Hay gobiernos que caen por un escándalo. Otros, más resistentes, caen por acumulación. Y luego está el sanchismo, que ha descubierto una tercera vía: sobrevivir por saturación. La técnica no es nueva, pero nunca había sido ejecutada con tanta frialdad industrial. Consiste en no cerrar nunca una crisis, sino en inaugurar inmediatamente la siguiente. No explicar el incendio, sino prender otro en la habitación contigua. No apagar la sospecha, sino rodearla de tal cantidad de ruido, humo, sentimentalismo, épica, encuestas, bulos, enemigos, ultraderechas, amenazas a la democracia, cartas a la ciudadanía, llamamientos a la regeneración, comparecencias solemnes, víctimas procesales, libros providenciales y conejos sacados de chisteras ya chamuscadas, que el ciudadano termina olvidando cuál era exactamente el olor inicial. Y el olor inicial, conviene recordarlo, no era pequeño.
El juicio de las mascarillas, con Aldama, Koldo y Ábalos orbitando alrededor de una época en la que se compraban urgencias, se adjudicaban contactos y se administraba el miedo sanitario como quien descubre una mina pública, ha dejado una imagen moralmente devastadora: la de un Estado que, mientras los ciudadanos se encerraban, obedecían, temblaban y contaban muertos, servía también como parque temático para intermediarios, conseguidores, fontaneros, asesores, comisionistas y demás fauna de presupuesto. Pero ahí está la genialidad del método. Uno podría creer que un asunto así exige explicaciones. Error. Eso era antes, cuando todavía se fingía respeto por la inteligencia pública. Ahora un escándalo no se explica: se secuencia. Se convierte en episodio. Se lo deja respirar dos días. Se permite que ocupe portadas. Se mide su toxicidad. Se identifica el punto de fuga. Y, justo antes de que el ciudadano una las piezas, se abre otro cajón. Aparece una carta. Aparece un viaje. Aparece un virus. Aparece Florentino. Aparece Milei. Aparece Franco. Aparece la fachosfera. Aparece un libro de Iván Redondo. Aparece, en fin, cualquier cosa que permita trasladar el foco desde la pregunta insoportable —¿quién mandaba aquí?— hacia una nueva representación de la épica progresista.
Pedro Sánchez no gobierna España. Programa España. Cada semana emite un capítulo. Cada capítulo corrige al anterior. Cada cliffhanger tapa un sumario. Cada sumario queda cubierto por una amenaza existencial. Y cada amenaza existencial permite a Sánchez reaparecer como lo que siempre quiso ser: no un presidente sometido a control, sino el personaje central de una serie sobre sí mismo. El problema es que la serie ya no tiene argumento. Solo tiene temporadas. En una de ellas, el presidente era el joven heroico que recorrió España en un Peugeot, armado únicamente con su voluntad, su mandíbula, su manual de resistencia y la fidelidad de unos pocos compañeros de carretera. Era una estampa formidable: el líder proscrito regresando desde el polvo de las federaciones, como un Cid con aire acondicionado deficiente y tapicería modesta. Ahora resulta que el Peugeot tenía algo de Mercedes, o que al menos la leyenda era menos proletaria de lo que convenía a la iconografía oficial. No importa demasiado. En política, los coches casi nunca son coches. Son sacramentos narrativos. El Peugeot no transportaba a Sánchez. Transportaba el mito. Y, como todos los mitos fabricados por asesores, olía a ambientador nuevo y a mentira vieja.
El sanchismo ha vivido siempre de esa tensión entre épica y tapicería. Necesita parecer humilde, pero habita el privilegio con una naturalidad principesca. Necesita hablar de la gente, pero gobierna rodeado de gabinetes, argumentarios, escoltas, secretarios de Estado, asesores de asesores y redactores de emociones colectivas. Necesita denunciar las cloacas, pero produce su propia fontanería sentimental a tiempo completo. Necesita declararse perseguido, pero lleva años ocupando todos los resortes imaginables del poder con una voracidad que haría sonrojar a los viejos caciques, si los viejos caciques hubieran tenido community managers.
Por eso la reaparición de Iván Redondo tiene algo de justicia poética. El gran guionista vuelve cuando la serie empieza a necesitar desesperadamente una sinopsis. Redondo aparece con su libro, sus diagramas, sus frases de consultor oracular y esa manera tan suya de hablar de la política como si el electorado fuera una masa semidormida esperando que un estratega extremeño le revelara el sentido oculto del calendario. Hay en él una mezcla fascinante de sacerdote, vendedor de enciclopedias y diseñador de escape rooms institucionales. Todo parece misterioso. Todo parece histórico. Todo parece diseñado para que el jefe, incluso cuando tropieza, parezca estar ejecutando una maniobra de profundidad.
Esa es la verdadera función del asesor moderno: convertir el charco en océano. Si Sánchez pacta con separatistas, no es dependencia parlamentaria: es una nueva comprensión territorial de España. Si indulta a quienes prometen volver a hacerlo, no es cesión: es convivencia. Si cambia de opinión, no rectifica: evoluciona. Si resiste agarrado a una mayoría Frankenstein, no sobrevive: lidera la complejidad. Si su entorno judicial empieza a poblarse de imputados, investigados, comisionistas, esposas incómodas, hermanos subvencionados, fontaneros ministeriales y expresidentes en apuros, no estamos ante una degradación del poder: estamos ante una ofensiva de la derecha judicial, mediática, económica, climática y posiblemente astrológica.
La magia consiste en no dejar nunca que las palabras coincidan con las cosas. Aldama no es un síntoma; es un señor. Koldo no es una estructura; es una anécdota. Ábalos no es un producto del sistema; es una decepción personal. Begoña no es un problema institucional; es una víctima del amor. El hermano no es un caso; es cultura. Zapatero no es una sombra incómoda; es lealtad democrática. El Peugeot no era exactamente un Peugeot, pero sí era, en el fondo, más Peugeot que cualquier Peugeot, porque lo importante no es el vehículo material, sino el vehículo emocional de la esperanza. Y así sucesivamente, hasta que la realidad se rinde por agotamiento.
El ciudadano común, que todavía cree ingenuamente que las cosas existen antes de ser relatadas, observa el espectáculo con una mezcla de fatiga, irritación y vergüenza ajena. Quiere saber quién cobró, quién llamó, quién adjudicó, quién autorizó, quién protegió, quién sabía, quién miró a otro lado, quién hizo negocio, quién mintió. Pero recibe otra cosa. Recibe una explicación sobre la democracia amenazada, una conferencia sobre la ultraderecha internacional, una meditación sobre los bulos, una apelación a la convivencia, un recuerdo emocionado de la pandemia, un anuncio sobre vivienda, una bronca al juez, una entrevista de Redondo o una encuesta milagrosa en la que el PSOE vuelve a respirar gracias a la enorme madurez del pueblo español.
El pueblo español, por cierto, es madurísimo cada vez que vota correctamente y profundamente manipulado cada vez que muestra señales de hartazgo. Ese matiz también conviene anotarlo. Lo más admirable del sanchismo es su capacidad para convertir cualquier acusación en una prueba de virtud. Cuanto más se estrecha el cerco, más puro se declara. Cuanto más turbio resulta el entorno, más transparente se proclama. Cuanto más áspera se vuelve la realidad, más almibarado se vuelve el relato. Hay un momento en que la propaganda deja de defender al poder y empieza a reemplazarlo. Ya no importa qué ocurrió, sino qué historia puede colocarse encima antes de que amanezca.
Por eso la política española se ha llenado de relatos con la textura de los decorados baratos. Se ven las juntas. Se mueve el cartón. La puerta no cierra. El castillo tiembla cuando alguien pisa fuerte. Pero los actores siguen declamando como si estuvieran en Versalles. Sánchez entra por la izquierda, mira al horizonte, habla de avances sociales. Redondo aparece por la derecha, explica que todo forma parte de una arquitectura histórica. Los ministros hacen coro. Los socios parlamentarios cobran su parte en competencias, privilegios o silencios. Los periodistas afines afinan la melodía. Y al fondo, muy al fondo, casi fuera de plano, quedan Aldama, Koldo, Ábalos y las mascarillas.
Qué vulgaridad, las mascarillas. Qué poco literarias. Qué mal encajan en la gran epopeya de la España plurinacional, feminista, verde, resiliente, inclusiva, digital, europea y emocionalmente sostenible. Sin embargo, ahí están. Como estaba la pandemia. Como estaban los contratos. Como estaban las comisiones. Como estaban los intermediarios. Como estaban los teléfonos. Como estaban los coches. Como estaba la vieja política dentro de la nueva política, igual que una humedad que atraviesa todas las capas de pintura. La pregunta, por tanto, no es si Sánchez es culpable de todo lo que ocurre a su alrededor. Esa pregunta corresponde a los jueces cuando haya materia penal, a los periodistas cuando haya documentos y a los ciudadanos cuando haya urnas. La pregunta política es más simple y más devastadora: ¿cuánta podredumbre puede rodear a un líder antes de que deje de ser mala suerte y empiece a parecer sistema? Porque un episodio aislado puede ser casualidad. Dos episodios pueden ser torpeza. Tres episodios pueden ser negligencia. Pero cuando la vida pública se convierte en una sucesión de comisionistas, rescates discutidos, tesis emocionales, familiares prósperos, asesores visionarios, ministros caídos, fiscales enredados, coches legendarios y libros destinados a convertir el oportunismo en destino histórico, quizá lo prudente sea abandonar la categoría de accidente.
Quizá ya no estamos ante manchas. Quizá estamos ante el tejido. Y esa es la razón por la que el sanchismo necesita producir relato sin descanso. Porque si deja de hablar, se oye el sumario. Si deja de dramatizar, se ve la contabilidad. Si deja de invocar a la ultraderecha, aparece la pregunta administrativa. Si deja de representar la resistencia democrática, queda al descubierto algo mucho más prosaico: un poder extraordinariamente hábil para sobrevivir, extraordinariamente eficaz para colonizar instituciones y extraordinariamente dispuesto a llamar progreso a cualquier maniobra que le permita seguir respirando.
El ilusionista todavía mueve las manos. Todavía saca conejos. Todavía sonríe. Pero cada vez resulta más difícil no advertir que los conejos llevan tiempo muertos.
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