Hay algo moralmente indecente en ver a cierta izquierda española vociferar en tertulias sedicentes sobre "libertad de elegir" llevar un burka o no llevarlo, como si se tratase de una cuestión sometida a debate teológico, mientras en los regímenes teocráticos que lo imponen el debate no existe porque, en sus territorios, la ley muerde, y mata, como una víbora. Aquí, en este querido y decadente Occidente, nos permitimos jugar con los conceptos y las atribuciones (de izquierdas, aunque para muchos sea este término lo que subyace bajo su pensamiento esquizofrénico y cambiante). Allí, en los territorios que Alá jamás deseó ver convertidos en obscenas representaciones del poder humano en su nombre, muy pisoteado nombre, tanto como su creación, quienes osan discutir pagan con su vida. Nosotros pontificamos muy a gusto. Ellos entierran a los muertos, y no a causa de enfermedades o de una existencia larga y próspera, sin placer alguno.
No sólo por este motivo me resulta insoportable el burka. Si discutible es el gusto estético de quien lo defiende contraponiendo su uso a una supuesta cosificación de las mujeres porque ellas prefieran una minifalda y ellos (nosotros) también, aunque por razones complementarias, las fobias culturales de salón que vienen apareciendo en los vocingleros izquierditas de un tiempo a esta parte son casi tan lesivas, si no más, que la rigidez de las tradiciones morales cuando en este país se defendía que la falda siempre tuviese que ir por debajo de la rodilla. A algunos convendría volver a explicar la diferencia entre un símbolo y el sistema en el que dicho símbolo se convierte en una bomba hache. Mis caros lectores saben que viví en Arabia a comienzos de este siglo y que por aquellos pagos he vuelto en numerosas ocasiones. He comprobado por mí mismo el significado de la palabra tradición cuando deja de ser solamente una unidad lingüística para convertirse en una forma de arquitectura social completa que, curiosidades de la vida, solo a unos pocos privilegia. He visto a mujeres defender la tradición de ir tapadas de arriba abajo, salvo los ojos, con la abaya, con plena convicción y un sentido profundo de la preminencia de sus credos religiosos. Cuando uno vive inmerso en el pensamiento mágico, y todo creo religioso lo es, se pasa a defender lo inevitable porque resulta que es también lo que construido la propia identidad y el conjunto de normas morales en que se desarrolla la propia vida. Estando inmerso en la creencia, es complejo para el individuo valorar las ventajas de las creencias que promulgan, cuestionan o incluso combaten, las que él mismo defiende. Pero, dejando a un lado las razones por las que las propias mujeres resguardaban con uñas y dientes aquello que, a ojos de terceros, las denigraba, también fui testigo de cuál era el precio por contradecir las tradiciones. Porque no se trataba (ni se trata hoy en día) de preservar una herencia o un legado. Hace mucho que dejó de ser tal cosa. Es una disciplina y una imposición que, directamente, condena a quienes la incumplen u osan cuestionar su supremacía. Para tal menester no basta solo con la fe. Se necesita la vigilancia perpetua, el miedo generalizado, el enclaustramiento familiar, el terrorismo de la calle y, sobre todo, la crueldad infinita de un Estado.
Pero volvamos a donde estaba yendo. La escena europea se ha vuelto grotesca. Gente que jamás pisará Teherán se ha convertido en experta en libertad de conciencia para defender, a capa y espada, no importa las malignidades que se cometan, un sistema que no concede conciencia ni tregua alguna (millones sí; de hecho, Irán, Cuba, Venezuela... todos son países que riegan muy generosamente los bolsillos de los líderes izquierdosos necesitados de chalet con piscina o mucamas ilegales en casa). Además, exhiben su fanatismo como si fuera una expresión de tolerancia, lo mismo que si estuvieran exhibiendo virtud, pero se trata de una intolerancia muy selectiva. Tiene su lógica: no es lo mismo ponerse un pañuelo en un barrio acomodado del centro de Madrid que quitárselo en la Plaza Sa'adat Abad.
En veinte años se ha producido un cambio que no necesito demostrar con un gráfico porque lo veo en cada discusión. Una izquierda que se decía universalista —la que hablaba del individuo frente al dogma, del cuerpo frente a la imposición, de la igualdad como regla general— y a la que admiraba por su obstinación en buscar el bien común y la mejora y el progreso de todas las clases sociales, especialmente de las más desfavorecidas, aunque discrepásemos en cómo llevarlo a cabo, ha ido sustituyendo paulatinamente el discurso no para enfrentarse a un capitalismo rampante al que, ahora, sus líderes abrazan con la fe del converso, sino para encontrar temas desde donde poder seguir reivindicando sus proclamas aunque sean proclamas inasumibles desde un punto de vista histórico. Dirán ustedes que la evolución conforma al ser humano en su principio de madurar. Pero no es una evolución: es consecuencia de renunciar a aquello por lo que abogaban (casi siempre por comprobar lo bien que se vive en esa orilla que juraban y perjuraban no querer alcanzar nunca) y buscar algo que les permita ganar escaños en el parlamento. Aquí es donde entra la metonimia, que algunos fingen no entender para no discutir el fondo. Cuando digo "la izquierda" no estoy elaborando un censo de votantes del indocto presidente o del coletas hipocritón. Hablo de la corriente que manda, la que marca las pautas, la que reparte certificados y prebendas, la que, con un cinismo extraordinario, llama libertad a excrecencias como lo que ha pasado en Venezuela, pasa aún en Cuba, en Rusia o en Irán. Por eso mismo, cuando digo "el islam" no estoy hablando de cada creyente, sino de de los sistemas clericales, los aparatos jurídicos y policiales, y de las interpretaciones rigidizadas que en demasiados países musulmanes se han convertido en un Estado absolutista y teocráticos.
Con ello regreso al dichoso burka con el que comencé. No es una prenda. De hecho, tiene más función fronteriza, y represora, que vestidora. Es la más eficiente puesta en escena de una jerarquía sexual que pueda abarcar cualquier espacio público. Es decirle al mundo, sin palabras, que la mujer no se pertenece del todo, que su visibilidad es un problema moral que debe ser gestionado porque (y esto sí que no lo dicen) no pueden provocar a unos hombres incapaces de contener sus apetitos ni en público ni en privado. Y sí, claro que hay mujeres que lo defienden (aunque no me interesan en absoluto las mujeres que lo defienden acá). La interiorización de una norma es uno de los lubricantes más eficaces del poder: convierte la obediencia en identidad y la identidad en supuesta virtud, casi teologal.
Como siempre, ahí está la trampa favorita del progresismo contemporáneo.
Porque el debate real, si se mira sin sentimentalismo, no es textil. Es, más bien, filosófico, o teológico, aunque se trate de un debate banal. El burka es el punto donde lo abstracto (Dios o Alá, el hombre varón, sus apetitos genéticos, la hermosura inherente de la mujer hembra) se vuelve algo tan visible como es la colisión entre dos concepciones de una misma norma: que los seres humanos necesitamos vestirnos. Uno de tales concebimientos declara la ley como algo anterior al individuo (revelación divina, mesianismo, profecía, tradición, comunidad, obediencia). La otra concepción, la que funda la modernidad política europea, afirma que la ley es legítima solo si puede ser asumida por individuos libres e iguales, que ninguna costumbre heredada ni ningún texto sacralizado puede imponerse por encima de la conciencia. Que el ser humano no es un medio para la gloria de algo pretendidamente (e inexistentemente) superior. El ser humano es fin en sí mismo. Una decisión antropológica muy frágil en sociedades sometidas al escarnio de la voluntad divina de unos pocos machos bípedos.
Por eso el burka importa. Importa porque revela, como una grieta que deja ver los cimientos, qué entendemos por igualdad. Porque si la igualdad es universal, entonces no admite excepciones atendiendo a cierta deferencia cultural cuando está en riesgo la autonomía real de una persona. Y si la igualdad admite excepciones, entonces deja de ser un principio y se convierte de inmediato en una concesión.
No estamos discutiendo si Dios existe o si las gentes tienen derecho a creer en un dios o en mil, si les da la gana. Allá cada cual con sus barruntos que, no obstante, no podrán contraponer a mis palabras cuando el alma se escape del cuerpo (nadie lo ha hecho jamás). Estamos discutiendo sobre quién es el sujeto último de la ley. Si es el individuo, la democracia no puede callar ante la coacción para parecer tolerante o progresista. Si no es el individuo, entonces retrocedemos, lentamente, siempre con buenas palabras y supuestos principios superiores de tolerancia antropológica. Sin darnos cuenta, nos volvemos mediocres, decadentes.
Y la historia enseña una cosa con crudeza: las sociedades abiertas caen a causa de las renuncias constantes de sus individuos hacia lo que les permitió construirlas.
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