viernes, 17 de abril de 2020

La guerra del pacto


El día que desaparezca el ser humano del planeta, la naturaleza ocupará con su naturalidad todos los espacios por nosotros conquistados. Pasearán los leones por los aeropuertos y los delfines por los canales de Venecia, como ahora, y no habrá nadie para dejar escrito o fotografiado lo que ocurra. Y eso será todo lo que suceda. Tampoco los dinosaurios supieron que, tras su total extinción al cabo de 135 millones de años de existencia, unos bípedos inteligentes buscarían sus restos con ahínco 65 millones de años más tarde. Si lo pensamos bien, es irónico que a los gigantes saurópsidos se los llevara por delante un asteroide, que es algo grande e imparable, y a nosotros, como nos descuidemos, un virus pertinaz que se resista a desaparecer, que es algo bastante pequeño. ¿Cuestión de tamaño?
Será que, de escuchar todos los días lo mismo, con independencia de hacia dónde oriente uno las antenas, me siento pesimista. No por el virus: el patógeno me da lo mismo. Languidezco porque se está cebando con la generación de mis padres, la que resucitó este país de su miseria y nos lo entregó (no para que nos encargásemos de descuartizarlo). Aunque si lo pienso bien, también lo siento por las quintas de quienes ahora son niños, porque no tengo ni idea de lo que van a acabar recibiendo y no me gusta nada lo que imagino... 
Decía mi abuela que ojalá nunca conociésemos las estrecheces de la guerra. Guerras hay muchas en el planeta, algunas en la mismísima Europa, pero no nos afectan. Las concebimos con tantísima indiferencia que nos arrogamos el derecho a equipararlas con una crisis sanitaria. A todos los que emplean el lenguaje bélico los obligaría a leer los reportajes del Dombás. O mejor, los arrojaría de bruces en el propio Dombás para que, de una vez por todas, comprendiesen la crueldad y la barbarie de que son capaces los hombres. Un virus es un patógeno: no un tipo con un rifle dispuesto a matarte solo porque eres el contrario. La miseria y la pobreza que se ciernen no son las de una guerra: son las de nuestra incapacidad innata de trabajar juntos. Y no me refiero a las adhesiones a ultranza, por el artículo 33, so pena de ser considerados poco menos que facinerosos. Los políticos deberían aprender más sobre cómo logra avanzar la ciencia…
Juntos, pero no ciegos ni porque sí. Unidos en una estrategia consensuada entre todos. Y de remate: el CIS pregunta si apoyamos “el pacto”. Lo que apoyaremos será el resultado (esto sí es el pacto), no el anuncio de que habrá una reunión. Lamentable.



viernes, 10 de abril de 2020

Santo Viernes


Sea usted católico o no, este año la procesión va por dentro. Si tiene fe, puede recurrir a la soledad para expresar su dilección por el crucificado. Si no la tiene, busque consuelo en seguir ejercitando la paciencia. Hartos y cansados estamos todos, sobre todo de palabras. Mi consejo es huir de los discursos, muy especialmente de los que fabula nuestro Presidente: un hombre que no supo escribir su tesis, ni tampoco el libro que ha firmado, ¿cómo no iba a copiar casi literalmente la retórica de Churchill? Y se creerán, allá en el palacio monclovita, que son ingeniosos… Es lo que pasa cuando, en plena crisis descomunal, uno trata de conducir al pueblo con cosméticos para aparentar ser bello. Digámoslo sin ambages: las apariciones del Gobierno se cuentan por cabezas vacías.
Semana de Pasión, y mucha que hay en el barullo de informaciones, noticias, cifras. Uno se siente cansado de curvas y gráficos. Hay quien arguye que nos olvidamos de los hechos, es decir, de los muertos, y que resulta ignominioso aplicarles matemáticas porque es lo mismo que olvidarlos. Pero los muertos se mueren solos en esta y cualquier otra circunstancia: la muerte es consustancial a la intimidad del ser humano (los animales ignoran que existe), y el destino de morir es el olvido. Por eso el drama de la muerte pertenece a los vivos. Son a las familias de los muertos a quienes debemos rendir nuestro respeto, porque no los pueden ni siquiera enterrar en paz. Y eso es dramático. ¿Para qué somos tan modernos si, no pudiendo combatir la muerte, tampoco sabemos dar apropiada sepultura? De repente, nuestro primer mundo se ha claveteado de tercer mundo en muchas de sus costuras.
Los muertos no van a resucitar cuando todo acabe. Y ya veremos qué les pasa a los vivos. Nadie dice saber qué va a ocurrir, pero todos hablan sin cesar. De nuevo no hay silencio, solo ruido. El Gobierno ha descubierto la hibernación de los viajes económicos y sus socios el camino del soviet. Incluso algún alto cargo europeo, tras haber pasado por el consejo de administración de una gran empresa, preconiza la vuelta al totalitarismo estatal (en plata: más impuestos). Y, mientras tanto, en Europa no atinan a dar respuesta -qué raro-. El Sur critica al Norte su insolidaridad y el Norte critica al Sur su derroche. Este cuento nos suena. Y en esas están mientras la gente se muere de miedo y no del virus.
Santísimo viernes. Cómo viene la cosa. La urgencia ha concedido alas a la improvisación, y no parecen precisamente alas de ángel…

viernes, 3 de abril de 2020

Libertad confinada


Cuando la Peste Negra de 1348, Venecia cerró su puerto y obligó a todos los viajeros a 40 días de aislamiento. De ahí la palabra cuarentena. Un par de siglos más tarde, Inglaterra luchó contra la peste con una ley que permitía encerrar a los enfermos durante seis semanas.
Es una represión históricamente aceptada. Quizá porque parece aparentar que el Estado está haciendo algo, y hay muchas cosas que el Estado debería estar haciendo, pero, salvo eliminar las libertades constitucionales (aprovechando una Alarma que, constitucionalmente, no está diseñada para eliminarlas) y reunir poder omnímodo para no tener que recabar la opinión de los demás, nada se está gestionando ni bien ni a tiempo. No importa. Hay pocas dudas a la hora de apoyar de forma incondicional la concentración de poder que se está produciendo. Al parecer, una crisis sanitaria es incompatible con la Constitución y el debate. La democracia ha devenido dictadura, pero simpática.
Un ciudadano asustado es dócil. El miedo conlleva obediencia. El miedo a perder la vida, fundado o no, ensordece la pérdida de libertad. El Gobierno enfoca la lucha contra el virus como una guerra y, por ello, recibe la aprobación nacional: en la guerra, todo vale, incluso un Gobierno de concentración en una sola persona y sus asesores. Y como es una guerra, desde los balcones muchos confinados dedican su aburrimiento a combatir: esto es, agredir a cualquiera que consideren que permanece en la calle más tiempo del debido, ya sea la señora del perrito o el caballero con el carro para la compra.
El Parlamento húngaro va a otorgar poderes dictatoriales a su ultraderechista primer ministro. Y se está produciendo una transición similar en Israel, donde Netanyahu, pese a haber perdido las elecciones, ha promulgado un decreto de emergencia que le permite posponer el inicio de su propio juicio penal. Corea del Sur, una democracia floreciente y robusta, ha utilizado aplicaciones para rastrear a los pacientes, aunque sin necesidad de suspender el Parlamento.
En España, el Gobierno está muy lejos de desplegar armas tan sofisticadas. Los viejos métodos funcionan. La incógnita por responder, aunque para una inmensa mayoría de ciudadanos ni siquiera importa, es si sabrá estar a la altura de las circunstancias cuando los contagios remitan y toque devolver todo el poder a su situación original, incluyendo los decretos de emergencia. Mucho me temo que aprovecharán el coma inducido de nuestra economía para seguir gestionando de igual forma nefasta al país.

viernes, 27 de marzo de 2020

Pocas nueces


Es posible que el confinamiento de la población esté determinando que las cepas más agresivas del SARS-CoV-2 (lo llamamos COVID-19, pero este es el nombre de la enfermedad) se produzcan en los hospitales. Un virus desea dominar su entorno y siempre elige tener más oportunidad de infectar. Si sucede, porque hablamos de hipótesis, creo que el aspecto más crudo de esta pandemia reside en el modo en que nuestro personal sanitario encara la aún intratable enfermedad con máximo riesgo para su salud. Un segundo aspecto, del que quizá hable en otra ocasión, reside en cómo el Estado de Excepción impuesto (¿por qué lo siguen llamando de Alarma si sus medidas lo exceden?) se ha olvidado literalmente de los niños, pero no de los perros.
Mas volvamos al asunto de hoy. Para muchos, que un patógeno mute para volverse más peligroso es lo que puede causar el definitivo fin de la humanidad. Pero no es cierto. La mutación es consustancial a muchos virus y este no iba a ser una excepción. Ahora que todos nos hemos vuelto epidemiólogos expertos, parece banal recordar que el material genético del COVID-19 es ARN y no ADN. Tiene su importancia. Este tipo de virus muta unas veces de forma neutral y otras de forma dañina sin reparar los “errores”. Las que lo vuelven agresivo también lo vuelven menos contagioso, porque obliga al enfermo a guardar reposo. Y los virus para sobrevivir necesitan contagiar lo más posible.
Tampoco es cierto que las mutaciones vuelvan ineficaces las vacunas que se encuentren. Otros virus ARN como la fiebre amarilla, el sarampión o las paperas mutan rápidamente y sus vacunas aún son muy eficaces. Investigadores italianos acaban de publicar un estudio, respaldado por otros investigadores, que sugiere que este coronavirus es relativamente lento a la hora de mutar. Esto significa que la vacuna que se descubra podrá prevenir a la población durante períodos de tiempo relativamente largos (este es el rasgo que, en mi opinión, más y mejor lo diferencia de la gripe, un tipo de coronavirus que reorganiza rápidamente su genoma y obliga a los investigadores a trabajar contrarreloj para decidir qué cepas representarán la mayor amenaza cada temporada). En este sentido, una noticia para la esperanza.
Como al parecer aún no toca criticar al Gobierno, so pena de ser considerado traidor a la patria, quisiera agradecer el trabajo del personal sanitario, cuyo 12% de contagios es algo que debería hacer sonrojar (y dimitir, y pensar) a muchos de nuestros prebostes, presentes y pasados.

viernes, 20 de marzo de 2020

Primera semana

En 2015, a raíz del MERS, Corea del Sur corrigió la carencia de pruebas clínicas ante emergencias. A las pocas semanas del episodio de Wuhan, dispuso de capacidad para evaluar a 10.000 personas diarias. Este rápido despliegue fue una ventaja clave junto con la información precisa del movimiento de ciudadanos infectados, tomada de celulares y tarjetas de crédito. Un diagnóstico a tiempo salva vidas, si bien es cierto que COVID-19 carece de tratamiento específico hasta la fecha. Las muertes se producen por neumonitis vírica o bacteriana sobreañadida, un asunto bastante familiar para el personal sanitario de las UCIs, que lleva tratándolas desde hace años.
En 2015, el 28,6% de los italianos tenía más de 60 años. En este país, el 90% de los fallecidos tiene 70 años o más. El virus afecta por igual a hombres y mujeres, pero los datos de China revelan que la ratio de decesos en varones es del 4,7% y del 2,8% en mujeres. Fumar es un factor claramente asociado al riesgo: mortalidad para fumadores del 24% en Italia y 27% en Corea. En el país transalpino fuma el 28% de los hombres y el 20% de las mujeres. En Corea, fuma el 50% de los hombres y solo un 5% de mujeres. Parece claro, el tabaco mata también a través del COVID-19.
En China, a fecha de ayer, los decesos por COVID-19 se duplican en 31 días (buena señal). En España, Holanda y Reino Unido, en solo dos días. Estamos en el peor momento. En Italia, 4 días. La tasa de mortalidad varía del 0,9% (Corea del Sur) al 4% (global actual). COVID-19 se alinea con las infecciones habituales de otros coronavirus comunes: en el 25% de los casos no produce síntomas.
El aislamiento de la población es eficaz y necesario. La gente lo cumple y esa es la mejor noticia. Ello no impide que el virus alcance todos los confines del planeta. Los medios salpican el número de casos activos y fallecimientos en tiempo real, pero en España es alarmante que no se informe oficialmente del número de hospitalizaciones y muertes por grupos de edad, sexo, clase social o patologías previas, como sí hacen otros países.
COVID-19 no es el fin del mundo y del batacazo económico saldremos. Tengo muy claras ambas cuestiones. Pero necesitamos, cuando todo pase, mejorar la participación pública y la información para evitar histerias contraproducentes. Se presentarán nuevas amenazas, ya sean virus, ataques cibernéticos o devastaciones meteorológicas. Los ciudadanos de todo el planeta estamos cumpliendo. Por eso esperamos mucho de nuestros gobiernos desde ahora mismo.


viernes, 13 de marzo de 2020

Realismo

Este año me complazco en leer o releer a Galdós. Escribió mucho, y bien, y su obra nutre como solo los clásicos vigentes sustentan. Hay quienes defienden su distancia respecto a Flaubert, Tolstoi o el mismísimo Clarín, de quien fue contemporáneo y para quien la clave de la literatura consistía en su detenida observación y recreación de la realidad, hasta “hacer olvidar al lector que hay una cosa especial que se llama estilo”. Pero basta con uno cualquiera de los cuarentaiséis Episodios Nacionales, y zambullirse en ellos hasta sucumbir a la visión perfecta y lejana de una muestra de nuestra historia que para sí quisieran muchos de los más afamados (y acaudalados) escritores de ahora. O en esa maravilla que es Fortunata y Jacinta, donde cada personaje es un ser vivo, autónomo, vislumbrado desde la mirada lejana e imperceptible, capaces de querer como catorce a quienes los amen como dos. Y si escogen una cualquiera de sus obras, en todas encontrará una saciedad tal que no le importará dejar de leer para siempre (cosa que, pretendidamente, espero que no haga usted, caro lector).
Han pasado cien años desde su muerte en enero, en Madrid, casi ciego y obligado a dictar sus invenciones literarias. Y en todo este tiempo, para muchos, aunque lo oculten durante el centenario de su muerte, ha representado al escritor sin ambición, republicano, anticlerical y prosaico, ortodoxo en su escribir hasta tal punto que era rechazado simplemente por no ser innovador, por no disponer de estilo. Nunca comprendieron las averiguaciones de Clarín y lo despreciaron. Por descontado que, tras Galdós, muy pocos lograron imbricar sus páginas con el resto de la novela europea. Y, puestos ya a ser dramáticos, de los actuales, casi ninguno.
Algo de ese huir y esa crítica queda aún latente. Por eso mismo parece que, para arrimarse a Galdós, haya que ir provisto de una afilada guadaña y solo así atreverse a cruzar el campo. Pero no es cierto. Basta con armarse de tiempo, ese bien tan escaso en estos tiempos que corren. Porque tiempo es lo que Galdós narra al contemplar, desde sus ojos, el ir y venir de la penumbrosa calle a los salones palaciegos y de los salones palaciegos a la mísera pensión. Galdós elimina el tejado de las casa y nos coloca un reloj de bolsillo en los pantalones. Como Dickens. Como Balzac. Como Faulkner. Como tantos otros. Es posible que nosotros, los lectores, provengamos del campo, pese a creernos urbanitas, porque ninguno sabemos ver la vida como la vislumbró Galdós.

viernes, 6 de marzo de 2020

Difícil y vulnerable


La fecha del 8M de inmediato sugiere orientar las palabras al género femenino. Ahora todo es género, incluso el sexo, por aquello de lo psicosocial.  De este modo las personas, del sexo que sean, acaban siendo representadas por palabras, cuyo alcance es mayor y más integrador, lo que es algo muy parecido a ser de una liquidez fácilmente manipulable. La idea es abarcar a ese 6% de población que realmente lo necesita, que “no nos representa”, dirían. Corren malos tiempos para el masculino gramatical, al menos en lo público (luego, en la privacidad, cada cual hace lo que quiere). 
Si hablamos de mujeres, hemos de referirnos a las combatientes del patriarcado opresor.  Por eso el ministro de Cultura propone que las películas de las mujeres sean “obras difíciles” o el de Consumo que la mujer sea considerada “consumidor vulnerable” (consumidora). A esto es a lo que llaman feminismo. El machismo de toda la vida, visto desde el paternalismo: como las mujeres no son iguales a los hombres, poseen riesgo de exclusión social. Si yo fuera mujer, no podría sentirme más indignada. Que por razón de sexo o de género (ya me da lo mismo), me vean desvalida es lo mismo que mandar a la mierda (con perdón) mis méritos, mi profesionalidad, mi creatividad artística o mi capacidad para valerme por mí misma.
Creo que a esto se refiere eso de que el Estado es un macho violador. Ahora que soy sospechoso de violar a las mujeres (de repente soy potencial participante de una “manada”), entiendo la ansiedad que supone ser víctima de delitos que no se han cometido o de cambios sociales que se ralentizan a la hora de llegar. Los asesinos de mujeres son, en su gran mayoría, hombres (como hombres suelen ser los asesinos de hombres). Los maltratadores son, inmensamente, hombres. Los acosadores son hombres, y acosan en el trabajo o en la calle a la mitad de ese 94% de población que no necesita redefinir su sexo. Y, por descontado, quienes piensan que la maternidad es un freno laboral, son casi siempre hombres (no siempre).
Sin lugar a duda, mucho se ha conseguido y mucho queda por hacer. Me alivia pensar que, aun despacito, se ha avanzado, también porque los hombres reivindicamos libertad y respeto y derechos para las mujeres igual que lo hacen las propias mujeres. No están solas. Feministas somos todos, al menos en lo que respecta a una sociedad moderna. De otro modo la batalla se habría perdido hace tiempo o sería muchísimo más dilatada (que se lo pregunten a las mujeres en Arabia o Afganistán).