viernes, 3 de abril de 2026

Viernes Santo

Sonrío, con cierta malicia e irremisible malignidad, cada vez que, por Semana Santa, alguien, en una conversación cualquiera, se pregunta por qué esta festividad cristiana cada año sobreviene en un día distinto. No importa las veces que uno lo explique. El ser humano, especialmente el más indocto y ágrafo, posee una querencia especial por dejarse asombrar de manera cíclica por los mismos misterios. Pasa algo parecido con las estaciones climatológicas de las áreas templadas del planeta. E incluso con la posición de la Luna en el cielo, que tan vinculada se encuentra a los rituales litúrgicos de la cristiandad, el Islam o el Rosh Jodesh judaico. Casi parece un guiño que los estadounidenses hayan decidido darse un paseo en órbita lunar baja justo durante la Semana Santa... 

Como este año sí hace buen tiempo, y en ciudades como Sevilla o Málaga o Valencia esta inopinada ventura tiene a sus habitantes repletos de sacro gozo, las calles se están llenando y los pasos, esos testimonios tan nuestros que representan la pasión de Cristo, avanzan con su gravedad y circunspección esperados. Los idiotas de siempre aprovechan el ruido de las urbes para soltar estupideces comparativas con las torrijas o cuanto les venga en gana expeler (no hay mayor frustración para las catervas ideologizadas que los contrarios asuman el protagonismo: así hay que entenderlo). Pero la solemnidad envuelve el aire y parece seguir intacta un año más. 

Sin embargo, algo esencial se sigue perdiendo en ese despliegue impecable y, en apariencia, incombustible de la fe laica de los cristianos. No en su forma —que quizá nunca haya sido tan perfecta—, sino en ese fondo teológico, el realmente importante, que se viene erosionando hasta haberse vuelto irreconocible. Lo que un día, en épocas que tachamos de bárbaras y atrasadas, la muerte y resurrección de un individuo se manifestaba como pura tensión metafísica, escándalo teológico y una ruptura epistemológica trascendental con la propia ontología del ser humano, hoy no es otra cosa que un objeto cultural más, muy pulido, muy fotografiable y, sobre todo, muy inocuo.

No deja de ser paradójico que, en una época que se proclama escéptica, la Semana Santa sobreviva por todo aquello que evita. Nadie está dispuesto a enfrentarse al núcleo incómodo del relato: la ejecución pública de un hombre que se proclamó —o fue proclamado— Hijo de Dios, y la posterior afirmación de su resurrección. Un hecho que, de haber sido cierto, que no lo fue, supuso la reconfiguración completa de nuestra comprensión de la realidad. Sin duda, la construcción narrativa más influyente —y problemática— de toda la historia humana. Y lo siento por los musulmanes (y su aburrido Ramadán), los judíos o los budistas. Ninguno de ellos contiene una iglesia mistérica en su seno. De los judíos no conocemos apenas nada de sus prácticas. El budismo es un juguete. Y lo musulmán lo tenemos muy presente por su terrorismo y las prácticas medievales que, al parecer, ahora suscitan admiración en los hombres libres (porque sus mujeres no lo son). Lo siento por ellos, pero en cuestiones de trascendencia, el cristianismo los barre sin contemplaciones. 

El devenir de la mentalidad cristiana, tan aferrada a la liturgia y a los rituales, que no son otra cosa que pura fachada y oropel intelectual, ha construido unos Santos Oficios sin riesgo, lo que se traduce en una devoción tan superficial como carente de vértigo filosófico. Es pura emoción, pero sin preguntas. Exactamente como la fe que proviene de las migraciones sudamericanas, de una bajeza intelectual pasmosa (compartida por el llorado Papa argentino cuyas encíclicas no contenían sustancia alguna para el refugio del alma). La gente llora al paso de una imagen y aplaude la belleza de un trono de dolor como es la cruz. Para los gentíos que abarrotan las calles, hacer comunidad, cristiana o turística o del tipo que sea, se limita a compartir una experiencia colectiva de algo que ya ni tan siquiera espera de los fieles ser comprendida.

Lo que está en juego aquí no es la fe. Es la inteligencia, como sucede en casi todo. No se trata de creer o no creer. Se trata de asumir la carga intelectual de aquello que se conmemora porque, en algún momento de la vida, especialmente conforme la edad avanza y el fin del camino se va aproximando, la Pasión de Cristo debería dejar de ser un relato decorativo de las calles. En su formulación más radical, se trata de un desafío directo a las categorías con las que organizamos el mundo: vida y muerte, verdad y testimonio, poder y legitimidad. Pero da lo mismo. Por mucho que sea un episodio donde convergen los intereses políticos, las construcciones historiográficas, las (pocas ya) tradiciones orales y un puñado de afirmaciones teológicas de una audacia difícilmente comparable, el poso que queda finalmente es el de unos aplausos y unas gentes lloronas y esperpénticas.

Tal vez por eso resulte a mis caros lectores particularmente llamativo que quien menos participa de esa inercia —porque manifestado he muchas veces que no creo en nada de ello— sea yo quien, en ocasiones, resulte incómodo con este tipo de vaciamiento intelectual. No echo en falta la fe, y no me hace falta para reconocer la magnitud del problema que se continúa ignorando. Detrás de cada paso, de cada saeta, de cada silencio cuidadosamente coreografiado, hay una afirmación que debería inquietar mucho más de lo que inquieta. Que un hombre murió y resucitó. Aceptarlo exige una reconfiguración radical de la realidad. Y negarlo exige, al menos, una explicación a la altura de su impacto histórico, cosa en la que me entretengo cada Viernes Santo. Pero lo que difícilmente puede sostenerse es que la tercera vía, cómoda y acrítica, la elegida por la propia Iglesia, evite sistemáticamente su contenido.

viernes, 27 de marzo de 2026

Eutanasia

Hay noticias que pudren el alma de las gentes de bien. Se instalan en algún lugar del pecho y ahí se quedan, frías como una daga de hielo hendida hasta el centro del corazón. 

Hasta hace veinticuatro horas ignoraba la historia de vida, y de muerte, de Noelia, la joven de veinticinco años que ha sido asistida en su suicidio. Pero no voy a debatir sobre la eutanasia, no me interesa. El libre albedrío de las personas comprende tanto los sucesos de la vida como el único de la muerte. Pero el ser humano se las apaña muy bien para supeditar la libertad individual a normas y códigos de todo tipo. El camino por los valles de lágrimas es de un doctrinarismo dogmático realmente espeluznante.

La historia de esta pobre muchacha (pobre en varios sentidos) empieza mucho antes del quinto piso desde donde se lanzó para matarse como consecuencia de una agresión sexual múltiple, acto del que quedó, por desgracia, tetrapléjica (¿qué fue de los agresores, por cierto?). Comienza bastante tiempo antes, realmente, con unos progenitores irresponsables, desastrosos, deplorables, esclavizados a sus adicciones, a la ludopatía que acabó con la tenencia del hogar donde la niña crecía. Si miles de niños sufren una infancia torturadora y lacerante , aun en nuestros días, es debido a las incapacidades morales, éticas y cívicas de unos padres que, de procreadores, pasan directamente a ser escoria. Pero el padecimiento no termina en la pérdida de la custodia por incapacidad. Continúa con el Estado, que se desentiende de los problemas abriendo centros de acogida, posiblemente la institución más terrorífica y repugnante que pueda existir. 

Los centros de acogida de este país son una llaga a la que nadie quiere mirar. Se habla de ellos cuando hay un escándalo. Se revisan expedientes, se extienden o reescriben protocolos, pero luego todo vuelve a su penumbra disoluta y abyecta. A veces me pregunto qué gentes trabajan en ellos (¿verdad, Armengol?). Convendría refundarlos desde los cimientos, repensar cada piedra y cada ladrillo, cada criterio de ingreso, cada figura de tutela. 

Pero volvamos a Noelia. Los medios han sanciado que los dos años de batalla judicial que ha durado el recurso del padre de la muchacha para impedir la eutanasia, han sido dos años de dolor y padecimiento para la joven que deberían haberse evitado. Pero hizo lo correcto, y lo legal. Los recurrentes no son responsables, ni causantes, de las tardanzas de los tribunales. Ese debate es miserable. No es el suicidio, por mucha libertad que uno tenga de escogerlo, un acto moral que deba ser premiado socialmente. 

Las últimas horas de la muchacha se han convertido, a mi entender, en un esperpento espoleado por los medios y las televisiones (cómo no). Desde el padre que, fríamente, espeta a su hija que no piensa pagar el entierro, a las entrevistas de televisión de la madre para ventilar los trapos sucios ante las cámaras. Lo de no pagar el entierro me parece una reacción desesperada por parte de alguien que, bien mirado, carece de muchas luces. Los seres básicos suelen ser así de primarios y rudimentarios. El mismo juicio me merece esa conclusión de la madre de que Noelia se equivocó de familia. Como si hubiese elegido ella a ese par de energúmenos para trazar su corta biografía.  

Creo, porque no lo sé, que Noelia presenció todo lo que estoy narrando. También que, llegado el momento, pudiera quedarse sola sin que nadie estuviera presente. Tal vez fue el único y postrer deseo que cumplieron por ella.

Ya siento haber invertido líneas de esta columna en tratar de los centros de acogida y de los merluzos de los padres de Noelia. He restado tiempo a la reflexión que me parece más importante. ¿Hubiera pedido morir esta chica si alguien, en algún momento, hubiera acertado a protegerla de verdad? Porque ahí dentro, en ese círculo infame, esta misma noche, hay otras Noelias. Con otros nombres y siempre, siempre, la misma soledad y el mismo hartazgo.

Eso es lo que me entristece. No su muerte, porque ya dejó de sufrir. Me apena la vida que le fue concedida.

viernes, 20 de marzo de 2026

No a la paz

Europa tiene una extraña relación con la guerra. La aborrece en teoría, la condena en los discursos y la exorciza mediante pancartas, manifiestos y declaraciones solemnes. Cada cierto tiempo, cuando la realidad vuelve a irrumpir con la desagradable obstinación que le es propia, reaparece el viejo eslogan que tanto confort moral proporciona a quienes lo pronuncian: "No a la guerra". La frase posee la elegancia conceptual de quien proclama con idéntico fervor utilitario "no a los terremotos" (o a las borrascas, ahora reconvertidas en danas) o "no a las pandemias". En tiempos más juiciosos, las mujeres coronadas como Miss Universo blandían similares arengan en aras de la demolición del hambre en el mundo. Lo único que ha cambiado ahora, respecto a esos tiempos que remotos parecen, aunque ocurrieron ayer mismo, es que ahora no se necesita un vislumbre de belleza extrema en bikini o traje de fiesta, para soltar la cantinela.

Nadie en su sano juicio desea una guerra. O, mejor, solo los políticos desean las guerras, ora sea para apropiarse de lo combatido o, en caso de tratarse de simples espectadores y terceras partes (por lo común, los más egoístas de todos), para situarse a favor (pocas veces) o en contra (la mayor parte del tiempo).

En España, el ritual retórico sobre la guerra ha vuelto a adquirir actualidad de la mano del indocto que ha rescatado el viejo panfleto de las Azores cuando, en puridad, ni siquiera hay un dirigente u opositor al que estampárselo en la cara. Allá por los tiempos de Aznar, el pávido Zapatero, que jamás supo gobernar nada, porque todo le vino dado, alzó la voz por la participación de España en un conflicto, el de Irak, que resultó más complejo de lo debido, pese a que las razones eran simplicísimas. Pero, el indocto, ¿contra quién profiere su negativa belicosa en los mítines de campaña para las recientes elecciones autonómicas? ¿Contra Trump o Netenyahu? ¿Y por qué no lo esgrimió contra Putin hace cuatro años, o incluso ahora, al desencadenar el infierno en Ucrania? El indocto, que de tan izquierdoso como es, tal vez para esconder que a él lo que le gusta, en realidadm y para lo que necesita la política espara forrarse, como ha hecho Zapatero, y sabedor de que solo los regímenes dictatoriales de izquierdas lo podrán tener en cuenta algún día si es que deciden tenerle en cuenta a él, que ya veremos, usa la guerra como usa todo lo que profiere cuando se pone ante un micrófono: ya sean bulos, fascismo, okupas desfavorecidoso... lo que sea que él crea que le produce algún rédito. Dicen que se trata de un dirigente con la habilidad política de adaptarse con admirable elasticidad a la temperatura ideológica del momento. Pero eso es concederle una respetabilidad intelectual de la que carece. 

El caso es que el pacifismo declamatorio vuelve a ocupar el escenario, al menos de momento, mientras el mundo descuella en argumentaciones bélicas sobre lo conveniente que es, o no, hacer desaparecer el régimen de los ayatolás, esos musulmanes proverbiales con cuentas abultadas en bancos occidentales y un patrimonio inmobiliario que para sí lo quisiera el propio Rockefeller. Uno se pregunta cuáles son las alternativas a dejar a los ayatolas ejercer su imperio de terror en paz. Pero la respuesta es sencilla: seguir permitiendo que masacren a su pueblo y financiar terroristas por doquier. ¿Improvisamos un "no al terrorismo"? ¿Qué tal un "no a asesinar a quienes protestan"? El juego de la izquierda, de ésta y de cualquiera, es creerse moralmente superior cuando, en realidad, solo defienden las lentejas que tipos como los ayatolas, o el Maduro desaparecido del mapa, coloca en su plato. Luego dicen que no es lícito luchar por el petróleo o la supervivencia de Israel. Será que sólo sirve luchar contra Franco después de muerto.

Pero no nos perdamos en los detalles. El sistema político que gobernaba Irán bajo la autoridad de Ali Khamenei demostró durante décadas una más que notable eficacia en el uso de la coerción, como no podía ser menos: la represión sistemática de la oposición interna, la persecución de los disidentes, las ejecuciones públicas y una política exterior basada en la financiación de milicias y organizaciones armadas en buena parte de Oriente Medio, es a lo que estábamos acostumbrados y que a la izquierda, ésta u otra, le parecía muy bien por aquello de que los muertos, cuando son de otros, son menos muertos. Nada de esto ha parecido alterar demasiado la serenidad moral de quienes proclaman que la guerra es un mal absoluto. Se trata de un principio que se activa con gran fuerza cuando el uso de la misma procede de las democracias occidentales, pero que se torna difuso cuando la violencia es ejercida por teocracias, autocracias o revoluciones supuestamente emancipadoras.El Derecho Internacional siempre es un comodín bien esgrimido pese a que uno mismo, como el indocto, lo veje igualmente, como sucedió en el caso de Marruecos con el Sáhara (en ese momento el Derecho Internacional no importaba, porque solo importaba que Marruecos no publicase los chistes porno o las citas con la amante de su móvil pirateado -dudo que contuviese nada digno de ser comentado políticamente). Por eso, y por mucho más, las resoluciones, llamamientos y condenas morales tienen la misma eficacia práctica que las advertencias escritas en la arena frente a la marea. Cuando un régimen decide ignorarlas, rara vez ocurre algo más que una nueva declaración de preocupación.

La política internacional nunca ha sido un seminario de ética. Está muy bien oponerse todas las guerras cuando éstas no le afectan a uno más que en el precio de la gasolina. Pero cuando un régimen armado hasta los dientes proclama abiertamente su hostilidad hacia otros Estados mientras reprime brutalmente a su propia población, limitarse a repetir fórmulas pacifistas no es una expresión de sabiduría política. Algo  bastante obvio tratándose del indocto.

viernes, 13 de marzo de 2026

Manual del buen ecologista

Verán, yo soy ecologista. Muy ecologista. La gente no acaba de aceptarlo porque siempre me han visto como un escéptico e incluso un descreído. Pero el pensamiento crítico es lo que tiene: permite razonar las propias incoherencias. Lo que me pasa es que, de vez en cuando —dos o tres veces por semana, sin exagerar— necesito encender el aire acondicionado a 18 grados porque, de lo contrario, no duermo bien. También es verdad que me muevo a todas partes en coche… pero no es híbrido, ¿eh? Es semihíbrido. De esos que, si aceleras un poco, ya entra la gasolina como si fuera un transbordador espacial. Pero, insisto, soy ecologista. No acelero tanto casi nunca. Solo pocas veces. Una o dos por trayecto. No creo yo que, por estas minucias que les comento, esté faltando al ecologismo. Las carreteras son muy peligrosas y cuanto menos tiempo se esté en ellas, mejor.

Espero que usted no sea una de esas personas que gustan de sermonear al personal sobre cómo vivir correctamente el ecologismo y que, por añadidura, van diciendo por ahí que si un verdadero ecologista no puede tener dos coches ni usar cápsulas de café, ni encender todas las luces de la casa para que no se vea triste. A ver si va a ser usted de esos. Me ofendería su cerrilidad porque, de un tiempo a esta parte, abundan mucho los ecologistas radicales, de esos que creen que se creen poseedores de la verdad suprema. No son más que fanáticos del dióxido de carbono, pero a la inversa. Esos ecologistas tan poco razonables, no como yo, viven empeñados en imponernos sus ideas extremistas a ecologistas como yo que disfrutamos de un buen vuelo a la mínima oportunidad sabiendo que nuestro compromiso con el planeta sigue intacto. Es gente que vive anclada en el pasado, que no se da cuenta de que el mundo ha avanzado y que hoy la sostenibilidad es algo más flexible, líquido incluso. ¿Qué problema hay en considerarnos ecologistas y, a la vez, darnos un caprichito con un crucero de 3.000 pasajeros cuando pintan vacaciones? ¿Quién es usted para decirme que no soy ecologista solo porque tengo una secadora que deja las toallas más esponjosas?

A lo mejor el problema lo tiene usted. Usted y todos esos que siguen tratando de imponernos su moralismo verde, rígido, mohoso y con olor a compost. No podemos dejar a nadie fuera de nuestro ecologismo; aquí cabemos todos: los que separan la basura meticulosamente y los que tiran todo al contenedor gris porque, total, sabemos que al final lo mezclan igual. Incluso esos. Hay que acogerlos a todos. ¿De verdad hay algún inconveniente en definirme como protector del planeta mientras uso una manguera a presión para limpiar el coche el domingo por la mañana? ¿Acaso no estoy devolviendo el agua a su ciclo natural? No sea tan poco empático. Debemos avanzar hacia un ecologismo más inclusivo, más democrático, más user‑friendly. Nada de andar excluyendo.

Deberíamos replantearnos ese supuesto mandamiento ecológico de reducir emisiones. Bill Gates ya lo ha hecho. ¿No se revisa la historia y se derriban las estatuas de Colón o Bartolomé de las Casas? No hay que tener miedo a revisar los propios conceptos. ¿Por qué entre las altas esferas del eco‑movimiento hay tanto tabú con permitir que la gente pueda contaminar un poquito si eso la hace feliz? En mi infancia, todos contaminábamos mucho y aquí estamos. El futuro del ecologismo pasa por abrirnos a todos, incluso a quienes quieren seguir viviendo exactamente igual que antes, pero sintiéndose tremendamente verdes. Lo del sentimiento es muy importante. Las adolescentes de ahora y unos cuantos papanatas con barba proceden a cambiarse de género atendiendo únicamente a las razones de su páncreas, que les dicta ser lo contrario a lo que han sido hasta ese momento. Pues con esto de lo verde pasa lo mismo. Un ecologismo de cara larga, censurador y encerrado en sí mismo está destinado a desaparecer. Hay que permanecer atentos al espíritu —del tubo de escape— que nos guía, aunque algunos se resistan a escucharlo. Si ahora vivimos en una época donde contaminamos poco es gracias a haber vivido épocas en que hemos contaminado cantidad, como hacen ahora muchos países de Asia y es injusto que se lo reprochemos.

Sin embargo, como buen ecologista, entiendo que es necesario apuntar no sólo buenas razones, también nuestras obras de cada día. Por eso últimamente practico el minimalismo expansivo. Consiste en comprar solo cosas esenciales, pero redefiniendo constantemente el contenido de lo que es esencial o no. Por ejemplo, la tercera cafetera de cápsulas era imprescindible porque la anterior no combinaba con la encimera nueva, que también era esencial para mi bienestar sostenible. Y el bienestar, no lo olvidemos, es la base del equilibrio ecológico. Si uno no se siente satisfecho consigo mismo y su entorno más próximo, resulta imposible tratar de modificar nada en absoluto. 

He adoptado además una dieta estrictamente local. Solo consumo los productos de proximidad del supermercado. Si vienen de la otra punta del planeta, entiendo que la punta en la que yo vivo también es planeta, luego sigue siendo proximidad en términos cósmicos. No se puede ser tan reduccionista con la geografía. Un vecino mío, que lleva rastas y se pone una ropa carísima de colores, compra siempre kiwis y he comprobado que, durante el invierno, provienen de Sudáfrica. Luego está contribuyendo decisivamente a la sostenibilidad y el equilibrio del lejano país meridional. El ecologismo es cosa de todos y conviene que nos apoyemos unos a otros en esta ardua tarea de no ensuciar por encima de lo razonable.

En casa, por ejemplo, practicamos el ahorro energético de una forma muy consciente. Dejamos todas las luces encendidas para no tener que encenderlas y apagarlas continuamente, que eso sí que gasta. Hay que pensar en el largo plazo. La eficiencia está en la estabilidad lumínica. Y la caldera es conveniente que funcione, aunque sea al ralentí, porque el coste de compensar el calor que se pierde por la ventana es mucho mayor que el CO2 que se emite. 

Con el agua, eso sí, soy ejemplar. La utilizo con respeto. Con mucho respeto. Abro el grifo con solemnidad, dejo que fluya con dignidad mientras me lavo los dientes, y la observo caer con una profunda conexión espiritual con el ciclo hidrológico. No todo el mundo puede decir que contempla el ciclo del agua dos veces al día durante varios minutos seguidos.

También he reducido drásticamente mi huella de carbono digital. Ya no leo todos esos artículos incómodos sobre el consumo energético, las emisiones o los datos comparativos. La ignorancia selectiva es una forma muy eficaz de sostenibilidad emocional. Si no lo sé, no me afecta. Y si no me afecta, no genera estrés. Y el estrés, como es sabido, tampoco es bueno para el planeta. Ni para nadie.

Creo sinceramente que el futuro del ecologismo pasa por aquí: por permitir que cada uno adapte la realidad a su relato, sin esa manía antigua de adaptar el relato a la realidad. Es más humano. Más llevadero. Más coherente con nuestras incoherencias.

Les dejo, que me acaba de llegar el pedido del supermercado: todo en bolsas individuales, por higiene. Ya saben.

viernes, 6 de marzo de 2026

La guerra de Irán

El reflejo europeo ante cualquier intervención militar norteamericana es tan previsible que podría programarse con un algoritmo simple: anuncio de operación, gesto grave, invocación inmediata del Derecho Internacional y, por último, el deseo apenas disimulado de que todo termine mal para Washington. El pasado viernes, tras la decisión de intervenir militarmente contra objetivos del régimen iraní, el guion volvió a representarse con puntualidad y sin ambages. A representarse por parte de las autoridades españolas (el resto nos interesan bastante menos).

De manera tácita, una parte considerable del debate público parece animada la curiosa esperanza de que la operación militar enarbolada por Trump fracase. Bajo la admonición de lo crueles que son las guerras y la tontería ésa del orden internacional subyace el deseo perfectamente advertible de que el intento de frenar al régimen iraní termine en desastre. Y qué Trump quede humillado ante el mundo.

La lógica de ese deseo merece un momento de reflexión, porque resulta difícil encontrar una posición más extravagante desde el punto de vista racional. Si uno considera que el régimen de los Ayatolas  representa una amenaza seria —para su propia población, para la estabilidad regional y para el equilibrio estratégico en Oriente Medio—, lo razonable sería desear exactamente lo contrario: que cualquier intento de limitar su capacidad de coerción tenga éxito. Pero no. El éxito es esa paz existente hasta el día de ayer mediante la cual la población iraní merece ser exterminada casa vez que protesta contra los religiosos que gobiernan el país con mano de hierro, los mismos que extienden sus raíces por cualesquier organizaciones terroristas que golpeen los intereses occidentales, subyuguen a las mujeres en intelectuales hasta acabar con su voz pública, e incluso que financien actos de barbarie terrorista en países allende sus mares, como sucedió con el atentado a Aleix Vidal-Quadras. Son estos energúmenos, teólogos de su propia religión y únicos declarados con derecho a interpretar la voz de su inútil Dios (inútil por ser incapaz de acabar con ellos), con quienes el bobalicón de Zapatero quiso interponer ante todo el planeta una alianza de civilizaciones que quedó en eso, en una bobada solemne como no podría ser otra cosa proviniendo de quien proviene.

El sistema político iraní no es una abstracción académica. Es una teocracia armada que ha demostrado una notable habilidad para combinar represión interna con proyección exterior de poder. Bajo su dirección se financian milicias, se arman actores regionales y se alimenta una estrategia que convierte la inestabilidad en instrumento político. Mientras tanto, dentro de sus fronteras, la disidencia se paga con cárcel, exilio o muerte. Normalmente con muerte, que es adonde va a parar el exilio o la cárcel. 

El "no a la guerra" del indocto que nos desgobierna, y a quien parece florecer los injertos que lleva plantados en el canal interglúteo cada vez que no las tiene todas consigo (ya pasó en su momento con los cinco días de reflexión de enamorado ante la corrupta de su esposa, a quien venía poniendo los cuernos con cierta poco celebre periodista, cuyas frases amorosas intercambiadas seguramente sea el material que obre en poder de los servicios secretos marroquíes, por cuanto resulta difícil colegir qué otra estrategia  nacional o internacional digna de tal nombre puede parir su bastante infértil magín), decía que la zapaterada del no a la guerra no deja de ser la penúltima tentativa suya de no fallecer de manera inmediata de forma política y social (moralmente hace años que es un cadáver putrefacto). Por tal motivo, y aunque resulte sucinto, celebrar anticipadamente el fracaso de una intervención destinada a debilitar ese aparato iraní de terror, impuesto en medio mundo, no parece una posición particularmente sofisticada. Ni siquiera para la izquierda, a quienes ya solo queda protestar contra todo lo yanqui e israelí porque sí, y con ello declarar correcto el buenismo de desatender las matanzas y arrestos perpetrados por quienes odian aún más (o tal vez lo mismo, salvo que con más aparato de estado) a todo lo que suena a Trump o a Estados Unidos. Es una forma peculiar de antiamericanismo reflejo: si la acción la emprende Washington, entonces debe ser mala por definición, y si fracasa, tanto mejor. 

El problema de ese razonamiento es que el mundo real no funciona como una tertulia ideológica cualquiera de las huestes izquierdosas a las que estamos acostumbrados, desgraciadamente, en la piel de toro. Las consecuencias de tal fracaso no recaerían sobre la reputación de un presidente norteamericano, sino sobre el equilibrio estratégico de toda una región. Un régimen que ya hoy actúa con notable agresividad obtendría la confirmación de que puede hacerlo con total impunidad.

España y Europa, mientras tanto, podrían seguir pronunciando sus habituales exhortaciones morales desde la confortable distancia que proporciona no tener que decidir nada porque lo suyo es ser progre y guai, sobre todo con viajes frecuentes y bastantes a República Dominicana para lucir moreno y llenar la cartera de irregularidades devenidas parné barato (o caro, sobre todo para nosotros). Es una posición muy elegante desde el punto de vista retórico, si en ello existiera alguna retórica, pero bastante menos impresionante cuando se observa desde la perspectiva de quienes viven bajo los regímenes admirados (por ser financiadores) de la izquierda podemita y zapaterista y seguramente sanchista también. Esos regímenes nunca consideran las declaraciones diplomáticas un obstáculo particularmente serio. Tampoco las payasadas de los de la ceja.

La paradoja final es casi irónica. Muchos de quienes desean el fracaso de la operación lo hacen convencidos (eso quiero creer) de estar defendiendo la paz. Sin embargo, la historia reciente ofrece una lección menos tranquilizadora: cuando los regímenes autoritarios perciben debilidad o indecisión en sus adversarios, rara vez reaccionan con moderación. Lo que suelen hacer es avanzar un paso más.

Tal vez por eso resulta sorprendente que tantas personas prefieran apostar por el desastre antes que por la posibilidad —imperfecta, arriesgada, incómoda— de que la intervención consiga limitar a un régimen que lleva décadas demostrando que la moderación no forma parte de su vocabulario político.

Desear que fracase cualquier intento de frenar a una teocracia armada no es una posición pacifista. Es simplemente una forma particularmente sofisticada de irresponsabilidad. Aunque, mucho me temo, está cualidad sea ya parte del ADN de las mentes que nos gobiernan y aspiran a seguir gobernándonos por los siglos de los siglos. Ojalá no sea amén.

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viernes, 27 de febrero de 2026

Gregorio Morán

Se ha ido Gregorio Morán y el silencio que deja tras de sí seguramente resulte aliviador para la caterva de mediocres que lo temían. Ha muerto el hombre que convirtió la columna de los sábados en un campo de minas para la autocomplacencia. No necesitaba el ruido de las redes: le bastaban el diccionario y un profundo desprecio por la impostura. En una época en que los columnistas acaban de descubrir lo sencillo que es ganar dinero dejando que una inteligencia artificial escriba sus artículos, la pérdida de Gregorio Morán entierra una forma de entender el oficio que hoy nos parece, cuando menos, arqueología, tal vez historiografía la del escritor, antes que periodista (¿o tal vez sea al contrario?) que se enorgullece de ser el tábano que arruina la siesta a todos los que mandan, que suelen ser los peores de la clase una vez devenidos hombres de supuesta pro.

Cuando otros (no unos pocos: muchos) se dedicaban a lustrar los bronces de la Transición o a vender la supuesta modernidad en que los políticos y no pocos funcionarios de alto nivel nos habían empotrado, Gregorio Morán se dedicó a levantar las alfombras para enseñarnos excrecencias del poder, esas que solo puede observarse cuando uno se atreve a mirar por el microscopio sin miedo a lo que diga el resto, y que notablemente conforma el cuerpo de ambiciosos que aspiran a sumiller de corps de quien, en cada caso, se atribuye el mandato divino de iluminar a los mortales que jamás quisimos otra cosa que nos dejaran en paz. 

Nunca fui capaz de leer la prosa de Gregorio Morán sin evocar la de Francisco Umbral, el dandi que convirtió la actualidad en un retablo de metáforas deslumbrantes y cierta, pero muy apañada, crueldad estética para con el enemigo, que lo eran todos. Dos son las circunstancias por las que cualquier escritor empeñado en narrar los episodios de esta nación devenga desesperanzado: la indiferencia de todos los demás, es decir, de la sociedad en su conjunto y no solo la de la masa desabrida que vive única y exclusivamente para merodear por los centros comerciales en invierno, y lucir barrigas infectas por cualquier playa en verano; la segunda es la estulticia de sus compañeros de oficio, de la que yo solo dispongo de algunas pocas referencias un tanto marginales, aunque notables. Uno piensa que, al igual que morán o Umbral, uno vive querellándose de continuo con la masa y con las minorías: la masa porque está embrutecida y es analfabeta; las minorías porque solamente son masa con pretensiones. 

Hay un momento en que un escritor empieza a descubrir que no le importan nada los lectores, lo mismo que si no tuviese ninguno. Llegados a ese punto, tampoco importa mucho lo que se escriba. Llega un punto de hastío tal que solo merece la pena la indiferencia, que siempre tiene efecto retroactivo porque, a partir de ese momento, parece como lo que antaño nos importaba de repente resultase que nunca nos ha importado. Llegado a ese punto, toda la obra escrita no deja de ser una farsa basculante. Larra se mató para no seguir escribiendo. Umbral jamás dejó que, en el entrepaño de sus lienzos escritos, morase la apatía. Y Morán, posiblemente el más caústico de los tres, aunque su verdadera naturaleza fuese la del ácido sulfúrico a sesenta grados de temperatura, nos demostró que sus contemporáneos vivos nunca fueron más listos que él. 

A partir de esta semana seguiremos soportando los chirríos del freno de mano con el que escribe la inmensa mayoría de los columnistas, muchos de ellos afamados sin que uno llegue a entender a qué se debe la admiración que despiertan. Cosas de la cultura, supongo. Los hay tan preciados de su derechismo, o de su izquierdismo, por mucho que enarbolen la enseña de la neutralidad, que no se dan cuenta de que el enfermo no tiene cura y que, tras él, los que vengan después estarán igual de enfermos, más pronto o más tarde. El relato oficial conviene no comprarlo nunca, no solamente cuando lo cuentan desde las barricadas situadas enfrente. De hecho, no se trata solo de una conveniencia. es imposible transitar con algo de lucidez por la vida si uno se deja infectar por los miasmas que desprende la calle, que es el lugar adonde los vocingleros de toda condición acuden cuando sospechan que pronto les pueden pisotear la canonjía o el chollo.

Se ha ido Morán. Y, con él, la última muestra del pasado inmediato de que la razón de ser de un escritor que se asoma a las páginas de un diario, se encuentra en resultar intempestivo. 

viernes, 20 de febrero de 2026

El burche desde donde otear nuestra decadencia

Hay algo moralmente indecente en ver a cierta izquierda española vociferar en tertulias sedicentes sobre "libertad de elegir" llevar un burka o no llevarlo, como si se tratase de una cuestión sometida a debate teológico, mientras en los regímenes teocráticos que lo imponen el debate no existe porque, en sus territorios, la ley muerde, y mata, como una víbora. Aquí, en este querido y decadente Occidente, nos permitimos jugar con los conceptos y las atribuciones (de izquierdas, aunque para muchos sea este término lo que subyace bajo su pensamiento esquizofrénico y cambiante). Allí, en los territorios que Alá jamás deseó ver convertidos en obscenas representaciones del poder humano en su nombre, muy pisoteado nombre, tanto como su creación, quienes osan discutir pagan con su vida. Nosotros pontificamos muy a gusto. Ellos entierran a los muertos, y no a causa de enfermedades o de una existencia larga y próspera, sin placer alguno.

No sólo por este motivo me resulta insoportable el burka. Si discutible es el gusto estético de quien lo defiende contraponiendo su uso a una supuesta cosificación de las mujeres porque ellas prefieran una minifalda y ellos (nosotros) también, aunque por razones complementarias, las fobias culturales de salón que vienen apareciendo en los vocingleros izquierditas de un tiempo a esta parte son casi tan lesivas, si no más, que la rigidez de las tradiciones morales cuando en este país se defendía que la falda siempre tuviese que ir por debajo de la rodilla. A algunos convendría volver a explicar la diferencia entre un símbolo y el sistema en el que dicho símbolo se convierte en una bomba hache. Mis caros lectores saben que viví en Arabia a comienzos de este siglo y que por aquellos pagos he vuelto en numerosas ocasiones. He comprobado por mí mismo el significado de la palabra tradición cuando deja de ser solamente una unidad lingüística para convertirse en una forma de arquitectura social completa que, curiosidades de la vida, solo a unos pocos privilegia. He visto a mujeres defender la tradición de ir tapadas de arriba abajo, salvo los ojos, con la abaya, con plena convicción y un sentido profundo de la preminencia de sus credos religiosos. Cuando uno vive inmerso en el pensamiento mágico, y todo creo religioso lo es, se pasa a defender lo inevitable porque resulta que es también lo que construido la propia identidad y el conjunto de normas morales en que se desarrolla la propia vida. Estando inmerso en la creencia, es complejo para el individuo valorar las ventajas de las creencias que promulgan, cuestionan o incluso combaten, las que él mismo defiende. Pero, dejando a un lado las razones por las que las propias mujeres resguardaban con uñas y dientes aquello que, a ojos de terceros, las denigraba, también fui testigo de cuál era el precio por contradecir las tradiciones. Porque no se trataba (ni se trata hoy en día) de preservar una herencia o un legado. Hace mucho que dejó de ser tal cosa. Es una disciplina y una imposición que, directamente, condena a quienes la incumplen u osan cuestionar su supremacía. Para tal menester no basta solo con la fe. Se necesita la vigilancia perpetua, el miedo generalizado, el enclaustramiento familiar, el terrorismo de la calle y, sobre todo, la crueldad infinita de un Estado.

Pero volvamos a donde estaba yendo. La escena europea se ha vuelto grotesca. Gente que jamás pisará Teherán se ha convertido en experta en libertad de conciencia para defender, a capa y espada, no importa las malignidades que se cometan, un sistema que no concede conciencia ni tregua alguna (millones sí; de hecho, Irán, Cuba, Venezuela... todos son países que riegan muy generosamente los bolsillos de los líderes izquierdosos necesitados de chalet con piscina o mucamas ilegales en casa).  Además, exhiben su fanatismo como si fuera una expresión de tolerancia, lo mismo que si estuvieran exhibiendo virtud, pero se trata de una intolerancia muy selectiva. Tiene su lógica: no es lo mismo ponerse un pañuelo en un barrio acomodado del centro de Madrid que quitárselo en la Plaza Sa'adat Abad. 

En veinte años se ha producido un cambio que no necesito demostrar con un gráfico porque lo veo en cada discusión. Una izquierda que se decía universalista —la que hablaba del individuo frente al dogma, del cuerpo frente a la imposición, de la igualdad como regla general— y a la que admiraba por su obstinación en buscar el bien común y la mejora y el progreso de todas las clases sociales, especialmente de las más desfavorecidas, aunque discrepásemos en cómo llevarlo a cabo, ha ido sustituyendo paulatinamente el discurso no para enfrentarse a un capitalismo rampante al que, ahora, sus líderes abrazan con la fe del converso, sino para encontrar temas desde donde poder seguir reivindicando sus proclamas aunque sean proclamas inasumibles desde un punto de vista histórico.  Dirán ustedes que la evolución conforma al ser humano en su principio de madurar. Pero no es una evolución: es consecuencia de renunciar a aquello por lo que abogaban (casi siempre por comprobar lo bien que se vive en esa orilla que juraban y perjuraban no querer alcanzar nunca) y buscar algo que les permita ganar escaños en el parlamento. Aquí es donde entra la metonimia, que algunos fingen no entender para no discutir el fondo. Cuando digo "la izquierda" no estoy elaborando un censo de votantes del indocto presidente o del coletas hipocritón. Hablo de la corriente que manda, la que marca las pautas, la que reparte certificados y prebendas, la que, con un cinismo extraordinario, llama libertad a excrecencias como lo que ha pasado en Venezuela, pasa aún en Cuba, en Rusia o en Irán. Por eso mismo, cuando digo "el islam" no estoy hablando de cada creyente, sino de de los sistemas clericales, los aparatos jurídicos y policiales, y de las interpretaciones rigidizadas que en demasiados países musulmanes se han convertido en un Estado absolutista y teocráticos. 

Con ello regreso al dichoso burka con el que comencé. No es una prenda. De hecho, tiene más función fronteriza, y represora, que vestidora. Es la más eficiente puesta en escena de una jerarquía sexual que pueda abarcar cualquier espacio público. Es decirle al mundo, sin palabras, que la mujer no se pertenece del todo, que su visibilidad es un problema moral que debe ser gestionado porque (y esto sí que no lo dicen) no pueden provocar a unos hombres incapaces de contener sus apetitos ni en público ni en privado. Y sí, claro que hay mujeres que lo defienden (aunque no me interesan en absoluto las mujeres que lo defienden acá). La interiorización de una norma es uno de los lubricantes más eficaces del poder: convierte la obediencia en identidad y la identidad en supuesta virtud, casi teologal. 

Como siempre, ahí está la trampa favorita del progresismo contemporáneo.

Porque el debate real, si se mira sin sentimentalismo, no es textil. Es, más bien, filosófico, o teológico, aunque se trate de un debate banal. El burka es el punto donde lo abstracto (Dios o Alá, el hombre varón, sus apetitos genéticos, la hermosura inherente de la mujer hembra) se vuelve algo tan visible como es la colisión entre dos concepciones de una misma norma: que los seres humanos necesitamos vestirnos. Uno de tales concebimientos declara la ley como algo anterior al individuo (revelación divina, mesianismo, profecía, tradición, comunidad, obediencia). La otra concepción, la que funda la modernidad política europea, afirma que la ley es legítima solo si puede ser asumida por individuos libres e iguales, que ninguna costumbre heredada ni ningún texto sacralizado puede imponerse por encima de la conciencia. Que el ser humano no es un medio para la gloria de algo pretendidamente  (e inexistentemente) superior. El ser humano es fin en sí mismo. Una decisión antropológica muy frágil en sociedades sometidas al escarnio de la voluntad divina de unos pocos machos bípedos. 

Por eso el burka importa. Importa porque revela, como una grieta que deja ver los cimientos, qué entendemos por igualdad. Porque si la igualdad es universal, entonces no admite excepciones atendiendo a cierta deferencia cultural cuando está en riesgo la autonomía real de una persona. Y si la igualdad admite excepciones, entonces deja de ser un principio y se convierte de inmediato en una concesión. 

No estamos discutiendo si Dios existe o si las gentes tienen derecho a creer en un dios o en mil, si les da la gana. Allá cada cual con sus barruntos que, no obstante, no podrán contraponer a mis palabras cuando el alma se escape del cuerpo (nadie lo ha hecho jamás). Estamos discutiendo sobre quién es el sujeto último de la ley. Si es el individuo, la democracia no puede callar ante la coacción para parecer tolerante o progresista. Si no es el individuo, entonces retrocedemos, lentamente, siempre con buenas palabras y supuestos principios superiores de tolerancia antropológica. Sin darnos cuenta, nos volvemos mediocres, decadentes.

Y la historia enseña una cosa con crudeza: las sociedades abiertas caen a causa de las renuncias constantes de sus individuos hacia lo que les permitió construirlas.

viernes, 13 de febrero de 2026

Poco antes del umbral

Desde el pasado mes de enero comenzaron a estrecharse definitivamente los márgenes de los 60 años para mí (y digo definitivamente porque la cuenta atrás siempre ha de arrancar en tres, no en diez). Siempre me habían comentado que la edad sexagenaria despierta una mezcla compleja de sensaciones del estilo serenidad, vértigo, orgullo y, casi siempre, una ligera nostalgia de las épocas de juventud. Y es posible que así sea, pero el cóctel emocional es bastante más enrevesado. Por una parte, sé que no soy el mismo de hace dos décadas y, sin embargo, tampoco me siento viejo. 

Siempre afirmo que la franja que discurre entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco es la gloriosa etapa en que todo es posible (y todo se puede) para una persona. La etapa más gloriosa, épica, memorable. También aquella en que cualquier obstáculo puede echar al traste todas las expectativas y obligar a los ambiciosos a hincar la rodilla en el suelo y entregarse a la merced del sino. Como cualquier extensión con límites definidos, al acabar de recorrerla comienza el verdadero infortunio: ver su progresivo alejamiento. Es cuando sucede el adocenamiento definitivo del ser humano actual.

Contemplar el advenimiento de la edad sesentona es como esperar el momento de adentrarse en una tierra intermedia en la que el cuerpo empieza a enviar mensajes distintos (no siempre urgentes, pero sí insistentes) y la mente, en cambio, parece alcanzar su mejor y más versátil claridad, aquella por la que uno languidecía al tratar de buscarla con afán sin no encontrar jamás el rastro que deparaba su destino. Comprendemos los patrones, leemos las intenciones con mucho menos esfuerzo y disponemos de una intuición bien afilada a golpe de experiencia, errores y aciertos. Lo que ya no se tiene es lozanía, frescura, vigor, verdor, gallardía, vitalidad. En definitiva: juventud. Pero, a fuer de ser sincero, quiero decírselo ahora mismo: no nos importa tanto.

Acercarse a los 60 implica reconocer que la vida no es infinita. Tal reconocimiento, lejos de ser oscuro, ofrece una sorprendente libertad: se vuelve más fácil decir que no, más natural decidir por uno mismo y más valioso el tiempo que se elige compartir. Las prioridades se van ordenando solas, e importa mucho menos lo que otros esperan de nosotros y muchísimo más aquello que encaja con nuestra paz interior, que no es otra cosa que el aplacamiento natural de las pulsiones naturales, siempre tan caóticas, desordenadas y turbias. 

Al mismo tiempo, aparece un sentido de responsabilidad distinto, especialmente respecto a quienes vienen detrás. No por dejar un legado heroico (de no conseguirlo se encargan los políticos de turno, únicamente ocupados del suyo propio, para lo que necesitan esquilmarnos a los demás), sino porque no se necesita demostrar gran cosa. Para algunos, que no es mi caso, la cercanía de los 60 conlleva también el reencuentro con uno mismo, pero es algo que, sinceramente, dudo que acontezca con demasiada frecuencia. No pueden surgir las preguntas que permanecían tapadas por el trabajo y el ritmo de vida y las obligaciones si jamás se ha destinado parte del tiempo en que sucede todo ese jaleo a amueblar las neuronas. Y el mundo está repleto de neuronas vacías, y más que lo va a estar viendo el nivel cultural de las generaciones con pujanza. 

No se trata de una crisis. Las crisis suceden a los 40, cuando la etapa gloriosa fenece y uno aún tiene la creencia de que le queda mucho por demostrar, a sí mismo o a quien sea. Cuando lo que se atesora es perspectiva, entrar en crisis es propio de cretinos. No soy el joven impetuoso de hace dos décadas, desde luego, pero tampoco soy ese señor mayor que yo imaginaba cuando tenía 25 años. La única sombra que se cierne en el horizonte próximo, el del futuro (el horizonte del pasado es una carga pesada de recuerdos y olvidos), es el paralelismo incómodo (y cómico) de los 70. 

Lo interesante es que, contra todo pronóstico adolescente, un hombre de casi 60 no solo puede seguir sintiendo pasión; puede sentirla con una intensidad distinta, quizá más limpia. Puede incluso encontrarse —sin ironía— con alguien de 70 y descubrir una chispa muy superior a la de la juventud. Porque la pasión no pertenece a la epidermis, sólo a la conciencia. Y a los 60 o a los 70, si algo abunda, es precisamente entendimiento (y pobre de quienes carezcan de él). Con una diferencia importante: no se encuentra uno con esa pasión por una simple cuestión de necesidad o urgencia ante la afirmación constante de uno mismo. Es una sencillísimo aspecto de poder, y saber, elegir. Y eso lo hace más peligroso y más hermoso a la vez.


viernes, 6 de febrero de 2026

Regreso al Areópago

La modernidad ha olvidado que lo sagrado no nace del dogma, sino del espanto. Rudolf Otto lo llamará más tarde mysterium tremendum et fascinans, pero los griegos ya sabían que el temblor precede a la palabra. Antes que la teología, hubo estremecimiento. Antes que la ley, vértigo. La muerte no funda doctrinas. Sólo después, mucho después, se levantan los templos y las liturgias. Ante la aparición del cristianismo que predica Saulo (San Pablo), los atenienses erigen un altar al Dios Desconocido como gran gesto de reconocimiento metafísico. Es la inscripción material de una ignorancia esencial: la de que no sabemos qué es aquello que nos excede, pero sí sabemos que —en efecto— nos excede. El griego nombra las cosas para delimitar lo que no sabe. El altar erigido renuncia a confundir el misterio con un objeto cualquiera.

Pablo, formado en ese humus intelectual, comprende que no puede predicar desde la ruptura absoluta. Su genialidad no es apologética, sino ontológica. En ninguna parte se le escucha decir que los dioses de los demás fueran falsos. Exactamente dice lo siguiente: "aquello que veneráis sin conocer, eso es lo que yo anuncio". Se inserta en el espacio simbólico ateniense para reconocer que toda teología —incluida la suya— parte de la ignorancia. Y la revelación del Dios de los cristianos no pretende anular el misterio. De hecho, lo intensifica. Es en este contexto donde se produce la torsión decisiva: el cristianismo primitivo no llega como negación de la filosofía, sino como su radicalización. Si el griego había aceptado que la muerte es el límite absoluto, Pablo introduce una paradoja aún más insoportable: que ese límite ha sido atravesado. La resurrección, sin cancelar la muerte, la torna escandalosa. Por eso algunos se burlan. La razón reconoce en el anuncio salvífico una afirmación que no puede ni refutar ni asimilar.

Lo decisivo es que, hace dos mil años, nadie reacciona expulsando, prohibiendo, silenciando (cancelando, que diríamos ahora). La filosofía griega sabía que la violencia simbólica es una expresión de impotencia. Quien necesita erradicar al otro es porque no puede sostener el desacuerdo. Por ese motivo Atenas podía permitirse escuchar a todos. Ese aprendizaje es el que hemos perdido. Véanlo mis caros lectores en la reciente misa por los difuntos del accidente de Aramuz. El Estado contemporáneo, en su versión más empobrecida, confunde la neutralidad con la asepsia, y la asepsia con toda negación de lo sagrado. Pero lo sagrado no es confesional. No depende de creer en Dios, sino de reconocer que hay algo —la muerte— que no se puede, ni se deja tampoco, administrar. Cuando el poder político pretende regular el duelo y clasificar las liturgias, decidir qué presencia es legítima y cuál es impropia, no está defendiendo la razón. Lo que haces es profanar el límite en el que la vida misma se desenvuelve.

Aquello que Giorgio Agamben define como profanación —el acto de devolver al uso común lo que estaba consagrado al misterio— se convierte, en nuestro presente, en la captura administrativa de un sentimiento humano, el mayor de todos. Por eso mismo, al pretender regular el duelo, el poder deja de proteger al ciudadano para desactivar la potencia política que colma el silencio, integrando lo indisponible en el circuito de lo útil. Convendría decirle a los políticos, de toda índole y condición, que la muerte no admite ningún tipo de pedagogía cívica. La muerte es, como sugería Emmanuel Levinas, el acontecimiento donde el "yo" deja de poder. Frente al cadáver, la soberanía del sujeto colapsa. Pretender que el Estado valide ese desgarramiento es ignorar que la ética nace precisamente ahí: en la alteridad absoluta de un final que ninguna ley puede consolar y ningún formulario puede contener. La muerte no educa, ni cohesiona, no "resignifica". La muerte desgarra, y ese desgarro es común para todos. El creyente no tiene una ventaja ontológica sobre el ateo frente al cadáver del amado. Ambos están igualmente desarmados. Ambos comparecen ante lo que Jankélévitch llamaría lo irreversible. Pretender que sólo unos pueden expresar públicamente ese desgarramiento, o que debe hacerse bajo formatos previamente validados, es una forma sofisticada de barbarie. 

Decir que no ante la muerte solo existe desconsuelo no es una provocación retórica. Se trata de una verdad moral: una verdad como un templo, que decíamos antaño. El templo del misterio último. Todo consuelo es insuficiente y cuando se absolutiza, como en los funerales del Estado, ese mismo consuelo se vuelve obscenidad. El respeto a los muertos exige aceptar que su ausencia no se compensa. Que no se supera. La sacralidad del duelo reside precisamente en su resistencia a ser clausurado.

Atenas ofreció a Pablo un altar vacío. Nosotros retiramos los altares y, luego, fingimos sorpresa ante el vacío que queda. Pero no se trata del mismo vacío. El vacío ateniense estaba habitado por el reconocimiento del misterio. El nuestro es un vacío administrativo, gestionado, esterilizado por quienes, en su infeliz ignorancia de gobernantes, o adláteres, o simplemente ateos (pero no ateos como yo) se creen superiores sin serlo. Donde en Atenas el silencio era reverente, ahora solo encontramos protocolos. Donde en Atenas la discusión resultaba interminable, ahora solo existe la exclusión y la cancelación del otro. El gesto de Pablo en el Areópago fue el último gran diálogo entre la razón y el misterio. Hoy, bajo la dictadura de la eficacia que denunciaba Hans-Georg Gadamer, hemos sustituido el diálogo por el formulario. Pero la muerte sigue ahí, irreductible. El recuerdo de Atenas no es una invitación a la religión, sino una exigencia de lucidez: reconocer que solo cuando aceptamos el límite del pensamiento es cuando el pensamiento comienza, de verdad, a ser humano. 

Hemos dejado de habitar el mundo para, simplemente, gestionarlo como un inventario o almacén de recursos disponibles, donde incluso el fin de la vida es una cifra más a procesar para las estadísticas. Al retirar los altares, no hemos liberado a la razón; la hemos condenado a una circularidad técnica que, al no reconocer lo que la excede, termina por devorarse a sí misma. No es que hayamos dejado de creer en Dios. Lo que hemos hecho es dejar de creer en el límite. Y cuando el límite desaparece, no emerge la libertad, sino la arbitrariedad. La barbarie no siempre llega con ruido; a veces llega con formularios, con decisiones técnicas, con la pretensión de que todo —incluso la muerte— puede ser ordenado.

No necesitamos más protocolos, ni tan siquiera para reprobar políticos indigestos o investigar las causas de los accidentes que jamás debieron suceder (todo accidente es prevenible). Necesitamos recuperar esa "piedad" que María Zambrano definía como el saber tratar con aquello que se nos resiste. Al desterrar el altar al Dios Desconocido, hemos quedado huérfanos. El colofón de nuestra era no es la libertad absoluta, sino la intemperie de un vacío administrativo que, al no saber callar ante el duelo, ha olvidado cómo hablarle a la vida.

viernes, 30 de enero de 2026

Extinción occidental

Occidente no se define por la sangre ni por el color de la piel, sino por una arquitectura cultural muy concreta: la primacía del individuo frente al grupo, la separación entre religión y poder político, la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, la libertad de expresión —incluida la blasfemia— y la idea, profundamente revolucionaria, de que la ley está por encima de la tradición. Esa civilización no es natural ni eterna; es frágil, costosa y requiere ser transmitida, asumida y defendida. No se sostiene sobre la etnia ni sobre la herencia biológica, sino sobre una construcción cultural y política extraordinariamente exigente. Dicha arquitectura no es universal ni espontánea; es una anomalía histórica que debe ser defendida si se quiere preservar.

El problema contemporáneo no es la inmigración en sí misma, sino la confusión deliberada entre pluralismo y renuncia cultural. Durante décadas, Europa y Estados Unidos han asumido que toda incorporación demográfica es neutra, que los valores se pueden diluir sin consecuencias y que la integración ha de ser automática. La experiencia empírica demuestra justamente lo contrario. La cohesión social no sobrevive cuando se importan sistemas de creencias que niegan principios básicos del orden liberal y, además, se renuncia a exigir su aceptación. El debate migratorio contemporáneo suele esquivar este núcleo esencial. Se habla de cifras, de economía o de demografía, pero se evita una cuestión incómoda: la compatibilidad cultural. No todas las culturas políticas son intercambiables ni todas las cosmovisiones aceptan sin fricción el Estado laico, la igualdad ante la ley o la autonomía individual. Fingir que estas tensiones no existen es una irresponsabilidad.

No todas las culturas políticas son equivalentes. Lo vemos a diario en las noticias de la prensa escrita. Algunas culturas colocan la ley civil por debajo de la religiosa. Otras subordinan a la mujer, castigan la disidencia con la prisión a perpetuidad y la pena de muerte, o consideran ofensiva la libertad de pensamiento. Sostener que estas tensiones no existen —o que señalarlas es moralmente reprobable— es la descripción más nitida de la ceguera ideológica. La tolerancia auténtica exige un marco común; sin él, se convierte en autoerosión.

Durante años se ha confundido pluralismo con relativismo. La idea de que cualquier sistema de valores puede coexistir sin conflicto dentro de un mismo marco jurídico ha demostrado ser falsa. Cuando el Estado renuncia a exigir la aceptación de principios básicos —ley civil, derechos fundamentales, libertad de conciencia— aparecen sociedades paralelas, zonas de excepción cultural y una fragmentación que erosiona la cohesión social. Porque la integración no es un acto simbólico ni una declaración de buenas intenciones. Es un proceso exigente que implica idioma, normas, derechos y deberes. 

Defender ciertos límites no equivale a rechazar a las personas. Significa afirmar que el acceso a una comunidad política implica asumir las reglas del juego. El idioma común, el respeto a la ley, la igualdad entre sexos y la subordinación de cualquier creencia al orden jurídico no son negociables. Sin ellos la convivencia liberal se vuelve inviable.

Occidente tiene derecho a preservar su modelo civilizatorio sin complejos y sin odio. No se trata de excluir personas por su origen, sino de afirmar con claridad que ciertos principios no son negociables. El Estado laico, la igualdad ante la ley y la libertad individual son la base misma del contrato social occidental. Occidente no tiene la obligación moral de diluirse para demostrar tolerancia. La tolerancia auténtica solo es posible dentro de un marco compartido; sin él, se convierte en una forma de autonegación. Renunciar a defenderlos, por miedo a ser malinterpretados o por comodidad moral, es una forma lenta y educada de extinción. 

SI vamos a extinguirnos, por favor, que no sea antes de yacer a cuatro palmos del suelo.

viernes, 23 de enero de 2026

Doble rasero luctuoso

Desde la Transición, España arrastra la anomalía política de disponer de una igualdad formal de los ciudadanos conviviendo con una desigualdad práctica determinada por el territorio. No todos los españoles pesan lo mismo ante el Estado. Algunos territorios nacieron constitucionalmente blindados por privilegios históricos y políticos; otros asumieron, sin protestar, un papel secundario en nombre de la estabilidad. Aquella asimetría inicial, aceptada como mal menor, ha terminado por convertirse en un sistema de trato diferencial plenamente normalizado, basado en la estricta práctica del egoísmo y la avaricia.

Durante décadas se justificó esa desigualdad como precio de la convivencia. Hoy, con el indocto, ni siquiera se disimula. El actual desgobierno ha convertido la sumisión política a los nacionalismos catalán y vasco en el eje de su supervivencia parlamentaria. Es algo que ni los turiferarios de turno niegan. El sanchismo ha llevado esa lógica hasta su expresión más obscena, subordinando la acción del Estado a las exigencias de ciertos delincuentes a los que tuvo que aministiar e incluso reconvertir en probos hombres y mujeres de estado trasquilando y reescribiendo las leyes que nos protegían de ellos. 

Hoy no abordo este tema porque esté preocupado por la financiación, los indultos o las amnistías repugnantes. Hoy lo abordo porque toda España sufre el duelo de las víctimas del terrible accidente ferroviario acaecido en el sur, en una de esas regiones donde sus ciudadanos poseen un único deber: contribuir y callar. 

Todo hubiera quedado en el dolor si no hubiese sucedido un segundo accidente de tren. Esta vez, en Cataluña. El contraste en la gestión de ambos accidentes no admite coartadas. Donde el territorio es políticamente determinante, la maquinaria del Estado se activó con celeridad. Comparecencias inmediatas, asunción de costes, dos ceses fulminantes y un relato cuidadosamente diseñado para proteger al aliado nacionalista. Donde no lo es, donde las muertes se avistan como impertinentes molestias que, en algún momento, pasarán al olvido, se ha impuesto la lentitud, la opacidad, las mentiras continuadas y la huida de responsabilidades. 

El ministro de Transportes, ese hombre a medio camino entre el eslabón perdido y el chulo del barrio sin moral ni escrúpulos, verbalizó hace un año, cuando una riada se llevó por delante la vida de cientos de personas en Valencia, un principio revelador: no debía obligarse a las víctimas a coincidir con quien consideran responsable, directo o indirecto, de una tragedia (lo dijo por Mazón, ese otro inútil que tardó demasiado en dimitir). Podríamos aplicar dicho principio a él mismo en esta tragedia que ha asolado nuestro país. Las víctimas no tienen por qué ver su feo rostro de cromañón y de responsable directo del accidnete. Y, ya puestos, tampoco el del puto zombi al que tanta veneración profesa. 

España se ha roto con una vía. España entera. No solo por abajo, por la degradación de los servicios públicos de los que nos enorgullecíamos hasta hace dos días. Ni por los fallos masivos de las infraestructuras por las que transitamos. Se está rompiendo por acción de los despreciables políticos cuyas miras no alcanzan más allá de sus traseros y por la renuncia, deliberada o por incapacidad, de blandir una dialéctica contraria al ejercicio de este poder que trata a los ciudadanos con distinto rasero.


viernes, 16 de enero de 2026

La guerra del chocolate a la taza

En Europa hace frío y llueve, gobierne quien gobierne, y la gente discute por naderías desde tiempos inmemoriales. Pero existe un conflicto culinario olvidado, una grieta diplomática mucho más sutil que el origen de la fabada o la eterna contienda de la cebolla en la tortilla. Es una guerra invisible que, pese a quien pese, arde más que el brasero de una abuela en enero: el chocolate a la taza con leche (modalidad oh là là, francesa) frente al chocolate con agua (modalidad olé, española). Dos escuelas de pensamiento que jamás firmarán un alto el fuego, básicamente porque ninguna reconoce que el otro bando posea neuronas funcionales.

Para los franceses, el chocolate con leche no es algo que se prepare en la cocina y ya está. Se trata de algo similar a una ceremonia espiritual, un trámite burocrático del placer. Se añade leche, cacao, un poco de azúcar y, si uno se descuida, un poema existencialista de Sartre. Allí nadie concibe el agua; ¿cómo renunciar a esa blancura cremosa que —según ellos— fue creada por los dioses para amortiguar cualquier drama vital? El chocolate francés es suave, sedoso y tan elegante que, si pudiera, montaría una república independiente de bebidas refinadas. Es el tipo de chocolate que las huestes napoleónicas nos dejaron en herencia y que hoy muchos preparan en sus casas por inercia, cometiendo un error estratégico de manual. Son unos traidores, aunque no lo sepan (en cuyo caso, son algo peor: ¡son ignorantes!).

Mientras tanto, en España, el chocolate con agua representa la filosofía ancestral del “si funciona, no lo toques”. Nada de sutilezas. Aquí el objetivo es lograr un fluido tan denso que sirva para pegar azulejos o sellar grietas emocionales. Es ese líquido que, si lo dejas enfriar cinco minutos, adquiere la consistencia de un flan enfadado. El español —salvo el que sigue vertiendo leche al puchero por complejo de inferioridad— quiere sustancia antes que delicadeza. Quiere un chocolate que se pueda cortar con cuchillo y, si es necesario, usar como arma contundente en defensa propia. ¿Para qué la leche, si el agua ya hace el trabajo sin distraer al cacao con conversaciones lácteas?

Dos países, dos conceptos de la realidad. Francia ve una bebida; España ve un proyecto arquitectónico. Los franceses presumen de textura; los españoles de gravedad: “el mío cae más lento, luego es mejor”. Para un francés, el chocolate español es cemento gourmet. Para un español, el francés es un batido inseguro que no tuvo el valor de espesarse. No se trata de decidir cuál es superior, aunque cada nación lo tenga decidido de puertas para adentro. Son dos formas de relacionarse con la vida: la francesa, acariciándola; la española, agarrándola por la solapa al grito de: “¡hazme feliz ahora mismo!”. Al final, solo nos une un principio universal: si un líquido es capaz de dignificar un churro, merece nuestro respeto eterno. 

Yo prefiero el nuestro. Además, es mucho más erótico.

viernes, 9 de enero de 2026

Catábasis

Cuando era joven, si por tal considero el periodo de mi vida que transcurre entre los 9 y los 24 años, cuando comencé el doctorado, todos los veranos echaba una mano a mis tíos, en el pueblo, cuando tomaba vacaciones y gustaba de solazarme entre vacas, ovejas y eras para la trilla. En verano, claro está, hace la calor y los frutos de la tierra maduran y pueden recogerse. Y, aunque no era testigo frecuente de ello, sí era consciente de lo importante que resultaba mirar al cielo para anticipar, o no, una buena cosecha. El cielo era, para todo agricultor, una saeta con la que orientarse en las incertidumbres e inseguridades atmosféricas, como si la sola contemplación del tránsito de las nubes bastase para conjurar los peligros de las heladas por primavera, o incluso la ferocidad de las nubes traicioneras de agosto. 

No puedo confrontar los usos y costumbres de la agricultura de subsistencia que yo viví y conocí, con los procesos productivos que se ven involucrados en la agricultura mayorista y de abastecimiento. Tampoco entonces. En mi pueblo las cosechadoras entraron a recolectar el cereal cuando en Tierra de Campos, por ejemplo, llevaban décadas haciéndolo. Para nosotros, una panera era poco más que un troje y en los campos de Castilla, en cambio, eran silos, edificios enteros dedicados a almacenar la mies. Hoy en día, los agricultores industrializados conducen tractores provistos con pantallas conectadas a caudalímetros donde registran el agua disponible, y cosechan en un solo día lo que antaño nos costaba un mes recolectar. Es tanta la abundancia, y tantos los adelantos tecnológicos y mecánicos empleados, que parece mentira que alguna vez hayamos pasado tanto calor y tanta penuria para trillar la cebada. 

Miles de millones de personas en el mundo requieren ese tipo de eficiencia, por supuesto, pero no me digan ustedes, caros lectores, si la sobreabundancia a la que nos hemos acostumbrado no refleja la codicia en que se desenvuelve la vida en estos momentos. Ni tampoco nuestro deleite, por cuanto esta profusión un tanto escandalosa, en absoluto garantiza el disfrute de aquello que la tierra produce. Por citar un ejemplo consabido, la gente aún se admira del sabor de los tomates de quienes trabajan una pequeña huerta en el pueblo o a las afueras de las urbes. Matizo el adverbio, "aún", porque a todos nos parece evidente que los frutos que adquirimos habitualmente en los supermercados son especialmente horrorosos en sabor y propiedades, salvo la apariencia. Y será incuestionable, pero no deja de ser una resignación un tanto oprobiosa.

Dependemos de la agricultura, tan distinta a la ganadería, aunque ambas estrechamente ligadas, y su advenimiento en el Neolítico fue la clave de nuestro espectacular desarrollo como sociedad. Los agricultores, como he mencionado, siempre miran al cielo y nunca están a gusto con el sol o el agua que les toca en suerte, y suerte es porque no somos una especie que sepa controlar el clima, o no aún. Y cuando no llueve como ellos desean, o el sol calienta en demasía, protestan a los dioses, porque siempre es aliviador tener a alguien a quien protestar, mejor por todo que por nada. A nadie debería extrañar que los dioses estén molestos con los agricultores, tan rezongones y quejicas. Es un comportamiento atávico que ya se reflejaba en la Biblia. Caín era agricultor, y ofrendaba sus frutos a Yahweh, pero fue rechazado porque prefirió a Abel, que era pastor. Yahweh moraba un tabernáculo movible y desmontable, su pueblo lo llevaba consigo nomadeando por desiertos y montes. No sabía de tampoco de sementeras. El sedentarismo trajo consigo las ciudades, y con las ciudades llegó la corrupción y la idolatría (qué actuales son estos pecados, y cuán extendidos). El desierto representaba la pureza. Las cercas y vallados, las tentaciones de todo tipo. 

Esta cuestión sigue irresoluta. Y, salvo que algún día seamos capaces de saltar a las estrellas, cosa que dudo, al menos en un milenio o más, nunca la técnica, las comodidades y las infinitas posibilidades de que disponemos han destruido tanto. El peso del plástico supera al de todos los animales juntos; la tasa de extinción de la vida biológica es cuarenta veces mayor al de la Revolución Industrial. Y seguimos endeudando a las generaciones venideras porque, si pudiéramos, consumiríamos todo el petróleo, todos los pastos y todos los minerales. Nos regocijamos con tantas frutas como podemos encontrar en los mercados, no importa que sean o no de temporada, y las ingestas de carne y de azúcar nos han convertido en una especie perezosa, negligente, acrítica, y extremadamente corrupta. ¿Acaso tiene algún sentido mirar al cielo? 


viernes, 2 de enero de 2026

Dos de enero

Las Arribes del Duero —las salmantinas, entiéndase, porque solo Fermoselle puede presumir en Zamora de los cañones rocosos del Duero cuando traza frontera con Portugal— son en invierno un paraje austero, casi monacal. Este pueblo donde paso el tránsito del año fue agrícola y ganadero, de subsistencia. Usted, caro lector, lo sabe perfectamente porque lo cuento siempre de la misma manera por estas fechas. Las casas tienen muros de mampostería irregular, ventanucos estrechos, tejados de arcilla árabe que el liquen ha tornado verdosos. Los huertos están ahora yermos, la tierra endurecida por las heladas. Por las noches el termómetro se desploma hasta los cinco bajo cero y amanece todo escarchado: los bancales, las tapias, los sarmientos de las viñas viejas que nadie vendimia ya.

El silencio aquí es de una calidad distinta. No es el silencio urbano, ese hervidero de ecos amortiguados, sino algo denso, terroso, de una convalecencia grasa. Se impone con una presencia mística. De madrugada, cuando uno se dispone a atizar la lumbre, se oye a lo lejos el ladrido de algún mastín que vigila un redil. Luego nada. 

En el cuarto donde tengo los libros y la mesa de escribir —pocos libros, los esenciales, porque esta casa no da para bibliotecas— la luz de la lámpara proyecta sombras temblorosas sobre las páginas. Y es entonces, en esa quietud que antecede al jolgorio del salón donde han aguardado las uvas y el champán, cuando uno percibe el latido del propio corazón, ese metrónomo que marca los días restantes sin que sepamos cuántos quedan en el contador. Incluso me esfuerzo por olvidar cuántos años han transcurrido desde la última vez que, en familia, vimos caer la postrera hoja del calendario. De verdad que no lo quiero recordar. Me parece que ha pasado mucho más tiempo del que llevo acallando esa memoria de los recuerdos malditos. Si existe un infierno, está poblado de remembranzas. Dios creó el cielo para que las almas olvidasen su existencia mundana: qué desagradecimiento.

Hay algo en estos parajes remotos, en estas casas donde el frío se enquista en los muros y donde las generaciones se han ido sucediendo labrando la misma tierra ingrata hasta que el progreso,  finalmente, decidió que esto no es vivir, que invita a pensar en la propia finitud sin aspavientos. Como si el paisaje, tan despojado, tan terroso, recordase que uno también es materia que se agosta, como en las canículas estivales, pero por el frío espeso y despiadado. 

Que las celebraciones de Año Nuevo son un conjuro contra esa evidencia, una ficción colectiva para convencernos de que el tiempo es otra cosa distinta al desgaste inexorable de los cuerpos, es indudable. Es el motivo por el que no he solazado ninguna de ellas en mi vida con jolgorios descabellados o risas irredentas que a la mañana siguiente solo provocan vergüenza (a quien la tenga).

Pero afuera, mientras tanto, en el segundo día del año, siguen las estrellas, insondables, indiferentes. Y el Duero, que lleva milenios horadando el granito, continuará su curso cuando ya no quede nadie aquí para escucharlo. Sólo espero que mi alma entonces se encuentre allá donde pueda seguirlo recordando.