Se ha ido Gregorio Morán y el silencio que deja tras de sí seguramente resulte aliviador para la caterva de mediocres que lo temían. Ha muerto el hombre que convirtió la columna de los sábados en un campo de minas para la autocomplacencia. No necesitaba el ruido de las redes: le bastaban el diccionario y un profundo desprecio por la impostura. En una época en que los columnistas acaban de descubrir lo sencillo que es ganar dinero dejando que una inteligencia artificial escriba sus artículos, la pérdida de Gregorio Morán entierra una forma de entender el oficio que hoy nos parece, cuando menos, arqueología, tal vez historiografía la del escritor, antes que periodista (¿o tal vez sea al contrario?) que se enorgullece de ser el tábano que arruina la siesta a todos los que mandan, que suelen ser los peores de la clase una vez devenidos hombres de supuesta pro.
Cuando otros (no unos pocos: muchos) se dedicaban a lustrar los bronces de la Transición o a vender la supuesta modernidad en que los políticos y no pocos funcionarios de alto nivel nos habían empotrado, Gregorio Morán se dedicó a levantar las alfombras para enseñarnos excrecencias del poder, esas que solo puede observarse cuando uno se atreve a mirar por el microscopio sin miedo a lo que diga el resto, y que notablemente conforma el cuerpo de ambiciosos que aspiran a sumiller de corps de quien, en cada caso, se atribuye el mandato divino de iluminar a los mortales que jamás quisimos otra cosa que nos dejaran en paz.
Nunca fui capaz de leer la prosa de Gregorio Morán sin evocar la de Francisco Umbral, el dandi que convirtió la actualidad en un retablo de metáforas deslumbrantes y cierta, pero muy apañada, crueldad estética para con el enemigo, que lo eran todos. Dos son las circunstancias por las que cualquier escritor empeñado en narrar los episodios de esta nación devenga desesperanzado: la indiferencia de todos los demás, es decir, de la sociedad en su conjunto y no solo la de la masa desabrida que vive única y exclusivamente para merodear por los centros comerciales en invierno, y lucir barrigas infectas por cualquier playa en verano; la segunda es la estulticia de sus compañeros de oficio, de la que yo solo dispongo de algunas pocas referencias un tanto marginales, aunque notables. Uno piensa que, al igual que morán o Umbral, uno vive querellándose de continuo con la masa y con las minorías: la masa porque está embrutecida y es analfabeta; las minorías porque solamente son masa con pretensiones.
Hay un momento en que un escritor empieza a descubrir que no le importan nada los lectores, lo mismo que si no tuviese ninguno. Llegados a ese punto, tampoco importa mucho lo que se escriba. Llega un punto de hastío tal que solo merece la pena la indiferencia, que siempre tiene efecto retroactivo porque, a partir de ese momento, parece como lo que antaño nos importaba de repente resultase que nunca nos ha importado. Llegado a ese punto, toda la obra escrita no deja de ser una farsa basculante. Larra se mató para no seguir escribiendo. Umbral jamás dejó que, en el entrepaño de sus lienzos escritos, morase la apatía. Y Morán, posiblemente el más caústico de los tres, aunque su verdadera naturaleza fuese la del ácido sulfúrico a sesenta grados de temperatura, nos demostró que sus contemporáneos vivos nunca fueron más listos que él.
A partir de esta semana seguiremos soportando los chirríos del freno de mano con el que escribe la inmensa mayoría de los columnistas, muchos de ellos afamados sin que uno llegue a entender a qué se debe la admiración que despiertan. Cosas de la cultura, supongo. Los hay tan preciados de su derechismo, o de su izquierdismo, por mucho que enarbolen la enseña de la neutralidad, que no se dan cuenta de que el enfermo no tiene cura y que, tras él, los que vengan después estarán igual de enfermos, más pronto o más tarde. El relato oficial conviene no comprarlo nunca, no solamente cuando lo cuentan desde las barricadas situadas enfrente. De hecho, no se trata solo de una conveniencia. es imposible transitar con algo de lucidez por la vida si uno se deja infectar por los miasmas que desprende la calle, que es el lugar adonde los vocingleros de toda condición acuden cuando sospechan que pronto les pueden pisotear la canonjía o el chollo.
Se ha ido Morán. Y, con él, la última muestra del pasado inmediato de que la razón de ser de un escritor que se asoma a las páginas de un diario, se encuentra en resultar intempestivo.
Interesante artículo para honrar la memoria de Gregorio Morán, sin embargo dentro de ese merecido reconocimiento se deslizan un par de ideas trasversales sobre las que me gustaría ofrecer mi mirada desde mi condición de lectora.
ResponderEliminarEntiendo que ¿la sociedad está conformada por la masa, las minorías....y...los escritores?; en esa masa embrutecida y analfabeta estámos casi todos, tambien sus hijos, amigos, familia, enemigos, y los que no creemos estar ahí ¿somos entonces la "minoría con ínfulas de grandeza"?, ya que no tod@s somos escritores...¡Qué paisaje tan desolado nos deja, Señor Sabadell!! .
Al hilo de esto, luego comenta que llega un momento en que el escritor descubre que no le importan ya los lectores, como no tener alguno. aunque puedo entender el hastío que supone todo lo que dice, no se ofenda si a esto lo llamo prepotencia, ya que un escritor que crea libros, columnas, artículos....lo hace para ser leído, aunque quizás, lo que no le importe, y con justicia, sea la opinión de los lectores, si no escribiría tan sólo diarios personales para no ser leídos.......
No me extiendo más en el tema ya que el artículo en sí no va de "escritores" si no de distinguir la memoria de Gregorio Morán, pero le emplazo a escribir ese artículo en el que podamos confrontar, siempre desde el mayor respeto, la mirada del escritor y la de una lectora
Elena