viernes, 27 de febrero de 2026

Gregorio Morán

Se ha ido Gregorio Morán y el silencio que deja tras de sí seguramente resulte aliviador para la caterva de mediocres que lo temían. Ha muerto el hombre que convirtió la columna de los sábados en un campo de minas para la autocomplacencia. No necesitaba el ruido de las redes: le bastaban el diccionario y un profundo desprecio por la impostura. En una época en que los columnistas acaban de descubrir lo sencillo que es ganar dinero dejando que una inteligencia artificial escriba sus artículos, la pérdida de Gregorio Morán entierra una forma de entender el oficio que hoy nos parece, cuando menos, arqueología, tal vez historiografía la del escritor, antes que periodista (¿o tal vez sea al contrario?) que se enorgullece de ser el tábano que arruina la siesta a todos los que mandan, que suelen ser los peores de la clase una vez devenidos hombres de supuesta pro.

Cuando otros (no unos pocos: muchos) se dedicaban a lustrar los bronces de la Transición o a vender la supuesta modernidad en que los políticos y no pocos funcionarios de alto nivel nos habían empotrado, Gregorio Morán se dedicó a levantar las alfombras para enseñarnos excrecencias del poder, esas que solo puede observarse cuando uno se atreve a mirar por el microscopio sin miedo a lo que diga el resto, y que notablemente conforma el cuerpo de ambiciosos que aspiran a sumiller de corps de quien, en cada caso, se atribuye el mandato divino de iluminar a los mortales que jamás quisimos otra cosa que nos dejaran en paz. 

Nunca fui capaz de leer la prosa de Gregorio Morán sin evocar la de Francisco Umbral, el dandi que convirtió la actualidad en un retablo de metáforas deslumbrantes y cierta, pero muy apañada, crueldad estética para con el enemigo, que lo eran todos. Dos son las circunstancias por las que cualquier escritor empeñado en narrar los episodios de esta nación devenga desesperanzado: la indiferencia de todos los demás, es decir, de la sociedad en su conjunto y no solo la de la masa desabrida que vive única y exclusivamente para merodear por los centros comerciales en invierno, y lucir barrigas infectas por cualquier playa en verano; la segunda es la estulticia de sus compañeros de oficio, de la que yo solo dispongo de algunas pocas referencias un tanto marginales, aunque notables. Uno piensa que, al igual que morán o Umbral, uno vive querellándose de continuo con la masa y con las minorías: la masa porque está embrutecida y es analfabeta; las minorías porque solamente son masa con pretensiones. 

Hay un momento en que un escritor empieza a descubrir que no le importan nada los lectores, lo mismo que si no tuviese ninguno. Llegados a ese punto, tampoco importa mucho lo que se escriba. Llega un punto de hastío tal que solo merece la pena la indiferencia, que siempre tiene efecto retroactivo porque, a partir de ese momento, parece como lo que antaño nos importaba de repente resultase que nunca nos ha importado. Llegado a ese punto, toda la obra escrita no deja de ser una farsa basculante. Larra se mató para no seguir escribiendo. Umbral jamás dejó que, en el entrepaño de sus lienzos escritos, morase la apatía. Y Morán, posiblemente el más caústico de los tres, aunque su verdadera naturaleza fuese la del ácido sulfúrico a sesenta grados de temperatura, nos demostró que sus contemporáneos vivos nunca fueron más listos que él. 

A partir de esta semana seguiremos soportando los chirríos del freno de mano con el que escribe la inmensa mayoría de los columnistas, muchos de ellos afamados sin que uno llegue a entender a qué se debe la admiración que despiertan. Cosas de la cultura, supongo. Los hay tan preciados de su derechismo, o de su izquierdismo, por mucho que enarbolen la enseña de la neutralidad, que no se dan cuenta de que el enfermo no tiene cura y que, tras él, los que vengan después estarán igual de enfermos, más pronto o más tarde. El relato oficial conviene no comprarlo nunca, no solamente cuando lo cuentan desde las barricadas situadas enfrente. De hecho, no se trata solo de una conveniencia. es imposible transitar con algo de lucidez por la vida si uno se deja infectar por los miasmas que desprende la calle, que es el lugar adonde los vocingleros de toda condición acuden cuando sospechan que pronto les pueden pisotear la canonjía o el chollo.

Se ha ido Morán. Y, con él, la última muestra del pasado inmediato de que la razón de ser de un escritor que se asoma a las páginas de un diario, se encuentra en resultar intempestivo. 

viernes, 20 de febrero de 2026

El burche desde donde otear nuestra decadencia

Hay algo moralmente indecente en ver a cierta izquierda española vociferar en tertulias sedicentes sobre "libertad de elegir" llevar un burka o no llevarlo, como si se tratase de una cuestión sometida a debate teológico, mientras en los regímenes teocráticos que lo imponen el debate no existe porque, en sus territorios, la ley muerde, y mata, como una víbora. Aquí, en este querido y decadente Occidente, nos permitimos jugar con los conceptos y las atribuciones (de izquierdas, aunque para muchos sea este término lo que subyace bajo su pensamiento esquizofrénico y cambiante). Allí, en los territorios que Alá jamás deseó ver convertidos en obscenas representaciones del poder humano en su nombre, muy pisoteado nombre, tanto como su creación, quienes osan discutir pagan con su vida. Nosotros pontificamos muy a gusto. Ellos entierran a los muertos, y no a causa de enfermedades o de una existencia larga y próspera, sin placer alguno.

No sólo por este motivo me resulta insoportable el burka. Si discutible es el gusto estético de quien lo defiende contraponiendo su uso a una supuesta cosificación de las mujeres porque ellas prefieran una minifalda y ellos (nosotros) también, aunque por razones complementarias, las fobias culturales de salón que vienen apareciendo en los vocingleros izquierditas de un tiempo a esta parte son casi tan lesivas, si no más, que la rigidez de las tradiciones morales cuando en este país se defendía que la falda siempre tuviese que ir por debajo de la rodilla. A algunos convendría volver a explicar la diferencia entre un símbolo y el sistema en el que dicho símbolo se convierte en una bomba hache. Mis caros lectores saben que viví en Arabia a comienzos de este siglo y que por aquellos pagos he vuelto en numerosas ocasiones. He comprobado por mí mismo el significado de la palabra tradición cuando deja de ser solamente una unidad lingüística para convertirse en una forma de arquitectura social completa que, curiosidades de la vida, solo a unos pocos privilegia. He visto a mujeres defender la tradición de ir tapadas de arriba abajo, salvo los ojos, con la abaya, con plena convicción y un sentido profundo de la preminencia de sus credos religiosos. Cuando uno vive inmerso en el pensamiento mágico, y todo creo religioso lo es, se pasa a defender lo inevitable porque resulta que es también lo que construido la propia identidad y el conjunto de normas morales en que se desarrolla la propia vida. Estando inmerso en la creencia, es complejo para el individuo valorar las ventajas de las creencias que promulgan, cuestionan o incluso combaten, las que él mismo defiende. Pero, dejando a un lado las razones por las que las propias mujeres resguardaban con uñas y dientes aquello que, a ojos de terceros, las denigraba, también fui testigo de cuál era el precio por contradecir las tradiciones. Porque no se trataba (ni se trata hoy en día) de preservar una herencia o un legado. Hace mucho que dejó de ser tal cosa. Es una disciplina y una imposición que, directamente, condena a quienes la incumplen u osan cuestionar su supremacía. Para tal menester no basta solo con la fe. Se necesita la vigilancia perpetua, el miedo generalizado, el enclaustramiento familiar, el terrorismo de la calle y, sobre todo, la crueldad infinita de un Estado.

Pero volvamos a donde estaba yendo. La escena europea se ha vuelto grotesca. Gente que jamás pisará Teherán se ha convertido en experta en libertad de conciencia para defender, a capa y espada, no importa las malignidades que se cometan, un sistema que no concede conciencia ni tregua alguna (millones sí; de hecho, Irán, Cuba, Venezuela... todos son países que riegan muy generosamente los bolsillos de los líderes izquierdosos necesitados de chalet con piscina o mucamas ilegales en casa).  Además, exhiben su fanatismo como si fuera una expresión de tolerancia, lo mismo que si estuvieran exhibiendo virtud, pero se trata de una intolerancia muy selectiva. Tiene su lógica: no es lo mismo ponerse un pañuelo en un barrio acomodado del centro de Madrid que quitárselo en la Plaza Sa'adat Abad. 

En veinte años se ha producido un cambio que no necesito demostrar con un gráfico porque lo veo en cada discusión. Una izquierda que se decía universalista —la que hablaba del individuo frente al dogma, del cuerpo frente a la imposición, de la igualdad como regla general— y a la que admiraba por su obstinación en buscar el bien común y la mejora y el progreso de todas las clases sociales, especialmente de las más desfavorecidas, aunque discrepásemos en cómo llevarlo a cabo, ha ido sustituyendo paulatinamente el discurso no para enfrentarse a un capitalismo rampante al que, ahora, sus líderes abrazan con la fe del converso, sino para encontrar temas desde donde poder seguir reivindicando sus proclamas aunque sean proclamas inasumibles desde un punto de vista histórico.  Dirán ustedes que la evolución conforma al ser humano en su principio de madurar. Pero no es una evolución: es consecuencia de renunciar a aquello por lo que abogaban (casi siempre por comprobar lo bien que se vive en esa orilla que juraban y perjuraban no querer alcanzar nunca) y buscar algo que les permita ganar escaños en el parlamento. Aquí es donde entra la metonimia, que algunos fingen no entender para no discutir el fondo. Cuando digo "la izquierda" no estoy elaborando un censo de votantes del indocto presidente o del coletas hipocritón. Hablo de la corriente que manda, la que marca las pautas, la que reparte certificados y prebendas, la que, con un cinismo extraordinario, llama libertad a excrecencias como lo que ha pasado en Venezuela, pasa aún en Cuba, en Rusia o en Irán. Por eso mismo, cuando digo "el islam" no estoy hablando de cada creyente, sino de de los sistemas clericales, los aparatos jurídicos y policiales, y de las interpretaciones rigidizadas que en demasiados países musulmanes se han convertido en un Estado absolutista y teocráticos. 

Con ello regreso al dichoso burka con el que comencé. No es una prenda. De hecho, tiene más función fronteriza, y represora, que vestidora. Es la más eficiente puesta en escena de una jerarquía sexual que pueda abarcar cualquier espacio público. Es decirle al mundo, sin palabras, que la mujer no se pertenece del todo, que su visibilidad es un problema moral que debe ser gestionado porque (y esto sí que no lo dicen) no pueden provocar a unos hombres incapaces de contener sus apetitos ni en público ni en privado. Y sí, claro que hay mujeres que lo defienden (aunque no me interesan en absoluto las mujeres que lo defienden acá). La interiorización de una norma es uno de los lubricantes más eficaces del poder: convierte la obediencia en identidad y la identidad en supuesta virtud, casi teologal. 

Como siempre, ahí está la trampa favorita del progresismo contemporáneo.

Porque el debate real, si se mira sin sentimentalismo, no es textil. Es, más bien, filosófico, o teológico, aunque se trate de un debate banal. El burka es el punto donde lo abstracto (Dios o Alá, el hombre varón, sus apetitos genéticos, la hermosura inherente de la mujer hembra) se vuelve algo tan visible como es la colisión entre dos concepciones de una misma norma: que los seres humanos necesitamos vestirnos. Uno de tales concebimientos declara la ley como algo anterior al individuo (revelación divina, mesianismo, profecía, tradición, comunidad, obediencia). La otra concepción, la que funda la modernidad política europea, afirma que la ley es legítima solo si puede ser asumida por individuos libres e iguales, que ninguna costumbre heredada ni ningún texto sacralizado puede imponerse por encima de la conciencia. Que el ser humano no es un medio para la gloria de algo pretendidamente  (e inexistentemente) superior. El ser humano es fin en sí mismo. Una decisión antropológica muy frágil en sociedades sometidas al escarnio de la voluntad divina de unos pocos machos bípedos. 

Por eso el burka importa. Importa porque revela, como una grieta que deja ver los cimientos, qué entendemos por igualdad. Porque si la igualdad es universal, entonces no admite excepciones atendiendo a cierta deferencia cultural cuando está en riesgo la autonomía real de una persona. Y si la igualdad admite excepciones, entonces deja de ser un principio y se convierte de inmediato en una concesión. 

No estamos discutiendo si Dios existe o si las gentes tienen derecho a creer en un dios o en mil, si les da la gana. Allá cada cual con sus barruntos que, no obstante, no podrán contraponer a mis palabras cuando el alma se escape del cuerpo (nadie lo ha hecho jamás). Estamos discutiendo sobre quién es el sujeto último de la ley. Si es el individuo, la democracia no puede callar ante la coacción para parecer tolerante o progresista. Si no es el individuo, entonces retrocedemos, lentamente, siempre con buenas palabras y supuestos principios superiores de tolerancia antropológica. Sin darnos cuenta, nos volvemos mediocres, decadentes.

Y la historia enseña una cosa con crudeza: las sociedades abiertas caen a causa de las renuncias constantes de sus individuos hacia lo que les permitió construirlas.

viernes, 13 de febrero de 2026

Poco antes del umbral

Desde el pasado mes de enero comenzaron a estrecharse definitivamente los márgenes de los 60 años para mí (y digo definitivamente porque la cuenta atrás siempre ha de arrancar en tres, no en diez). Siempre me habían comentado que la edad sexagenaria despierta una mezcla compleja de sensaciones del estilo serenidad, vértigo, orgullo y, casi siempre, una ligera nostalgia de las épocas de juventud. Y es posible que así sea, pero el cóctel emocional es bastante más enrevesado. Por una parte, sé que no soy el mismo de hace dos décadas y, sin embargo, tampoco me siento viejo. 

Siempre afirmo que la franja que discurre entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco es la gloriosa etapa en que todo es posible (y todo se puede) para una persona. La etapa más gloriosa, épica, memorable. También aquella en que cualquier obstáculo puede echar al traste todas las expectativas y obligar a los ambiciosos a hincar la rodilla en el suelo y entregarse a la merced del sino. Como cualquier extensión con límites definidos, al acabar de recorrerla comienza el verdadero infortunio: ver su progresivo alejamiento. Es cuando sucede el adocenamiento definitivo del ser humano actual.

Contemplar el advenimiento de la edad sesentona es como esperar el momento de adentrarse en una tierra intermedia en la que el cuerpo empieza a enviar mensajes distintos (no siempre urgentes, pero sí insistentes) y la mente, en cambio, parece alcanzar su mejor y más versátil claridad, aquella por la que uno languidecía al tratar de buscarla con afán sin no encontrar jamás el rastro que deparaba su destino. Comprendemos los patrones, leemos las intenciones con mucho menos esfuerzo y disponemos de una intuición bien afilada a golpe de experiencia, errores y aciertos. Lo que ya no se tiene es lozanía, frescura, vigor, verdor, gallardía, vitalidad. En definitiva: juventud. Pero, a fuer de ser sincero, quiero decírselo ahora mismo: no nos importa tanto.

Acercarse a los 60 implica reconocer que la vida no es infinita. Tal reconocimiento, lejos de ser oscuro, ofrece una sorprendente libertad: se vuelve más fácil decir que no, más natural decidir por uno mismo y más valioso el tiempo que se elige compartir. Las prioridades se van ordenando solas, e importa mucho menos lo que otros esperan de nosotros y muchísimo más aquello que encaja con nuestra paz interior, que no es otra cosa que el aplacamiento natural de las pulsiones naturales, siempre tan caóticas, desordenadas y turbias. 

Al mismo tiempo, aparece un sentido de responsabilidad distinto, especialmente respecto a quienes vienen detrás. No por dejar un legado heroico (de no conseguirlo se encargan los políticos de turno, únicamente ocupados del suyo propio, para lo que necesitan esquilmarnos a los demás), sino porque no se necesita demostrar gran cosa. Para algunos, que no es mi caso, la cercanía de los 60 conlleva también el reencuentro con uno mismo, pero es algo que, sinceramente, dudo que acontezca con demasiada frecuencia. No pueden surgir las preguntas que permanecían tapadas por el trabajo y el ritmo de vida y las obligaciones si jamás se ha destinado parte del tiempo en que sucede todo ese jaleo a amueblar las neuronas. Y el mundo está repleto de neuronas vacías, y más que lo va a estar viendo el nivel cultural de las generaciones con pujanza. 

No se trata de una crisis. Las crisis suceden a los 40, cuando la etapa gloriosa fenece y uno aún tiene la creencia de que le queda mucho por demostrar, a sí mismo o a quien sea. Cuando lo que se atesora es perspectiva, entrar en crisis es propio de cretinos. No soy el joven impetuoso de hace dos décadas, desde luego, pero tampoco soy ese señor mayor que yo imaginaba cuando tenía 25 años. La única sombra que se cierne en el horizonte próximo, el del futuro (el horizonte del pasado es una carga pesada de recuerdos y olvidos), es el paralelismo incómodo (y cómico) de los 70. 

Lo interesante es que, contra todo pronóstico adolescente, un hombre de casi 60 no solo puede seguir sintiendo pasión; puede sentirla con una intensidad distinta, quizá más limpia. Puede incluso encontrarse —sin ironía— con alguien de 70 y descubrir una chispa muy superior a la de la juventud. Porque la pasión no pertenece a la epidermis, sólo a la conciencia. Y a los 60 o a los 70, si algo abunda, es precisamente entendimiento (y pobre de quienes carezcan de él). Con una diferencia importante: no se encuentra uno con esa pasión por una simple cuestión de necesidad o urgencia ante la afirmación constante de uno mismo. Es una sencillísimo aspecto de poder, y saber, elegir. Y eso lo hace más peligroso y más hermoso a la vez.


viernes, 6 de febrero de 2026

Regreso al Areópago

La modernidad ha olvidado que lo sagrado no nace del dogma, sino del espanto. Rudolf Otto lo llamará más tarde mysterium tremendum et fascinans, pero los griegos ya sabían que el temblor precede a la palabra. Antes que la teología, hubo estremecimiento. Antes que la ley, vértigo. La muerte no funda doctrinas. Sólo después, mucho después, se levantan los templos y las liturgias. Ante la aparición del cristianismo que predica Saulo (San Pablo), los atenienses erigen un altar al Dios Desconocido como gran gesto de reconocimiento metafísico. Es la inscripción material de una ignorancia esencial: la de que no sabemos qué es aquello que nos excede, pero sí sabemos que —en efecto— nos excede. El griego nombra las cosas para delimitar lo que no sabe. El altar erigido renuncia a confundir el misterio con un objeto cualquiera.

Pablo, formado en ese humus intelectual, comprende que no puede predicar desde la ruptura absoluta. Su genialidad no es apologética, sino ontológica. En ninguna parte se le escucha decir que los dioses de los demás fueran falsos. Exactamente dice lo siguiente: "aquello que veneráis sin conocer, eso es lo que yo anuncio". Se inserta en el espacio simbólico ateniense para reconocer que toda teología —incluida la suya— parte de la ignorancia. Y la revelación del Dios de los cristianos no pretende anular el misterio. De hecho, lo intensifica. Es en este contexto donde se produce la torsión decisiva: el cristianismo primitivo no llega como negación de la filosofía, sino como su radicalización. Si el griego había aceptado que la muerte es el límite absoluto, Pablo introduce una paradoja aún más insoportable: que ese límite ha sido atravesado. La resurrección, sin cancelar la muerte, la torna escandalosa. Por eso algunos se burlan. La razón reconoce en el anuncio salvífico una afirmación que no puede ni refutar ni asimilar.

Lo decisivo es que, hace dos mil años, nadie reacciona expulsando, prohibiendo, silenciando (cancelando, que diríamos ahora). La filosofía griega sabía que la violencia simbólica es una expresión de impotencia. Quien necesita erradicar al otro es porque no puede sostener el desacuerdo. Por ese motivo Atenas podía permitirse escuchar a todos. Ese aprendizaje es el que hemos perdido. Véanlo mis caros lectores en la reciente misa por los difuntos del accidente de Aramuz. El Estado contemporáneo, en su versión más empobrecida, confunde la neutralidad con la asepsia, y la asepsia con toda negación de lo sagrado. Pero lo sagrado no es confesional. No depende de creer en Dios, sino de reconocer que hay algo —la muerte— que no se puede, ni se deja tampoco, administrar. Cuando el poder político pretende regular el duelo y clasificar las liturgias, decidir qué presencia es legítima y cuál es impropia, no está defendiendo la razón. Lo que haces es profanar el límite en el que la vida misma se desenvuelve.

Aquello que Giorgio Agamben define como profanación —el acto de devolver al uso común lo que estaba consagrado al misterio— se convierte, en nuestro presente, en la captura administrativa de un sentimiento humano, el mayor de todos. Por eso mismo, al pretender regular el duelo, el poder deja de proteger al ciudadano para desactivar la potencia política que colma el silencio, integrando lo indisponible en el circuito de lo útil. Convendría decirle a los políticos, de toda índole y condición, que la muerte no admite ningún tipo de pedagogía cívica. La muerte es, como sugería Emmanuel Levinas, el acontecimiento donde el "yo" deja de poder. Frente al cadáver, la soberanía del sujeto colapsa. Pretender que el Estado valide ese desgarramiento es ignorar que la ética nace precisamente ahí: en la alteridad absoluta de un final que ninguna ley puede consolar y ningún formulario puede contener. La muerte no educa, ni cohesiona, no "resignifica". La muerte desgarra, y ese desgarro es común para todos. El creyente no tiene una ventaja ontológica sobre el ateo frente al cadáver del amado. Ambos están igualmente desarmados. Ambos comparecen ante lo que Jankélévitch llamaría lo irreversible. Pretender que sólo unos pueden expresar públicamente ese desgarramiento, o que debe hacerse bajo formatos previamente validados, es una forma sofisticada de barbarie. 

Decir que no ante la muerte solo existe desconsuelo no es una provocación retórica. Se trata de una verdad moral: una verdad como un templo, que decíamos antaño. El templo del misterio último. Todo consuelo es insuficiente y cuando se absolutiza, como en los funerales del Estado, ese mismo consuelo se vuelve obscenidad. El respeto a los muertos exige aceptar que su ausencia no se compensa. Que no se supera. La sacralidad del duelo reside precisamente en su resistencia a ser clausurado.

Atenas ofreció a Pablo un altar vacío. Nosotros retiramos los altares y, luego, fingimos sorpresa ante el vacío que queda. Pero no se trata del mismo vacío. El vacío ateniense estaba habitado por el reconocimiento del misterio. El nuestro es un vacío administrativo, gestionado, esterilizado por quienes, en su infeliz ignorancia de gobernantes, o adláteres, o simplemente ateos (pero no ateos como yo) se creen superiores sin serlo. Donde en Atenas el silencio era reverente, ahora solo encontramos protocolos. Donde en Atenas la discusión resultaba interminable, ahora solo existe la exclusión y la cancelación del otro. El gesto de Pablo en el Areópago fue el último gran diálogo entre la razón y el misterio. Hoy, bajo la dictadura de la eficacia que denunciaba Hans-Georg Gadamer, hemos sustituido el diálogo por el formulario. Pero la muerte sigue ahí, irreductible. El recuerdo de Atenas no es una invitación a la religión, sino una exigencia de lucidez: reconocer que solo cuando aceptamos el límite del pensamiento es cuando el pensamiento comienza, de verdad, a ser humano. 

Hemos dejado de habitar el mundo para, simplemente, gestionarlo como un inventario o almacén de recursos disponibles, donde incluso el fin de la vida es una cifra más a procesar para las estadísticas. Al retirar los altares, no hemos liberado a la razón; la hemos condenado a una circularidad técnica que, al no reconocer lo que la excede, termina por devorarse a sí misma. No es que hayamos dejado de creer en Dios. Lo que hemos hecho es dejar de creer en el límite. Y cuando el límite desaparece, no emerge la libertad, sino la arbitrariedad. La barbarie no siempre llega con ruido; a veces llega con formularios, con decisiones técnicas, con la pretensión de que todo —incluso la muerte— puede ser ordenado.

No necesitamos más protocolos, ni tan siquiera para reprobar políticos indigestos o investigar las causas de los accidentes que jamás debieron suceder (todo accidente es prevenible). Necesitamos recuperar esa "piedad" que María Zambrano definía como el saber tratar con aquello que se nos resiste. Al desterrar el altar al Dios Desconocido, hemos quedado huérfanos. El colofón de nuestra era no es la libertad absoluta, sino la intemperie de un vacío administrativo que, al no saber callar ante el duelo, ha olvidado cómo hablarle a la vida.