viernes, 30 de enero de 2026

Extinción occidental

Occidente no se define por la sangre ni por el color de la piel, sino por una arquitectura cultural muy concreta: la primacía del individuo frente al grupo, la separación entre religión y poder político, la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, la libertad de expresión —incluida la blasfemia— y la idea, profundamente revolucionaria, de que la ley está por encima de la tradición. Esa civilización no es natural ni eterna; es frágil, costosa y requiere ser transmitida, asumida y defendida. No se sostiene sobre la etnia ni sobre la herencia biológica, sino sobre una construcción cultural y política extraordinariamente exigente. Dicha arquitectura no es universal ni espontánea; es una anomalía histórica que debe ser defendida si se quiere preservar.

El problema contemporáneo no es la inmigración en sí misma, sino la confusión deliberada entre pluralismo y renuncia cultural. Durante décadas, Europa y Estados Unidos han asumido que toda incorporación demográfica es neutra, que los valores se pueden diluir sin consecuencias y que la integración ha de ser automática. La experiencia empírica demuestra justamente lo contrario. La cohesión social no sobrevive cuando se importan sistemas de creencias que niegan principios básicos del orden liberal y, además, se renuncia a exigir su aceptación. El debate migratorio contemporáneo suele esquivar este núcleo esencial. Se habla de cifras, de economía o de demografía, pero se evita una cuestión incómoda: la compatibilidad cultural. No todas las culturas políticas son intercambiables ni todas las cosmovisiones aceptan sin fricción el Estado laico, la igualdad ante la ley o la autonomía individual. Fingir que estas tensiones no existen es una irresponsabilidad.

No todas las culturas políticas son equivalentes. Lo vemos a diario en las noticias de la prensa escrita. Algunas culturas colocan la ley civil por debajo de la religiosa. Otras subordinan a la mujer, castigan la disidencia con la prisión a perpetuidad y la pena de muerte, o consideran ofensiva la libertad de pensamiento. Sostener que estas tensiones no existen —o que señalarlas es moralmente reprobable— es la descripción más nitida de la ceguera ideológica. La tolerancia auténtica exige un marco común; sin él, se convierte en autoerosión.

Durante años se ha confundido pluralismo con relativismo. La idea de que cualquier sistema de valores puede coexistir sin conflicto dentro de un mismo marco jurídico ha demostrado ser falsa. Cuando el Estado renuncia a exigir la aceptación de principios básicos —ley civil, derechos fundamentales, libertad de conciencia— aparecen sociedades paralelas, zonas de excepción cultural y una fragmentación que erosiona la cohesión social. Porque la integración no es un acto simbólico ni una declaración de buenas intenciones. Es un proceso exigente que implica idioma, normas, derechos y deberes. 

Defender ciertos límites no equivale a rechazar a las personas. Significa afirmar que el acceso a una comunidad política implica asumir las reglas del juego. El idioma común, el respeto a la ley, la igualdad entre sexos y la subordinación de cualquier creencia al orden jurídico no son negociables. Sin ellos la convivencia liberal se vuelve inviable.

Occidente tiene derecho a preservar su modelo civilizatorio sin complejos y sin odio. No se trata de excluir personas por su origen, sino de afirmar con claridad que ciertos principios no son negociables. El Estado laico, la igualdad ante la ley y la libertad individual son la base misma del contrato social occidental. Occidente no tiene la obligación moral de diluirse para demostrar tolerancia. La tolerancia auténtica solo es posible dentro de un marco compartido; sin él, se convierte en una forma de autonegación. Renunciar a defenderlos, por miedo a ser malinterpretados o por comodidad moral, es una forma lenta y educada de extinción. 

SI vamos a extinguirnos, por favor, que no sea antes de yacer a cuatro palmos del suelo.

viernes, 23 de enero de 2026

Doble rasero luctuoso

Desde la Transición, España arrastra la anomalía política de disponer de una igualdad formal de los ciudadanos conviviendo con una desigualdad práctica determinada por el territorio. No todos los españoles pesan lo mismo ante el Estado. Algunos territorios nacieron constitucionalmente blindados por privilegios históricos y políticos; otros asumieron, sin protestar, un papel secundario en nombre de la estabilidad. Aquella asimetría inicial, aceptada como mal menor, ha terminado por convertirse en un sistema de trato diferencial plenamente normalizado, basado en la estricta práctica del egoísmo y la avaricia.

Durante décadas se justificó esa desigualdad como precio de la convivencia. Hoy, con el indocto, ni siquiera se disimula. El actual desgobierno ha convertido la sumisión política a los nacionalismos catalán y vasco en el eje de su supervivencia parlamentaria. Es algo que ni los turiferarios de turno niegan. El sanchismo ha llevado esa lógica hasta su expresión más obscena, subordinando la acción del Estado a las exigencias de ciertos delincuentes a los que tuvo que aministiar e incluso reconvertir en probos hombres y mujeres de estado trasquilando y reescribiendo las leyes que nos protegían de ellos. 

Hoy no abordo este tema porque esté preocupado por la financiación, los indultos o las amnistías repugnantes. Hoy lo abordo porque toda España sufre el duelo de las víctimas del terrible accidente ferroviario acaecido en el sur, en una de esas regiones donde sus ciudadanos poseen un único deber: contribuir y callar. 

Todo hubiera quedado en el dolor si no hubiese sucedido un segundo accidente de tren. Esta vez, en Cataluña. El contraste en la gestión de ambos accidentes no admite coartadas. Donde el territorio es políticamente determinante, la maquinaria del Estado se activó con celeridad. Comparecencias inmediatas, asunción de costes, dos ceses fulminantes y un relato cuidadosamente diseñado para proteger al aliado nacionalista. Donde no lo es, donde las muertes se avistan como impertinentes molestias que, en algún momento, pasarán al olvido, se ha impuesto la lentitud, la opacidad, las mentiras continuadas y la huida de responsabilidades. 

El ministro de Transportes, ese hombre a medio camino entre el eslabón perdido y el chulo del barrio sin moral ni escrúpulos, verbalizó hace un año, cuando una riada se llevó por delante la vida de cientos de personas en Valencia, un principio revelador: no debía obligarse a las víctimas a coincidir con quien consideran responsable, directo o indirecto, de una tragedia (lo dijo por Mazón, ese otro inútil que tardó demasiado en dimitir). Podríamos aplicar dicho principio a él mismo en esta tragedia que ha asolado nuestro país. Las víctimas no tienen por qué ver su feo rostro de cromañón y de responsable directo del accidnete. Y, ya puestos, tampoco el del puto zombi al que tanta veneración profesa. 

España se ha roto con una vía. España entera. No solo por abajo, por la degradación de los servicios públicos de los que nos enorgullecíamos hasta hace dos días. Ni por los fallos masivos de las infraestructuras por las que transitamos. Se está rompiendo por acción de los despreciables políticos cuyas miras no alcanzan más allá de sus traseros y por la renuncia, deliberada o por incapacidad, de blandir una dialéctica contraria al ejercicio de este poder que trata a los ciudadanos con distinto rasero.


viernes, 16 de enero de 2026

La guerra del chocolate a la taza

En Europa hace frío y llueve, gobierne quien gobierne, y la gente discute por naderías desde tiempos inmemoriales. Pero existe un conflicto culinario olvidado, una grieta diplomática mucho más sutil que el origen de la fabada o la eterna contienda de la cebolla en la tortilla. Es una guerra invisible que, pese a quien pese, arde más que el brasero de una abuela en enero: el chocolate a la taza con leche (modalidad oh là là, francesa) frente al chocolate con agua (modalidad olé, española). Dos escuelas de pensamiento que jamás firmarán un alto el fuego, básicamente porque ninguna reconoce que el otro bando posea neuronas funcionales.

Para los franceses, el chocolate con leche no es algo que se prepare en la cocina y ya está. Se trata de algo similar a una ceremonia espiritual, un trámite burocrático del placer. Se añade leche, cacao, un poco de azúcar y, si uno se descuida, un poema existencialista de Sartre. Allí nadie concibe el agua; ¿cómo renunciar a esa blancura cremosa que —según ellos— fue creada por los dioses para amortiguar cualquier drama vital? El chocolate francés es suave, sedoso y tan elegante que, si pudiera, montaría una república independiente de bebidas refinadas. Es el tipo de chocolate que las huestes napoleónicas nos dejaron en herencia y que hoy muchos preparan en sus casas por inercia, cometiendo un error estratégico de manual. Son unos traidores, aunque no lo sepan (en cuyo caso, son algo peor: ¡son ignorantes!).

Mientras tanto, en España, el chocolate con agua representa la filosofía ancestral del “si funciona, no lo toques”. Nada de sutilezas. Aquí el objetivo es lograr un fluido tan denso que sirva para pegar azulejos o sellar grietas emocionales. Es ese líquido que, si lo dejas enfriar cinco minutos, adquiere la consistencia de un flan enfadado. El español —salvo el que sigue vertiendo leche al puchero por complejo de inferioridad— quiere sustancia antes que delicadeza. Quiere un chocolate que se pueda cortar con cuchillo y, si es necesario, usar como arma contundente en defensa propia. ¿Para qué la leche, si el agua ya hace el trabajo sin distraer al cacao con conversaciones lácteas?

Dos países, dos conceptos de la realidad. Francia ve una bebida; España ve un proyecto arquitectónico. Los franceses presumen de textura; los españoles de gravedad: “el mío cae más lento, luego es mejor”. Para un francés, el chocolate español es cemento gourmet. Para un español, el francés es un batido inseguro que no tuvo el valor de espesarse. No se trata de decidir cuál es superior, aunque cada nación lo tenga decidido de puertas para adentro. Son dos formas de relacionarse con la vida: la francesa, acariciándola; la española, agarrándola por la solapa al grito de: “¡hazme feliz ahora mismo!”. Al final, solo nos une un principio universal: si un líquido es capaz de dignificar un churro, merece nuestro respeto eterno. 

Yo prefiero el nuestro. Además, es mucho más erótico.

viernes, 9 de enero de 2026

Catábasis

Cuando era joven, si por tal considero el periodo de mi vida que transcurre entre los 9 y los 24 años, cuando comencé el doctorado, todos los veranos echaba una mano a mis tíos, en el pueblo, cuando tomaba vacaciones y gustaba de solazarme entre vacas, ovejas y eras para la trilla. En verano, claro está, hace la calor y los frutos de la tierra maduran y pueden recogerse. Y, aunque no era testigo frecuente de ello, sí era consciente de lo importante que resultaba mirar al cielo para anticipar, o no, una buena cosecha. El cielo era, para todo agricultor, una saeta con la que orientarse en las incertidumbres e inseguridades atmosféricas, como si la sola contemplación del tránsito de las nubes bastase para conjurar los peligros de las heladas por primavera, o incluso la ferocidad de las nubes traicioneras de agosto. 

No puedo confrontar los usos y costumbres de la agricultura de subsistencia que yo viví y conocí, con los procesos productivos que se ven involucrados en la agricultura mayorista y de abastecimiento. Tampoco entonces. En mi pueblo las cosechadoras entraron a recolectar el cereal cuando en Tierra de Campos, por ejemplo, llevaban décadas haciéndolo. Para nosotros, una panera era poco más que un troje y en los campos de Castilla, en cambio, eran silos, edificios enteros dedicados a almacenar la mies. Hoy en día, los agricultores industrializados conducen tractores provistos con pantallas conectadas a caudalímetros donde registran el agua disponible, y cosechan en un solo día lo que antaño nos costaba un mes recolectar. Es tanta la abundancia, y tantos los adelantos tecnológicos y mecánicos empleados, que parece mentira que alguna vez hayamos pasado tanto calor y tanta penuria para trillar la cebada. 

Miles de millones de personas en el mundo requieren ese tipo de eficiencia, por supuesto, pero no me digan ustedes, caros lectores, si la sobreabundancia a la que nos hemos acostumbrado no refleja la codicia en que se desenvuelve la vida en estos momentos. Ni tampoco nuestro deleite, por cuanto esta profusión un tanto escandalosa, en absoluto garantiza el disfrute de aquello que la tierra produce. Por citar un ejemplo consabido, la gente aún se admira del sabor de los tomates de quienes trabajan una pequeña huerta en el pueblo o a las afueras de las urbes. Matizo el adverbio, "aún", porque a todos nos parece evidente que los frutos que adquirimos habitualmente en los supermercados son especialmente horrorosos en sabor y propiedades, salvo la apariencia. Y será incuestionable, pero no deja de ser una resignación un tanto oprobiosa.

Dependemos de la agricultura, tan distinta a la ganadería, aunque ambas estrechamente ligadas, y su advenimiento en el Neolítico fue la clave de nuestro espectacular desarrollo como sociedad. Los agricultores, como he mencionado, siempre miran al cielo y nunca están a gusto con el sol o el agua que les toca en suerte, y suerte es porque no somos una especie que sepa controlar el clima, o no aún. Y cuando no llueve como ellos desean, o el sol calienta en demasía, protestan a los dioses, porque siempre es aliviador tener a alguien a quien protestar, mejor por todo que por nada. A nadie debería extrañar que los dioses estén molestos con los agricultores, tan rezongones y quejicas. Es un comportamiento atávico que ya se reflejaba en la Biblia. Caín era agricultor, y ofrendaba sus frutos a Yahweh, pero fue rechazado porque prefirió a Abel, que era pastor. Yahweh moraba un tabernáculo movible y desmontable, su pueblo lo llevaba consigo nomadeando por desiertos y montes. No sabía de tampoco de sementeras. El sedentarismo trajo consigo las ciudades, y con las ciudades llegó la corrupción y la idolatría (qué actuales son estos pecados, y cuán extendidos). El desierto representaba la pureza. Las cercas y vallados, las tentaciones de todo tipo. 

Esta cuestión sigue irresoluta. Y, salvo que algún día seamos capaces de saltar a las estrellas, cosa que dudo, al menos en un milenio o más, nunca la técnica, las comodidades y las infinitas posibilidades de que disponemos han destruido tanto. El peso del plástico supera al de todos los animales juntos; la tasa de extinción de la vida biológica es cuarenta veces mayor al de la Revolución Industrial. Y seguimos endeudando a las generaciones venideras porque, si pudiéramos, consumiríamos todo el petróleo, todos los pastos y todos los minerales. Nos regocijamos con tantas frutas como podemos encontrar en los mercados, no importa que sean o no de temporada, y las ingestas de carne y de azúcar nos han convertido en una especie perezosa, negligente, acrítica, y extremadamente corrupta. ¿Acaso tiene algún sentido mirar al cielo? 


viernes, 2 de enero de 2026

Dos de enero

Las Arribes del Duero —las salmantinas, entiéndase, porque solo Fermoselle puede presumir en Zamora de los cañones rocosos del Duero cuando traza frontera con Portugal— son en invierno un paraje austero, casi monacal. Este pueblo donde paso el tránsito del año fue agrícola y ganadero, de subsistencia. Usted, caro lector, lo sabe perfectamente porque lo cuento siempre de la misma manera por estas fechas. Las casas tienen muros de mampostería irregular, ventanucos estrechos, tejados de arcilla árabe que el liquen ha tornado verdosos. Los huertos están ahora yermos, la tierra endurecida por las heladas. Por las noches el termómetro se desploma hasta los cinco bajo cero y amanece todo escarchado: los bancales, las tapias, los sarmientos de las viñas viejas que nadie vendimia ya.

El silencio aquí es de una calidad distinta. No es el silencio urbano, ese hervidero de ecos amortiguados, sino algo denso, terroso, de una convalecencia grasa. Se impone con una presencia mística. De madrugada, cuando uno se dispone a atizar la lumbre, se oye a lo lejos el ladrido de algún mastín que vigila un redil. Luego nada. 

En el cuarto donde tengo los libros y la mesa de escribir —pocos libros, los esenciales, porque esta casa no da para bibliotecas— la luz de la lámpara proyecta sombras temblorosas sobre las páginas. Y es entonces, en esa quietud que antecede al jolgorio del salón donde han aguardado las uvas y el champán, cuando uno percibe el latido del propio corazón, ese metrónomo que marca los días restantes sin que sepamos cuántos quedan en el contador. Incluso me esfuerzo por olvidar cuántos años han transcurrido desde la última vez que, en familia, vimos caer la postrera hoja del calendario. De verdad que no lo quiero recordar. Me parece que ha pasado mucho más tiempo del que llevo acallando esa memoria de los recuerdos malditos. Si existe un infierno, está poblado de remembranzas. Dios creó el cielo para que las almas olvidasen su existencia mundana: qué desagradecimiento.

Hay algo en estos parajes remotos, en estas casas donde el frío se enquista en los muros y donde las generaciones se han ido sucediendo labrando la misma tierra ingrata hasta que el progreso,  finalmente, decidió que esto no es vivir, que invita a pensar en la propia finitud sin aspavientos. Como si el paisaje, tan despojado, tan terroso, recordase que uno también es materia que se agosta, como en las canículas estivales, pero por el frío espeso y despiadado. 

Que las celebraciones de Año Nuevo son un conjuro contra esa evidencia, una ficción colectiva para convencernos de que el tiempo es otra cosa distinta al desgaste inexorable de los cuerpos, es indudable. Es el motivo por el que no he solazado ninguna de ellas en mi vida con jolgorios descabellados o risas irredentas que a la mañana siguiente solo provocan vergüenza (a quien la tenga).

Pero afuera, mientras tanto, en el segundo día del año, siguen las estrellas, insondables, indiferentes. Y el Duero, que lleva milenios horadando el granito, continuará su curso cuando ya no quede nadie aquí para escucharlo. Sólo espero que mi alma entonces se encuentre allá donde pueda seguirlo recordando.