Dicen que las comparaciones son odiosas. Mucha gente lo ignora, pero este refrán tiene su origen en el libro segundo de El Quijote, capítulo 16: "... aunque las comparaciones que se hacen de ingenio a ingenio siempre son odiosas". La cuestión es que, últimamente, o al menos de ese modo me lo voy encontrando yo, prevalece en cierto sector de la sociedad la idea de que tanto Irán como Israel son estados terroristas. Bueno. No todas las comparaciones entre Estados deben hacerse en términos morales. Algunas, las más relevantes desde el punto de vista práctico, se han de situar en el plano, mucho más distinto, de la fiabilidad. No se trata de ver quién es mejor o peor en abstracto, sino de quién resulta más predecible, más estable y menos arbitrario cuando se convierte en socio, adversario o simplemente en un actor relevante en un sistema tan complejo como son las relaciones internacionales.
La cuestión es que, en un bronco debate familar, recientemente alguien puso sobre la mesa el argumento de que Israel es un país que puede definirse como un estado terrorista. Unido al hecho de que está gobernado y regido por sionistas, que son gentes en quienes no se puede fiar, porque persiguen la dominación del mundo y la eliminación de los oponentes. Lógicamente, bajo ese enfoque, la respuesta de Israel al pogromo de Gaza por parte de Hamas sería un acto de terrorismo, la defensa de su territorio contras las huestes de Hizbola en Líbano otro acto terrorista más, y el bombardeo de los centros de enriquecimiento de uranio y de bases militares, amén de otros objetivos, en Irán durante la reciente e incierta guerra que se viene desarrollando, más de lo mismo. No me detuve a preguntar cuál sería la clasificación de Irán respecto al despliegue terrorista y asesino que despliega en muchos países (el atentado a Vidal-Quadras en Barcelona es un ejemplo particularmente descarnado) o el apoyo en armas y fondos económicos a Hamas y Hizbolá. Pero da lo mismo. Porque la comparación entre Israel e Irán adquiere un significado completamente distinto al habitual. Ambos países acumulan, como cualquier otro, elementos positivos y negativos, por mucho que a mí me cueste ver los positivos en un régimen, el de los ayatolás, que no dudan en masacrar a miles de ciudadanos por el simple hecho de protestar contra su desquiciante teocracia.
Israel opera dentro de un sistema que, con todas sus tensiones internas, mantiene rasgos fundamentales de pluralidad institucional: separación de poderes, debate público intenso, capacidad de crítica interna y mecanismos de corrección que, aunque imperfectos, existen y funcionan. Esto no implica ausencia de decisiones controvertidas ni de políticas discutibles. Pero sí implica algo más importante: su coherencia (guste o no) y previsibilidad. Sus acciones, incluso cuando son duras, responden a incentivos identificables y a una lógica que puede ser analizada, anticipada y, en cierta medida, modelizada por terceros.
Irán, por el contrario, presenta una arquitectura institucional dual en la que conviven estructuras formales y centros de poder que no son en absoluto transparentes. Todo abunda en beneficio de los ayatolás. Esta configuración, en un contexto geopolítico, introduce un grado significativo de incertidumbre. Y si nos ponemos puristas, e incluso buenistas, como cuando el infame Zapatero les tendió la mano con su demencial Alianza de las Civilizaciones, o más recientemente las muchas del desquiciado (y bastante demonial) indocto que nos desgobierna, podríamos acabar coligiendo que no se trata únicamente de meras diferencias ideológicas, sino de total opacidad en la toma de decisiones y de una imposible trazabilidad entre causa y efecto en su acción política interior y exterior. Dicho de otro modo, se impusieron como objetivo eliminar a un país vecino y a ello han dedicado ingentes recursos en los últimos cuarenta o cincuenta años..
Para muchos, ni siquiera esta asimetría equivale a buscar un cierto equilibrio entre uno y otro país. Menos ahora que el señor Trump decidió emprenderla a garrotazos con los iraníes ante el plausible temor de que pudieran meterle un pepinazo nuclear a los de Sión (¿alguien acaso duda que llegaran a hacerlo? Imagino que los de siempre). Total, si la gentuza de Hamas, bien aplaudida por sus palestinos conciudadanos (en YouTube siguen aún las evidencias), raptó, violó, quemó vivos y machacó a cientos de inocentes israelíes sin que nadie se llevase las manos a la cabeza (me refiero a nadie de entre los que siempre sesgan hacia el lado izquierdo extremista de la vida), digo yo que no sería mal visto acabar con dos o tres ciudades de la antigua Judea y, con ello, doblegar a esa avanzada imperialista delos Estados Unidos denominada Israel.
Luego, si quieren, podemos hablar de si la Palestina de tiempos de los romanos existió y las inobjetables consecuencias que, para quienes defienden tal anacronismo, merece en el orden internacional actual (lo mismo pretenden resucitar las fronteras del imperio austro-húngaro, de mucha más reciente existencia, aunque lo dudo). Los libros de historia es lo que tienen: los legos los usan siempre en favor de sus argumentos con ayuda de las lecturas oblicuas de sus páginas. Pero esa es otra cuestión.
En fin. Odiosas comparaciones. Por mi parte, sigo esperando a que las cabezas con mando en el régimen de los ayatolás acabe en lo alto de una picota, desangrados y bajo el escarnio de todos los iraníes (porque Irán no es de los ayatolás y sus soldados de la república: es del pueblo, que los aborrece).
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