El reflejo europeo ante cualquier intervención militar norteamericana es tan previsible que podría programarse con un algoritmo simple: anuncio de operación, gesto grave, invocación inmediata del Derecho Internacional y, por último, el deseo apenas disimulado de que todo termine mal para Washington. El pasado viernes, tras la decisión de intervenir militarmente contra objetivos del régimen iraní, el guion volvió a representarse con puntualidad y sin ambages. A representarse por parte de las autoridades españolas (el resto nos interesan bastante menos).
De manera tácita, una parte considerable del debate público parece animada la curiosa esperanza de que la operación militar enarbolada por Trump fracase. Bajo la admonición de lo crueles que son las guerras y la tontería ésa del orden internacional subyace el deseo perfectamente advertible de que el intento de frenar al régimen iraní termine en desastre. Y qué Trump quede humillado ante el mundo.
La lógica de ese deseo merece un momento de reflexión, porque resulta difícil encontrar una posición más extravagante desde el punto de vista racional. Si uno considera que el régimen de los Ayatolas representa una amenaza seria —para su propia población, para la estabilidad regional y para el equilibrio estratégico en Oriente Medio—, lo razonable sería desear exactamente lo contrario: que cualquier intento de limitar su capacidad de coerción tenga éxito. Pero no. El éxito es esa paz existente hasta el día de ayer mediante la cual la población iraní merece ser exterminada casa vez que protesta contra los religiosos que gobiernan el país con mano de hierro, los mismos que extienden sus raíces por cualesquier organizaciones terroristas que golpeen los intereses occidentales, subyuguen a las mujeres en intelectuales hasta acabar con su voz pública, e incluso que financien actos de barbarie terrorista en países allende sus mares, como sucedió con el atentado a Aleix Vidal-Quadras. Son estos energúmenos, teólogos de su propia religión y únicos declarados con derecho a interpretar la voz de su inútil Dios (inútil por ser incapaz de acabar con ellos), con quienes el bobalicón de Zapatero quiso interponer ante todo el planeta una alianza de civilizaciones que quedó en eso, en una bobada solemne como no podría ser otra cosa proviniendo de quien proviene.
El sistema político iraní no es una abstracción académica. Es una teocracia armada que ha demostrado una notable habilidad para combinar represión interna con proyección exterior de poder. Bajo su dirección se financian milicias, se arman actores regionales y se alimenta una estrategia que convierte la inestabilidad en instrumento político. Mientras tanto, dentro de sus fronteras, la disidencia se paga con cárcel, exilio o muerte. Normalmente con muerte, que es adonde va a parar el exilio o la cárcel.
El "no a la guerra" del indocto que nos desgobierna, y a quien parece florecer los injertos que lleva plantados en el canal interglúteo cada vez que no las tiene todas consigo (ya pasó en su momento con los cinco días de reflexión de enamorado ante la corrupta de su esposa, a quien venía poniendo los cuernos con cierta poco celebre periodista, cuyas frases amorosas intercambiadas seguramente sea el material que obre en poder de los servicios secretos marroquíes, por cuanto resulta difícil colegir qué otra estrategia nacional o internacional digna de tal nombre puede parir su bastante infértil magín), decía que la zapaterada del no a la guerra no deja de ser la penúltima tentativa suya de no fallecer de manera inmediata de forma política y social (moralmente hace años que es un cadáver putrefacto). Por tal motivo, y aunque resulte sucinto, celebrar anticipadamente el fracaso de una intervención destinada a debilitar ese aparato iraní de terror, impuesto en medio mundo, no parece una posición particularmente sofisticada. Ni siquiera para la izquierda, a quienes ya solo queda protestar contra todo lo yanqui e israelí porque sí, y con ello declarar correcto el buenismo de desatender las matanzas y arrestos perpetrados por quienes odian aún más (o tal vez lo mismo, salvo que con más aparato de estado) a todo lo que suena a Trump o a Estados Unidos. Es una forma peculiar de antiamericanismo reflejo: si la acción la emprende Washington, entonces debe ser mala por definición, y si fracasa, tanto mejor.
El problema de ese razonamiento es que el mundo real no funciona como una tertulia ideológica cualquiera de las huestes izquierdosas a las que estamos acostumbrados, desgraciadamente, en la piel de toro. Las consecuencias de tal fracaso no recaerían sobre la reputación de un presidente norteamericano, sino sobre el equilibrio estratégico de toda una región. Un régimen que ya hoy actúa con notable agresividad obtendría la confirmación de que puede hacerlo con total impunidad.
España y Europa, mientras tanto, podrían seguir pronunciando sus habituales exhortaciones morales desde la confortable distancia que proporciona no tener que decidir nada porque lo suyo es ser progre y guai, sobre todo con viajes frecuentes y bastantes a República Dominicana para lucir moreno y llenar la cartera de irregularidades devenidas parné barato (o caro, sobre todo para nosotros). Es una posición muy elegante desde el punto de vista retórico, si en ello existiera alguna retórica, pero bastante menos impresionante cuando se observa desde la perspectiva de quienes viven bajo los regímenes admirados (por ser financiadores) de la izquierda podemita y zapaterista y seguramente sanchista también. Esos regímenes nunca consideran las declaraciones diplomáticas un obstáculo particularmente serio. Tampoco las payasadas de los de la ceja.
La paradoja final es casi irónica. Muchos de quienes desean el fracaso de la operación lo hacen convencidos (eso quiero creer) de estar defendiendo la paz. Sin embargo, la historia reciente ofrece una lección menos tranquilizadora: cuando los regímenes autoritarios perciben debilidad o indecisión en sus adversarios, rara vez reaccionan con moderación. Lo que suelen hacer es avanzar un paso más.
Tal vez por eso resulta sorprendente que tantas personas prefieran apostar por el desastre antes que por la posibilidad —imperfecta, arriesgada, incómoda— de que la intervención consiga limitar a un régimen que lleva décadas demostrando que la moderación no forma parte de su vocabulario político.
Desear que fracase cualquier intento de frenar a una teocracia armada no es una posición pacifista. Es simplemente una forma particularmente sofisticada de irresponsabilidad. Aunque, mucho me temo, está cualidad sea ya parte del ADN de las mentes que nos gobiernan y aspiran a seguir gobernándonos por los siglos de los siglos. Ojalá no sea amén.
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