viernes, 4 de mayo de 2012

Saldremos de la crisis

Es antidemocrático vivir bajo una burbuja económica. La euforia crediticia, la financiación fácil de cualquier proyecto inmediatamente calificado de viable, y la sensación de que todo es posible porque hay mucho dinero en circulación, es lo más antidemocrático que existe. Democracia es control, seriedad en el gasto, rigor en la inversión, uso del ahorro y del esfuerzo personal o colectivo para el desarrollo armonioso de la sociedad. En los últimos años nos hemos narcotizado con dinero fácil, dinero inexistente, virtual, dinero inventado con inmediatez en los pasivos de los bancos, que desaparece con idéntica volubilidad generando devastadoras consecuencias para nuestros hijos.
Por eso es muy sano que la burbuja pinche. Aunque la crisis ocasione dolor y desesperación. Aunque a los mandamanses se les desencaje el rostro, porque no tienen dinero para nada y han de explicar qué ha pasado. Aunque los bancos vean cómo se mantiene el valor de sus pasivos mientras los activos se desploman. Aunque debamos soportar que los reguladores (que permitieron la burbuja) se tornen salvadores de la patria (bomberos pirómanos). Porque de este modo las empresas y los ciudadanos comenzamos a ahorrar y a sufrir, lo que nos da derecho a exigir una pronta solución al problema (somos capaces de asumir dificultades intensas, pero por poco tiempo).
Parece mentira que debamos descubrir así lo que es la sostenibilidad: disponer de los servicios que podemos pagar sin pedir prestado (el dinero de los mercados ha de emplearse en generar riqueza, no bienestar); obligar a que los bancos vuelvan a ser intermediarios financieros y no desquiciados creadores de dinero; pensar nuevamente en el verdadero sentido del estado, esa entidad que gestionan los políticos únicamente en pos de su opulento culo cuatrianual, y que parecen solamente divertirse agigantando la estructura (improductiva) de lo público hasta la obesidad mórbida. Porque sostenible es, en definitiva, que todo vuelva a suponer esfuerzo, y devolver la idea a nuestras mentes de que hemos de salir a trabajar con el único propósito de ser los mejores, los más competitivos, no los más ricos.
¿Saldremos de ésta? Claro que sí. A trancas y barrancas, pero saldremos. Hoy no me siento pesimista. El estallido de la burbuja ha permitido contemplarnos como drogadictos con adicción al dinero fácil. La rehabilitación, como cualquier otra, será penosa, pero a la postre producirá sus benignas consecuencias.

viernes, 27 de abril de 2012

Yo, el Pueblo (y IV)

Uno es pueblo español sin necesidad de convertirse en ello, aunque en algunas partes, como Euskadi o Catalunya, esté mal considerado: igual que hay dictaduras que nunca se olvidan, hay mentiras que nunca se corrigen. Los sesgos nunca se encuentran en solo una de las dos orillas.
Primera impresión: estamos unidos en la crisis que nos azota. Unos y otros. Ninguno queremos el desastre. Todos queremos dar con la solución a los problemas emergidos desde el abismo. Algunas veces nos vence la pesadumbre, otras el desaliento. Pero frente a la desesperanza, un orgullo cierto, malherido, de muchos siglos atrás, colapsado en este presente esquivo, nos recuerda aún que somos Historia, parte fundamental de ella aun sin quererlo.
Segunda impresión: sabemos lo que hay que hacer para acabar con semejante despropósito. De una manera u otra, lo sabemos. Pero nuestros representantes se empeñan en trazar líneas con sus propias iniciativas, esas que comúnmente se encuentran alejadas de los intereses que nos convienen. Y lo que es peor, nada podemos hacer para impedirlo, pues creemos ciegamente en el mito de la representación popular, que solo por este motivo acabamos sintiendo en carne propia que esto de la democracia es, en el fondo, una gran mentira consentida, formulada desde innumerables vértices, estando nosotros mismos en uno de ellos. Esta mendacidad asumida ha ido desplazando muchas de las cualidades que nos caracterizaban, entre otras la del propio orgullo y el respeto debido, ya que hemos acabado permitiéndolo todo con tal de que nos dejaran vivir en paz.
Tercera impresión: en el camino hemos aprendido a ser ciegos y egoístas, a no saber mirar en derredor ni encontrar referencias en otras experiencias, en otros magines, sólo en los bolsillos ajenos como si estuviésemos disponiendo de los nuestros propios. Y al hacerlo, creyendo perseguir el bien de la mayoría, hemos dejado que se hundan en la miseria nuestros propios amigos, desgranados poco a poco del bien común (que no es sino el de uno mismo con tal de que coincida con el del prójimo), pasando a engrosar las terribles estadísticas de la pobreza y la miseria, cada vez más acuciante, la de los 400 euros y nada más, la de las filas ante Cáritas o le negrura absoluta como destino.
Si al final es cierto que somos un pueblo mendaz, que se reinventa, quizá lo sea también que tenemos aquello que nos merecemos, por empeñarnos en ignorar hacia dónde vamos y de dónde provenimos.

sábado, 21 de abril de 2012

Yo, Rey de España

Uno se convierte en Rey de España con sólo escuchar sus sorprendentes e indignas disculpas. Si la figura del Rey es inviolable y no sometida a responsabilidad, ¿por qué pide perdón? ¿Quiere parecerse a la ciudadanía a la que representa? ¿Se lo han pedido así? ¿Acaso le ha atribulado el clamor casi unánime del “¡¡cazar elefantes con la que está cayendo es un error gravísimo de manifiesta insensibilidad!!”? Error fue, pero de agenda. Nada más.
Primera impresión: mire usted, lector indignado (yo, que soy republicano y no me gusta que se cacen bichos, no lo estoy), el Rey lo que tiene que hacer es ir justamente de safari y vivir la estupenda vida que viven los ricos y poderosos. Está para eso. Para apostar fuerte en las partidas de póquer con los jeques árabes. Para echarse una amante guapa, joven y rica, o dos, o tres, que eso es algo que a nadie le importa salvo a él mismo. Para cazar osos y elefantes y leopardos. Para codearse con la gente que mueve influencias, dinero y perspectivas. ¿Nunca ha cerrado usted un negocio con un cliente llevándoselo a tomar gintonics, es decir, ganándose su confianza y estrechando lazos? Yo sí. Y como yo, muchos. Pues al Rey le toca trabajar así sus contactos (son exquisitos), y ganarse su confianza, y granjearse su amistad, porque entre tiro y tiro, entre gintonic y gintonic, a lo mejor a alguien se le escapa otra firma más en el contrato de un AVE español o nos echa una mano con alguno de los muchos frentes diplomáticos que tenemos rotos. Este Rey sabe moverse entre los ricos y poderosos y mandamases del mundo, algo que, por mucha repugnancia que nos dé, se me antoja tremendamente valioso. Y por eso el Rey ha de parecer y ser y comportarse como rico y poderoso y mandamás. No como un paria cualquiera o un asalariado. Para acabar siendo un Rey paria yo no quiero esta monarquía impuesta.
Segunda impresión: nos estamos volviendo bolcheviques, decadentes. Escupimos en blogs y artículos  cosas como “el Rey se gasta en un safari lo que yo gano en dos años de sueldo” y nos quedamos tan satisfechos de la tontería igualitaria y el sublime sentido de la justicia pergeñados. La demagogia comienza a hacer ensoñar las mentes sufrientes por la crisis y nos hace parecer tan absurdos como esos políticos vocingleros y populistas en quienes desconfiamos y a los que, veladamente, acabamos pareciéndonos, especialmente ante la espantosa visión de un elefante abatido por quien nos representa, lo queramos o no.

viernes, 13 de abril de 2012

Yo, Presidente

Uno se convierte en Presidente del Gobierno con sólo echar un vistazo a su comportamiento ante los demás. Entonces se advierte la molestia infinita de enfrentarse a un bosque enmarañado de periodistas que preguntan con incomodidad sobre lo que está ocurriendo. O el pesar desolador que le aborda a uno cuando descubre los juegos desleales de quienes ocupan asientos contiguos en Bruselas, a quienes se ha confiado intimidades que a otros se ha velado, y en quienes se ha depositado una confianza ciega proveniente de eso que dicen tener, sentido de estado. O la angustia desasosegante de verse uno mismo en el reflejo de a quien hasta hace pocas semanas se culpaba de todos los males que nos afectan, y preguntarse perplejo cómo puede suceder tal cosa y no hallar respuesta alguna. O el desconcierto inquietante de las voces numerosas que desde la calle están pidiendo, casi exigiendo, que no se le haga pagar a “la gente” los desmanes de otros, cuando uno sabe perfectamente que a “la gente” se la quiere para encumbrarse uno hasta la Moncloa, no para afectos, que esos se profesan a quienes realmente son algo.
Primera impresión: un Presidente que huye es un hombre que ha perdido su oportunidad histórica en un solo paso, con independencia de lo que haga o deje de hacer después. Un Gobierno desunido en lo que comunica es una demostración de que, a lo mejor (y digo a lo mejor por ser benevolente), no tienen una idea clara de cómo han de hacer las cosas, y a lo peor resulta que lo que están haciendo es cumplir con lo que otros han encomendado hacer. Yo apuesto por esto último.
Segunda impresión: pese a las reformas, sucede ahora lo mismo que sucedía antes. La iniciativa política se ve interrumpida, paralizada, cuando no deslavazada, por las ganas que tienen los inversores internacionales de conseguir que España quiebre y obtener cuantiosas plusvalías con ello. Europa no ayuda. Tampoco ayuda que en dos años nos hayamos fundido los ingresos de tres años. Y mucho menos que tengamos un país diseñado con regiones que necesitan, todas ellas, disponer de parlamentos, consejerías y aparataje ridículamente excesivo (¿necesita una provincia como Cantabria tal despliegue? ¿Lo necesitan tres provincias como Euskadi? ¿No había otro modo de descentralizar?).
Vivimos en un país donde ni siquiera esta crisis supone buscar consensos y perspectiva como sea. Algo de responsabilidad tendrá un Presidente que parece trabajar sólo para ganar elecciones

viernes, 6 de abril de 2012

Yo, Ministro de Hacienda

Uno se convierte en Ministro de Hacienda con sólo echar un vistazo a los presupuestos del Gobierno, esos números que han presentado tarde para demostrar que primero piensan en su partido político, luego en su partido político, y finalmente en su partido político, aunque digan luego que lo hacen con el ojo puesto en el déficit y en el futuro de “la gente” (así nos llama este Presidente del Gobierno olvidando que se refiere al pueblo español, ya sea uno irundarra, pacense o belchitano).
Primera impresión: no han eliminado nada de “grasa estatal”. Lo público sigue siendo enorme y el tijeretazo se ha aplicado tan homogéneamente que la única conclusión posible es pensar que estamos como antes, pero con menos dinero. Segunda impresión: este Gobierno de derechas se ha negado a reducir los gastos absurdos de la Administración central para controlar el déficit, dejando todo el cometido a las subidas de impuestos de empresas y particulares, es decir, al aumento de ingresos, que es política de izquierda socialdemócrata. Y por reducir gastos absurdos me refiero a eliminar las subvenciones, las consultorías y los organismos públicos notoriamente innecesarios. El Gobierno sigue pensando como partido político, transmitiendo con sus presupuestos la idea de que la ciudadanía (“la gente”) le necesita imperiosamente para asegurar su prosperidad y bienestar. Sólo por este apunte puedo afirmar que no me gusta nada lo que está haciendo el Gobierno (aunque algunas cosas las esté haciendo bien).
El Ministro de Hacienda dice haber elaborado “unos presupuestos austeros y realistas que garantizan la credibilidad de la economía española” (sic). Juez y parte, como siempre. De momento los mercados no parecen creer en ellos, como yo tampoco creo. No hay visos por ningún lado de querer apostar con firmeza y desde el principio por la reindustrialización, la innovación, el desenladrillamiento, el crédito y el desmantelamiento de un Estado improductivo, que es lo que en definitiva configura el futuro que queremos los españoles, y los inversores, y los mercados. Sólo se apuesta por estrujar y hacer sufrir a la ciudadanía (“la gente”) para que ellos mantengan sus gorduras aunque se conduzca a este país derechito a la quiebra (algunas noches deseo que de una vez llegue ese momento ya de por sí inevitable, por ver estallar la imprescindible y definitiva revolución social que ahora mismo late en cada uno de los corazones de quienes formamos “la gente”).

viernes, 30 de marzo de 2012

El espectador desencantado

Cómo cansa este espectáculo continuo del desastre y la tragedia. Cómo cansa (tan pronto) este gobierno de las reformas que nos grita todos los días. En alguna parte he leído que la diagnosis en España es fallida y la estrategia inexistente. El resto es una enorme incertidumbre, pero sólo para ellos, que yo tengo arraigada muy adentro la convicción de que estamos arruinados, de que este país es un vagón en vía  muerta que se mueve por inercia hasta la completa detención. Y son ellos, ellos solos, no yo, ni usted, ellos únicamente, los políticos, las elites bancarias, los de los yates en Mallorca, quienes nos han aplastado hasta sacarnos las tripas por la boca.
Ni siquiera puedo decir que contemplo las cenizas de esta península ardiente desde el desencanto, aunque desencantado me sienta. Peor que eso, soy espectador desde la impotencia, el abatimiento y la rabia contenida. Ellos, manirrotos, ruines, dictadores, estúpidos, bocazas, demagogos y adinerados, desde su casta política donde nunca llegan los helados vientos de la desgracia, siguen igual que antes, como si nada, como si tal cosa, como si no hubieran sido los responsables, como si pudiesen arreglarlo todo de manera tan eficaz a como lo han destrozado. Ellos, con sus bancos, con sus constructoras, sus carísimos pisos de mierda vendidos a precios imposibles, sus opulencias indecentes, sus barrigas asquerosas, sus esputos de poder e influencia, ellos se ríen como si fuesen tan víctimas como nosotros. Ellos, sí, zafios, patanes, que sólo saben apretarnos el gaznate, que hablan de reformas sin mencionar que primero habrían de reformarse sus cerebros grasosos, ellos son los culpables.
En Islandia, ese país pequeñito, pero qué docto y sabio, el Tribunal Supremo salió en defensa del pueblo. Y encarceló a los causantes, y alentó que se cambiase todo, sin oír más que a la propia justicia y el libre criterio. ¿Dónde están aquí nuestros jueces, dónde quienes nos defiendan de esta casta infecta, nauseabunda, mezquina, manirrota, interesada, despreciable? ¿Es que ya no quedan hombres y mujeres en esta tierra con la frente bien alta, la mirada intensa, que nos devuelvan la perspectiva de nuestra propia grandeza?
Espectador me he convertido, pero desencantado, cual alfeñique tembloroso incapaz de hacer valer su palabra, perdido en este inmenso bosque de intereses creados. Y cuando ni la palabra sirve de nada en absoluto, gritar más alto es lo mismo que callar más hondamente

viernes, 23 de marzo de 2012

Consejos vendo

Doy muy buenos consejos. Conozco en profundidad los problemas de la sociedad. Y en los muy infrecuentes casos en que mi conocimiento de las cosas se muestra frágil (nunca renqueante), acude al rescate mi brioso magín, capaz de hilvanar con puntadas tan finas y de tanto sentido común que maravilla a quienes son testigos de ello.
Los consejeros no tienen por qué poseer una edad provecta, ni disponer de una trayectoria deslumbrante. Unos lo son por haber combatido en las fatigosas ráfagas de la política. Otros por concurrencia en un matrimonio afortunado, entendiéndose por tal el golpe que ofrece el destino a varones y hembras que saben ganar barlovento desposando con cónyuges bien colocados como princesas o gobernantes. Otros son como yo, que no confluyo en ninguna de estas circunstancias y por tanto he de hacer valer las cualidades que tengo como ofrecedor de consejos a empresas, que es donde mejor puedo evidenciar mis magníficas aptitudes (las familias e individuos ya sabemos cómo son, pacatos en el reconocimiento y rácanos en la remuneración).
Escribo esta columna hoy porque quiero ser nombrado consejero independiente de, digamos por caso, Red Eléctrica Española, sin necesidad de casarme con nadie ni cosa parecida. REE es una proverbial buena empresa, casi totalmente privada (salvo un insignificante 25%) y corajuda a la hora de elegir a sus prebostes. Lean los periódicos si no me creen. ¿Qué se creía el señor marido de la señora Cospedal? ¿Que por ser “esposo de” le iban a abrir las puertas de par en par? Bien se ha visto que no. Que se vaya a otra parte a sacarse los cien miles de euros sin esfuerzo, ahí no le queremos, yo no lo quiero, así ruja o se encabrite la Cospe, da lo mismo: un político no puede enchufar tan escandalosamente a nadie, por mucho contrapunto que tenga en el himeneo. ¡Faltaría más! Este es un país serio. Tendrá jeta el tío…
Que me nombren a mí. Sé que aún falta un sillón por ocupar en ese Consejo. Yo lo merezco. Me comprometo a asesorar con dedicación y asertividad (que no sé bien lo que es, pero suena estupendo decirlo). Este país necesita gente así, desinteresada y próvida, ocupando los sillones más selectos de nuestras empresas. A cambio, aceptaré con humildad los emolumentos y dietas y prebendas que me asignen. Ciento y muchos miles de euros no son nada hoy en día. Cualquiera los gana, y más que eso. Por eso afirmo: soy un gran consejero. Descúbranme (y no me pisen la idea, que es mía).