viernes, 22 de mayo de 2026

El hombre que blanqueaba demasiado

Hay profesiones que no figuran en el código laboral y, sin embargo, explican mucho mejor que cualquier currículum la vida pública de algunos personajes. Hay mediadores que no median, consultores que no consultan, pacificadores que no pacifican, observadores que no observan, asesores que no asesoran y expresidentes que, una vez abandonado el poder, descubren una vocación universal por estar siempre donde la democracia huele peor, pero el recibimiento oficial es más cálido.

Zapatero ha sido muchas cosas. Presidente (por accidente, un accidente mendaz y terrible) del Gobierno. Secretario general del PSOE. Profeta adolescente de una izquierda sentimental convencida de que el mundo podía ser administrado mediante sonrisas, subvenciones, derechos morales y una Alianza de Civilizaciones con mucho incienso laico y poca civilización comprobable, salvo en Irán o Siria. También fue, durante años, el hombre que parecía haber inventado una modalidad política enteramente nueva: la ingravidez ideológica. Todo en él flotaba. Las palabras flotaban. Los conceptos flotaban. La nación flotaba. La economía flotaba. Las consecuencias flotaban. Hasta la realidad, esa vulgaridad reaccionaria, parecía flotar a su alrededor sin atreverse a tocarle. Ahora, según sabemos, también flotaban otras cosas.

La justicia determinará si las acusaciones que pesan sobre él son ciertas, falsas, exageradas o procesalmente insostenibles. Conviene decirlo no por cortesía, sino por higiene intelectual. Un investigado no es un condenado. Un auto judicial no es una sentencia. La sospecha no equivale a la culpa. Y precisamente por eso resulta tan interesante Zapatero: porque incluso antes de que un juez decida nada sobre delitos, comisiones, influencias, sociedades, consultorías o blanqueo de capitales, ya existe una condena moral mucho más antigua, más visible y más difícil de recurrir.

Zapatero lleva años blanqueando. No sabemos aún, porque debe establecerlo la justicia, si blanqueó dinero. Pero sabemos de sobra que blanqueó dictaduras. Sabemos que blanqueó a Maduro. Sabemos que blanqueó a Delcy. Sabemos que blanqueó elecciones fraudulentas, silencios represivos, presos políticos, exilios, palizas, hambre, miedo y ruina. Sabemos que se presentó como mediador cuando demasiadas veces pareció emisario. Como pacificador cuando demasiadas veces pareció abogado. Como humanitario cuando demasiadas veces pareció notario piadoso de la permanencia chavista en el poder.

Y ahí está el problema. Porque el blanqueo moral siempre precede al otro. Antes de lavar dinero, si es que alguien lo lavó, hay que lavar palabras. Antes de borrar rastros bancarios, hay que borrar significados. Antes de convertir una comisión en consultoría, una influencia en asesoramiento o una amistad peligrosa en interlocución necesaria, hay que haber conseguido que las palabras dejen de tener aristas. Dictadura pasa a llamarse régimen. Régimen pasa a llamarse Gobierno. Represión pasa a llamarse tensión institucional. Golpe pasa a llamarse controversia electoral. Presos políticos pasan a llamarse personas privadas de libertad en contextos complejos. Hambre pasa a llamarse dificultad económica. Exilio pasa a llamarse diáspora. Y el tirano, convenientemente perfumado, se convierte en actor imprescindible para la estabilidad regional.

Qué delicadeza. Qué ternura. Qué crimen contra el diccionario. Zapatero entendió antes que casi nadie que la política contemporánea no consiste solo en mandar, sino en bautizar. Quien controla los nombres controla la repugnancia. Si Maduro es un dictador, hay que condenarlo. Si Maduro es un interlocutor, se le visita. Si Delcy Rodríguez es una pieza central de una dictadura corrupta y represiva, se la esquiva. Si Delcy es una amiga complicada en un tablero geopolítico complejo, se la saluda, se la escucha y se la envuelve en esa celofana diplomática que tanto gusta a los hombres que confunden la equidistancia con la superioridad moral.

Durante años, Zapatero viajó a Caracas como quien visita un laboratorio de su propia vanidad. Entraba y salía del chavismo con una naturalidad casi litúrgica, rodeado de sonrisas, cámaras, apretones de manos y explicaciones vaporosas. Decía mediar. Decía ayudar. Decía liberar. Decía tender puentes. Siempre tendía puentes. Algunos políticos, cuando se quedan sin cargo, descubren consejos de administración. Zapatero descubrió puentes. Puentes a Venezuela. Puentes a Marruecos. Puentes a China. Puentes siempre orientados hacia lugares donde la democracia liberal, esa señora tan fastidiosa, suele tener mala cobertura.

Lo admirable es que esos puentes nunca parecían conducir hasta los oprimidos. Conducían a los palacios. Conducían a los despachos. Conducían a los aeropuertos oficiales. Conducían a las fotografías. Conducían a las mesas donde se decide cuánto sufrimiento puede llamarse estabilidad. Y mientras tanto, en Venezuela, los venezolanos seguían huyendo. Los opositores seguían siendo acosados. Los presos seguían presos. Las elecciones seguían siendo trituradas por el aparato. La pobreza seguía extendiéndose sobre uno de los países más ricos del continente como una maldición administrada por incompetentes con uniforme, retórica bolivariana y cuentas opacas. Pero Zapatero sonreía. Siempre sonreía. Esa sonrisa suya, entre beatífica y funcionarial, como si acabara de descubrir una solución dialogada para el Juicio Final.

El caso Plus Ultra, por eso, resulta tan simbólicamente devastador. No solo por los millones del rescate, ni por los informes policiales, ni por la imputación, ni por esa telaraña de intermediarios, empresas, consultorías y presuntos favores que ahora empieza a reconstruirse con la lentitud seca de los sumarios. Es devastador porque parece cerrar un círculo moral. La aerolínea, Venezuela, el dinero público, las influencias, las amistades, las puertas abiertas, las agendas discretas, las palabras nobles colocadas sobre operaciones menos nobles: todo compone una especie de fresco perfecto del zapaterismo tardío.

El zapaterismo, en realidad, siempre fue eso: una técnica de difuminado. Difuminó la nación hasta convertirla en una molestia sentimental que solo padecían los demás. Difuminó la economía hasta que la crisis se le apareció en mitad del salón como un cadáver que nadie había invitado. Difuminó el terrorismo hasta confundir la derrota policial de ETA con una dramaturgia de reconciliación en la que los asesinos acababan pareciendo víctimas de una mala comprensión histórica. Difuminó Venezuela hasta convertir una tiranía en un interlocutor. Difuminó Marruecos hasta presentar la cesión como realismo. Difuminó China hasta llamar oportunidad a lo que otros llamaban dependencia estratégica.

Y ahora, según la investigación judicial, toca averiguar si también se difuminaron comisiones, pagos, influencias y beneficios. No deja de tener cierta coherencia estética. Zapatero nunca pareció un corrupto clásico. No encaja en la iconografía del trilero mediterráneo, del conseguirdor con puro, del alcalde con chalet, del ministro con sobre, del empresario con bigote y palco. Su figura pertenece a una categoría más inquietante: la del hombre que reviste cualquier cosa de bondad. El corrupto vulgar sabe que huele mal. El blanqueador moral cree que el olor desaparece si lo llama proceso de paz. Esa es su ventaja. También su obscenidad.

Porque hay una forma de indecencia que no necesita gritar. Habla bajo. Dice cosas como diálogo, convivencia, distensión, humanitarismo, complejidad, no hay que romper los canales, todos los actores deben ser escuchados... Y, mientras pronuncia esas palabras, la víctima desaparece del encuadre y el verdugo recupera respetabilidad. Ese ha sido el gran talento de Zapatero: colocar una luz amable sobre lo intolerable. Por eso la imputación conmociona tanto al socialismo. No porque un expresidente pueda tener problemas judiciales. La política española ya no tiene edad para fingir virginidades institucionales. Conmociona porque afecta a una reliquia emocional. Zapatero era, para una parte del PSOE, el último recuerdo de una izquierda que aún se gustaba a sí misma. La izquierda de las cejas, de los artistas, de las leyes civiles, de la paz como eslogan, de la sonrisa como método, de la superioridad moral sin demasiadas facturas a la vista. Era el santo laico de los buenos sentimientos. El niño eterno de León que hablaba como si acabara de inventar la fraternidad en una servilleta.

Y ahora resulta que aparece en un sumario. No hay alegoría más cruel. El problema de los santos laicos es que, cuando se les cae la aureola, no se oye un estruendo; se oye un tintineo ridículo. Como de bisutería. De pronto, el gran mediador internacional tiene que explicar cosas muy prosaicas. Empresas. Pagos. Contactos. Intermediarios. Rescates públicos. Consultorías. Agendas. Personas de confianza. Nombres que antes no salían en las conferencias sobre la paz. Cantidades que no caben en un discurso sobre la Alianza de Civilizaciones sin producir cierto sarpullido.

Y entonces el socialismo descubre, con el mismo estupor con que descubre todo lo que no quería saber, que quizá el problema no era solo Sánchez. Quizá Sánchez no cayó del cielo como un meteorito amoral sobre un partido virtuoso. Quizá Sánchez heredó un ecosistema entero de indulgencias, silencios, dobles varas, obediencias, mitologías y blanqueos. Quizá el sanchismo no sea una anomalía sino una evolución. Más áspera, más descarada, más cínica, más feroz, sí. Pero evolución al fin y al cabo. Zapatero envolvía la realidad en algodón. Sánchez la envuelve en alambre. Uno sonreía al borde del abismo. El otro acusa al abismo de ultraderechista. Pero ambos comparten una intuición fundamental: el relato siempre debe llegar antes que los hechos.

Por eso Zapatero calla tanto. O habla poco. O habla desde jardines domésticos, en vídeos de autojustificación más propios de un profesor jubilado molesto por una comunidad de vecinos que de un expresidente llamado a declarar ante la Audiencia Nacional. No es fácil comparecer cuando uno ha pasado media vida explicando el mundo a los demás y descubre, demasiado tarde, que ahora debe explicarse a sí mismo. Y quizá no pueda. Porque hay biografías que se defienden mal cuando se las despoja de adjetivos nobles. Mediador. Humanitario. Pacificador. Internacionalista. Progresista. Dialogante. Todos esos términos han servido durante años como sábanas blancas extendidas sobre habitaciones oscuras. Ahora alguien ha encendido la luz. Todavía no sabemos qué dirá exactamente la justicia. No sabemos si habrá condena, archivo, absolución, escándalo mayor o decepción probatoria. Pero sí sabemos algo más elemental: cuando un hombre pasa demasiados años blanqueando a dictadores, termina por teñirse de aquello que quiso lavar.

La justicia dirá si Zapatero fue culpable de delitos. La historia ya puede decir que fue culpable de sus miserables indulgencias. Y no es poca cosa.

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