Desde el pasado mes de enero comenzaron a estrecharse definitivamente los márgenes de los 60 años para mí (y digo definitivamente porque la cuenta atrás siempre ha de arrancar en tres, no en diez). Siempre me habían comentado que la edad sexagenaria despierta una mezcla compleja de sensaciones del estilo serenidad, vértigo, orgullo y, casi siempre, una ligera nostalgia de las épocas de juventud. Y es posible que así sea, pero el cóctel emocional es bastante más enrevesado. Por una parte, sé que no soy el mismo de hace dos décadas y, sin embargo, tampoco me siento viejo.
Siempre afirmo que la franja que discurre entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco es la gloriosa etapa en que todo es posible (y todo se puede) para una persona. La etapa más gloriosa, épica, memorable. También aquella en que cualquier obstáculo puede echar al traste todas las expectativas y obligar a los ambiciosos a hincar la rodilla en el suelo y entregarse a la merced del sino. Como cualquier extensión con límites definidos, al acabar de recorrerla comienza el verdadero infortunio: ver su progresivo alejamiento. Es cuando sucede el adocenamiento definitivo del ser humano actual.
Contemplar el advenimiento de la edad sesentona es como esperar el momento de adentrarse en una tierra intermedia en la que el cuerpo empieza a enviar mensajes distintos (no siempre urgentes, pero sí insistentes) y la mente, en cambio, parece alcanzar su mejor y más versátil claridad, aquella por la que uno languidecía al tratar de buscarla con afán sin no encontrar jamás el rastro que deparaba su destino. Comprendemos los patrones, leemos las intenciones con mucho menos esfuerzo y disponemos de una intuición bien afilada a golpe de experiencia, errores y aciertos. Lo que ya no se tiene es lozanía, frescura, vigor, verdor, gallardía, vitalidad. En definitiva: juventud. Pero, a fuer de ser sincero, quiero decírselo ahora mismo: no nos importa tanto.
Acercarse a los 60 implica reconocer que la vida no es infinita. Tal reconocimiento, lejos de ser oscuro, ofrece una sorprendente libertad: se vuelve más fácil decir que no, más natural decidir por uno mismo y más valioso el tiempo que se elige compartir. Las prioridades se van ordenando solas, e importa mucho menos lo que otros esperan de nosotros y muchísimo más aquello que encaja con nuestra paz interior, que no es otra cosa que el aplacamiento natural de las pulsiones naturales, siempre tan caóticas, desordenadas y turbias.
Al mismo tiempo, aparece un sentido de responsabilidad distinto, especialmente respecto a quienes vienen detrás. No por dejar un legado heroico (de no conseguirlo se encargan los políticos de turno, únicamente ocupados del suyo propio, para lo que necesitan esquilmarnos a los demás), sino porque no se necesita demostrar gran cosa. Para algunos, que no es mi caso, la cercanía de los 60 conlleva también el reencuentro con uno mismo, pero es algo que, sinceramente, dudo que acontezca con demasiada frecuencia. No pueden surgir las preguntas que permanecían tapadas por el trabajo y el ritmo de vida y las obligaciones si jamás se ha destinado parte del tiempo en que sucede todo ese jaleo a amueblar las neuronas. Y el mundo está repleto de neuronas vacías, y más que lo va a estar viendo el nivel cultural de las generaciones con pujanza.
No se trata de una crisis. Las crisis suceden a los 40, cuando la etapa gloriosa fenece y uno aún tiene la creencia de que le queda mucho por demostrar, a sí mismo o a quien sea. Cuando lo que se atesora es perspectiva, entrar en crisis es propio de cretinos. No soy el joven impetuoso de hace dos décadas, desde luego, pero tampoco soy ese señor mayor que yo imaginaba cuando tenía 25 años. La única sombra que se cierne en el horizonte próximo, el del futuro (el horizonte del pasado es una carga pesada de recuerdos y olvidos), es el paralelismo incómodo (y cómico) de los 70.
Lo interesante es que, contra todo pronóstico adolescente, un hombre de casi 60 no solo puede seguir sintiendo pasión; puede sentirla con una intensidad distinta, quizá más limpia. Puede incluso encontrarse —sin ironía— con alguien de 70 y descubrir una chispa muy superior a la de la juventud. Porque la pasión no pertenece a la epidermis, sólo a la conciencia. Y a los 60 o a los 70, si algo abunda, es precisamente entendimiento (y pobre de quienes carezcan de él). Con una diferencia importante: no se encuentra uno con esa pasión por una simple cuestión de necesidad o urgencia ante la afirmación constante de uno mismo. Es una sencillísimo aspecto de poder, y saber, elegir. Y eso lo hace más peligroso y más hermoso a la vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario