería demasiado fácil, y casi todos los placeres demasiado fáciles terminan siendo intelectualmente pobres. Ábalos importa menos como persona que como síntoma. Su interés no reside en su biografía, sino en su representatividad. Es una figura, sí, pero no una excepción. Es más bien una de esas grietas por las que se ve el edificio entero. Y lo que se ve no es tranquilizador.
Porque el meme verdadero no es Ábalos solo. El meme es el sistema que lo produjo, lo sostuvo, lo protegió, lo acompañó, lo celebró, lo aplaudió, lo necesitó y solo decidió descubrir su olor cuando el cadáver político empezó a molestar en el salón. El meme son los compañeros que ahora no le conocen. Los dirigentes que no sabían nada. Los subordinados que obedecían sin preguntar. Los asesores que pasaban por allí. Los partidos que convierten la disciplina interna en una forma de ceguera voluntaria. Los portavoces que hablan de responsabilidades individuales con el mismo entusiasmo con que antes hablaban de equipos, proyectos y liderazgos compartidos.
La política española tiene una capacidad admirable para practicar el exorcismo retrospectivo. Cuando alguien cae, resulta que nunca fue exactamente de los suyos. Era un verso suelto. Un error de casting. Una anomalía. Una decepción personal. Un problema heredado. Un colaborador autónomo. Un señor que pasaba por Ferraz con una carpeta bajo el brazo y al que, por inexplicables azares de la vida orgánica, se le entregó un ministerio.
Todo corrupto es huérfano. Todo imputado resulta que es siempre periférico. Todo apestado se vuelve inmediatamente autónomo. Lo fascinante es que, mientras funciona, todos son familia. Fotos, abrazos, mítines, sonrisas, palmadas, cenas, listas electorales, congresos, lealtades, consignas. Pero en cuanto llega el juez, la familia política se transforma en comunidad de vecinos: nadie vio nada, nadie oyó nada, nadie conocía al señor del quinto, nadie sabe de quién era esa bolsa, nadie recuerda quién autorizó la obra. Y así, entre la desmemoria y el cinismo, el meme alcanza su plenitud. No es un rostro deformado por internet. Es una forma de poder deformada por la impunidad.
Por eso resulta tan pobre reducirlo todo a la burla. Reírse de Ábalos puede ser comprensible; incluso saludable, si uno no abusa. Pero quedarse ahí sería concederle al sistema una victoria póstuma. El chiste descarga la tensión, pero también anestesia. Convertimos en meme lo que debería producir vergüenza institucional. Nos pasamos el vídeo, comentamos la frase, celebramos la ocurrencia, archivamos la indignación y seguimos adelante hasta el siguiente episodio de la serie.
Hace tiempo que lo venimos diciendo. España no combate la corrupción: la serializa y continúa desde distintas ópticas siendo, en el fondo, todas una misma. Y quizá ese sea el verdadero problema. No que un político termine siendo carne de meme, sino que el ciudadano haya asumido su papel de consumidor de escándalos. La corrupción ya no nos sorprende; nos entretiene. La indignación dura lo que tarda en aparecer una frase mejor. El reproche moral necesita titular. La decencia compite mal con el humor gráfico. Y cuando todo acaba reducido a meme, incluso la podredumbre se vuelve simpática. De ahí que la frase de Ábalos sea tan exacta y, al mismo tiempo, tan insuficiente. Sí, es carne de meme. Pero antes fue carne de aparato. Carne de ministerio. Carne de coche oficial. Carne de comité. Carne de poder. Carne de esos años en los que nadie quería saber demasiado porque saber demasiado siempre estropea las carreras prometedoras. Carne de una política donde el mérito supremo consiste en no hacer preguntas incómodas al jefe mientras el jefe todavía reparte futuro. Carne de un país donde demasiados servidores públicos olvidan la palabra servidor y se quedan únicamente con lo público, entendido como despensa, escenario, coartada y alfombra.
Ábalos ha descubierto tarde que la Historia, cuando se aburre de escribir tragedias, dibuja caricaturas. Pero no nos engañemos. El meme no empieza cuando el poderoso cae. Empieza cuando sube al coche oficial convencido de que el coche, el chófer, el ministerio, el partido, el Estado y hasta la paciencia de los ciudadanos forman parte natural de su biografía. Lo demás es edición digital. Y, si queda algo, defensa a ultranza del indocto que le dio un porvenir y, después, se lo quitó.
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