viernes, 18 de octubre de 2019

Nunca es suficiente


Aquel segundo día de octubre alguien me dijo que había acudido a votar que no, pero que sintió miedo y acabó votando que sí. El recurso del miedo, como el recurso al fracaso político, revela una posición mediocre, la de no decir que sí para que se note menos, porque el sí es de fanáticos y extremistas y no es ejemplar ser visto como tal, aun siéndolo. Hoy se desvela la aparente mediocridad: quien profirió tan afrentoso (y ofensivo) argumento, realmente contemplaba el futuro que se dibujaría dos años más tarde.
No es un futuro nuevo ni exclusivo. En Euskadi todavía se pintarrajean las paredes y muros con pintadas perceptibles y presuntuosas que reclaman libertad para los presos (los presos son terroristas). No nos vanagloriemos por la libertad de expresión: muchos aún necesitan dar a entender que tal libertad no existe, que solo sucede cuando se usa las calles para expresar lo que uno realmente piensa o siente. El fanatismo precisa muros para manifestarse. Y cuando no bastan los muros, contenedores. Pero los muros no arden, los contenedores (y, a veces, lo que en derredor se halla) sí, como se ha vuelto a demostrar en Cataluña. Algo ardiente es siempre transmisión de la palabra divina.
Las hogueras de las noches, tanto paganas como cristianas, purifican. Las hogueras reactivas, tanto a las sentencias como a la política, amedrentan, que es otra manera de expiación, si bien controvertida. Porque quienes las prenden, como quienes pintarrajean, hace tiempo que no distinguen entre realidad y ficción, entre falsedad y verdad. Es relativamente sencillo desvelar lo que es incierto y falso, pero, ¡ay!, la verdad frecuenta caminos retorcidos donde acaban entremezclándose las opiniones y egoísmos para no llegar a ninguna parte. El fuego de un contenedor o de un vehículo, como la pintada en la pared, trata de convencer que, tras él, solo existe un legítimo sentimiento de democracia y justicia, porque, como todos saben, o deberían saberlo, no es democracia sino lo que el pueblo, en su ínfima minoría identitaria, decide. Aunque decida vivir una farsa o a espaldas de todos los demás.
Lo tengo muy claro. A esto también conduce el nacionalismo, no solo a la exaltación de la propia identidad. Si existe la posibilidad de trasladar el sentimiento a la calle, acaban llegando las pintadas y los contenedores quemados. Y, en ocasiones, los féretros. Porque, como bien enseña la Historia, para ciertas cuestiones la política nunca es suficiente.

viernes, 11 de octubre de 2019

Alcaldesa expugnable


Estos días cunde en la prensa el extraño y desvergonzado caso de la alcaldesa de una localidad (bastante grande) de Madrid, cuyos días están contados. Una alcaldesa que, con el consentimiento de todos los partidos políticos presentes en el pleno, aprobó una subida de sueldo para su emolumento y también el de los concejales. Por supuesto, el alzamiento de los salarios consistoriales no solo se ha registrado en el ayuntamiento que nos ocupa: muchos otros, de cualquier signo político y condición, han obrado igual. La pela es la pela.
La enfermedad (antes que drama) de esta alcaldesa se traduce en el nepotismo con el que ha actuado en su breve singladura (desde julio): nombramientos (llamados también designaciones) en favor de parientes y amigos a quienes, como el valor en la mili, se les supone capacidad y adecuación. Los amigos de uno siempre son adecuados para cualquier cosa, está claro. El nepotismo es contrario al orden constitucional. Y al código ético de cualquier partido, también el de la alcaldesa. Pero no está reñido con la indecencia. Por supuesto, el partido político que ha venido amparando a esta señora alcaldesa la ha acabado empujando al lúgubre ostracismo que pende encima de su cuello. Yo me pregunto por qué no se reaccionó de inmediato. Como en cualquier liza, la que antaño sería corregidora (acaso hogaño también) va bien parapetada de amistades y fieles inasequibles al desaliento que producen sus ofuscaciones designatorias. Incluso cuando el escándalo ha sido tan mayúsculo que, presionado por la opinión pública y el hartazgo de afiliados afines, la buena mujer ha decidido la suspensión de su militancia, pero no la cesión del acta ni tampoco la dimisión de su cargo.
Es lo que tiene la carrera política. Que una funcionaria del departamento de obras, tras una prueba presidida por un compañero y amigo del partido, con estudios en servicios sociales, pase a concejala de inmediato, desde donde ataca con saña al alcalde (afín) hasta su dimisión, afectada de tanta soberbia y autoritarismo como de escasez de bagaje intelectual, y logre ser recompensada, por arte y efecto de las nuevas políticas monclovitas, hasta su inevitable caída en desgracia, al poco tiempo de ser nombrada lo que aún es, no deja de ser una muestra más del modo de pensar de quienes son, de forma vitalicia, parte del aparato de los partidos. No viven para servir al pueblo: viven para el partido.
A quién le puede extrañar lo que pasa en este país.

viernes, 4 de octubre de 2019

Octubre es otoño


Hablamos Queco y yo del otoño. Las hojas ya van amarilleando y pronto sembrarán las calles con su manto mortecino. Aprovecho para enseñarle el sustantivo que identifica la hojarasca seca que cae de los árboles: la seroja. Le comento que en algunos lugares de los Estados Unidos es habitual encontrar, en este mes, a grupos de turistas que se desplazan hasta los bosques para observar tanto los colores otoñales de la foresta como el espectáculo de las hojas que han caído.
Octubre es, definitivamente, el otoño. Alguien me habla de lo mucho que le gusta esta estación. No me extraña. La gradación de tonos que nos brinda esta época del año es espectacular en todas sus dimensiones. Walt Whitman, que era neoyorquino, la dibujó como roja, amarilla, parda, púrpura y verdes claros y oscuros. Nosotros estamos más acostumbrados a la predominancia del amarillo, del jalde que vertía en esta columna la semana pasada. Pero cualquiera que haya viajado sabe que los otoños en ciertas zonas del planeta son antes rojos que amarillos, por la antocianina.
No solo las plantas, al ir yéndose el verano, se preparan para soportar los fríos del invierno. Muchos de los habitantes de este hemisferio se recluyen en casa, donde el verbo invernar cobra todo sentido, y solo la abandonan para aprovisionarse o porque se cruza uno de esos puentes laborales que tanto apetecen. En cualquier caso, como le sucede a las plantas, el otoño pone a punto los procedimientos de clausura del buen ánimo y de la felicidad solar. Posiblemente no dejemos de producir clorofila, como le sucede a las hojas, pero nos volvemos cáscaras vacías sin nada aprovechable dentro hasta que el sol de la primavera vuelve a fortalecer nuestros ánimos.
La tildan de yerma, de melancólica, pero esta estación que tan bien pronostica el ocaso de nuestras vidas, no solo propicia balances emocionales. Y sí, hablo de un ocaso, no tanto meteorológico como espiritual. Pablo Neruda decía que “una mano de congoja llena de otoño el horizonte y hasta de mi alma caen hojas”. Pero ya casi nadie lee poesía, y acaso por eso exista Instagram. Los poetas embellecen con palabras incluso los más indeseables estados de la mente. Los fotógrafos, aun aficionados, se contentan con reflejar la luz que contemplan.
Queco es joven y aún no siente como propias las melancolías otoñales. Pero quien esto suscribe, siente que en su verbo cansado hay una clave para calmar la necesidad de comunicar que, de nuevo, es otoño.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Libros difíciles

Me consulta una chavalina, de esas que no son de mi tiempo, sobre unos cuantos libros que le han recomendado leer en clase sobre la Generación del 98. Ella cursa este año el segundo de bachillerato, lo que traducido a mis tiempos pretéritos sería el COU. La lista de lecturas no es muy amplia. Lo cual no me asombra. Los autores que enuncia parecen imprescindibles, pero faltan muchos. Pío Baroja, Unamuno, Azorín, Machado… y me cita a García Lorca. Incomprensible. "Quién será su profesor", me pregunto. No importa. Me cita algunas obras: San Manuel Bueno, Mártir; Campos de Castilla… y ahí se detiene. Me pregunta, entonces, qué libro me parece que será el más fácil de entender. "¿Disculpa?", inquiero, "¿a qué te refieres? ¿A un contenido más leve?", "No, a que use un vocabulario más fácil". ¿Y los diccionarios?

No pregunto más. Prefiero mostrar desagrado, pero busco la dialéctica. “¿Por qué no te los lees todos? Total, si solo has de hacer el trabajo de uno de ellos, el resto pueden ser solo para disfrutar”. Imposible. No puede: tiene tantísimas cosas que hacer que no le va a dar tiempo a nada más. Por eso busca un libro que le resulte fácil. Le replico que, ya puestos, puede descargar un trabajo de los miles que pululan en internet si, a cambio, eso le permite leer más de un libro, porque está viviendo un momento estupendo para comenzar a enriquecer el intelecto. Que no. “Pero si haces uso de una media de cinco horas de ocio en internet, cuando no más”. "Ya, pero…" Al final cierro la conversación de manera unilateral: no soy capaz, ni quiero, ni me apetece decidir qué libro es más fácil de leer o de entender o de disfrutar y, en cualquier caso, si alguna vez lo supe, ya no me acuerdo. Cuelgo la comunicación y me entristezco largamente de su contenido. Olvido mencionar que García Lorca no es del 98.

Tal vez el mundo de mañana sea así: homogéneo, incapaz de suscitar interés, como lo es ya el mundo físico, repleto de espacios idénticos en cualquier ciudad del mundo. Estoy convencido de que el futuro óptimo solo se construye mirando con sapiencia al pasado. Un pasado en el que se encuentra, entre otras cosas, todo nuestro legado cultural, el mismo que al parecer produce antes tedio que asombro.

Los estudiantes (¿algunos?, ¿muchos?) posiblemente agradezcan un atajo ante lo que consideran un marrón que les roba tiempo para lo que sí importa. ¿Y los profesores? No sé qué desean, pero si yo fuera uno de ellos acabaría deprimido y desesperado. 

viernes, 20 de septiembre de 2019

Estío vulgar


Con el otoño terminan las vulgaridades del verano. No me refiero a los propósitos que la gente se hace para cuando acaba agosto. Eso más que vulgaridad es risión. Tampoco la ausencia del amurrio que causan los días exiguos, la luz teñida de jalde o los despertares con cencio. ¿Cómo tachar de insustancial una exquisitez tan extraordinaria? Me refiero, por ejemplo, al milagro de ver cómo cientos de miles de horteras encierran, hasta nueva orden, ese calzado ignominioso consistente en una suela y dos tiras de plástico que se cuelan entre los dedos. El otoño cura ese trastorno denominado mal gusto. Porque los pies… ¡mira que son feos!
Las chanclas, o zoris, o como se llamen, y que algunos muy instruidos elevan a históricos por las sandalias faraónicas y las caligae romanas, parecen incitar a la felicidad y al frescor frente al rigor canicular, por involutivo que parezca. A mí, personalmente, me incitan a pisotear pinreles. Qué quiere que les diga. Un padre de familia, de apariencia honrosa, pierde toda su dignidad vistiendo pantalón corto, admisible en ciertas situaciones, y chanclas. No digamos si el aderezo se completa con un tatuaje, por pequeño y discreto que sea. La manifestación orgullosa y exterior de un sentimiento, profundo o superficial, arrebata a la persona la intimidad de sus pensamientos y los convierte en pasto de narcisistas.
Claro que, puestos a sentir alivio, nada como despedir la otra vulgaridad estival que, de un tiempo a esta parte, pese a lo controvertido que resulta denostar la propia naturaleza en aras del entendimiento entre sexos y la corrección de las formas, impera en el mundo moderno. Me estoy refiriendo a esos pantalones ultracortos, porque decir cortos es decir poco, que se empeñan en usar damiselas y jovencitas, con un corte en la confección tan rácano, con la juntura tan al aire, que a las hembras que los visten dejan sin disimulo la mitad de la nalga, o cachete, o glúteo, que lo mismo es.
Sea pinrel o tatuaje o culo, este exhibicionismo urbano parece escorzo de Instagram, donde, como en casi todas las redes sociales, hay que relatar continuamente lo que hacemos, como si fuese importante. Y si uno lo cuenta todo, ¿cómo no mostrar lo restante en todas partes, ya puestos? La chancla puede producir fascitis o cojeras y para cuando lo advirtamos será demasiado tarde. El pantalón y el tatuaje, desubicación estética perpetua (salvo en las redes, donde siempre es estío). Por fortuna para los pies, en la calle puede ser otoño o invierno.

viernes, 13 de septiembre de 2019

Don Camilo


Cuando yo inicié mi andadura de doce de años en eso del teatro amateur, siendo entonces un jovenzuelo repleto de ganas de hacer cosas al margen de los libros, en el instituto se representaba cada año la ópera rock “Jesucristo Superstar”, en playback. La obra musical de Andrew Lloyd Webber (hijo de William Lloyd Webber, a quien debemos la magnífica “Missa Sanctae Mariae Magdalenae”, qué gran coincidencia) ya hacía tiempo que se había normalizado en España, y lejos quedaban las revueltas y anatemas de los Caballeros del Santo Cristo ante los cines. Parecía lógico que cautivase la atención de mis compañeros de instituto. Pero, ¿en playback?
Aquel musical abrió a mis oídos un universo más amplio. La voz de aquel Jesús tan inefable (y tan poco pop) la ponía en español Camilo Sesto. Ángela (Angelita) Carrasco resultaba en una estupenda María Magdalena. Y aunque siempre me pareció como más importante el papel de Judas (el mismo inveterado traidor en quien, según Borges, se encarnó Dios), la versión del ahora controvertido Teddy Bautista no me gustó nunca. Lógico: nunca pudo igualar al prolífico Carl Anderson, pero el Jesús de Camilo Sesto sí resultaba tan bueno (si no más) como el de Ted Neeley en la versión cinematográfica. Dotado igualmente de una voz portentosa, timbradísima, exquisitamente modulada, de tan amplia tesitura que se paseaba cómodamente por cualquier armonía hasta alcanzar registros altísimos, aquel afamado cantante (entonces) se convirtió en la encarnación del éxito en la música internacional. Como cantante y como compositor. Porque el hombre que estremecía cantando “Getsemaní” fue igualmente capaz de componer e interpretar un tema tan majestuoso como “Vivir así es morir de amor”, balada romántica difícilmente superable. E incantable (salvo para unos pocos). Eso sí, sus canciones siempre hablaban de amor. Un poco como ahora…
Se fue Camilo Sesto, de nombre Camilo Blanes, aunque pienso que su imagen desapareció hace mucho tiempo, como casi todo lo que florece alguna vez en los años fértiles de la juventud y, después, en el advenimiento de la madurez, ha de dejar paso a lo nuevo, que todo lo borra. En mis viajes a México y a Costa Rica me han recordado su nombre, un nombre que, en estas longitudes del meridiano de Greenwich, tiempo ha que permanecía en el olvido. Precisamente Camilo Sesto se despidió de los escenarios con un título muy costarricense (Camilo Pura Vida). Pero yo sigo viéndole en Getsemaní.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Bloqueos estériles

Mientras viene llegando septiembre, y las noticias profieren lastimosos testimonios políticos cargados de atolladeros, bloqueos y otros impedimentos, en Costa Rica, donde me encuentro, cae una lluvia atronadora. En la estación de las lluvias, invernal, de un invierno de temperatura exquisita y humedad muy alta, el agua cae del cielo con puntualidad inconmovible. Acaso por esta causa y sus muchos efectos, los turistas regresan de este país con alabanzas admirables de la prodigalidad y verdor de este país tropical, donde el color que los daltónicos contemplamos mal lo llena todo. 

Hace unos meses les comenté algo parecido desde estas tierras adonde he regresado para materializar un proyecto profesional que me está resultado muy grato. Los ticos (así se denominan a sí mismos los aquí nacidos) conforman una nación de formas pacíficas que soporta, con mucha paciencia, un retraso secular en todo aquello que por el Viejo Mundo disfrutamos sin advertir gran cosa sobre ello. Almorzando con mis clientes, me comentan que ayer mismo se puso fin a una situación injusta que llevaba años sucediéndose sin que nadie pusiese remedio: por fin se materializó en su Parlamento un proyecto de ley para que las huelgas dejen de estar retribuidas. ¡Quedo admirado! ¿Hacen huelga y siguen cobrando como si tal cosa? ¡Qué maravillosa propuesta para los viejos sindicatos! Llevaban los maestros costarricenses muchas semanas de huelga en estas condiciones, y el fisco sorprendió a muchos de ellos en Miami, en Europa o Estados Unidos, solazándose en pleno conflicto laboral. Fue la gota que colmó el vaso de la infinita paciencia tica. La ley se aprobó por mayoría y el pueblo piensa que se regresa al buen camino. Los maestros desleales han sido expedientados y despedidos de su puesto estatal. 

Las situaciones de bloqueo suelen derivar en pingües beneficios para unos pocos e ingentes sacrificios para la inmensa mayoría. Es lo que viene sucediendo en España con un Gobierno que no se acaba de formar por múltiples razones o en el Reino Unido con un Brexit que ya ha atravesado casi todos los escenarios posibles, incluido el del tal Johnson. Y mientras todo eso ocurre, y nada se despeja (al igual que tampoco despejan las tormentas vespertinas en este paraíso vegetal donde me encuentro) la vida continúa y sigue abarcando mucho más de lo que nuestros ojos contemplan, con independencia del lugar en el que nos encontremos. Huracanes e incendios planetarios mediante.