viernes, 15 de octubre de 2010

Continente viejo

Somos el Viejo Continente, pero también el continente más viejo de todos, el de menos futuro. Visto desde un mapamundi, Europa no volverá a ocupar el centro. El centro corresponde a los ricos y poderosos. Y esos ya no somos nosotros. La riqueza huye de nuestras manos hacia otras manos, manos amarillas, manos asiáticas, manos africanas, esas manos a las que despreciábamos y ninguneábamos no hace mucho tiempo.
Los llamamos emergentes, porque los tenemos que llamar de algún modo. Los llamábamos pobres, pero están convirtiéndose en los ricos del mundo. Les llamábamos de todas las maneras posibles, porque recelábamos de ellos de todas las maneras, incluso cuando les abríamos las fronteras en aras de la confraternización multicultural, la mezcolanza racial o la idiotez ésa de las civilizaciones en alianza. Pero eran chinos, eran moros, eran negros, casi siempre de mierda. Y mientras cruzábamos las aceras occidentales por no encontrarnos de frente con ellos, ellos (pero esta vez lejos, en sus tierras) iban ocupándose de ahorrar para prestarnos más tarde el dinero que nosotros nunca tenemos por suficiente.
Desde grutas y cuevas nos han bombardeado y amedrentado. Pero, primero, se instruyeron en nuestras universidades, porque deseaban crear las suyas propias. Y mientras nos emborrachábamos de gloria y de poder, olvidamos cosas tan elementales como tener hijos, como estudiar más, como trabajar más duro. Estamos solos y solos moriremos. No solamente somos el continente más viejo, también somos el continente de los viejos solitarios.
Nadie advierte cómo se viene desarticulando, lenta y pacientemente, el sueño de las clases medias. Fascinados con los coches carísimos, los pisos adquiridos a precios disparatados, las vacaciones de crucero, y las copas todos los fines de semana, vamos caminando ciegos por una parte de la Historia que nos va a hacer perder no solamente nuestros sueños, también la dicha. Todo lo más, nos consolaremos con ver cómo ese gilipollas de director general, que con un sueldazo de escándalo se empeña en contratar cada vez más barato, acabará también mordiendo el polvo. Pero triste consuelo es: mucho antes lo habremos mordido todos nosotros.
Qué pena de Europa unida. Qué enorme contrariedad esta crisis que ha venido a sepultar a los pueblos viejos del más viejo continente, ante la incapacidad de sus gobernantes y los afilados colmillos de quienes aún son dibujados en las orillas de los mapas del mundo…

viernes, 8 de octubre de 2010

Princesa del pueblo

Yo no sé quién es Belén Esteban. Deben creerme, no lo sé. Se lo juro. Conozco de ella su nombre. Como no veo la televisión, ignoro cómo es su cara (aunque tenga yo vaporosas remembranzas de una mujer rubia y no muy guapa, de un día que comía con mis padres y estaba la tele encendida). Eso sí, sé que aparece con cierta asiduidad en la prensa escrita (a la que yo acudo) y muy de tarde en tarde en las ondas de radio (las que yo escuchaba cuando no me movía por la ciudad en moto). Es en los diarios donde me he enterado del nuevo título nobiliario que se estila por estos pagos carpetovetónicos. “Princesa del pueblo”. El pueblo, claro está, somos todos. Yo incluido, aunque me pese. Y me pesa, porque de ser así, a esa señora, cuyos méritos intuyo que no han de ser muy egregios, la han proclamado princesa mía también, o quizá se ha proclamado de esa guisa ella misma, que no lo sé, ni me interesa mucho tampoco saberlo.
He leído por alguna parte que en la Casa Real están que trinan. Porque eso de los príncipes y las princesas es cosa que solamente a ellos corresponde. A mí este otro asunto también me da lo mismo, pues me considero republicano, aunque no desee derrocar monarquía alguna (también soy ateo y, ya lo saben, salgo en defensa del nuncio). Pero como estamos en un país aparentemente libre, hablo de ello. Y digo que de ser cierto el enfado regio, en palacio han confundido churras con merinas, pues a la tal Belén la podrán denominar princesa, sí, pero simbólicamente: a día de hoy carece y ha carecido de estirpe borbona, pero mola mazo que alguien se atreva a llamarse “princesa del pueblo”, así, a lo Grace Kelly, porque lo de Letizia es otra cosa, claro. Es metáfora, o símbolo, lo que sea. Podría haberse llamado de cualquier otro modo, pero desde que existen los cuentos y Walt Disney eso de ser princesa mola mazo. Sobre todo si eres niña.
Y digo yo, ¿a quién le importa la tal señora? ¿A usted? Si es así, por favor, explíquemelo, que necesito que se me explique por qué últimamente no contemplo sino sinrazones en el mundo. A veces presiento que me asfixia esta inmensa tontería en que lo hemos convertido todo: la política, la economía, las comunidades de vecinos, las asociaciones de padres (y madres, que el genérico no se estila desde Ibarretxe), incluso las vanidades televisivas. ¿Saben una cosa? Yo me vuelvo los libros, que hablan mucho y en silencio.  No como esa prole de mediocridades vocingleras que nos aturden.

viernes, 1 de octubre de 2010

Piquete

A mí me gustaría ser piquete. Me colocaría en cualquier calle concurrida para desempeñar mi labor. Trataría de informar a las gentes de las cuestiones que asoman en mi entendimiento sobre muchas cosas que pasan en la vida, por las que merece la pena ir a la huelga. Por descontado, de aquello que nos preocupa a todos, como la economía. Pero también de otras que, aun sin preocuparnos mucho, tienen su razón de ser.
Uno tiene que ser piquete para trasladar con efectividad las propias convicciones a los demás, no vaya a ser que con su inalteración habitual la gente entorpezca estos objetivos tan beneficiosos que me he propuesto. Cosa es bien sabida que las huelgas hay que secundarlas sí o sí, de lo contrario no sirven de nada. No hacerlo es cosa más propia de acomodados y lameculos que de personas con inquietudes por un mundo cada vez mejor. Y no sirve decir que en la sociedad en que vivimos hay diversidad de opiniones. Mis convicciones son obviamente superiores pues buscan asegurar el bienestar de todos y mantener a raya a la estirpe de explotadores y ricachones que desean arruinar el futuro de los ciudadanos y ciudadanas. Que ya nadie se ocupa del bienestar general. La gente es que se ha vuelto muy egoísta…
Porque ya está bien. Hay que ver. Menuda desfachatez que nadie se ponga de los nervios al ver cómo algunos se enriquecen a costa de la sufrida clase trabajadora, y que luego se inventan una crisis para ponernos a todos de patitas en la calle con cuatro duros mal contados y ellos a seguir conduciendo esos cochazos que tienen. Esos cabrones no reparan en nada, ni en nadie, y si han de rascar en la hucha de las pensiones lo harán con toda seguridad con tal de seguir ellos en sus tronos dorados mientras los demás nos comemos la mierda que van dejando. Y luego quieren que nos estemos callados. Pues no, no va a ser así, se van a enterar de lo que es bueno esos hijoputas. Si se han creído que se saldrán con la suya se van a enterar, no saben de lo que soy capaz: me planto en la calle y les amargo la fiesta, porque no dejo pasar ni un cliente a sus tiendas, y al que trate de pasar la parto la cara, que si me buscan yo soy capaz de todo, que no me toquen los cojones, que no me cuesta nada lanzar hostias en lugar de lanzar huevos, a ver si así aprenden, coño, que la gente es que no aprende nunca. Insolidarios, que son todos unos insolidarios.
Por cierto, a ver si logro que dimita alguien del gobierno. Eso estaría bien…


viernes, 24 de septiembre de 2010

Impresiones

Tengo varias imágenes de actualidad impresas en la retina. Una diputada europea que acude a votar con su bebé recién nacido, en brazos. Los llantos por la muerte de dos ancianos a quien el encargado olvidó en la furgoneta. Los atascos del día mundial de las ciudades sin coches. Las teas encendidas en las astas de un toro. Pero aún no he visto las hojas de los árboles caer sobre la hierba o el asfalto, formando seroja.
Tengo impresiones de una vida durmiente contra el cálido seno de su madre, quien, así lo ha decidido, protesta por las dificultades laborales de las madres. Es una denuncia, sí, visual, dirigida a prender en la retina, para que aparezca en la televisión. Una carta bien escrita hubiera carecido de la misma rotundidad. Nos hemos estabilizado en un punto en el que, si no vemos algo con los ojos, entonces no existe. Yo no hubiese querido ser ese bebé.
Tengo impresiones de dos muertes absurdas. Y de la congoja y amargura del cuidador, que no se lo explica. Yo tampoco me explico cómo los padres pueden olvidar a sus hijos en un coche, o cómo un par de ancianos pueden ser inadvertidos del autobús que los conduce a un sitio donde no molestan. En este mundo uno puede morir de muchas maneras absurdas, pero ésa, precisamente, resulta ominosa porque parece entresacada de un manual de tortura.
Tengo impresiones de coches atascados en las ciudades. Eso del “día sin coches” es como lo de la diputada italiana y su hijo: ganas de salir en la tele. Lo llaman concienciación, pero nadie quiere ser concienciado de lo que ya sabe. Simplemente, miramos hacia otro lado cuando acudimos al trabajo y cuando huimos de las ciudades. Vivimos atascados en el asfalto. Es como una caverna sin techo.
Tengo impresiones de un astado con teas encendidas en los cuernos. Se me antoja que es un espectáculo de un mal gusto deplorable. Ni asomo de oficio, arte o estética, como las que impregnan las corridas, se esté o no de acuerdo con ello (yo no lo estoy). Tanto prohibir, tantas leyes, y a nadie le avergüenza no trazar una raya en la indecencia.
Por último, me agrada saber que pronto tendré impresiones de hojas cayendo. De hojas muertas en el suelo. Y tristeza en los árboles. Luto en el cielo. Una hoja que cae es un poema de vida y de muerte, como lo es apretarse contra el seno materno, o difuminarse en un olvido imperdonable. La vida transcurre sin atasco alguno. Todo sucede como si nadie pudiese pintar una raya que nos ilumine el cielo.


viernes, 17 de septiembre de 2010

Newton y el Corán

Ya saben ustedes que soy ateo. Este rasgo lo complemento con muchas otras vocaciones porque, siendo de pensamiento complejo, no dispongo de una sola. Es probable que en ninguna de ellas haya yo despuntado, pero tal circunstancia tampoco me arredra. Fui hombre de ciencia, posiblemente de más ciencia que la seguida por algunos que con ella se procuran fama y prosperidad. Si tuviese que optar por erigir un libro como fundamento último de mi existencia, no escogería la Biblia, ni tampoco el Corán, mucho menos el Mahābhārata, que aun siendo apasionante, se me antoja lejano. Mi predilección sería la obra cumbre de la Física: el Philosophiæ naturalis principia matemática de Newton, de quien, por cierto, si no lo sabían, estas columnas toman el nombre.
Si un energúmeno, o un fundamentalista, o quien sea, le prendiese fuego a este libro, yo me quedaría tan fresco. Mis convicciones no se acaban con las llamas, y desde luego la ecpirosis serviría para confirmar mi fe en los postulados científicos. De modo que si usted no odia la Ciencia, si la figura de Newton le parece detestable, o simplemente siente hartazgo por cuestiones como la gravedad y las mareas, le propongo una cosa: quémelo. Cuanto más lo queme, cuantos más ejemplares arroje a las llamas, más realzará la colosal importancia de un libro tan fundamental, y en más estúpida se convertirá su hazaña.
Quemar el Principia puede conllevar una consecuencia funesta. Puede usted encontrarse con otros energúmenos como usted que, llevados por la rabia infinita de unas convicciones mal aprehendidas, quieran quemarlo a usted, cuando no su casa, su coche o a su familia. Algunos podrán pretender incluso acabar con su vecindario, aunque en el empeño precisen sacrificar la que les es propia. Porque hay que ver lo insoportables que se vuelven algunos cuando se dejan llevar por la exaltación.
A lo mejor necesitamos, verdaderamente, purificar nuestros ánimos con las llamas. Para ello hemos de construir un enorme fuego, una gran hoguera, como en San Juan. ¿Es usted cristiano? Eche la Biblia a las llamas. ¿Es usted musulmán? Arroje el Corán. ¿Es usted científico? Escoja el Principia. ¿Lo suyo es el hinduismo? Pues que arda el Mahābhārata. Como en la novela de Bradbury, como en la película de Truffaut. ¿Se acaba con ello su fe, su ciencia? Pobres eran, entonces. Lo peor del fundamentalismo no es la estupidez que se exhibe, sino la enorme simpleza de las convicciones que se manifiestan.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Dios y la física

Les hablo de la reciente polémica derivada de una frase contenida en el último libro de Stephen Hawking. Me ha sorprendido el modo en que esa simple frase (alegórica) ha levantado pasiones, inyectando una polémica (bastante sana) en la prensa. He observado que los ateos suelen responder con cierta prepotencia a las argumentaciones de la religión, pero no es menos cierto que los creyentes tampoco se quedan atrás.
La ciencia proporciona conocimiento del mundo, pero no dispone de dimensión ética: no sugiere cómo obrar o qué hacer para transformar la realidad que examina. Desde este punto de vista, es incuestionable que la ciencia no tiene respuesta para todas las preguntas que puede formularse el ser humano. Y si esto es así, ¿para qué necesita negar la existencia de Dios? ¿Para qué sirve tratar de desmontar la afirmación de que Dios es el creador del mundo que conocemos? ¿Acaso porque la tesis de un creador de la naturaleza le parece obscena? Qué ridiculez…
Su enfrentamiento es muy subjetivo: no hay dictado alguno que obligue a la ciencia a responder aquello que no le concierne en absoluto. Filosóficamente, como he dicho antes, es incluso contraproducente, porque hay conceptos, como el de Dios, que responden al anhelo del individuo por responder a cuestiones intrínsecas de su propia existencia. Personalmente me irrita mucho la arrogancia de quienes, desde posiciones científicas, se empeñan en combatir la religión como si fuese urgente desterrar la cuestión religiosa no solamente del camino científico, sino de todo el ser humano. Muchos divulgadores responden a este perfil, y exhiben un fundamentalismo tan soez como el que combaten.
Siempre que me pregunta un creyente (y yo lo fui en algún momento de mi vida), respondo lo mismo: la Creación y Dios, de existir ambos, cosa que yo niego, han de ser muy distintas a lo que podamos siquiera concebir. Los teólogos lo llaman trascendencia, y son sensatos cuando apartan la necesidad de demostrar la existencia física de Dios (contumazmente la ciencia les irá cerrando las puertas). Como ateo, creo en la no existencia de Dios, pero ni quiero ni puedo demostrar tal cosa. Mis preguntas más profundas y oscuras no necesitan de Dios. Y por descontado que se trata de preguntas a las que la ciencia no sabe dar respuesta.
Yo seré ateo, y científico, pero Dios ha de estar más que contento conmigo. Nuestra desconfianza mutua está teñida de una respetuosa amistad. Al menos por mi parte.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Dependencias

Me complace mucho ver a mi hijo cada vez más independiente. Tengo el privilegio de observar las evoluciones de su mente, que empieza a desarrollarse y a definir una personalidad. El peque está cambiando, eso es evidente. O mejor dicho, está formándose. Lo bonito de verle crecer es que se trata de una mirada al futuro, es decir, a la vida.
Nos gusta el futuro porque nos gusta la vida y abominamos de la muerte, a la que no desearíamos prestar ninguna atención. Sin embargo, el ocaso de toda existencia es la muerte, y como se trata de un hecho incontestable, desearíamos que estuviese vinculada al disfrute de una vejez placentera y amable, cuando en realidad pocas veces lo está. La vejez es el último de nuestros cambios. Pero ése no gusta, ese cambio da mala espina, por ahí suelen rondar “el segador” y las enfermedades latosas. A nadie complace ver cómo nuestros padres se vuelven viejos. Y supongo que mucho menos ha de complacer que nos pase a nosotros mismos llegado el momento.
De entre todos los estadios de la vida humana, los de mayor ternura y también los de mayor atención requerida son la niñez y la vejez. Entonces, si es así, ¿por qué todo parece discurrir en contra de esta elemental premisa? Trabajamos en pos del progreso y del avance de la sociedad, pero, ¿para qué?, ¿para nuestro solo beneficio personal? Así parece. La sociedad (el trabajo, el ocio) consume nuestro tiempo con avaricia, hasta tal punto que nos suena raro, cuando no fastidioso, que se mencione eso de la obligación de cuidar no a nuestros hijos, que de eso casi todo el mundo se ocupa, porque son una ricura y la idea es verles crecer y educarles, sino a nuestros mayores. Porque cuidar a los ancianos es harina de un costal muy diferente: no se concede meses de permiso para atender a personas dependientes, apenas hay dinero para quienes se ocupan de ello en el seno de la familia, la crisis hará que la tijera recorte contundentemente la dotación presupuestaria prevista para la ley de dependencia, y encima se trata de algo muy ingrato y difícil que a menudo precisa de asistencia profesional, ¿o acaso no se han inventado para algo las residencias (o asilos, como se llamaban antes)?
Yo le tengo un cariño infinito a quienes sacrifican su vida por cuidar de los mayores. Suelen ser mujeres, algo ya habitual. El papel de la mujer en la sociedad es tan inestimable y tan imprescindible que los varones solemos hacer eso mismo: no estimarlo como se merece.