No sé de qué me sorprendo. Vivimos regidos por ineptos que se creen muy listos porque tienen poder. Y por ineptitud me refiero a casos como éste de las basuras de Madrid. O a la basura que mencionó un alto cargo de la UE sobre la propaganda del cada vez más entontecido ministro Wert. O a la basura que nos endiña cualquier ciudadano de cualquier país del mundo cuando habla sobre España (qué atrás quedaron aquellos no tan lejanos años de la admiración y el elogio universales). Admitámoslo: solo bajo el efecto centrífugo de una descomunal especulación inmobiliaria hemos conseguido no parecer el país de la chapuza, la mediocridad y el corcusido.
Y mientras nuestras empresas luchan, contra viento y marea, por salir a flote y acabar con los números rojos, los demás seguiremos tapándonos la nariz ante la fetidez que causa ver a tanto listillo acaudalado pasear tranquilo por las aceras después de haber arruinado una caja de ahorros, un ayuntamiento o una comunidad. Ante el hedor de esta apoltronada justicia nuestra capaz de culpar a un barco (¡a un objeto!) del mayor desastre ecológico de la costa gallega. Ante la pestilencia lejana de una clase política incapaz de alcanzar un solo acuerdo que abra la vía que saque al país de la inmensa bolsa de basura en que se ha convertido, repleta de amargura, desesperación, pobreza y miedo, donde los ciudadanos no somos sino deslustrados cebones de chiquero a los que otros sacrifican con tal de retener sus hediondos privilegios.

