Hay una forma muy moderna de pacifismo que consiste en desear que gane el peor. No lo dicen así, desde luego. La gente educada nunca confiesa sus pequeñas miserias con la naturalidad suficiente para poder ser tomada en serio. Hablan de prudencia, de contención, de equilibrio, de derecho internacional, de evitar escaladas, de no repetir lo de Irak, de no incendiar el Oriente Próximo (como si Oriente Próximo hubiera sido hasta anteayer una encantadora comarca suiza dedicada al pastoreo, la filatelia y la fabricación de relojes).
Basta escucharles un rato para comprender la verdad. No temen que la guerra salga mal. Esperan que, realmente, salga mal. La esperan con una ansiedad casi infantil, como quien aguarda el error del adversario en una partida que no sabe jugar. Cada misil iraní que alcanza algo, aunque sea poco; cada fragata norteamericana obligada a maniobrar; cada base en alerta; cada refinería del Golfo rodeada de humo, les devuelve una emoción que no cabe en sus comunicados: la esperanza de que Estados Unidos fracase.
Y ahí, justamente ahí, comienza lo obsceno. Lo nauseabundo. Lo realmente inmoral.
Porque se puede detestar a Trump. De hecho, conviene detestar muchas cosas de Trump: su grosería, su narcisismo, su sintaxis de aparcamiento, su manera de convertir cualquier crisis internacional en una extensión de su propio ego maquillado de geopolítica. Se puede considerar que su intervención contra Irán ha sido tardía, precipitada, insuficiente, excesiva, torpe o electoralista. Todo eso pertenece al campo legítimo de la crítica política. Lo que no pertenece a ese campo es aplaudir, con las orejas convenientemente tapadas, a los ayatolás. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ocurre.
De pronto, el régimen iraní ha dejado de ser lo que era: una dictadura teocrática, misógina, paranoica, imperial, carcelaria, financiadora de milicias y exportadora de muerte. Ya no importan las mujeres golpeadas por no cubrirse el pelo. Ya no importan los estudiantes ahorcados, los homosexuales perseguidos, los disidentes enterrados en cárceles sin nombre, los periodistas desaparecidos, los kurdos, los bahá’ís, los obreros, los jóvenes que hace apenas nada gritaban contra los mulás mientras Occidente les dedicaba una compasión cómoda, de esas que duran lo que dura un hashtag.
Ahora sólo importan, al parecer, los misiles. Ahora importa la "resistencia". Ahora importa que Teherán aguante. Y aquí es donde conviene detenerse. Porque el verbo aguantar ha adquirido en nuestro tiempo una extraña nobleza moral. Si un régimen aguanta frente a Estados Unidos, muchos concluyen automáticamente que ese régimen posee alguna forma de dignidad histórica. No importa que encarcele, torture, robe, censure, ejecute o someta a su población a una pedagogía permanente del miedo. Si desafía a Washington, obtiene un salvoconducto retórico. Se convierte en complejo, en soberano, en antiimperialista, en actor regional, en expresión de una humillación acumulada. Es decir: deja de ser responsable de sus actos.
Qué prodigio. Me maravillo de la idiotez, capaz de pergeñar cosas como ésta.
El antiamericanismo ha terminado convirtiéndose en una lavandería moral para tiranías. El caso de Irán es especialmente revelador porque obliga a elegir entre dos formas de incomodidad. La primera consiste en admitir que Trump puede estar haciendo algo estratégicamente necesario por razones moralmente impuras, políticamente indecentes y verbalmente insoportables. La segunda consiste en admitir que quienes más hablan de derechos humanos suelen olvidarlos en cuanto el verdugo apunta en la dirección correcta. Y, como siempre, muchos han elegido la segunda. No soportan que Estados Unidos actúe. Pero soportan bastante bien que Irán exista tal como existe. Les molesta más un portaaviones norteamericano que una prisión iraní. Les alarma más la arrogancia de Washington que la policía moral de Teherán. Les parece más grave la vulgaridad de Trump que la sofisticada brutalidad de un régimen que ha perfeccionado durante décadas el arte de convertir la religión en aparato de seguridad del Estado.
Hay algo infantil en todo esto, pero también algo más oscuro. Infantil es creer que el mundo mejora cuando se humilla al fuerte. Oscuro es desear esa humillación aunque el precio lo paguen los débiles. Porque la pregunta sigue ahí: ¿dónde está el pueblo iraní en esta conversación? No hablo del régimen. Ni de los Guardianes de la Revolución. Ni del nuevo líder supremo exhibido en carteles como si la sucesión dinástica dentro de una teocracia fuese un accidente exótico y no una broma macabra contra la historia. Por descontado, tampoco de los estrategas de plató que dibujan flechas sobre mapas como niños aburridos con un videojuego. Hablo del pueblo iraní. De las mujeres. De los jóvenes. De los ateos clandestinos. De los creyentes hartos de que Dios sea administrado por una burocracia armada. de los padres que no quieren que sus hijos mueran por el uranio enriquecido de una casta sacerdotal. De quienes saben que la patria, cuando la secuestran los fanáticos, se parece demasiado a una cárcel con himno.
Nadie habla de ellos. O, todo lo más, se habla de ellos con cierta piedad decorativa que no compromete a nada. Se les menciona al principio, para ennoblecer la frase, y luego se les abandona en cuanto aparece la verdadera excitación: Estados Unidos puede fallar; Trump puede atascarse; el Pentágono puede equivocarse; el Golfo puede arder; la potencia americana puede descubrir, otra vez, que el mundo no obedece como un PowerPoint... Y entonces es cuando brota la sonrisa. Una sonrisa pequeñísima, desde luego. Una sonrisa de comentarista responsable. Una sonrisa camuflada bajo la palabra "análisis". Pero sonrisa al fin.
No es nueva. Sonrió en Irak, cuando el desastre permitió a muchos olvidar que Sadam Hussein también existía. Sonrió en Siria, cuando la cobardía occidental fue rebautizada como prudencia. Sonrió en Afganistán, no por las niñas que volvían a quedar bajo el talibán, sino por las imágenes de helicópteros y evacuaciones, tan útiles para certificar el declive del imperio. Sonrió en Ucrania cada vez que alguien explicó, con voz grave, que quizá Putin tenía sus razones de seguridad, como si las razones de seguridad incluyeran el derecho a triturar ciudades ajenas.
La derrota de Occidente es, para algunos, la última patria disponible. Y lo curioso es que muchos de sus devotos viven precisamente dentro de Occidente. Escriben desde sus universidades, sus periódicos subvencionados, sus estudios de televisión, sus cafés con calefacción, sus democracias imperfectas, sus jueces lentos, sus parlamentos ridículos, sus redes sociales histéricas, sus elecciones insufribles y sus libertades garantizadas por una arquitectura de poder que desprecian mientras la usan. No quieren vivir en Irán. Quieren que Irán sirva para demostrar que Estados Unidos ya no manda. No quieren mudarse a Moscú, ni a Pekín, ni a Caracas, ni a Damasco. Quieren que Moscú, Pekín, Caracas o Damasco existan como argumentos contra Washington. Son tiranías instrumentales. Dictaduras de uso retórico. Países donde otros ponen los muertos para que el europeo cansado pueda sentirse lúcido en una tertulia.
Por eso esta guerra, más allá de sus errores, revela algo desagradable. No solo revela el estado de Irán, ni la brutalidad del régimen, ni la incertidumbre estratégica de una intervención que puede terminar en acuerdo, en bloqueo prolongado o en una tregua mal cosida. Revela también la podredumbre intelectual de quienes han sustituido el juicio moral por el reflejo antiamericano.
Estados Unidos puede equivocarse. Se ha equivocado muchas veces. Trump puede mentir, exagerar, improvisar y convertir una operación militar en propaganda personal. Israel puede actuar con una dureza discutible y con un cálculo propio que no siempre coincide con el interés occidental. Nada de eso obliga a fingir que Irán es una víctima inocente, ni que los mulás son la expresión respetable de un pueblo oprimido, ni que el fracaso americano sería una buena noticia para nadie que no confunda la política internacional con el resentimiento.
La cuestión no es amar a Estados Unidos. La cuestión es no alegrarse cuando el enemigo de Estados Unidos es también enemigo de la libertad. Y eso, por lo visto, se ha vuelto dificilísimo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario