viernes, 22 de julio de 2016

Santiago en las Arribes

En mi pueblo, mucho antes de estos tiempos de concentración parcelaria, cuando el gañán se levantaba antes de la Hora Prima para atender al ganado, se veneraba la festividad de Santiago. Ese día siempre se detenían las máquinas. Si el año venía tardío, el trasiego entomológico de carros y tractores durante la acarrea de hacinas y manojos cesaba, convirtiéndose los caminos en extensos hilachos arenosos repletos de silencio. Si la cosecha estaba avanzada, las máquinas trilladoras detenían el martilleo constante y las parvas parecían suspirar en las eras. Tampoco se encalcaba la paja, ni siquiera se rozaban las cortinas para liberarlas de matojos y zarzas.
Se lo explico a mi hijo y no me comprende. Me cuesta mucho hacerle ver un mundo extinto. Si ya encaro con dificultad las comparaciones de su infancia tecnológicamente inmersiva con la mía, transcurrida no tanto hace, cómo voy a salir airoso cuando intento convencerle de que su padre, de joven, vio trabajar y trabajó en el campo con las antiguas usanzas, ahora desterradas como si nunca hubieran existido…
Hogaño, los labriegos en mi pueblo, si usarse este término aún parece conveniente, se levantan con el sol en alto. El ganado pace lejos del término y por los caminos ya no se camina, se emplea la furgoneta. Las labores del campo parecen teñidas de prisa, pero en realidad, no hay ninguna. No sé en qué ocupan las gentes su solaz cuando regresan, siempre pronto, a sus casas y se encierran en ellas, porque hace semanas que se almacenó el forraje y la única ocupación sigue siendo ordeñar las ovejas (los dineros de Europa han servido para algo, pero esa es otra historia). Quizá debería preguntar más...  El lunes, por Santiago, no se detendrán las máquinas. Al menos en este punto hay coherencia: los mayores no creían y pasaban el rato de la misa charlando o durmiendo o fingiendo la genuflexión. Los que quedan no necesitan fingir ni pretender lo que nunca se ha sido.
Por supuesto, aquí en mi pueblo, en las Arribes, siguen cantando la chicharra y los grillos, las abejas recolectan y las caballerías que quedan espantan las moscas como pueden. Pese a la tímida modernidad que se inocula desde los despachos lejanos, la vida sucede con una languidez desesperante para quienes solo saben de prisas y agobios, que es casi todo el mundo. Mueren las personas y no se reponen. Si alguien quisiera efectuar un mal símil, hablaría de estanterías desprovistas en el supermercado. Pero ese no soy yo

viernes, 15 de julio de 2016

Cosos asesinos

Uno lee varias veces, estupefacto, la descomunal diatriba que un sedicente maestro dejó escrito en alguna parte tras la muerte de un torero, hace unos días, en Teruel. Cómo puede haberse corrompido tanto el pensamiento humano para llegar a pronunciar semejantes palabras ante la muerte de un semejante, es algo que ignoro. Cuándo la disputa por los toros devino en una muestra de brutalidad y desafecto capaz de enquistar las opiniones en odios, también lo desconozco. Pero que todo ello no es sino demostración de que Internet está poblado de millones de imbéciles, cosa segura es. Millones de imbéciles, corifeos de otros tantos, capaces de anteponer la indignidad de sus irrelevantes mentes (seguramente por creerlas conspicuas) a cualquier consideración de tipo moral, ético, humano o educacional. 
Los toros mueren en los cosos. Tras capotazos, picas y banderillas, les asestan un tajo mortal con la espada para caer al suelo mugiendo y vertiendo sangre por la boca hasta morir. Para muchos, es un espectáculo cargado de arte y belleza. Para otros, un espectáculo sanguinario que transgrede todas las consideraciones pertinentes sobre el respeto a la vida animal y el amor por la naturaleza. Los dos bandos se enfrentan y se miran de reojo, declarándose mutuamente incompatibles.
Los toros no van a dejar de morir en los cosos porque ceguemos el entendimiento de odio, de esputos brutales, de invectivas y una rabia vergonzante contra los toreros, sus familiares y quienes admiran el toreo, que no es mi caso. Los toros dejarán de morir lentamente en los cosos porque su hostigamiento en los ruedos cada vez interesa a menos personas y cada vez produce más rechazo. Y cuando tal cosa suceda, los toros correrán por los campos y las personas que aman a los animales podrán verlos desenvolverse en los prados y montes, y las personas que aman el toreo añorarán los tiempos en que se sacrificaban reses por diversión y pretendido arte.
Y para cuando tal cosa suceda, animales enloquecidos como ese maestro y acólitos, encontrarán mil y una manera distintas de seguir odiando a las personas por aquello que hacen, creen, yerran o ansían. Porque para ellos el combate dialéctico no conduce a nada, son rescoldos de una inteligencia de la que carecen. Su momento es vibrante y exige sangre y brutalidad en lo expresado, porfía sin sentido.
Qué duda cabe: para millones de imbéciles es preferible matar a los toreros que seguir defendiendo la vida de los toros.

viernes, 8 de julio de 2016

La estúpida Albión

Al día siguiente de votarse en el Reino Unido lo del Brexit, escribí a uno de mis mejores amigos, que es inglés (y europeo). “Esto lo va a cambiar todo”, le dije. Me respondió: “Y yo acabo de aterrizar de Suecia y me encuentro en medio de esta estupidez; un 2% de la población va a modificar mi trabajo y mi vida”. En realidad no se trata de un 2%, sino de un 36%, que es el total de los votantes que dijo sí al Brexit hace unas semanas. Los restantes dijeron que no o se quedaron en casa.
Me quedo con su descripción. Una estupidez. A veces las sociedades deciden estúpidamente. ¿Democráticamente? La gente tiene derecho a opinar, sí, y tanto, que en estos tiempos de precipitación social lo que se hace es opinar sobre cualquier cosa y de inmediato. También tenemos la obligación de callar y aprender de quienes saben más, pero para ello hay que empezar por asumir que uno no sabe de todo. Una respuesta sensata a una pregunta insensata como la del Brexit hubiera sido mandar a la m*** a los políticos. Si el pueblo no decidió el ingreso en la UE, ¿por qué ha de decidir sobre su salida, verdadero manantial de extremismos, populismos y otros ismos? Triste caso el del Reino Unido: ha liderado el mercado único, los acuerdos de libre comercio, los acuerdos climáticos… tantos y tantos temas de importancia para el futuro y, de sopetón, castigo de idiotas, ha optado por la calamidad. Su política es un paisaje en ruinas. Incluso mi amada Escocia se siente engañada.
En España, algunos de los más obcecados con la salida de la UE son quienes más han dependido de ella y de sus fondos estructurales y de convergencia. Me niego a creer que la desafección europea provenga del miedo (¿qué miedo?) a la inmigración o la pérdida de capacidad para tomar decisiones. No podemos ser tan demenciales en pleno siglo XXI. Pero es cierto que las bazas del fanatismo recorren toda Europa y, salvo en España, donde han sido bruscamente sajadas en las últimas elecciones, se trata de un tema de honda preocupación.
Quiero creer que la UE aprovechará este momento de flaqueza, reorientará su política (al menos la de comunicación y por supuesto sus intervenciones económicas en los estados miembro que las pasen canutas) y emprenderá un camino distinto desde donde ejecutar mejor (¡mucho mejor!) sus actuaciones. Porque no hay más opción: o aprovechamos la debilidad y nos fortalecemos, o veremos cómo un fantasma recorre y devora Europa. Y no precisamente el del comunismo…

viernes, 1 de julio de 2016

Rivera y su novela-río

La próxima semana les hablo del Brexit. Hoy me urgía confesarles que en las pasadas elecciones sí fui a votar, por Ciudadanos. Me explico. El tal Albert es un personaje de esos capaz de decir una cosa y la contraria en cuestión de horas, cierto, cuando debate pone cara de enfado perpetuo y su programa electoral es tan inservible como el del resto. Pero yo estaba convencido de la inutilidad del señor del otro partido emblemático, del peligro del señor de la coleta y de que a ese señor mayor que reprende al resto cual profesor hirsuto, y que iba a salir elegido, hay que ponerle un controlador. El tal Albert.
En el 96, al del bigote le faltaban 20 diputados para la mayoría y hubo de tragarse palabras y orgullo y buscar en el patriarca catalán el complemento vitamínico faltante. Y no fue mala decisión. Al señor que lee el Marca le faltan unos cuantos más y, aunque haya visto el pasado domingo por la noche palidecer a sus contrincantes, no tiene fácil formar un gobierno estable. Ignoro si acabará acoyuntado con el señor que respiró aliviado por no perder el segundo puesto, pero yo preferiría verle tragar sapos con el jovenzano catalán (que ha de tragarse igualmente los suyos) y que de una maldita vez en este país se haga algo de regeneración y reformas, que ya está bien.
En esas reformas, concretas, definidas, planificadas, con las que el Albert obligue al señor registrador, yace el futuro de su carrera. Y esta puede convertirse en una luenga y extensa novela-río en la que, por fin, se pongan las cimentaciones adecuadas para que nunca más vuelva a crecer en este país los hierbajos de la economía de tribuna futbolera, los amiguetes enroscados en empresas, las puertas que giran y no se detienen, las páginas del BOE taladradas en despachos ajenos, las corruptelas y los corruptazos. Esa es la labor de futuro que necesitamos si queremos ser algo, porque ahora mismo no somos nada, salvo un rastro del pasado sin huella alguna orientada al futuro.
Nadie volverá a confiar en el tal Albert si, en lugar de encender las calderas al máximo, se dedica a culembrear en el puente de mando volviéndose irrelevante, es decir, mediocre. España necesita modernidad, saneamiento, democracia, y un sinfín de cosas buenas a las que nos hemos acostumbrado a mirar de refilón desde la lejanía. Hace falta política, de la buena, no el amancebamiento de los dos grandes que, tanto monta, monta tanto, comen de las mismas cloacas y la misma corrupción. 

viernes, 24 de junio de 2016

Frutos de un estío breve

Hace unos días celebró Queco en el colegio la fiesta de graduación de Primaria (obligado es emular a las instituciones sajonas también en esto) en una ceremonia lenta, farragosa, mal planteada, pero que a todos los padres y abuelos parecía embelesar cuando a mí se me antojaba un tostón.
Me mezclo poco con los demás padres. Prefiero mantenerme a un lado. Sus manifestaciones públicas carecen de sentido crítico y están casi siempre centradas en las calificaciones de los hijos, lo cual es un fracaso. Pero en ocasiones soy civilizado y me mezclo. Y en uno de tales momentos escuché, nuevamente, ese mantra de lo bien preparados que están nuestros hijos porque saben manejar el móvil, la consola, YouTube y el twitter, y para colmo saben inglés y practican deportes… ¡Y un huevo duro!, pensé yo. Saben muy pocas cosas porque se les enseña poco y, además, ese poco se encuentra continuamente en revisión a la baja. Hay más enseñanza fuera de las clases que dentro. Y fuera lo que se busca son experiencias intensas y continuas: las labores para las que se precisa sosiego y paciencia, como aprender, parecen un rollo y son aparcadas sine die.
Aprender jugando: la nueva norma, de consecuencias devastadoras, pero irrebatible. Porque, ¿qué puede haber de emocionante en leer cuando las historias de la tele contienen todo tipo de detalles visuales? ¿Por qué aprender la aburrida historia de los reyes peninsulares si las genealogías inventadas para esos juegos con tronos son mucho más enrevesadas y divertidas? ¿Por qué aprender la práctica lingüística o científica, repetitiva y latosa, cuando por común acuerdo solo se valora aquello que sirve para aprender un oficio y ganar dinero, pues el desarrollo intelectual no cuenta?
Hace poco leí que la enseñanza está en contradicción con el mundo de hoy por su oposición a la rapidez y lo inmediato. Pero no solo la enseñanza en las aulas. También la de nuestras casas. Nosotros mismos estamos totalmente contaminados de apetitos repentinos y protegemos a nuestros hijos pensando que el esfuerzo o la cultura les sobrevendrán difusamente del cielo que cubre esta sociedad de oportunidades y tecnología.
La educación y el conocimiento han pasado a ser consecuencia del entorno, no son ni motor impulsor ni parte esencial del mismo.  De ahí que piense que vamos a vivir un muy breve estío en nuestras vidas. Y un largo, muy largo y desesperanzador otoño, en el que todo poco a poco se impregne de frío y oscuridad.

viernes, 17 de junio de 2016

Contendores

A los debatidores se les conoce, principalmente, por su inexistencia léxica. En Sudamérica se los denomina contendores; nosotros los llamamos contendientes (prefiero el término de nuestros hermanos latinos). Y comienzo así la columna de hoy y con el apuro que me produce confesar que, esta vez, sí seguí el debate del lunes. Mucha gente lo hizo. En la tele hubo casi diez millones de personas pendientes de lo que decían. Incluyan a quienes nos sumamos por radio o internet y comprobarán que un muy buen pellizco de la población permaneció atento a lo que decían. No voy a escribir aquí mis pareceres de guerra (si ganó fulano o zutano), ni a defender a mi candidato predilecto (no tengo), como hace la inmensidad de los comentaristas políticos, cual si hablasen de un partido de fútbol o la batalla de los Dardanelos. Pero sí les voy a apuntar mis reflexiones porque, de hecho, me sorprendieron incluso a mí.
Lo que vi en ese debate fue, principalmente, dos modos antagónicos de hacer la política. Por una parte el modo antiguo, representado por un señor viejo que defendía su gobierno y un señor menos viejo en apariencia de cuyo recuerdo al finalizar el asunto hube de salir espantado y a quien pronostico un pronto final (para felicidad de todos). No sé quién les elige en sus respectivos partidos (valga la negación retórica), pero son la viva imagen del anquilosamiento ortopédico que ejerce una práctica, la del poder, en quienes la abordan desde sus entramados vetustos y obsoletos. Por la otra parte, había dos líderes jóvenes que me sorprendieron por su viveza y libertad a la hora de proclamar sus mensajes y cifras, se estuviese de acuerdo o no, como si además de repudiar las gangrenas de los de enfrente, quisieran también sobrepasarlas. El de la coleta, al que había escuchado poco en directo, y a quien tengo por político muy sospechoso ideológicamente, lanzó datos y afirmaciones con desparpajo. El otro, el que no llevaba corbata, pese a un exceso de tirria escorredera, salpicó la noche con sopapos a diestro y siniestro, evidenciando que voluntad  de erigirse no le falta.
La política vieja y la política nueva. Parecen lo mismo, pero no se presentan de la misma manera. A estas alturas uno anda tan escarmentado de lo viejo, por lo enredado y laberíntico de su devenir, que lo nuevo relumbra, aunque encierre trampas y peligros. Pienso que vivimos un momento de cambio. Y puedo entender por qué. Basta echar un vistazo a lo del lunes

viernes, 10 de junio de 2016

Parlanchines

No son pocas las veces que me preguntan por mi "desafección", esa palabreja que ha pasado a designar indignados, pasotas, decepcionados o hartos. En no menos ocasiones aludo a la política de vía estrecha perpetrada en el parlamento, al egoísmo de los próceres, a la baja calidad democrática de los partidos políticos, al elefancíaco entramado institucional inventado por unos y otros, a las mentiras que excitan a los electores (las promesas electorales) o la desvergüenza de los muchos andobas metidos en política no para mejorar el país sino pillar cacho (poder) como sea.

Y esto suelo responder, como digo arriba, porque suena bien y son argumentos que aúnan consensos en las discusiones y le hacen pasar a uno por un tipo responsable. Pero la realidad es que me da igual porque hace tiempo deduje que todos juegan al mismo juego y ninguno sabe jugar distinto. Y lo necesitamos, pero estamos vendidos. ¿Saben ustedes el daño que causa la corrección política, o la simpleza de los retruécanos parlamentarios con que se dice siempre lo mismo, aunque sea del revés, seguramente por falta de altura de miras y una voluntad y valentía que ninguno de ellos posee ni en sus más húmedos sueños? ¿Entienden que tenga escasas ganas de este pasatiempo consistente en idear miles de maneras (llamadas leyes) con las que decirnos cómo pensar, actuar o rascarnos salva sea la parte, mientras se deja ir de rositas a los de siempre, que se hurgan la napia con el dedo que mejor alcanza, porque nadie sabe cómo meterles mano aunque se dejen? Que la palabrería alcance rango de ley no es preocupante, es un desastre.

Quiero que me dejen en paz. Y como no es posible, me resigno a ser correcto ciudadano de puertas para afuera, ácrata de puertas para adentro, y audaz semoviente cuando toca mirar alrededor, de los que han aprendido a no ver. Mejor cubrir de invisibilidad lo superfluo y seguir el propio camino como si no existiera lo mediocre, las verdades espurias o los lugares comunes (vértices de la decadencia). Nuestro declinar nace de un único sustrato: las masas acomodaticias que, no queriendo luchar por su libertad individual, no dudan en querer ser ajorradas por los líderes del pueblo, que son siempre o los más parlanchines (salvo excepciones, véase a don Mariano) o los que tienen más pasta en el caldero. Yo digo que es muy sano salir por piernas de tanto espanto. Mejor que le echen en cara a uno su intolerancia que pasarse de frenada, como es habitual.