viernes, 26 de septiembre de 2014

Dimite, que algo queda

No me interesa la dimisión de Alberto Ruiz-Gallardón como ministro de una Justicia de la que, no quedando apenas nada, quiso acabar con lo restante. Se trata de uno de esos tantos adioses protagonizados por los políticos, capaces de morir y resucitar infinidad de veces, de fingida humildad y lealtad hacia el inquietante preboste máximo que, cual dedo de Dios, va señalando a las almas el camino de su destino final: infierno o cielo (curiosa esta concepción de serial-killer que le están adjudicando a nuestro presidente, cuando resulta obvio que se limita a contemplar los suicidios colectivos ajenos).

Decía que no me interesa mucho el suicidio político de Ruiz-Gallardón, hombre constantemente obsesionado por el poder, el ninguneo corporativista, las relaciones empresariales de alto riesgo (y mucho dinero), los líos de faldas y no sé cuántas otras más. Pero mucho menos me interesa la dimisión del presidente de RTVE, un tipo al que no conozco de nada (supongo que le conocen en su casa a la hora de comer) y del que antaño se escribieron ríos de tinta tildándole de afamado gestor y reputado mandamás (aunque fama y reputación, bien se sabe, valen lo que cuesta que otros la refieran).

Si no me interesa la historia del tal Echenique, a mí que hace ya una década que no veo ni un solo programa de esa cadena ni de ninguna otra, no es por su edad, similar a la mía, ni por las hondísimas esperanzas puestas otrora en él por los muchos autores que ríos de tinta sembraron en los medios lisonjeándole, como bien dije antes. Querer salvar la tele pública y perder 300 millones de euros es hacer bien las cosas, digo yo. Pongamos al margen la lucha por la audiencia o los escándalos informativos y la vuelta de tuerca a los contenidos televisivos que, como suele decirse, se deseaban de gran calidad. Digamos bien alto que de lo que se ha tratado, y supongo que aún se trata, es de cómo meterle mano a un pedazo de corporación con más de 6.000 empleados, muchos de ellos brillantes (aunque me temo que a los mejores los prejubilaron hace tiempo), y al inmenso agujero negro que se esparce sobre los resultados económicos de semejante mostrenco.

Sinceramente, me preocupa poco la dimisión de Gallardón, pero mucho menos la de Echenique, porque sin la tele puedo vivir y de hecho vivo tan ricamente (les aconsejo que tiren el trasto al punto limpio y lo comprobarán), pero sin Justicia no. Y hace tiempo que quería ver la Justicia sin al ya ex ministro.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Alba

En gaélico escocés, Alba es el nombre con que se denomina a Escocia. El país que ayer (hoy, cuando escribo esta columna) votó sobre su independencia.

Viví un par de años en Edimburgo. Eso ocurrió hace ya un tiempo, cuando todavía los escoceses se limitaban a comentar, con evidente satisfacción y orgullo, que ellos no eran ingleses. Hospitalarios, el pueblo escocés acoge al extranjero con exquisitez, brindándole descubrir no solamente las tierras altas donde Rob Roy combatió a los ingleses o la cabeza del célebre monstruo que aparece y desaparece en las frías aguas del canal de Caledonia, también su cultura propia, su historia, leyes, religión… su tierra. “Algún día volveremos a ser un país”, se limitaban por entonces a proclamar en los pub jugando a los dardos (en esto no se distinguen mucho de sus vecinos). En la década que ha transcurrido desde que abandoné Edimburgo, es evidente que las mentes de los escoceses han avanzado mucho por el trecho que lleva del lugar donde arraigan los sentimientos nacionalistas hasta el pozo de la política secesionista (iba a escribir que es un pico, pero lo he cambiado), donde aquellos se convierten en punto sin retorno.

La política no es nada sin un Estado donde desarrollarse. La política que se fundamenta en sentimientos provenientes de la historia y de la cultura, pero no en presupuestos ni en leyes orgánicas, no puede llamarse política. Es algo muy distinto. Yo mismo comienzo a darme cuenta de que las mareas humanas, conformen se van nutriendo de más y más almas que proclaman una misma consigna, por convicción o por adhesión, con razón o sin ella, son imparables y quizá deban ser atendidas con mejores intenciones. Ignoro bajo qué negociaciones (de paz, siempre) o qué condiciones se han de efectuar las solicitudes. Pero es evidente que, mientras el clamor siga creciendo, los oídos sordos solo pueden conducir al distanciamiento. El clamor con clamor se responde. Al clamor secesionista solo se le puede oponer el clamor que boga en pos de la unión de los pueblos. Y encabezándolos, solo pueden emplazarse políticos de inteligencia y firmeza. No son los nuestros, por desgracia.

En Escocia se ha disputado no la identidad de un pueblo, cuestión evidente de por sí, sino la forma política y social de reconstruir una antigua nación hasta ahora diluida. Y se ha efectuado conforme a la ley y al diálogo. Por eso mismo, y sin saber cuál ha sido el resultado, yo he votado figuradamente por Alba.

viernes, 12 de septiembre de 2014

La muerte de un banquero

No sé quién era Emilio Botín. Conocía al banquero, al igual que ustedes. Por la prensa. Por las notas informativas. Por Wikipedia. Jamás me lo encontré en Santander o en Madrid por la calle. He aprendido más de él en los últimos dos días que en el resto de mi vida. En realidad, el banquero de la corbata roja nunca me interesó más allá de lo que puede interesar alguien reconocido por ser un muy notable empresario. Pero, fíjense qué enorme es la diferencia: el banquero muere y de inmediato le sucede otro banquero, pero muere el hombre y nada puede ocupar su puesto. El nuevo banquero es su hija. Mismo apellido. E idéntico desconocimiento mío sobre quién es esta mujer que asume el sillón desde el que gobernaba su padre. Uno concluye que los banqueros son de quita y pon (las grandes maquinarias parecen no poder caminar solas), al igual que los productos financieros y las donaciones.
Sigo sin saber quién era Emilio Botín. Y, realmente, tampoco me importa, dicho sea con todo el respeto del mundo, pues no deseo significar indiferencia o crueldad con esta aseveración: solo decir que la persona escondida bajo el presidente del mejor banco de España, en puridad, nunca significó nada en mi vida, al igual que tantos y tantos otros personajes ilustres de nuestro tiempo. Casi me da más pena advertir la desaparición del banquero (a quien algo conocía) que al ser humano (de quien lo desconocía todo). El hombre, una vez muerto, es, antes o después, pasto del olvido, al igual que su sombra deja de producirse y del nombre solo queda una lápida escrita. Las lágrimas se secan. El dolor deviene rutina. El recuerdo, pena. Todo acaba diluido como si jamás hubiese existido. Será su mujer, su hija (no la banquera), sus amigos, quienes acometan el ingente esfuerzo de vencer la inercia de su ausencia. Pero ese hombre, Emilio Botín, presidente de uno de los bancos más importantes del mundo, jamás fue nada para mí.

Leo con pesar algunas manifestaciones sin respeto alguno por el descanso eterno de Emilio Botín. Mal signo de estos tiempos tan líquidos. Se habla demasiado. Se insulta demasiado. Se opina demasiado. Ni siquiera sé por qué debo escribir esto mismo cuando, entre personas de madura sensatez, debería resultar obvio. Acaso sea el estigma de los banqueros: ser vociferados incluso después de muertos. Aun así, ¿qué importa? Siempre escupen los mismos. Cuando sean ellos quienes desaparezcan, también sus nombres se borrarán para el olvido...

viernes, 5 de septiembre de 2014

Seguridad planetaria

Los godos saquearon el Imperio Romano tanto de oriente como de occidente. La debacle imperial comenzó en el momento en que Roma decide externalizar en ellos la defensa y seguridad de sus fronteras. Los godos, perseguidos por los hunos, comenzaron así defendiendo al Imperio de vándalos, de hunos, de revueltas… para finalmente acabar destruyéndolo. Roma se barbarizó desde dentro. 

La historia de Alarico y Honorio continúa vigente. El 11-S convirtió en asaltador del nuevo imperio a quien no tantos años antes se había identificado como luchador por la libertad en Afganistán. Algo así ha sucedido con los islamistas del IS en Siria e Irak. Estados Unidos primero bombardea una ciudad, una región, un país, protege al islamista que considera aliado, y luego descubre con estupor que ha de volver a bombardear esa misma ciudad, región, país, porque había dejado su protección en manos desalmadas manos por no poder mantenerla. Barack Obama protesta desde la Casa Blanca y reinicia los bombardeos en Irak mientras sigue tratando de negociar un régimen de bombardeos con el régimen sirio, contra quien había armado previamente a los ahora repugnantes terroristas decapitadores. 

Teorías hay muchas, todas variopintas y convergentes. Desde las que hablan de la defensa de la industria armamentista y los contratistas privados de seguridad, a las más recientes sobre el control de las rutas del gas. El punto focal es, en uno u otro caso, siempre el mismo: monetario e ideológico. El panorama, en cambio, diverge hacia un escenario que parece repetirse con idéntica pauta: la generación, primero, de inseguridad, para que nazca, acto seguido, el pérfido terrorista cortacabezas y de él se derive, como colofón, una sensación planetaria de peligro. Ahí están las absurdas normas de seguridad del tránsito aeroportuario o las múltiples y obsesivas vigilancias estatales para demostrarlo. Y mientras todo esto ocurre, mientras las televisiones de medio mundo programan la escenificación de ajusticiamientos y decapitaciones (completamente hollywoodiense, dignas del mejor director para la más abundante audiencia), los señores de la guerra y los señores del poder continúan pergeñando cuál será el protocolo de seguridad que, sin cortar la cabeza del dragón, permita la coexistencia de ambas realidades igualmente bárbaras e igualmente innecesarias.

Para Baudelaire, Satanás negaba siempre su existencia. Para los que no llegamos a ser poetas, lo que acaso no debió existir nunca es el infierno que protege.


viernes, 29 de agosto de 2014

Historia de una infamia

Septiembre otra vez. Y otra vez comienza todo. 

Es desesperante comprobar que continuamos en la cresta de una ola que sigue soltando sucios espumarajos conforme avanza. Particularmente significativo es el golpetazo contra la costa del otrora insigne presidente de la Generalitat: el padre de la patria catalana, llamado a cambiar el estado español (con permiso de Euskadi). En la rompiente, la ola presenta ese característico hedor que manifiestan la mentira y el dinero. No ha sido el único caso. Ahí siguen también, estrellándose con la marea, los restos casi putrefactos de mil otras corruptelas en tantas otras partes de la piel de toro. Porque el mar que rodea a nuestra península y nosotros dentro, con permiso de Portugal, lleva millones de años de lento pero constante azote, devolviendo las efímeras miserias humanas.

Una de las cualidades que más aprecio del mes de septiembre es su manera enérgica, pero cariñosa, de devolvernos a todos a la realidad tras la hipnosis estival. ¿Cariñosa?, se preguntará usted. Sí, es cariñosa, amable, él se anuncia despacito durante semanas sin hacer ruido, sin molestar: sabe que solo su nombre ya produce pesar, nosotros sabemos que en su determinación es silenciosa. Y una de las cualidades que más detesto del mes de septiembre es el empecinamiento de muchos en reiniciar los distintos cursos (lectivo, político, judicial) sin haber aprendido nada del anterior (o habiéndolo olvidado todo). No cambiar nada para cambiarlo todo, que dice el lema, solo que en esta ocasión la consecuencia apenas se produce.

En este septiembre quizá veamos algunas circunstancias en las que la expiación emerja del humus en que la clase dirigente ha situado su propio ecosistema. Jordi Pujol ya lo ha intentado, con más artimañas que sincera contrición. Imagino que la losa del engaño es demasiado pesada incluso para dinosaurios astutos como él, tan afectados de cinismo y doble personalidad. Jugar con los presuntos destinos (en caso de que haya más de uno) de la gran Catalunya y erigirse en el patrimonialista de todo su pueblo para acabar derrumbado por la evidencia más grasa y casposa, es algo muy similar a desaparecer de la Historia y acabar tus días en El Caso por infamia. Hay expiaciones que no sirven absolutamente de nada. Mejor le iría un tratamiento psiquiátrico que lograse refrenar en él, para que sirva de ejemplo a muchos otros, esas pasiones por el dinero y el poder que le han hundido lejos de la costa.


viernes, 22 de agosto de 2014

El camposanto

Hemos venido al cementerio a colocar unas flores en la tumba de mi padre. Estamos casi todos los hermanos y nietos acompañando a mi madre en este momento triste y emotivo. El sol aplana sombras y tumbas dejando un raso de tierra amarillenta y polvo ocre. En la parte más nueva las lápidas son grandes, negras, ostentosas, muy distintas de las acostumbradas pequeñas cruces blancas, íntimas, silentes. Diríase que ahora es habitual sustituir la repetida visita al montón de tierra removida por una incoherente y única expresión de altivez orgullosa. 

Conozco, mejor dicho, recuerdo, a muchos de los seres que yacen en este apartamiento: Alicio, Rufino, Victoriano, la tía Encarnación, Serafín, el tío Cambón... Pero les voy olvidando poco a poco y ya apenas hablo con sus familiares sobre ellos o sobre nada en absoluto. Ahora me arrepiento de no haber pasado más ratos, cuando pude hacerlo, escuchando sus historias de otras épocas y momentos. Pero el camposanto no tiene respuestas para mis olvidos. Es solamente una extensión de tierra donde crecen los hierbos y el silencio, donde las preguntas se dispersan por el viento, donde sólo se escucha el eco de los lloros vertidos el día que removieron la tierra para alojar un féretro y abandonarlo allí para siempre. Es acaso lo más triste. Contemplar la desmemoria que produce este bosque de troncos blancos marcados con nombres y fechas que ya nada expresan.

No soy capaz de asociar el lugar donde yace mi padre con ninguno de mis recuerdos de él. Le veo en el viejo coche aparcado en las leñeras, en el sillón donde sesteaba, incluso viniendo a casa por la calle, despacio, mirando al frente y sonriendo como solía. Pero no puedo emocionarme ante los terruños con flores ni ante su nombre esculpido en mármol. Por instantes me niego a la evidencia y quiero pensar que, en algún momento, en alguna oportunidad, él volverá a acompañarme a la estación o al examen de conducir, que la vida es cíclica y se repite, y morimos y volvemos a vivir, porque los seres queridos nunca se van para siempre, sólo se ausentan un rato.

Vivimos inertes, por resignación o por adecuación, a la falta de quienes se marcharon. Acaso porque no queremos ver que el destino de cada ser humano es vivir en la memoria efímera de unos pocos y en la inmensidad de todos los olvidos. Por eso resulta tan valioso tratar de perpetuar en nuestros días lo poquito que tenemos de las vidas ajenas. Por eso me resulta cada vez más inútil dedicarle tiempo a todas las cuestiones que, por codicia o soberbia o egoísmo, apartan al ser humano de lo único que importa.


viernes, 15 de agosto de 2014

Escribir para leer

A finales del mes pasado coincidí en el AVE a Barcelona con una lectora empedernida, quien, una vez acomodada en su asiento, abrió un Kindle y se embargó en la lectura sin apenas levantar la vista hacia los arbolitos durante todo el trayecto. Llegando a Sants, una compañera suya le formuló las consabidas preguntas sobre libros electrónicos: cuántos caben, etcétera. Ella repuso a cada inquisición de su amiga y aprovechando que el pasaje se agolpaba en el pasillo del vagón en espera de la apertura de puertas, dedicó unos cuantos elogios a su voraz pasión lectora. Por suerte para mí, que no me atrevía a entrevistarla, su amiga preguntó por el contenido de sus cincuenta lecturas anuales, y ella muy solícita respondió sin contemplaciones cuánto le gustaban los best-sellers. Sólo en una ocasión nombró a un escritor por mí conocido, Vargas Llosa, lo restante eran escritores que gustan de misterios templarios, enigmas eclesiales, asesinatos complejos y entramados empresariales de turbias organizaciones clandestinas. No dudé ni por un instante de la cantidad de páginas por ella devoraba: pero ni una sola albergaba la literatura que yo aprecio.

Este curioso incidente me llevó a considerar en qué épocas de mi vida he leído más, aunque no tanto como esta lectora, me temo, y sobre todo con qué intención. Y la respuesta fue muy clara. Cuando estoy escribiendo (un libro de relatos, una novela, una narración en suma) es cuando más intensamente acudo a la literatura. Han de perdonarme los lectores de best-sellers, pero no incluyo estas obras entre las necesarias para alimentar mi inquietud escritora. Los considero libros escritos, al igual que los manuales de autoayuda o los ensayos sobre extraterrestres, pero no libros de literatura. Yo, cuando abro una novela, exijo que la inteligencia del escritor sea magna en argumentaciones, generosidad en la caracterización de personajes, distancia ecuánime entre el autor y los hechos narrados. Esta razón es la que justifica que, cuando me entrego a la creación literaria, busque pistas y ayuda en quienes supieron resolver previamente estas cuestiones. Como justifica que la crítica social de Galdós o Azorín sigan vigentes un siglo después de haber sido formuladas, y tantas novelas modernas mueran a la semana siguiente de nacer.

Leer para escribir. Y escribir para volver a leer. Uno quisiera encontrar mayor cantidad de lecturas, si bien es tarde para rellenar los huecos intelectuales nunca cubiertos. Y seguiré sin acudir a las brillantes ediciones de libros para leer vendidos por millares e incluso millones, y que llenan tanto las horas de un viaje en tren como las estanterías de muchas viviendas.